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Libro del mes (marzo 2013): KEN KESEY Casta invencible
Casta invencible
El Aleph Editores
Parece un ladrillo, y en cierto modo lo es. Un arma arrojadiza. Casta invencible es el segundo libro de Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, reputado freak 60’s, icono contracultural, ilustre pirado, pionero del LSD, capitoste de los Merry Pranksters y héroe personal de Bendito Atraso. Kesey escribió este particular sujetapuertas de 785 páginas en 1964, lo llamó Sometimes a Great Notion, e inmediatamente después de poner el punto final decidió que la novela como formato narrativo estaba obsoleta, y que pa’qué voy a releer ahora todo este berenjenal. Casta invencible, así, merece ser leído con generosidad y también con generosas dosis de contexto. Cómo decirles: es un libro no corregido; publicado a pelo y con un par. Nadie se atrevió a toserle a Kesey lo de las casi ochocientas paginotas (¡eh, vuelve aquí, puto demente!) y si lo hicieron, él ya no estaba por la labor. Se había encaramado a Furthur (autobús de los Pranksters, con Neal Cassady al volante) vestido de Capitán Marvel, subido de STP, y ya quemaba llantas en dirección a Nueva York, donde iba a presentarse la novelaza. Yo me lo he tomado siempre como un libro póstumo, a Casta invencible, como si algún piernas se hubiese encontrado el fajo de folios en un desván y el editor hubiese decidido que la ocasión la pintaban calva. Ken Kesey, el novelista, en cualquier caso, ya había muerto (figurativamente hablando) y entrado en otro plano de trascendencia: la piradez iluminada (él lo llamaba “entropía”), que desde luego debió reportarle muchas más alegrías que las que le había dado encerrarse en un cubículo durante meses para escupir páginas manuscritas. Kesey se montó un Tolstoy, lió un Bill Withers, nos hizo un Alison Statton y nos enseñó un dedo corazón erecto. Se largó, importándole dos pedos lo que pensáramos de él y de sus obligaciones como novelista insustituible del siglo XX, se largó para bailar danzas arapahoes y beber con Ángeles del Infierno y pintarse la cara una y otra vez, y nos dejó esto en el regazo. Esta cosa. Esta cosa que uno no sabe como masticar.
Les he dicho todo lo anterior para que luego no me lloren. Casta invencible es uno de los libros más difíciles que van a leer en su vida, y su lectura un reto que no debe tomarse a la ligera. Casi todas las decisiones de forma y estilo que toma Kesey desafían las convenciones habituales. Es difícil saber qué hacer con ella. Para empezar, es algo experimental. La voz narrativa cambia de un personaje a otro sin avisar (quiero decir sin avisar en absoluto), como si la primera persona fuese una pulga chiflada que anda brincando de un cerebro a otro. Eso ya hace que el libro deba leerse con cierta atención. En segundo lugar, ya lo habrán sospechado, es largo. Oh, sí. Largo como un día sin pan y sin reloj en medio del desierto, enterrado en arena hasta el cuello. No sé ustedes, pero yo no suelo leer libros de 800 páginas. No son lo mío, y La hermandad de la uva
tiene 206, cómo se lo explico; esa es mi extensión predilecta (300 si enloquezco). Para más inri, el libro es también algo errático, y Kesey se recrea (igualito que un tipo que anda por el mundo con un gran ciego de ácido, de hecho) en los detalles más nimios. No está pesado ni medido, Casta invencible: unas conversaciones duran media página, otras veinte. Idealmente, una novela debe estar unificada, debe usar a lo largo de la narración unas similares unidades de medida, y ésta desde luego no pasó por el proceso. Kesey se pasó por las nalgas el proceso, fuese el que fuese. Otra cosa: empieza con una descripción de un paisaje y su tiempecito, que como todo el mundo sabe es la destrempada #1 para un lector. Elmore Leonard lo dijo más clarito que el agua: “Never open a book with weather”. Y por si todo esto les parece poco, también abunda el cortinaje, que es como los escritores no-posmodernos y no-metaliterarios denominamos a la sobreabundancia de cursivas. Palabras inclinadas aquí y allá, que indican las cosas más terribles: referencias a libros ajenos, fragmentos oníricos, pensamientos en voz alta, idiomas ajenos al de la novela (franchute, las más de las veces), todo eso. En el caso de Casta invencible se trata, por fortuna, solo de diálogos interiores, pero no por ello deja de ser algo exasperante. Cortinaje: cuanto menos, mejor. En cualquier caso, Kesey también se limpió el trasero con esta idea.
