Entradas con la etiqueta ‘kurt vonnegut’

Gary Shteyngart: un esperpéntico Armagedón

Los más aplicados de ustedes tal vez recuerden a Gary Shteyngart. En un Cultura/S pasado dije de él que era “raro y divertido a lo George Saunders o Vonnegut” y “el único autor de Granta 2006 que se atreve a ser cómico”. Gary Shteyngart, en efecto, sobresalía como un chichón en aquella lista, donde la mayoría de autores eran más afectados que Laurence Olivier. La razón ya la sugerí entonces: Shteyngart gusta de utilizar el humor en su narrativa, lo que le separa del grueso de novelistas en boga. Sin embargo, como su título advierte de forma nada sutil, esta tercera novela también es una tragedia. Una gran tragedia con visos de esperpento, comedia y apocalipsis. Y si ustedes han pensado en Kurt Vonnegut aquí, premio.

La prosa que utiliza Shteyngart para narrar esta saga, sin embargo, no es tan infantil como la de Vonnegut. El autor alterna dos voces: la de Lenny Abramov, empleado de una multinacional que vende inmortalidad, cuyos pensamientos leemos en un diario a la vieja usanza, y su amada Eunice Park, una materialista teen de origen coreano, cuyas cuitas fisgamos en mails de “GlobalTeens”. Ambos viven en unos EUA totalitarios bajo el dominio económico de China, un erial barbárico donde se hostiga al pobre, todo el mundo se comunica (y muestra sus “índices de Follabilidad”) mediante un engendro llamado äppärät y cada ciudadano es un maniquí de plexiglás interesado únicamente en oro y sexo. O sea, los EUA actuales.

Esta distopía se narra con estilo propio y un sentido del humor semítico, fatalista y perverso que recuerda a Larry David o el joven Woody Allen. Pero el delicado equilibrio humor-tragedia va mutando según avanza el libro, que hacia el final ya ha derivado en caótico drama de Armagedón y muerte. La sensación bipolar que le queda a uno al concluir la novela, así, es de depresión inconsolable acompañada de hilaridad suicida, como si nos hubiesen contado el mejor chiste del mundo en un avión que se precipita llameante hacia la tierra. Notable.

Una súper triste historia de amor verdadero

Gary Shteyngart

Duomo Ediciones

Trad. de Ramón de España

406 págs.

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 4 de enero del 2012)

Sé nuestro gurú, Jim

Cuatro caóticos documentos de word (uno de ellos… ¿vacío?) adjuntos a su correo confirman que Jim Dodge continúa impermeable a la tecnología. El escritor más ludita, inspirador y fascinante del mundo vuelve a estar de actualidad gracias a la reedición mejorada de Stone Junction, su celebrada saga anarco-alquímica. Hombres vs. plutocracia, bien contra mal, compasión contra crueldad, y encima explosiones, alucinógenos, póker y pócimas: un libro de fiesta mayor.

Nunca he seguido a santones o hechiceros, pero si tuviese que adoptar a mi Meher Baba, mi maestro yogi, escogería a Jim Dodge. He aquí el artista como hombre bueno, el autor de novelas como sabio humanista, como inacabable fuente de inspiración y dirección: figura paterna, camarada y consejero, corazón de león y alma en las pupilas, Dodge desafía la frase “Nunca conozcas a tu ídolo” (en realidad, la máxima debería continuar: “…si es Pete Doherty”). Pues si tu ídolo es un ex-poeta beat lleno de pasión, amor y humanidad (y también furia; que no somos hippies), una especie de Merlín rocanrolero con recursos inagotables de empatía, dulzura, astucia e imaginación; y encima ludita; y bioregionalista; y novelista insuperable; y encima fan del Big Bopper y Little Richard; y para colmo Hombre Erguido que tala árboles y vive sin conexión (no sabe ni que es “conexión”) y fríe animales cazados y considera la amistad como uno de los más sagrados bienes de un hombre… ¿Quién no querría adoptar a un maestro así? Este optimizado Stone Junction es, ya imaginan, una ocasión inmejorable para dialogar de nuevo con nuestro gurú.

Stone Junction exhibe una cantidad titánica de documentación sobre trucos de póker, historia de la alquimia, fusión nuclear, jerga de radio DJ’s, química, filosofía, plantas alucinógenas… Es inevitable preguntarse si todo este manantial de saber ya residía en tu cabeza o estudiaste trabajos especializados.

