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Los violentos y los salvados: una charla con Donald Ray Pollock
Donald Ray Pollock erige en sus libros una Gran Verdad mediante fragmentos naufragados de su vida, poniendo sus entrañas extirpadas a secar y recubriéndolas de imaginación. Su debut del 2010, Knockemstiff, era una colección enhebrada de emotivas historias lumpen sobre su antiguo pueblo. El diablo a todas horas (Libros del Silencio, 2012) mezcla novela negra con monstruosidad y crueldad sureñas, estigmas sangrantes (propios y ajenos), redención y un impresionante retablo con lo peor y mejor de cada casa.
John Fante lo definió como La Verdad. “No quiero decir realidad autobiográfica”, decía al intentar describirla. “Es otra cosa. No sé cómo llamarla, pero es distinta de la autobiografía, y a la vez muy similar a ella”. Es difícil hablar de La Verdad; o la entiendes y eres capaz de distinguirla, o no. Pues esa verdad emocional existe, y le salta a uno a los ojos, uñas en ristre, al leer a determinados autores. Es esa narrativa llena de salvaje honestidad, confesión, compasión, brutalidad y humor, escrita en un lenguaje limpio, duro y hermoso, sin fingimiento, pomposidad ni afectación. Que se niega a guardar silencio (como decía el prólogo a Cuadernos manchados de vino, de Bukowski) “acerca de quienes más sufrían: los castigados, los pobres, los locos, los parados, los vagabundos en los callejones de mala muerte, los alcohólicos, los inadaptados, los niños maltratados, la clase obrera (…) Los agonizantes flacos y orgullosos”. Donald Ray Pollock posee la fuerza de la verdad, la que uno se arranca de las propias vísceras y anuda en eslabones de ficción, y esta vez la ha puesto al servicio de una adictiva, violenta y auténticamente emotiva historia sobre obsesión, fanatismo y sangre fácil en el Sur americano.
Harry Crews decía: “Me sedujo el crear mundos que nunca habían existido, pero también el enhebrar una sarta de mentiras que (…) terminaba siendo mucho más verdadero que lo que me había sucedido en la vida real”. ¿Podría eso aplicarse a tus obras?
Cualquier escritor de por ahí puede explicar el proceso creativo mejor que yo. Creo que cuando escribo entro en un mundo de sueños, pero, al igual que en los sueños, todo está influenciado por lo que ha pasado en mi vida. Mientras escribía los cuentos que figuran en Knockemstiff permanecí fiel a ciertas cosas, especialmente la pobreza y la reputación de lugar duro que tenía mi pueblo, así que el lugar resultó mucho más “real” para mí de lo que habría sido si todo hubiese sido inventado. En otras palabras, el libro tenía unos cimientos basados en la realidad, y alrededor de ella construí, como dijo Crews, “una sarta de mentiras”.
Crews también dijo que “la mejor narrativa casi siempre va de lo mismo: gente haciéndolo lo mejor que pueden con lo que les ha tocado en suerte, a veces actuando con honor, a veces no. A veces con amor y compasión y misericordia, a veces no”.
Creo que la mayoría de mis personajes encajan en esa descripción, pero probablemente la gran mayoría de personas en el planeta también lo hagan.
Al igual que Nelson Algren, Crews, Malcolm Braly o Edward Bunker hablas de los del fondo del cubo, pero lo haces con completa empatía. Incluso les tienes estima a los más pérfidos.
Sólo hay un personaje en El diablo… que me cae algo mal y es Teagardin, el predicador pedófilo. Me sería extremadamente difícil, quizás imposible, escribir largo y tendido sobre personajes que me siempre me cayeran gordos. Cuanto menos, siento simpatía por los que terminan siendo malos, porque, después de todo, yo les hice de esa manera.
Owen Jones, en su Chavs: la demonización de la clase obrera, afirma que los orígenes opulentos quizás no te impidan sentir empatía hacia los desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de lo que piensan y las condiciones en que viven. Supongo que la razón por la que entiendes tan bien a tus personajes es que eres como ellos.