Bien. Hasta aquí todas las razones para no leer la novela. Pero no es eso para lo que les he citado aquí. Esta vez les insto a saltar grácilmente sobre los defectos de Casta invencible y leerlo igualmente. Hagan el favor de confiar en mí. Las recompensas son numerosas. Casta invencible es un libro sobre la testarudez, el coraje y seguir el camino que uno escoge incluso si se te pone en contra el planeta entero. Es un libro sobre el individualismo, sus bondades y sus peligros. ¿Qué haces cuando las opciones vitales a considerar son Individualismo Brutal o Colectivismo Domesticado? La novela cuenta la historia de una familia de leñadores de Wakonda, Oregon, los Stamper, y cómo deciden ponerse en contra de los sindicatos (y el pueblo entero) ignorando una huelga pactada. Se trata, en efecto, de una familia de esquiroles, y ya pueden situarlos en el contexto de la época que, hagan lo que hagan, continuarán siéndolo. En ese sentido, Casta invencible deambula por una senda en apariencia similar a la de The angry silence, el drama inglés de 1960, las preguntas que se hace son las mismas, y también puede (como en la película) tomarse por los lados equivocados. No lo hagan. Kesey no defiende este individualismo demencial, como tampoco defiende cierto tipo de borreguismo colectivista. Van mal dadas por ambos lados, y la simpatía que generan tipos inolvidables como el patriarca de la familia, Henry Stamper, son del tipo Sopranil: menudo hijo de perra, cómo se puede ser tan cabezota, etc. La empatía es resbaladiza, y Kesey nos quita y da esa identificación con los Stamper a su antojo. Los vas odiando y amando todo el rato, como sucede en la vida real con nuestros amigos y familias. Putos paletos, los Stamper, pero qué pelotas tienen, no hay bicho que les doblegue, y así una y otra vez.
Casta invencible también habla de conflicto. De guerras y batallas y luchas extenuantes, antiguas como el planeta. De barricadas inacabables e ínfimo terreno ganado, como en la Guerra del 14. Habla de familias, y lo que sucede en ellas. Son guerras entre los dos hermanos, Hank y Lee, uno el rudo y retaco leñador, el otro el estudiante que regresa al redil familiar para ayudar con la faena; dos visiones del mundo enfrentadas, un diálogo manchado y empañado por años y años de afrentas, rencillas, desdenes y dolores, una conversación imposible en donde el menor desliz abre todas las viejas heridas. También es la guerra de una familia contra El Resto del Mundo: fuck the world. Y otra guerra: el hombre contra la tierra. La naturaleza en Casta invencible no es del tipo En azúcar de sandía, no es la madre tierra benigna y floreada de los sueños hippies, los
campos de fresa forever. Esta es la naturaleza de ríos desbordados que se llevan pueblos por delante, es la de los tifones y los huracanes y tsunamis y relámpagos, la que mata personas y arrasa ciudades. Es la naturaleza en rebelión contra las agresiones del hombre; la palmada refleja contra el parásito que está a punto de hincar el aguijón. En eso Kesey, como los Stamper de la novela, fue también incapaz de doblegarse a las expectativas de su público y tiempo. Charles Bowden lo dice bonito en el prólogo: “Kesey era el héroe de la generación tye-dye, y sin embargo sacó un libro gigantesco que hablaba de camisas de franela, sudor, trabajo brutal en los bosques, un libro casi prehistórico en sus rabias y amores y creencias”. Solo por eso ya hay que amar a Kesey. Es una jugada Rowlandiana en todo su esplendor, un zurullo en la cara de las expectativas generadas: tomad, blandengues de la contracultura, freakies pasmados, aquí tenéis un libro atávico y cerril sobre rompehuelgas acabronados e ignorantes luchando contra la comunidad y los árboles. ¿Os gusta? ¿No? Bueno, pues iros a la mierda. Cassady, pon en marcha el autobús, leches. Ken Kesey dijo una vez: “La faena del escritor es no besar culos, no importa lo grandes y sagrados y blancos y tentadores y poderosos que sean”. Kesey no besó un solo culo, y esa es otra razón para amarle, y para amar Casta invencible, su particular coloso en llamas, su Titanic, su golem patoso.