Por un lado, el arte de narrar consiste en crear ilusiones que revelen las ilusiones acorde a las que vivimos, y esa creación requiere una selección de detalles que convenzan al oyente de que sabes de lo que hablas. En otras palabras: la autoridad narrativa es esencial para el hechizo, tanto para lanzarlo como para mantener ese espacio mágico al que invitas al lector y donde participará en un acto colaborativo de imaginación. En Stone Junction algunas cosas ya las conocía por pura pasión, como el póker, la historia de la alquimia, el lingo de los DJ’s de la AM, la magia y (en menor medida) la física nuclear. Otras me llegaron por vía de familiares, amigos y amantes, gente que considero “informadores fiables” y me iluminó con su conocimiento sobre cultura de las drogas, tradiciones nativoamericanas, medicina y armas. Y lo que nadie sabía –venenos, reparación de embarcaciones fluviales y robo de cajas fuertes, entre otras cosas- lo investigué. Básicamente, seguí el consejo que siempre se da a los jóvenes escritores: escribe sobre lo que conoces.

Uno de los preceptos que expone Stone Junction es que es perfectamente lícito alzarse violentamente contra la injusticia. Y “existe una maldad en el mundo de la que hay que ocuparse”.

En SJ, si recuerdas, está prohibido cargarse a un enemigo a no ser que sea en defensa propia. Sí puedes usar tu imaginación para hacerle sentir culpable, o llevarle a la locura o al remordimiento de tal forma que termine suicidándose. Pero no puedes usar las mismas armas que la plutocracia, especialmente porque una de esas armas se llama “misil”, y hoy sabemos que las armas nucleares son biocidas: no sólo matan humanos, destruyen todo tipo de vida. Y encima, mediante la mutación genética, ponen en peligro la evolución futura. Aunque existe la mezquindad en el mundo, y residen en él poderosas fuerzas destructivas, creo que el término “maldad” parte de una construcción binaria algo simplista. De acuerdo que estas exquisitas distinciones morales no entran en juego si alguien te ha puesto el pie en el cuello (o un puñal en el de tu hijo) pero ciertamente un uso responsable de la inteligencia o la imaginación pueden prevenir decisiones de vida o muerte. La defensa propia es más un reflejo, una expresión instintiva de la fuerza de la vida, que un derecho; y cuando llegas a ese estadio ya puedes despedirte de la razón, la comprensión y la sabiduría.

Stone Junction tampoco deja lugar a dudas sobre tu opinión sobre el progreso tecnológico: “El conocimiento y las tecnologías siempre se anticipan a nuestra capacidad de comprender las consecuencias”. ¿Es el ludismo el camino, antes de que lo “entendamos todo demasiado tarde”?

Esa cita es del ciclo de Edipo, de Sófocles, y continua siendo mi definición operativa de tragedia. Empujadas por la innovación tecnológica, las cosas cambian tan rápido que las industrias dedican todos sus recursos a anticipar cambios venideros y direcciones de desarrollo. Eso ha provocado que la gente sienta que ha perdido todo control sobre su propia vida. Siempre he creído que la libertad reside en igualar tus necesidades, pero si realmente necesitamos todas estas máquinas sorprendentes, entonces ya podemos despedirnos de la libertad: no vamos a tener tiempo suficiente para dominar el uso y la reparación de esas herramientas, y además la mayoría de ellas requieren combustibles fósiles en lugar de energía metabólica. Quizás el ludismo sea la respuesta. Puedo decirte que yo mismo viví sin electricidad de 1979 a 1990, cultivando mi huerto, cazando, pescando y recolectando la mayoría de mi comida, y la vida era dulce y fácil, si bien en ocasiones agotadora.

Podrías aplicar lo dicho al uso de internet. Vonnegut dijo que “las comunidades electrónicas no construyen nada, siempre terminas con nada. Somos animales bailadores”. Creo que tal vez hayamos ganado en cierto tipo de “democratización” del conocimiento, pero a un precio muy alto: información fragmentada, debilitación de lazos comunitarios físicos, polución, aislamiento… Cómo te posicionas tú en el debate “¿Google nos está volviendo estúpidos?”

Básicamente, estoy con Vonnegut y otros cascarrabias como él. Siempre me ha gustado la homilía celta “Antes de darle un arma a un hombre, enséñale a bailar”. Por añadidura, la información no es conocimiento: el conocimiento requiere la síntesis de todos esos factoides fragmentados, y también el corazón necesario para llevar esa síntesis al reino de la comprensión, y la comprensión reclama alma, o espíritu, para acceder a la sabiduría. Ya veremos, pero hasta entonces todo lo que puedo decir es “quizás”.