Bueno, sin duda me crié en un ambiente de clase trabajadora. Mi padre apenas terminó el octavo grado (2º de ESO) y luego trabajó cuarenta y dos años en una fábrica de papel. Tuvo la suerte de que la fábrica era un empleo sindicado. Sacó algo de dinero y gozaba de seguro de salud, y por eso, aunque mi familia tal vez se habría definido a sí misma como clase media-baja, eran ricos en comparación con algunos de los chicos con los que crecí.
Escapar del entorno es la médula espinal de Knockemstiff, y en El diablo… también hay sueños de fuga. ¿Era escapar de tu destino el pensamiento dominante de tus años obreros? ¿Hay alguien que quiera permanecer en Ohio?
En primer lugar, no creo que Ohio (aunque ciertamente no es un lugar atractivo ni glamuroso donde vivir) tenga gran cosa que ver con eso. Estoy seguro de que un montón de gente desearía escapar de la ciudad en España donde se crió, o de un mal matrimonio en Tokio, o un pésimo trabajo en San Francisco. Ohio sólo es el único lugar que conozco de verdad, por lo menos lo suficiente como para escribir sobre él. Es cierto que el pensamiento primordial de mis años en la fábrica de papel era la fuga, pero es que igualmente siempre he sido el tipo de persona que piensa que sería más feliz viviendo en otro lugar. Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no era el caso.
La redención es el epicentro de El diablo… Hay un montón de esperanza y necesidad de salvación. Les ofreces algo que no ofreciste a los personajes de Knockemstiff: la oportunidad de una vida mejor y un futuro más brillante.
Si he de serte sincero, lo que sucede es que cuando escribí El diablo… pensé más en el lector, y sé que a la gente le gusta encontrar al menos un atisbo de esperanza o de optimismo al final de un libro. Cuando escribí las historias de Knockemstiff no tuve en cuenta al público en absoluto, porque no creía que jamás fuese a publicar lo que escribía. ¿Hace eso que El diablo… sea un libro menos honesto? No lo creo. En todo caso, el lector se convierte en otra influencia de la narración.
Recientemente entrevisté a Steve Earle por No voy a salir vivo de este mundo y me dijo que los novelistas tienen que ser responsables, mostrar los aspectos positivos de las personas, no sólo la oscuridad. ¿Es algo que suscribes?
Bueno, estoy bastante de acuerdo con eso, pero tengo que admitir que no creo demasiado en cosas como la “responsabilidad del novelista”. Pienso que si el escritor se esfuerza para escribir la historia con honestidad, todo, bondad y oscuridad, acabarán mostrándose, al menos hasta cierto punto.
Algunos críticos cursis describen tu trabajo como “pornográfico”, sugiriendo que es cínico mostrar sólo los actos más horribles imaginables y las más bajas intenciones. Yo diría lo contrario: tu novela está llena de esperanza, porque la moraleja es que incluso en Meade, rodeada de lo peor, la gente logra actuar con bondad.
No escribo cuentos de hadas. Seamos realistas: aunque la mayoría de las personas suelen ser amables y cariñosas, unas cuantas son malas. Por añadidura, si alguien piensa que mi trabajo sólo muestra “los actos más horribles imaginables”, es que no se han puesto al día de la actualidad. Mis personajes ni siquiera se acercan a lo que los seres humanos son verdaderamente capaces en términos de las “más bajas intenciones”. Las cosas que escribo son ligeras en comparación con, por ejemplo, la masacre de veinte niños en una escuela de Connecticut hace poco.
Por la misma razón, en tu última novela se aplica castigo. A pesar de que los inocentes se ven perjudicados, los malvados no se van de rositas.
La gente debe responsabilizarse de sus crímenes, y creo que en última instancia la gente mala paga por sus pecados. No quiero ni pensar lo que el mundo sería si eso no fuese cierto. El castigo quizás no sea siempre la cárcel o la silla eléctrica o algún tipo de infierno en el más allá, pero al menos que anden con las almas podridas y nunca encuentren la paz.
Los finales relativamente agradables son tan fieles a la realidad como los malos finales. La vida real es una mezcla de los dos, ¿no te parece?
Considera la cantidad de historias reales que tienen lugar en el mundo, todos los días. Hay miles de millones de ellas. Algunas personas son bendecidas y otras no; siempre ha sido así. La vida no sería tan dulce si a todo el mundo se le asegurara un final feliz.