Casta invencible está increíblemente bien escrito, a pesar de los obstáculos antes nombrados, y las frases memorables que les asaltarán (mi copia original en Penguin Classics está hecha un asco, destripada por furibundas cicatrices de subrayado y llena de post-its amarillentos), y los personajes increíbles que amarán-odiarán, compensan por el arduo camino a través de las zarzas. Es un libro lleno de sabiduría y profundidad, que habla como pocos de la condición humana, de las cosas que hacemos, de las batallas que perdemos y las victorias inútiles que nos llevamos al buche. En él hay muerte, dolor, violencia, deseo, esfuerzo y una testarudez sobrehumana. Y leerlo, ya les conté, es una lucha. Una de las buenas, un combate apasionante. En cierto modo encaja que una novela sobre combates extenuantes y sobre la cabezonería de unos cuantos hombres asilvestrados requiera para su lectura una cantidad equivalente de empuje y sufrimiento lector. Casta invencible va, primordialmente, de “¡Jamás cedas un centímetro!” (el lema de los Stamper) y va de luchar por algo. Si ustedes ceden una sola página, si ustedes dejan de luchar, nunca lograran coronar su cima. Esto no es un libro, es una prueba hercúlea, y no todos pueden pasarla. Veamos quién es el jabato que lo termina. Y lo termina bien. Kiko Amat
Libro del mes (febrero 2013): LARRY McMURTRY La última película
La última película
Gallo Nero Ediciones
Pocas cosas hay más tristes que estar atrapado en un pueblo en mitad de la nada. De hecho, hay muchas cosas más tristes que ésa (gulags, orfandad, hambrunas, discos de Radiohead, etc.), pero me refería en particular a la tristeza por erosión; esa que casi ni sabes que existe, de tan acostumbrado que estás a llevarla en hombros, como si fuese un niño de dos años particularmente gandul, hasta que un día te levantas por la mañana y, tirándote de los pelos, exclamas: DIOS MÍO ME HE ESTADO ABURRIENDO LOS ÚLTIMOS VEINTE AÑOS. Entonces te pones los pantalones y los zapatos y la camiseta y te marchas a otro lugar, cuanto más lejos mejor. Sin decírselo a nadie. Mejor así.
La última película, de Larry McMurtry, es el mejor libro jamás escrito sobre soledad, tedio y desesperación pueblerina. Desesperación callada, que es la que de verdad acaba matando. “Sonny estaba desconcertado, no sabía cuál era el problema”, escribe McMurtry, describiendo una de tantas metidas de mano rutinarias en el coche de uno de los protagonistas, “no se le ocurrió plantearse que se aburría”. Los tres temas fundamentales del libro son, precisamente a) Esa angustia-aburrimiento plomiza y espesa de pueblo que lo cubre todo, b) El deseo de escapar por cualquier método a tu alcance de ese eterno aburrimiento de pueblo y c) Las majaderías que pones en práctica cuando un día reparas en que jamás, después de todo, vas a abandonar tu maldito pueblo. La última película es como The Wanderers en rural y amplio y ventoso, sin la sordidez de violaciones, navajazos y abortos; es Rebeldes sin ni tan siguiera meneo de bandas y hostilidad nocturna (a sus personajes se les niega incluso esa excitación; no hay nada contra lo que rebelarse de forma tan obvia); es como American Graffiti a la mañana siguiente, y desde la perspectiva de los que se quedan: la noche de diversión ha quedado atrás, y ahora cómo cojones encaramos los siguientes 60 años de hacer lo mismo. Cada. Día. De. Nuestra. Puta. Existencia. Knockemstiff sin drogas. “Curbside” de Damien Jurado, puesta en páginas de ficción. “Now those days are gone / Slowly they’d slipped away”.