Stone Junction comienza con una joven partiéndole la mandíbula a una monja, lo cual siempre es celebrable. Últimamente he vuelto a pensar (leyendo a Robin Lane Fox y a A.N. Wilson) que el cristianismo (o cuanto menos las tres religiones abrahamitas) sea posiblemente la causa de todos nuestros problemas. Junto a la codicia.

Yo iría aún más allá, y diría que la culpa es del monoteísmo y de cualquier poder centralizado. Especialmente cuando la historia nos enseña que la práctica prioritaria del poder humano es la imposición de control, sea ejercido a base de violencia física o la biopatología de mentirles a los niños sobre la naturaleza de la existencia. Desde Sófocles hasta el libro de Job, sean muchos dioses o Uno sólo, el mensaje es consistente: la divinidad se encuentra más allá de la comprensión humana, y la respuesta inteligente a la percepción que uno tiene de los Grandes Poderes es la sumisión. Creer, por definición, es fe sin pruebas, lo que es lo mismo que decir que es una decisión basada en la admisión de completa ignorancia. Así pues, ¿Por qué no reconocer que nadie tiene ni idea, abrazarlo como Misterio Profundo y dejarlo hasta el día en que nuestra dulce carne humana vuelva a las cenizas y el polvo?

Recientemente he vuelto a cavilar sobre el tema de los artistas que abandonan la disciplina a la que dedicaban su talento para dedicarse a sólo vivir, ignorando la demanda a “producir”. ¿De veras no va a volver a haber otra novela de Jim Dodge?

Bueno, mi decisión era mucho más compleja que esa. Mi pasión principal es la poesía, y si ese no es el ARTE en su manifestación más alta y más exigente que existe, no hay vida en la tierra. Una confluencia de sucesos acabaron de determinar mi decisión: adoptamos al hijo de mi cuñada, lo que exigió mi completa atención (él tenía dos años, por aquel entonces). Por mucho que hayas vivido de tu ingenio durante años, no puedes exigirle a un niño que lo haga también, así que me vi obligado a aceptar un puesto de profesor. Y, puesto que la enseñanza también ofrece numerosos desafíos y masajes de ego, vi que podía sentirme bien sin tener que pasar seis horas al día encerrado en una habitación. Además, descubrí que tener a un pequeño humano botando en mi vida había abierto un tremendo boquete en mi ambición. Dicho esto, ahora que ese pequeño humano tiene 20 años y estoy semi-retirado, estoy pensando en revisitar aquella novela de detectives que abandoné. Y también pienso en cómo siempre he deseado escribir una novela sobre béisbol, y otro libro sobre perros y montañeros, así que quién sabe.

Cuando te entrevisté en el año 2007 hablamos de tristeza, miedo, culpa y paternidad. Tus palabras fueron reconfortantes, humanas y curativas, los consejos de un hombre sabio. Yo nunca he sido de gurús, pero si tuviera de escoger uno, serías tu. ¿Quieres ser mi gurú, Jim?

¿Quién podría desear a Polonio como gurú? (aunque, de hecho, su “Pero, sobre todo, sé fiel a ti mismo…” no está mal, asumiendo que uno tenga una personalidad y la capacidad de conocerla). Pero de veras, Kiko, lo que describes –consejos honestos ofrecidos desde simple consideración por nuestros comunes aprietos humanos- suena sólo como un acto de verdadera amistad. Así que no me queda más remedio que rechazarte como estudiante o discípulo, aunque será un honor ser amigo tuyo.

Stone Junction (Alpha Decay, 2009)

Empieza con el puñetazo a la quijada de una monja, y progresa en propulsión alquímica en pos de la piedra filosofal. Daniel Pearse, el protagonista, es una suerte de Harry Potter anarquista en la AMO (Asociación de Magos y Forajidos) pero antes necesita enseñanzas detalladas –sobre drogas, invisibilidad, magia, póker y explosivos- que le impartirán una serie de maestros inolvidables. En el camino hacia el diamante filosofal (aún en poder del gobierno) Daniel tratará también de descubrir al asesino de su madre. Adictiva, desquiciada, proto-ludita, llena de conocimiento arcano, divertida e impactante, Stone Junction es como un Gravity Rainbow que no ocasionara cefalea. Una novela inolvidable que además otorga un aprendizaje crucial sobre (como dijo Pynchon) “todas las cosas que importan”.