Te voy a preguntar algo que también le pregunté a Earle: Si, como Studs Terkel dijo, “la diferencia entre intérprete y artista es la afirmación del yo, el Aquí Estoy”, ¿Cuánto de ti hay en El diablo a todas horas? ¿O quizás hay un poco de ti en cada personaje? (esperemos que no en Teagardin).
Por supuesto. Incluso en Teagardin, joder. En el momento en que piensa en sentar cabeza en una vieja granja, y fantasea sobre sus hijos jugando en el patio al atardecer mientras él lee buenos libros en el porche… Eso es un pequeño pedazo de mí.
Venganza, secretos y culpa en El diablo a todas horas. Hay abundancia de las tres.
Bueno, la narrativa debe ofrecer conflictos para ser interesante y, como he dicho antes, no escribo cuentos de hadas. Muy pocos de nosotros somos santos. En algún momento la mayoría de la gente ha fantaseado con vengarse de alguien, ¿no? Si retirásemos las complicaciones (secretos, culpa, lujuria, venganza, etc.) la mayoría de historias no merecerían ser leídas.
Se te compara con frecuencia a Cormac McCarthy, pero para mí El diablo… es una mezcla de Harry Crews, Badlands y cualquier canción de Drive-By Truckers. Y el humor negro de Flannery O’Connor.
Me influencian muchas cosas, incluyendo música y las películas, o incluso algo que escucho por casualidad en la gasolinera. Me avergüenza que la gente me compare con Flannery O’Connor (¡especialmente por ella!). Sin embargo, McCarthy dijo una vez (parafraseo): “Los libros se hacen de libros”. Me parezco a otros autores, sin duda.
Última pregunta: ¿Has visto alguna vez morir de forma violenta a un hombre?
No violentamente. He visto a dos de mis amigos morir, pero ambos sufrían de cáncer. Odio decirlo, pero una muerte violenta habría sido mejor.
Kiko Amat
(Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista Rockdelux #314 de febrero del 2013)
Libro del mes (diciembre 2012): DONALD RAY POLLOCK El diablo a todas horas
El diablo a todas horas
Libros del Silencio / Empúries
“Es el Nelson Algren de nuestro tiempo. Publíquenlo ahora”. Eso lo dije yo, cuando me preguntaron. Una editorial me había entregado el manuscrito de Knockemstiff, debut narrativo de Donald Ray Pollock, para que realizara una lectura, y mi imperativo entusiasta era el punto final a cuatro páginas de enloquecidos parabienes. En aquella casa no me hicieron el menor caso (resulta inconcebible: ¿Cómo alguien podría no hacerme caso todo el tiempo?), pero afortunadamente otras dos editoriales se abalanzaron sobre la novela, y una de ellas incluso me pidió un prólogo para su traducción al castellano. Eso fue con Knockemstiff. Decididamente mi novedad favorita del 2011.
Tan solo un año después llega El diablo a todas horas, segundo trabajo de Donald Ray Pollock, y me mantengo en mis trece: este gran hombre es de veras el Nelson Algren de nuestro tiempo. O el Harry Crews. O Edward Bunker, o Howard Braly, o el primer Richard Price, o (¡no intenten detenerme ahora!) Don Carpenter. El diablo a todas horas podría ser una mezcla de El cantante de góspel de Harry Crews (recién aparecido en Acuarela) y Badlands de Terrence Malick. El diablo a todas horas es, para qué andarnos con rodeos, una de las mejores novelas que he leído en la vida, y así se lo estoy contando. ¿Sube directa a nuestro podio de Mejor del Año? Podría, podría, pero existe un celebrable inconveniente: este 2012 ha visto aparecer también No saldré vivo de este mundo de Steve Earle (Libro del Mes de noviembre en Bendito Atraso) y el mencionado debut de Harry Crews, publicado originalmente en 1968. La cosa está reñida, y según parece solo va a poder dirimirse a puñetazos (de no estar muerto ganaría Crews, que ostenta veintisiete años de karate).