Los personajes de La última película son ratones atrapados en un laberinto muy grande (las vastas llanuras tejanas) pero que deambulan por pasadizos muy estrechos (la limitada visión del mundo que se tiene en un villorrio con un par de centenares de habitantes: Thalia). Todo es estático, en Thalia. Nunca sucede nada. Todo el mundo conoce a todo el mundo: sus secretos, lo que hicieron ayer, su pasado, sus traspiés, sus cornadas. “Small town, small minded”, cantaban los Lambrettas. En ese opresivo medio ambiente, los personajes de La última película hacen lo que pueden para evadir su hastío.
Centran la narrativa del pueblo dos mejores amigos: Duane, el guaperas futbolista, y Sonny, su adláter tímido y más patoso (especialmente con las mujeres). Ambos pasan el tiempo morreándose con sus novias, jugando al billar en los únicos billares del pueblo, tomando batidos en el único café del pueblo y viendo filmes en el único cine del pueblo. Qué grande monde. El dueño de las tres cosas es Sam The Lion, cansado señor con perpetuo dolor de pies que también oficia de mentor/padrino de los dos muchachos. ¿Novias? La importante es la guapa y rica, Jacy Farrow, que sale con Duane y es hija de la antaño gran beldad de Thalia, la elegante y borracha y amarga Lois Farrow. Jacy es manipuladora, vana y pizpireta, mientras que su madre –uno de los grandes personajes secundarios de la novela- es una especie de Mrs. Robinson de provincias. Todos los personajes se sienten insatisfechos, melancólicos y asqueados (los jóvenes sin ser conscientes de ello). Sonny empieza una relación adúltera (su primera relación, de hecho) con una señora madura, la abatida Ruth Popper, esposa del entrenador del equipo de fútbol. Lo de Sonny y Ruth es como un Verano del 42 en un paisaje infinitamente peor, aunque no exento de cariño e intimidad. Jacy, por su parte, planea unirse al grupo de fiesteros pijos del pueblo vecino, pero para ser aceptada por su líder primero tiene que perder la virginidad. El inocente y casamentero Duane, que bebe los vientos por ella, será su gran baza. Todo se desencadena desde allí.
Larry McMurtry, el autor, es un célebre ex-librero, novelista y guionista tejano que ha escrito un montón de novelas, la mayoría ambientadas en el Oeste americano, otro buen montón en la Texas de hoy. Fue amigo de Ken Kesey, y de hecho yo escuché hablar de él por primera vez en Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe, aquella crónica sobre el viaje en autobús de los Merry Pranksters. McMurtry, que había estudiado con Kesey en la Stanford University, fue el anfitrión de Kesey y sus Bromistas cuando su periplo les llevó a Houston. Le debió costar una fortuna adecentar la casa tras su partida. La última película, como ustedes saben, fue llevada al cine de forma inusualmente bella por Peter Bogdanovich en 1971, en el filme del mismo título. McMurtry también es autor del guión de Brokeback Mountain, el largometraje que ha jorobado las excursiones de pesca de todos mis amigos hasta el fin de sus días. Ahora sabemos qué sucede allí.