Kiko Amat

(Entrevista publicada originalmente por la revista Rockdelux #298, septiembre del 2011)

Libro del mes (junio 2011): RON CURRIE Jr. ¡Todo importa!

¡Todo importa!

Ron Currie, Jr.!

Seix Barral

Traducción de Pedro Donoso

485 págs.

Si yo les dijera aquí y ahora que existe un libro que combina la Gran Historia Familiar Americana de John Irving con la epopeya alquímico-redentiva de Jim Dodge, la fábula sci-fi/biológica fatalista –pero esperanzada- de Kurt Vonnegut y el encuentro-con-uno-mismo y la pena interfamiliar de Tom Spanbauer o el Ron McLarty de The Memory of running, ¿Me creerían? Porque ese libro existe, y se llama ¡Todo importa! -con signos de admiración, como Hurrah!- y su autor es el americano Ron Currie, Jr. Este es su segundo libro. ¿Me creerían, entonces, verificada su existencia, si les dijese que este es uno de los más grandes libros que van a leer jamás y, a la vez (si son ustedes autores) el libro que jamás podrán escribir? (eso sí me apena pensarlo; pero, qué caramba, al menos lo ha escrito alguien).

¡Todo importa!, asimismo, le plantea a uno una disyuntiva terrible a la hora de escribir uns sinopsis. Porque en ¡Todo importa! todo sorprende, y la excitación más sublime brota de lo inesperado de todo ello, del impacto emocional que yace en cada nuevo giro de la trama. ¿Cómo hablar de él, entonces, sin chafar violentamente la metafórica guitarra de los posibles futuros lectores?

Esto es delicado, lo veo; una esplanada minada de spoilers. Pero síganme, tomen mi mano, y les aseguro nadie resultará dañado.

¡Todo importa! narra la historia de Junior Thibodeaux desde el primer instante en que nos topamos con él, aún buceando plácido en el bajovientre de su madre. Hasta ahí, un comienzo decimonónico como cualquier otro. La primera sorpresa es que una voz (¿El Destino?) le sopla al nonato Junior una profecía espeluznante: en 36 años, 168 días, 14 horas y 23 segundos un meteorito colosal (el Destructor de Mundos) impactará contra el planeta Tierra, desmenuzándolo y acabando con cualquier tipo de vida. La misma voz sobrenatural nos irá conduciendo, en forma de cuenta atrás numérica (100, 99, 98…) por las primeras presentaciones del entorno con el que va a convivir Junior durante sus primeros años sobre la tierra. Según vamos avanzando por esa primera trama de la novela –puedo seguir leyendo, no teman; aún no hemos aguado fiesta alguna- la cuenta atrás se va interrumpiendo para dejar hablar en primera persona a los miembros de la familia Thibodeaux: Debbie, la mamá alcohólica y dañada; John Sr., el firme, ecuánimo, fuerza-de-la-naturaleza y no-nonsense padre; Rodney, el hermano mayor, fan de Iron Maiden, slacker y simplón, que tiene todos los papeles para terminar mal; Uncle Rodney, el tío de Junior, camello de cocaína; y finalmente Amy, primera amiga (y futura novia) de Junior.

Y nos acercamos al punto en que, en breve, se impondrá dejar de hablar. Chocante situación, considerando que estamos aún en la página 61. Un día, Junior (aún tiene 18 meses) está viendo la televisión y de repente unas imágenes de pruebas nucleares le provocan un ataque similar a la epilepsia. De aquel suceso, Junior emergerá cambiado: serio de repente, huraño, y con un coeficiente intelectual que desafía toda comprensión. Y la conciencia plena de cada minuto de vida que le queda al planeta (además de muchas otras conciencias, entre ellas la de conocer el pasado y los secretos de quienes le rodean).

Y aquí les diría que pueden imaginar lo que sigue, si no fuese porque sería falso. No pueden. Nadie podría. Desde ese punto, ¡Todo importa! se torna algo que es mayor que una novela, y que reúne lo mejor de innumerables géneros, uniendo maravillosas viñetas de dolor, pérdida, confusión, compasión, lazos de sangre y descalabro espiritual humano con ciencia ficción, teorías conspiratorias, aventuras apocalípticas, acción aeroespacial, béisbol y biología. Es una novela de “tenemos 24 horas para salvar el mundo” mezclada con un perceptivo exámen de los errores de una vida, de las vidas arruinadas y la gran broma que es la condición humana. Es un libro que recién termina de hacerte sollozar hablando de amor paterno-filial, de redención, de cobardía y cómo aplastarla, de aguantar las cornás de la vida por encima de todo y proteger a los tuyos pase lo que pase, y de golpe te lanza de un empellón a un escenario digno de El ultimátum de Bourne. Es una obra que no teme preguntarse sobre la razón de las cosas, sobre qué es crucial en nuestro paso por el mundo, sobre la importancia del amor, la salvación implícita en la amistad, la catástrofe del amor perdido e irrecuperable, la inquebrantabilidad e incondicionalidad del amor filial, y a la vez relatar sin aliento un intento enloquecido de encontrar una cura contra el cáncer, pasando una semana sin dormir a base de un poderoso derivado secreto de la metanfetamina (en un fragmento que es puro Jim Dodge del Not fade away).