El diablo a todas horas posee, en cualquier caso, todas las cualidades que buscamos en una novela: dureza, compasión, redención, belleza, violencia, una trama adictiva y trenzada con tino, algo de humor (negro, calcinado humor), personajes inolvidables, aventuras dañinas, humanos extravagantes (pero creíbles), códigos de honor, locura y obsesión, fanatismo, sangre fácil y el Sur. Oh, y predicadores malvados. Y psychokillers en ruta (recuerden Badlands, olviden Natural Born Killers). Y un payaso gay. También un sheriff corrupto. Y bastantes disminuidos físicos o amputados (puro Harry Crews). También padres que han perdido la chaveta, incapaces de soportar el dolor de la pérdida o la ominosa carga de los recuerdos y la culpa. Eso: y culpa, mucha culpa (casi lo olvidamos); culpa a raudales. Y una elevada dosis de ignorancia sureña; esa ignorancia pura, casi admirable, demente y orgullosa. Y pueblos de mierda en medio de la nada (antes fue Knockemstiff, ahora es Meade) que, valga el lugar común, se convierten en personajes por derecho propio. Y sed de venganza, de retribución brutal. Y secretos de familia, onerosas cosas-nunca-dichas y

que mejor no saber jamás. Y bocadillos de chopped, alcohol flamígero, enfermedades venéreas, moscas y sacrificios humanos. Vómito y mierda y zurribandas tumultuosas y una abultada fila de cadáveres. ¿La trama? Al igual que sucedía en Knockemstiff, se trata de un mapa cruzado con encuentros y desencuentros, donde las vidas de unos interfieren fatalmente en las de lo demás. El porcentaje de malvados y benignos no anda tan ladeado como podría suponerse: cinco o seis de nuestros personajes podrían ser considerados buenos o potencialmente buenos (Arvin, la malograda Lawana, la malograda Charlotte, Emma, Hank Bell); cinco o seis más caerían en algún punto del diagrama de la maldad (redimible o más allá de la redención: el cura pervertido Preston Teagardin, los psychokillers Sandy y Carl, el sheriff sucio Boedecker, la jauria de matones clásicos, el abogado corrupto Henry Dunlap); y dos o tres más son simplemente subnormales, o malos-por-subnormalidad-o-inacción, o tipos chiflados de puro dolor insostenible (los extrañísimos predicadores Theodore y Roy; el demenciado padre de Arvin, Willard, y su fatal obcecación por los sacrificios expiatorios de fauna local).
Pero no se me confundan: esto no es gótico sureño, como escupen algunos despreocupadamente cada vez que aparece una novela firmada en algún punto del sudeste norteamericano. No hay impostura en El diablo a todas horas ni soluciones mágicas al asunto. La novela de Donald Ray Pollock se erige exclusivamente a base de compasión, redención y justicia (si bien ocasionalmente tardía, o post-mortem). Como Algren o Crews, Pollock ama a sus carneros, incluso a los más descarriados del rebaño; comprende su pesar, también cuando se transforma en perversidad. Esa comprensión, sin embargo, no les exime del castigo: los que tenían que pagar, pagan. El bueno logra salir de allí andando hacia el horizonte, pero sus hombros están llenos de vísceras y su alma a reventar de pesadumbre. Arvin, nuestro sufrido protagonista, termina como un tiznado Lucky Luke. La salvación existe, parece decirnos el autor, pero no va a resultar barata: hay que descender unos cuantos círculos del infierno para siquiera otearla en la distancia. Oakley Hall diría que “es bueno vivir con algo así en la conciencia”. Pollock parece no saber si es bueno, pero sí inevitable. No hay otra forma de limpiarse.
Por supuesto, la cantidad de violencia y sangre ha provocado que los críticos cursis de siempre lamenten la obsesión “pornográfica” del autor por los mamporros y los disparos a bocajarro, por los animales destripados y la putrefacción de la carne, por las cicatrices y los muñones y las
patadas en los huevos y las botas polvorientas. ¿Cómo describirles a dichos críticos el lugar físico y espiritual en que alguna gente habita? Owen Jones lo afirma en su Chavs; la demonización de la clase obrera: los orígenes opulentos quizás no te impidan sentir empatía hacia los más desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de en qué mundo viven los del montón del cubo; las cosas que aman, el lenguaje que utilizan, su extraña dignidad, su forma de resolver los problemas. Para esos académicos, el mundo que pinta Pollock resulta tan extraño y lejano como el de una novela de marcianos. Lo lógico es que no lo entiendan. Y aún siendo así: me enoja. Es mi vieja patata en el hombro, ¿entienden?