La última película es la tercera novela del autor (de treinta o así que escribió), y aparentemente la que contiene más resonancias autobiográficas. Una excelente obra de narrativa sobre sueños rotos, ansia de escape y monotonía opresiva, escrita con profunda sencillez y llena de belleza. Sonny, hacia el final del libro: “Le invadió una sensación similar a la que experimentaba por las mañanas, con la diferencia de que esta nueva percepción era peor: entonces se había sentido solo en el pueblo, pero allí, de pie en las líneas de banda, sujetando la cadena, se sintió como si ni siquiera estuviera en el pueblo; no estaba en ninguna parte”. Ruth Popper, en la penúltima página: “Notaba que en la punta de la lengua tenía algo que le había llevado cuarenta años aprender, algo sabio, o valiente, o hermoso, que por fin podría decir. Sería justo lo que Sonny necesitaba saber de la vida, y lo habría dicho de no haberse sentido tan poseída por su propio alivio”. Como John Fante, McMurtry cuenta una serie de verdades desnudas, sin filigranas ni trucos. “Cuanto más ajustado y pequeño lo hacías”, decía Bukowski, “menos cabida tenían el error y la mentira”. McMurtry explica esa inmovilidad, ese repentino deseo de algo, lo que sea, que se despierta un día en el epitálamo de algunos personajes, y lo explica armado de contención y simplicidad y Verdad. Sin gritar ni prestidigitar. Página a página. Son su pausa y nulo deseo de hacerse notar, sus frases discretas pero concretas, las que consiguen transmitir la quietud mortecina, la estrechez estranguladora, de Thalia y sus habitantes con tal efectividad. Lo que sucede allí, lo sentimos en el alma. Lean y suspiren por Duane, Sonny, Jacy, Lois Farrow, Sam The Lion y Ruth Popper. No son personajes fáciles de olvidar. Una novela gigante, de palabra sencilla y herida perpetua. Me encantó. Kiko Amat
Libro del mes (mayo 2012): FREDERICK EXLEY Desventuras de un fanático del deporte
Desventuras de un fanático del deporte
Frederick Exley
Duomo
408 págs.
“Ese tipo escribe fatal”. “Menuda novela putrefacta ha escrito Y”. “Preferiría escuchar el sincronizado estertor de la muerte de mis dos hijos varones a leer otra novela de X”. Y así siempre. Tengo poca paciencia con los libros malos, debo admitir, y raramente les concedo el beneplácito de la duda. ¿Y si mejora hacia las últimas cincuenta páginas? La verdad es que nunca lo sabré, pues yo habré abandonado la lectura de aquel excremento muchas páginas antes. Hacia la 30, más o menos. Esta práctica (saltar por la borda de un libro pésimo a la primera de cambio) es la causante de que algunos amigos me busquen a menudo las cosquillas con la siguiente frasecita: “¿Cómo puedes decir eso sin habértelo leído?”. Mi respuesta a esa invectiva es, invariablemente: En efecto, no me lo he leído, amigo mío. Ni jamás lo haré, por supuesto. Este libro es ponzoña. Basura inmunda, titi. Y, como suele suceder con la basura, no necesito ponerla en mi plato y degustarla a pequeños mordisquitos, acompañada de un burdeos joven, para luego digerirla plácidamente a la sombra de un sauce llorón. Con arrearle un par de bastonazos desde una distancia prudente ya tengo suficiente; ya distingo de qué está hecha, créeme. Del mismo modo, opino que treinta páginas dejan más que suficiente espacio crítico para decidir si algo es o no es una porquería sin alma.