Mezclemos, mezclemos, pues, sin miedo: una narrativa de armaggedon digna del John Wyndham de El día dels trífids, un escenario de departamento secreto aeroespacial y black-ops (con un personaje genial, Sawyer: el típico “conseguidor”, medio El Lobo, medio G-Men, medio Men In Black), una historia de amor en sentido inverso y de cronología cambiante que recuerda al Olvídate de mí de Charlie Kaufman (o incluso a A matter of life and death, de Powell & Pressburger) y otra historia paralela de salvación Frank-Capriana con espíritu ¡Qué bello es vivir!. Y de columna vertebral, tanto el humor negro humanista de Vonnegut como la inmensa empatía y dulzura de Spanbauer. Sonrisas y lágrimas, amor y muerte, y un pedazo de meteoroide flamígero que va a reducirlo todo a cenizas como alguien no se dé prisa.

¿No les recuerda esto en cierto modo a un fragmento de la serie inglesa Black Books, en que una pareja de novios busca un libro ideal para sus vacaciones, y Bernard Black insiste en recomendarles a ambos el mismo best-seller?

Sí, hombre, éste:

Female customer: How do you know what we want?
Male customer: We don’t like the same sort of stuff anyway.
Bernard: You’re going on holiday. You want trash. But you want different kinds of trash. (To female customer) You’re a woman, you want social themes, believable characters. (To male customer) You, you want plots, suspense. This’ll do you both.
Female customer (not sure yet): Hmm…
Bernard: (holds up another copy of the book) There’s this temp, right? She’s 29, she can’t get a boyfriend, oh my god.
Female customer: Sounds great!
Male customer: No, no way.
Bernard: And she’s got 12 hours to stop nuclear war with China.
Male customer: Great.

Bien, pues ¡Todo importa! es algo así, sin deje trash de pulpa best-seller. Una novela elevada sobre la vida, el amor, la familia y la condición humana que utiliza para exponer sus tesis el lenguaje de la ciencia ficción y el ritmo frenético del más llameante apocalipsis venidero. Parece increíble, pero es cierto. Y si ¡Todo importa! no se convierte para todos ustedes en el mejor libro del 2011, me como el sombrero.

Kiko Amat

Miqui Otero: ardiendo en llamas de entusiasmo

Novela Con humorismo y pasión se planta Miqui Otero en medio del panorama español. Un parque temático de ahora, un músico rock’n’roll de los 60’s, batallitas, pop y Galicia: disfruten del Hilo Musical.

¿Es esto una guerra? Si es así, acaban de desembarcar los aliados. Cuando de niño jugaba al juego de mesa La IIª Guerra Mundial no me inquietaba que mi ejército (el inglés, por supuesto) fuese vapuleado por los nazis en las primeras rondas, pues en la tirada 8 entraban los yankis y entonces, juntos, le zurrábamos la lúdica badana a esa Wermacht comefrankfurts. En literatura, esta tirada 8 se ha hecho esperar lo suyo, pero al fin han hecho entrada “los nuestros”. O al menos uno de ellos.

Ese Uno viene locuaz y titularero, con ganas de empezar “grandes batallas a la luz del sol”, que cantarían Charades. Su nombre es Miqui Otero, y quizás les suene por las recientes entrevistas en las que, con ocasión del lanzamiento de su debut Hilo Musical, se ha dedicado a hablar de cosas tan inauditas como el Enfoque Cómico, Entusiasmo vs. Cinismo y la Auténtica Influencia Pop. Si en esto del escribir hay bandos, Otero está en el ejército de la literatura entusiasta, figurativa y divertida, aunque también dura cuando procede, que se nutre del universo vivencial de uno, literatura que no habla de literatura (Vonnegut diría que “no tiene la cabeza metida en su propio culo”) sino de Cosas Que Pasan y Momentos Catárticos y Amores Furiosos, literatura valiente que no busca impresionar a cuatro críticos decimonónicos, sino que tiene fans; una novela que no teme hacer reír ni tampoco ser fieramente romántica y emotiva. Y que, encima, ostenta trama.