Donald Ray Pollock habla de todo esto sin afectación, sin filigranas, desde dentro del intestino y poniéndose perdido de mugre, pero sin perderde vista el éxtasis, el humor, el amor y la belleza. Trabajador manual en una fábrica de papel durante 32 años y autor publicado a los cincuenta, Pollock es el epítome de héroe working class literario. Asimismo, si bien el contexto es crucial, si bien la autenticidad emocional es un requisito obligado, sus orígenes importarían poco si su novela fuese mediocre. Y, desde luego, no es el caso. Por añadidura, Pollock no juega la carta “fuck you, I drive a truck” (que diría Jim Dodge), no cae en la tentadora autoparodia del proletario para que aplaudan unos cuantos académicos pijos, el equivalente literario del gag Yorkshire de Monty Python (“vivíamos diez en un zapato dentro de un charco…”). Es este un señor digno con la nuca impecablemente rasurada que resulta que pasó 32 años en una factoría inmunda. Es lo que hay. Inevitablemente, muchos resaltan este hecho al hablar de su obra, lo cual es legítimo: la cosa, después de todo, tiene pelotas. Pero esto no es un chimpancé que ha pulsado por azar un par de teclas y le ha salido Madame Bovary. Esto es un rotundo, inmenso escritor que ha desarrollado lo que tantos ansían: un universo propio, reconocible y rico, y una voz dura, maleable y bella para explicar aquel mundo.
El diablo a todas horas es una tremenda novela. De lo mejor que he leído nunca. Me descubro ante Donald Ray Pollock. Kiko Amat
Libro del mes (diciembre 2011): HARRY CREWS Cuerpo
Harry Crews
Acuarela Libros / Antonio Machado Libros
Traducción de Javier Lucini
339 págs.
Empecemos diciendo que este no es el mejor libro de Harry Crews, y digamos también que esa afirmación es irrelevante. Se lo pongo en forma de alegoría: Mi amigo Pol, nativo de Limerick, estuvo haciéndome la misma pregunta-chiste durante años: “Define la peor mamada que te han hecho”. Cuando yo respondía esculpiendo una mueca de perplejidad –mientras recopilaba mentalmente felaciones torpes del pasado; que me habían hecho, quiero decir, no a la inversa-, él levantaba ambos pulgares, sacaba la lengua por un extremo de la boca y, arqueando de forma imposible las cejas, exclamaba, salivando como una llama enloquecida por la pasión y respondiéndose a sí mismo: FUCKKKKKING GREAT, MAN. ¿Qué insinuaba su (nada sutil) chascarrillo? Sencillamente esto: algunas cosas son tan maravillosas que incluso en su versión más pobre conservan algo de gloria nuclear. Algunas cosas son tan grandes que no hay forma de encontrarles un lado malo. La peor zalagarda de Billy Childish es aún una gran canción para quitarse los pantalones y salir a la calle ondeándolos, como quien esgrime gallardo un baluarte de guerra. No existe un Raymond Chandler repugnante. Las caras B de The Jam son la remonda. El northern soul más chapuzas y escaso es aún vibrante y apasionado. No hay Shangri-las inescuchables. Harry Crews no puede escribir mal. Todo verdades que le anclan a uno cuando arrecia el temporal. No hay una mala mamada. Bueno, sí. Pero no me saboteen el teorema, ni me obliguen a pensar en ella.