Por fortuna, esta deprimente ecuación también funciona en sentido inverso. Con algunos libros (los mejores), uno llega a la página treinta enamorado perdidamente del autor. Es el caso de Desventuras de un fanático del deporte, de Frederick Exley, que leí en menos de una semana, pero que amé desde el primer momento. Es esta una memoria ficticia, aunque, en palabras del autor (fallecido en 1992), “los acontecimientos que se describen en este libro guardan cierta semejanza con los de ese largo malestar que es mi vida”. La novela narra la historia de Fred Exley, un autoengañado aspirante a escritor en los Estados Unidos de los 50’s, la posguerra de Eisenhower. Como tantos otros libros reseñados en Bendito Atraso, el protagonista es un personaje abocado a la autodestrucción, perseguido por múltiples demonios y rodeado por lo peorcito del vagón: borrachos, inútiles, timadores, vagos, escritores pésimos y cronistas deportivos. Es esta, por consiguiente, la historia de un fracaso, y por tanto una historia que se ha contado antes muchas veces; aunque raramente así de bien.
El libro avanza a base de flashbacks constantes y recuerdos entremezclados, pero una gran parte de la acción es fiel a esta secuencia:
1) Exley emerge a los páramos de la América salvaje, lleno de empuje y demencial confianza en sus aptitudes.
2) Exley pierde la cordura, la salud, la pasta y la dignidad en el proceso, de bar en bar y partido de fútbol en partido de fútbol, de mujer en mujer y de comisaría en comisaría (y enfermería). Peleando, bebiendo como un pirata enloquecido, maniatado por el deseo insatisfecho (por no hablar de la ocasional impotencia sexual) y redactando la prosa más autoindulgente y babosona que imaginarse pueda.
3) Exley se repliega en el sofá de alguien (un amigo, o su madre) para lamerse las heridas.
4) En ese sofá Exley se adentra en un claro proceso de depresión maníaca, caracterizado por largas horas de visionado de televisión, ingesta de lípidos y conversaciones con perros.
5) Llegan los loqueros.
Y así continuamente.
Las razones del odio interior de Exley son variadas, pero digamos que su negrura impenetrable viene causada básicamente por la sombra perenne que dibuja la figura del padre (un súper-macho, deportista retirado, adorado por sus coetáneos) y por la patente imposibilidad de alcanzar las cotas de madurez-con-bíceps de aquel, a la vez que por el terrible –y gradual- descubrimiento de que dicho padre era, en realidad, también un pobre hombre: fatuo, violento, desgraciado y adicto a la veneración pública. Es esta relación edipoesca la que, por otro lado, ata la historia de nuestro protagonista con la de Frank Gifford, un célebre jugador de fútbol americano cuyo destino cree Exley (en su delirio) que está enlazado al suyo. Todo este malvivir y perpetua angustia, a su vez, provocan que Exley hijo se convierta en un padre inoperante, lejano, incapaz de dar o recibir afecto y con definitivos visos de psicopatía. Exley toma a lo largo de su periplo todas las acostumbradas decisiones erróneas y experimenta cada uno de los fracasos del círculo cromático: sexuales, sentimentales, espirituales, familiares y literarios. No se deja ni uno. Y sazona esos fracasos con el recuerdo de lo que pudo ser, del hombre que era antes de que todo empezara a torcerse. La mejor receta para la tragedia.
Desventuras de un fanático del deporte es un título que (en su traducción española) puede llevar a engaño. Este no es un libro sobre deportes, de la misma manera que Cuerpo de Harry Crews no era un libro sobre culturistas. Tampoco es un libro sobre borrachos, como lo era el Abluciones de Patrick DeWitt. Exley era el típico escritor de 1968 y, aunque algunos le comparen con Cheever, Yates, Mailer o Ford (inevitable pensar en El cronista deportivo), yo le mezclaría con la generación de los últimos 60’s: Ken Kesey, Joe Heller, Kurt Vonnegut, Don Carpenter, etc. Su amargura, humor negro, estilo emotivo y elástico, querencia por el bildungsroman, visión oscura y post-beat de esa América que recién se daba cuenta de lo que sucedía en Vietnam, son características del periodo. La forma en que utiliza la risa más triste del planeta le empareja al Algo sucedió de Heller; los tratamientos de electroshock y las detalladas visitas al frenopático hacen pensar invariablemente en Alguien voló sobre el nido del cuco, de Kesey. Y a la vez posee todas las cualidades de la novela americana clásica (de O’Hara al Coover de Whatever happened to Gloomy Gus of the Chicago Bears, incluso a El cronista deportivo de Ford, con la emoción y el humorismo de Fante). Es este, pues, un libro a la vieja usanza, sin golpes de efecto ni piruetas metaliterarias, un libro que confía en la paciencia, la empatía y la curiosidad del lector.