Quizás les sorprenda que esto me sorprenda pero es que, ¿aquí?, los que buscaban realizar novelas basándose en estos parámetros eran tres y el cabo, y uno de los tres falleció. Y de golpe llega Miqui Otero, que no tiene trampa ni cartón, que no utiliza el salero de las referencias pop para darle vitamina a un peñazo de vocación erudita, sino que escribe dando mandoblazos de Autenticidad de Emoción y Vida. Sí, Hilo Musical está lleno de vida, y la cita a John Fante no es casual. Haber escrito una novela así, manufacturada con esa pasión, sin renegar del denostado pulp o el humor, yendo a la caza del enganche clásico, rehuyendo la ampulosidad y la pacata “experimentación” de las generaciones recientes… En fín, tiene su mérito.

Hilo Musical, a la sazón, habla de parques temáticos (como el Pastoralia, de George Saunders), pero también de músicos 60’s que sobrevivieron grabando para el hilo musical, y contiene sublevaciones espontáneas y un protagonista tan torpe que a su lado Holden Caulfield parece Claude Van Damme. Pero dejemos que el autor, mediante esos titulares naturales que expele al hablar, comente para Cultura/S los atributos capitales de este debut:

1) Pop: “Pop para mí es ritmo, honestidad, estribillo. Y no textos de vocación erudita salpicados con algún tag contemporáneo o una mención a Radiohead. Sé que las convenciones que exige una novela no son las de una canción de dos minutos, si no, además de imprudente, sería idiota. Las canciones de menos de tres minutos que se escriben y gritan en un garaje antes de que nadie las escuche. Esas canciones son inocentes, pero no imbéciles y mucho menos vacías de significado. El pop, como dijo alguien mejor que yo, es una cultura de objetos encontrados, de referentes compartidos a todas las clases sociales. Pero también es una gincana de códigos secretos y fascinantes”.

2) Pulp: “De esos escritores que cobraban a la línea me quedo con la obsesión por la trama, por la aventura, en tiempos en que eso parece cutre o poco sofisticado. Para mí, su papel en el Tardofranquismo fue seguramente más importante que el de la literatura de alto quilate. Por una sencilla razón: los compraba gente de la calle y prometían un horizonte de futuro en un país gris que parecía no tenerlo. Esos libros democratizaron el futuro. Ese compromiso con la fantasía y la aventura es el que quiero tomar de ellos”.

3) Enfoque Cómico:  “Creo que está en horas bajas en nuestro país, pero no ha sido así siempre. Ahí está Enrique Jardiel Poncela. Parece que la palabra “divertido” siempre se dice con una mueca condescendiente, cuando no debería ser así. Chesterton dijo “lo contrario de divertido no es serio. Lo contrario de divertido es aburrido”. El motor del mundo es la incoherencia y el absurdo, ¿cómo no usar la comedia para afrontarlo? Si lo hicieron Joseph Heller o Kurt Vonnegut con las vivencias en la IIª Guerra Mundial, por qué no hacerlo nosotros con nuestras miserias juveniles o con nuestro pasado reciente como país”.

4) Entusiasmo vs. Cinismo: “Si el malditismo fue la lacra de la anterior generación, el cinismo es el de la mía. Esa manía de estar de vuelta de todo sin haber disfrutado del viaje de ida, del universo de “las primeras veces”. El cinismo es como un sofá cómodo desde donde comentas la jugada como si lo supieras todo. Y, lo peor, cuando te das cuenta, tu espalda está fastidiada: los sofás blandos son especialmente perjudiciales para tu columna. Mi intención era ofrecer algo colorista y con brillo, que te diera más ganas de salir a la calle y no de encerrarte en tu habitación”.

Y bravo. Esta conexión con autores contemporáneos es una cosa tan rara que hay que saborearla a fondo, por si no hay otra en media década. Mis más recientes y felices apoplegias sucedieron hace ya unos años, con La balada del Pitbull de Pablo Rivero y El Secreto de las fiestas de Francisco Casavella. Cómo no graznar feliz aquel “Let’s celebrate” de las Jones Girls cuando en el mismo año aparecen Corona de Flores de Javier Calvo y este Hilo Musical. Quizás se trate de una hermosa epidemia.