Harry Crews lleva encima un caparazón de mito e historia apócrifa tan espeso y consistente que se antoja imposible hablar del tipo real. Muchos de ustedes ya habrán oído hablar en tabernas y lupanares de sus rasgos definitorios, tan poco escritorzuelo, tan de personaje de sus propias novelas: 27 años de karate. Ex-marine. Nariz rota por varios puntos claves. Querencia por el esbatussarse y dar taburetazos en bares (o talleres de narrativa, si le vienen provocando). Indudablemente divorciado, y encima dos veces, y para colmo de la misma mujer. Hijo de Bacon County, Georgia, un lugar tan atrasado, ceporro, hillbilly y brutal que a su lado Tres Mil Viviendas parece Manhattan (el propio Crews afirma que de niño no comprendía por qué los modelos en los catálogos Sears Roebuck conservaban todos los dedos y ojos y extremidades; en su pueblo todo el mundo era tullido, cojo, bizco o manco). Aficionado a la cetrería (el arte de cazar con aves rapaces). Un hombre de poco reírse y nada de provocar la risa ajena (a no ser que se trate de la risa nerviosa del que se sorprende aproximándose a velocidad de vértigo hacia la paliza de su vida), y que siempre ha advertido que no se considera “una persona divertida” (algo que, francamente, ya sospechábamos). La espantosa historia de su hijo fallecido, que él mismo contó en su terrible y hermosa “Fathers, sons, blood”. Y, como ornamento culminante, aquel tatuaje que el hombre descubre a la mínima de cambio: How do you like your blue eyed boy, Mr.Death? (un verso de e.e.cummings). Hoy mismo observaba yo una foto de Jonathan Franzen y el editor del New Yorker platicando en la portada de Cultura/S y pensaba para mis adentros: Qué pinta de escritores pesados tienen estos dos tíos, por el amor de Cristo. No saciaría mi sed en su compañía ni encañonado con una lupara. Además, iban igualitos: tejano mal planchado por el lateral, americana gris, camisa indistinguible, cara de bodrio (o profesor de literatura comparada) que
anticipa inevitable encajada flácida de mano. Harry Crews es bien poco así. La mayoría de veces parece alguien recién arrancado de una fila de identificación de sospechosos en Odesa (Ucrania). Cuando sonríe se asemeja peligrosamente al bruto homicida de hueso frontal prominente en El chico de oro. Hay una foto en la que se le ve dando clase en 1980, y lo que sugiere la imagen es un asesino de masas a puntito de empezar a degollar rehenes. Como todo esto que acabo de recitarles aún debía parecerle poco, un día Crews se afeitó una espléndida cresta en su cocorota. En fin: no esperen que aparezca próximamente en L’Hora del Lector ni nada parecido. A su lado, incluso el Hemingway caza-búfalos y pugilístico parece Isabel Allende.
Asimismo, estas consideraciones estéticas son periféricas. Lo que ustedes deben saber de Harry Crews es que es uno de los mejores escritores del mundo. Escribe con los huevos (no literalmente, bobos) y trabaja extendiendo sus intestinos y corazón hecho puré sobre la mesa de escribir, y luego aplica toda su disciplina y arte y emoción para que lo escrito sea algo magnífico y terrible y trascendente. Sus frases permanecen con nosotros mucho tiempo después de ser leídas, a veces para siempre. Mi copia de A childhood muestra profundos surcos de subrayado en la mayoría de páginas: “Siempre he sabido que, en el fondo, una parte de mí nunca se fue, nunca sería capaz de irse, del sitio donde nací”. O “Anything worth doing is worth overdoing”. Y por supuesto, el filo-axioma y gran candidato para tatuaje literario no hecho del siglo: “Only the use of I, lovely and terryfing word, would get me to the place where I needed to go”.
Otra frase suya nos viene a cuento para hablar de Cuerpo, aunque no pertenezca a la novela: “All the best fiction is about the same thing: people doing the best they can with what they’ve got to do with, sometimes acting with honor, sometimes not, sometimes with love and compassion and mercy, and sometimes not” (de su Introduction a la recopilación Classic Crews). Cuerpo es una novela sobre culturistas del mismo modo que Moby Dick es solo un libro sobre un cetáceo. Cuerpo cuenta su historia en un paisaje de culturistas, pero en realidad es un libro sobre gente fracturada intentando recuperar su orgullo, hombres y mujeres incompletos, quebrados, rebelándose contra el destino y la mala fortuna. Los feos, abandonados, extraviados, deformes del mundo: sus anhelos y dolores, sus culpas y sus venganzas. Ese es el gran tema Crews, ni más ni menos. Gente haciéndolo lo mejor que pueden con el material que les ha tocado en suerte. Sin moralina ni regañinas morales (aunque sus libros están llenos de moralidad; una moralidad superior). Como afirma en A childhood: “No era culpa suya, ni mía, ni de nadie. Simplemente sucedió así”. Y aún más: “These were not violent men, but their lives were full of violence”. En la mayoría de escritos de Crews uno no conoce a hombres sucios, sino hombres inevitablemente ensuciados por el vivir. Es lo que hay, y no hay más que hablar. En su trabajo no existe el hombre bueno ni el hombre malo, aunque (como en The Wire) se topa uno con hombres que actúan de peor forma que otros. “No one is innocent”, cantaban tantos grupos punk.