Ocasionalmente, el libro abusa de todas ellas. Desventuras no es, digámoslo claro, una novela perfecta. La sección de Chicago se hace un poco larga, quizás precisamente porque es cuando al protagonista le van mejor las cosas; folla, bebe y es feliz. Hakuna Matata, de acuerdo, pero el bienestar y la placidez no suelen crear gran literatura. Las extensas partes de gusaneo y patata-de-sofá, del mismo modo, se describen con extenuante detalle (cada telenovela, cada marca de patatas fritas, cada ventosidad, cada conversación con el desventurado perro de la madre…) hasta terminar con la resistencia del lector, que se ve empujado a leer en diagonal unas cuantas páginas. Y en cuanto a los delirios alcohólicos y las descripciones de sueños, qué puedo decirles que no les haya dicho antes en otras críticas: entorpecen la lectura de manera muy irritante (y, por tanto, me las salté sin el menor remordimiento).
Pero nada de esto importa demasiado. El pathos, el humor, la compasión y el maravilloso estilo de Exley compensan por todos los baches antes descritos. Exley es como un Nelson Algren que sufriese incontinencia verbal aún más acusada: a veces se le va la mano con el detalle, pero el poso que deja su prosa es tan rico y hermoso, tan lleno de nutrientes y frases inolvidables, que uno no puede hacer otra cosa que perdonarle. Al final, merece mucho la pena leerle. Como lector y como hombre. Kiko Amat
Lista del mes (junio 2011): 9 que no traducen ni a tiros
1) Dorothy Baker Young man with a horn (1938): Uno de mis cinco libros favoritos continúa inédito en nuestro país. ¿Van a quedarse ustedes de brazos cruzados ante esta monstruosa injusticia? La novela, déjenme contarles, es una cosa excepcional, y habla de forma insuperable sobre la pasión destructiva de un hombre por la creación de belleza (en este caso, el jazz) y los monstruos que acompañan a dicha creación (una sed oceánica). La novela está basada vagamente en la vida de Bix Beiderbecke, que murió cirrótico perdido a los treinta años, y es tan citable que uno tiene que contenerse para no incrustar párrafos enteros en todos los artículos musicales que escribe (en el último single de Comet Gain para Doble Vida –tomen nota, geeks de la trivia pop- el fragmento hablado al inicio de “The weekend dreams” es del libro que nos ocupa). Existe también una versión fílmica, por cierto, que no da casi nada de vergüenza ajena (aunque no le llega a ni a las rodillas a la novela) con Kirk Douglas en el papel protagonista, aunque también mariposeando por ahí (por desgracia) está Doris Day (Kim “Rictus marmóreo” Novak hubiese sido mucho, pero mucho peor; recuerden como contribuyó a despedazar The Man with a golden arm de Preminger, ya de por sí una pobre adaptación de la maravillosa novela de Nelson Algren).
2) Nelson Algren Walk on the wild side (1956). Una de las mejores novelas de la historia. Se antoja innecesario aseverar que las dos novelas principales de Algren (la otra es El hombre del brazo de oro) mingitan copiosamente sobre cualquier producto posmoderno americano de los últimos veinte años. Así como la segunda sí llegó a publicarse repetidamente en nuestro país -sin duda serán capaces de encontrar ediciones más bien feas en ropavejeros- A walk on the wild side permanece inédita. Pero no se alarmen, amigos lectores: un pajarillo me ha contado que posiblemente se publique en breve en nuestro país. ¡Albricias!