Kiko Amat

Hilo musical

Miqui Otero

Alpha Decay (Col. Héroes Modernos)

298 págs.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 22 de diciembre del 2010. Este era el encabezamiento original, que luego se modificó por cuestiones de espacio -mutando en “Humor, emoción y pop”)

Libro del Mes (mayo 2010): Joe Brainard “Me acuerdo”

Me acuerdo

JOE BRAINARD

Editorial Sexto Piso

148 págs.

Más que un libro, esto es una terapia. Un ejercicio en memoria; en nostalgia, por mucho que se niegue en algunas de las descripciones de la obra. Quizás no sea nostalgia anhelante de la que busca regresar al pasado, a la infancia o la adolescencia, pero si lo es en cuanto a bandadas de mariposas en el estómago y sentir la punzada de melancolía por los años que nunca volverán. ¿Cómo explicar este concepto, tan claro y a la vez tan elusivo? Pongámoslo de la forma más sencilla posible: Te repatea que ya no exista un lugar al que nunca en la vida desearías volver. Te jode que lo único que quede de todo aquello sean tus recuerdos; que no haya ya pruebas físicas, que no quedara guardado en alguna especie de guardamuebles del pasado para poder regresar a él y revivir, confirmar, afirmar sensaciones grabadas. De todo aquello no queda nada ya, no hay escenarios físicos de tu vida que aún se mantengan en pie: todo ha desaparecido. Pero no: queda una cosa. Quedan los recuerdos, escritos aquí. Mientras estos permanezcan rubricados en papel, ya pueden ir cayendo los edificios, desmenuzándose las piedras: la memoria queda.

Me acuerdo, de Joe Brainard, es el panegírico por excelencia a la memoria. Aquellos que nos encontramos en la incómoda (y paradójica) posición de ser a la vez Optimistas No-Revivalistas que Miran Hacia el Futuro y Lamentables Nostálgicos y Melancólicos Incurables Respecto a Nuestro Propio Pasado y Batallitas, hemos hecho de este libro uno de nuestros poemas guerreros, una oda personal a la esquizofrenia emocional. Porque los recuerdos de Brainard, su reflexión sobre cómo era crecer durante los 40’s y 50’s, están teñidos de ésta, nuestra misma dicotomía: pena y alegría, amor y odio, vergüenza y orgullo, todo junto y revuelto y hecho una madeja, como la vida es. Cuando Brainard mira hacia atrás, cuando repasa cada momento cotidiano, cada momento único, cada descubrimiento, chocan en él distintas olas de cariño y asco. Su intención, se hace dolorosamente patente, es la contraria a intentar glorificar una época. Si algo hace, de hecho, es ciscarse repetidamente en ella. Y qué extraño y a la vez familiar resulta, pues, que cada frase chorree nostalgia, pena y compasión por ese niño confuso y atemorizado que Brainard ya no es (¿O quizás sí?).

Me acuerdo te hace sonreír en una frase (“Me acuerdo de terminar la dirección en el remitente de los sobres con “La Tierra” y “El Universo”) y en la siguiente romperte el corazón (“Me acuerdo de cómo puede doler el rock’n’roll. Puede ser tan sexy y libre cuando tú no lo eres”), para luego volverte a inundar de una calidez sobrehumana (“Me acuerdo de este pequeño espasmo que das justo antes de dormirte. Como si cayeras”) y luego hacerte tronchar (“Me acuerdo de intentar imaginar a mi abuelo desnudo ¡Ecs!”) para un par de líneas más adelante pisotear los cachitos de corazón que quedaban enteros de antes (“Me acuerdo de cuando la polio era lo peor que podía pasarte”). Y así todo el rato, frase a frase.

Por supuesto, la sensación que permea la obra es la de identificación salvaje con los recuerdos del autor. A pesar de tratarse de una época (40’s y 50’s) y un país (Estados Unidos) que no son los nuestros, es asombroso cómo pueden llegar a coincidir tantas cosas. Uno no quiere ponerse junguiano y lanzarse a peroratar sobre los arquetipos, etc. (menuda brasa) pero hay que admitir lo chocante de que -salvando medio siglo y con un océano de por medio- los niños hiciéramos las mismas cosas en todas partes: poner labios de negro, jugar a las canicas ( “Me acuerdo de la sensación de tener canicas, pero no tanto el jugar con ellas”), los chistes, villancicos, actos espontáneos y extraños que no pueden explicarse mediante mero mimetismo (“Me acuerdo de mirarme a mí mismo en el espejo hasta que me convertía en un extraño”) y lo de aquel chaval raro de la clase que sabía darse la vuelta a sus propios párpados. Todo es lo mismo, que podrían haber dicho Mose Allison, o Vonnegut: todos somos lo mismo. Es pasmoso. A la vez, Me acuerdo puede también leerse como una oda al siglo XX, y a todos los que crecimos en él: nuestros hijos ya no harán la mitad de cosas que aparecen en este libro. Tradiciones de siglos, o cuanto menos de 100 años, se destruyen hoy. Algo que es innegablemente negativo, si me preguntan.