Cuerpo avanza de forma contundente por varios senderos temáticos del Crews clásico: familia, violencia, individuos desafectos, gente no-convencional, posibilidad de redención. Quizás carezca del granizo de frases paralizantes que tanto abundan en muchos de sus trabajos (esos monstruos gasta-Post-its que van a llevarme a la ruina), pero transporta al lector hacia aquel inevitable punto de compasión empática, no condescendiente, que es esencial para Harry Crews, que es casi la meta de su arte. En ese sentido, y aunque es comprensible la intención de etiquetar de algún modo a un autor desconocido aquí, no es del todo acertada la definición de “100% White Trash” que anuncia la portada de esta novela. Cuerpo no es un libro sobre white trash, sino sobre gente común herida y obstinada, y su mensaje no es: “mirad a estos desgraciados” sino “todos somos lo mismo”. ¿Esta gente atiborrada de esteroides, esos cuerpos femeninos de rasgos grotescos, hinchados hasta lo irreconocible? Son los receptáculos de anhelos, desamores, ansias, culpas, remordimientos e iras sorprendentemente parecidos a los nuestros. Un brutal mensaje que suena a Mose Allison, pero que va envuelto en ignorancia, pobreza, fuerza bruta y orgullo de clase, “amor y terror”. Y tal vez, a lo mejor, algo de victoria pírrica final. Redención, quizás ya inservible, que llegó tarde a su cita.
Cuerpo es una excelente novela que deberían leer, y entrar en el mundo de Harry Crews una de las mejores cosas que pueden sucederle a cualquier interesado en humanos y emoción, no en teoría y artificio. Es curioso como mi introducción a su obra fue casi la misma que la de su prologuista y editor, Jesús Llorente: por vía del grupo musical Harry Crews. No es del todo igual, porque yo llegué a Harry Crews grupo empujado por Lydia Lunch y la No Wave, no por Kim Gordon de Sonic Youth (que también era miembro de dicha ensemble homenajeadora), y tampoco puedo decir que el contenido del álbum Naked in Garden Hills me parezca capital. En mi caso, el disco solo es importante en cuanto a latigazo en la curiosidad: ¿Toda esta gente es tan fan de un autor como para grabarle un álbum entero? Merece la pena echarle un vistazo, cojones. Así lo hice, y Harry Crews se convirtió para siempre en uno de mis autores de cabecera. Solo queda esperar que Acuarela continúe su esperanzadora labor editando el resto de su obra, y ojalá que prosigan con alguno de mis favoritos: The gipsy’s curse, Car, A feast of snakes o A childhood. Si les gustó el Knockemstiff de Donald Ray Pollock, aquí tienen a su maestro. Y Joseph Heller es fan. Qué más puedo decirles. Kiko Amat
Prólogo de Kiko Amat para Knockemstiff
Ya está en la calle la novela de debut de Donald Ray Pollock, Knockemstiff, que ha traducido al castellano Javier Calvo -el mejor traductor del inglés al español que tenemos en el país- y publica Libros del Silencio. La novela lleva un extenso y apasionado prólogo de Kiko Amat donde habla de trailer parks, anfetaminas, inbreeding, pollos muertos, esteroides y zopencos, pero también de compasión, empatía, perdición y tragedia de la nada heroica. Y también de La Verdad, la que escribieron Harry Crews, Nelson Algren, Fante, Hubert Selby Jr. y muchos otros; y, ahora, también Donald Ray Pollock.
Pueden descargarse exclusivamente el prólogo en este lugar que les indicamos, pero sería terrible que no compraran la novela y se estremecieran con cada palabra de este gran libro de salmos y lamentaciones working class que es Knockemstiff. Una de las cosas más honestas, impactantes y magníficamente bien escritas que hemos leído en años.
Encontrarán también un fragmento del asunto aquí, en la página de libros (realizada sin afán de lucro) Sigue Leyendo.