3) Patrick Hamilton Hangover square (1941): Y también The slaves of solitude (1947). Una reciente edición americana de la segunda, publicada por NYRB, incluía un entusiasta blurb de Nick Hornby; pero ni así. Les conmino fervientemente a que las traduzcan, corcho; que ambas son de lo mejorcito de los 40’s británicos.
4) Joseph Heller Something happened (1974). Si recuerdan, fue el primer Libro del Mes de Bendito Atraso, aunque parece que sirvió de maldita la cosa. Por ello he creído urgente volver a insistir. Aunque nadie la recuerde (todo el mundo se decanta por el debut de Heller, la fenomenal Catch 22, de 1961), para mí es su mejor trabajo. Y Kurt Vonnegut concurría conmigo, para que se enteren. La editó en 1976 la editorial Ultramar, pero convendrán conmigo que ha llovido lo suyo desde entonces.
5) Ken Kesey Sometimes a great notion (1964): Igualito que en el caso anterior. Todos los mimos son para la sin duda sensacional Alguien voló sobre el nido del cuco, de 1962, pero nadie parece recordar su (en mi opinión) superior segunda novela. Existe también una versión cinematográfica homónima, tan execrable y ponzoñosa como imaginan (aunque menos que aquella vomitiva Walk on the wild side).
6) Harry Crews, todo: Pero calma, amigos. Justo cuando estaba escribiendo esto he topado con la noticia del año: Acuarela va a publicar Cuerpo este mismo junio. ¡Aleluya! Aún quedan por editar todas las demás (A childhood, Car y The Gipsy’s curse son mis predilectas, si desean saberlo), pero al menos se ha puesto fin a una injusticia tremenda para con el mejor escritor sureño vivo, y uno de mis más queridos narradores desde siempre.
7) Nik Cohn, Need (1997): Y también King death (1975) -que sacó en 1975 Star Books, si bien traducido de forma harto liberal- y The heart of the world (1992) y I am the greatest says Johnny Angelo (1967) y la recopilación de ensayos Ball the wall (1989). El público suele recordarle tan solo por su excepcional revisión de la década dorada del pop, Awopbopaloobop Alopbamboom (1970) o porque su artículo “The tribal rites of saturday night” se transformaría en la maravillosa Saturday night fever, pero Cohn es también un elástico e impresionante novelista. Poca gente maneja el lenguaje como él, créanme.
8) Richard Price The wanderers (1974): Se está desarrollando una labor conzienzuda de rescate de toda su obra que, con todo, olvida su debut y (según mi juicio) cima absoluta de su carrera. De rodillas se lo suplico: que alguien le eche el guante a esto. Pues no existe mejor visión
novelada del pandillerismo juvenil 50’s –una visión mitográfica, épica pero brutal- y, si quieren que pronuncie una profanidad, es un libro casi superior al Rebeldes de Susan Hinton. Casi.
9) Edward Limonov It’s me, Eddie (1983): Limonov está como un cencerro, y se pasa el día entrando y saliendo de la cárcel (ha fundado un partido filo-nazi ruso, el Partido Nacional-Bolchevique) mientras prorrumpe en enloquecidos panegíricos a Stalin, Bakunin y Alain de Benoist (lo dicho: como una cabra). Pero por mucho que haya perdido ostentóreamente la razón, su It’s me Eddie (especie de “memoria ficticia” de su vida como enmigrado dandy-punk en el Nueva York de los ochenta) es aún una pequeña obra maestra, y uno de mis libros más amados. Que lo publiquen, les digo.
Entrevista con Kiko Amat para Luchalibro
Una entrevista con cuestionario incluido con Kiko Amat para la página Luchalibro.com, desde Chile. Se habla de Joseph Heller, de David Nicholls, se cuenta toda la verdad sobre el espinoso tema de “los rusos”, se auto-critican desfavorablemente las dos primeras novelas del autor, se hace mofa de la posmodernidad (y sus autores), y más cosas. Léanla aquí.