La otra ineludible compulsión que experimentarán los que lo lean, además de asentir enloquecidamente como perros de felpa 70’s de los que iban en la parte trasera de los choches (¡otro recuerdo!), es empezar a confeccionar una lista con los suyos. Ni tan sólo existe una intención narrativa en esto, y gente que no ha demostrado nunca la menor inclinación hacia la expresión de emociones por escrito sentirá un irreprimible deseo que apuntar cosas que -Dios santo- no había vuelto a recordar desde los 12. Esto, en mi opinión, es la cara más misteriosa de la obra de Brainard: su función de anzuelo de las propias memorias, de los recuerdos del lector. Les leo tres o cuatro de los más de treinta que, sin estrujarme el cerebro, aparecieron de repente en mi mente tras casi treinta años de criar polvo en alguna estantería de mi cerebro:

- Me acuerdo de cómo nos gustaba a mí y a mis hermanos ir encontrando los diversos animales corporativos de la autovía de Castelldefels (El Toro Bravo, La Tortuga Ligera, el pulpo de Evinrude, La Ballena Alegre…) cuando íbamos en coche hacia la playa.

- Me acuerdo que a los 7 o 8 años me emocionaba la banda sonora (bueno, la canción principal) de Stalag 17. Había olvidado incluso el nombre de la película hasta que leí el libro de Brainard.

- Me acuerdo de cómo me gustaba de niño provocarme mini-mareos por corte de digestión en la playa, y luego tumbarme en la toalla y dejar que la playa diese vueltas en mi cabeza (sin duda, una clara advertencia sobre mi futura inclinación hacia los estados alterados de conciencia).

- Me acuerdo de mi jersey favorito en 7º de EGB. Era una sudadera gris gimnasio de cuello redondo, donde en letras muy grandes ponía “MICHIGAN”.

- Me acuerdo de llenarme los bolsillos de cosas (dados, llaveros, monedas…) para que, si alguien me preguntaba qué llevaba en los bolsillos, pareciera más interesante. Esto en 5º o 6º de EGB.

En fin. Podría seguir y seguir, con los ojos empantanados de lagrimones.

Me acuerdo es también célebre, ya habrán visto, por lo original de su escritura. Una frase después de otra, sin estructura narrativa, sólo encadenando recuerdos que comienzan con “Me acuerdo de”. Esto es polarmente opuesto al chorro de recuerdos en formato novela de 800 págs con la que tantos autores europeos entraron en el canon clásico de la literatura mundial, pero no me digan que no es hermoso y entrañable. Y acongojantemente original, pese a que la originalidad por sí misma no sea uno de nuestros fetiches.

Obviamente, quería decir “original en 1975”, que es cuando se publicó la novela. Hoy en día ya lo han hecho decenas de autores, y el formato de memoria encadenada se utiliza en pedagogía y en el mundo docente para ayudar a los alumnos a ordenar ideas y utilizar sus recuerdos. Pero Joe Brainard, pintor y autor y homosexual cuando el tema ni existía, lo hizo antes que nadie. Ahora me acuerdo.

Kiko Amat

(Re-colgamos la segunda entrega de Libro del Mes -mayo de 2010- por orden de nuestro webmaster, con el fin de que queden almacenadas por meses en el archivo de Bendito Atraso)

Archivos

10 NUEVAS ENTRADAS

1) PJ PROBY Enigma

2) MARCOS VALLE Marcos Valle

3) THE TWEEDS Music for Car Radios

4) LOS CANGUROS Un salto adelante (1986-1990)

5) THE SOFTIES The Softies

6) NATURAL FOUR Natural Four

7) THE CLAIM Boomy Tella

8) EL ÚLTIMO DE LA FILA A veces se enciende

9) CHRIS STAMEY It's Alright

10) BILL WITHERS Making music

Leer más

RICHARD PRICE

The Wanderers

Roja y Negra/RHM

LOS CANGUROS

Un salto adelante (1986-1990)

BCore, 2013