Entradas con la etiqueta ‘Los Cheyenes’

Some product#2: más críticas de discos

CINEMA RED AND BLUE

S/t

What’s your rupture

Comet Gain y amigos Cinema Red & Blue son un grupo Frankenstein hecho con extremidades de los ingleses Comet Gain (David Feck, Anne Laure Guillain, Philip Sutton) y los Brooklynitas Crystal Stilts (el resto de gente). Pero la igualdad de dichas extremidades no es tal, y desde la primera escucha queda bien claro que esto es un nuevo disco de Comet Gain en el que unos cuantos americanos afinan las guitarras. La visión del álbum, por tanto, es cien por cien Feck: emoción Dexys, exultación (y pataleta) adolescente, cameos de cosas favoritas, pop chatarra de primera Creation e himnos mod-punk triunfales. Incluso las versiones escogidas (cuatro, ni más ni menos, como si estuviéramos en 1964) son puro universo Feck: Vic Godard (la estupenda “Same mistakes”), Dead Moon (“Love in the altitude”), The Chills (“Brave words”, ¡himno!) y Wreckless Eric (“You’re gonna screw my head off”). De las originales, “Far out isn’t far enough” es como una balada oscura de Jasmine Minks, “Ballad of an all nite worker” es Blue Orchids + Fall + garaje 60’s (y un estribillo autocopiado del “Young Lions devour” de Comet Gain; vaya morro, Feck), y “Melanie Down” es country rock triste con un deje Biff Bang Pow! que Feck parece llevar en el ADN. La marsellesa del disco es “Ballad of a vision pure”, con autoexplicativo título de resonancias Kevin Rowland y letra anfetamínica con declaración de principios, pero el elepé también incluye esas viñetas ficcionales con apellidos que tan bien pincela Feck (“Jesse Lee Kincaid” o “Charlie Clarke”). Si Cinema Red & Blue era una excusa de Feck para tomarse unas birras en Nueva York, la cosa ha salido -seguro- mucho mejor de lo que esperaba. 

SHARON VAN ETTEN

Epic

Ba Da Bing

Folk urbano Uno no sabe muy bien cómo clasificar a esta Brooklynita de ojos perpetuamente adormilados. A la primera escucha, su folk de coffee bar, guitarra rasgante en manos y lamento-por-amante-huidizo en boca, no parece acarrear demasiada reminiscencia 60’s: con su voz peculiar –más Karen Dalton que Joanna “Pitufina” Newsom- e histeria contenida, lo primero que le viene a uno a la cabeza es el cantautorismo desarraigado y moderno de Mary Margaret O’Hara, especialmente aquel brillante Miss America de 1988. Pero sucesivas escuchas sí le devuelven a uno el aroma fatalista de la Dalton, aunque sin asomo alguno de banjos o maquinaria de folk tradicional (exceptuando una tímida steel guitar que saca la cabeza por ahí). Aunque cita a Anne Briggs como influencia, es imposible imaginarse a la Sharon tocando irish folk con fiddles, o yéndose a vivir al campo acompañada de un chucho. El folk de SVE es urbano, contemporáneo, oscuro y más 90’s que 60’s (aunque tampoco es que se parezca a Alanis, no jodan), y es fácil percibir que la chica se educó con el It’s a shame about Ray –o Fleetwood Mac, a quienes dedica el disco-, no con Vashti Bunyan. Otra cosa elogiosa que puede decirse de este mini-álbum es la forma en que gana con cada nueva escucha, señal inequívoca del pop más elevado. Epic reclama atención, pero sin hacer un berrinche: lo suyo es pasivo-agresivo, como si le diera igual que te gustara o no. Cuando, dos días después, te das cuenta de que no puedes dejar de cantarlo, sabes que te han llevado al huerto. A la sazón, Epic está lleno de hits; o, cuanto menos, de canciones memorables y portátiles y tarareables-en-WC, como “A crime”, con su adhesiva entrada (“To say the things I want to say to you would be a crime”), “Peace signs” o “Save yourself”. Compartiendo piso con estas hay algún tema más “experimental” (como “Dsharpg”, que un crítico musical podría definir como “hipnótica”) y, poniendo el colofón, la canción por la que todo el mundo está perdiendo el culo, “Love more” (psé). En total, Epic es un disco rico en melodías (aunque corto, e irregular), con letras decentes (aunque tampoco es Jimmy Webb) y un tono ciertamente original (aunque no tanto como se está diciendo). 

Álex Cooper

Club 45: 90 canciones de la era pop para mods y jetsetters

Chelsea Ediciones

124 págs.

Álex Cooper, al margen de su actividad como músico (en Los Flechazos y, desde 1997, en Cooper), ha sido desde siempre un concienzudo coleccionista de memorabilia mod/sixties. Ya a finales de los ochenta el autor volcaba periódicamente sus más recientes hallazgos en un fanzine llamado Pussycat, cuyo primordial interés no era el texto, sino el inaudito despliegue de imágenes de archivo y recortes originales de sensacionales grupos mod (extraídos de revistas inglesas como Fab, Rave o Record Mirror) a las que no tenían acceso el resto de fans españoles. Club 45 es, pues –por decirlo de algún modo- como un Pussycat en tecnicolor. En cuanto a coffee table book es de una riqueza gráfica insuperable, e incluso los más encallecidos rastreadores de cubetas vinílicas (o de hemerotecas británicas) dejarán caer al suelo tazas de té o bebés neonatos al toparse con ese aluvión de fotografías rarísimas de grupos blancos de los sesenta. El libro está dividido en tres compartimentos que, a su vez, guiñan el ojo a canciones de Los Flechazos: En el club: Rhythm’n’Blues, Beat y el sonido del Flamingo; Viviendo en la era pop: Modbeat, Pop-art y el Soul de ojos azules; Arco Iris: Freakbeat, Soul y el inicio de la psicodelia. Dentro de cada uno de ellos se encontrarán con una auténtica bacanal visual: anuncios arcanos de los holandeses The Motions anunciando Chukka Boots; fotografías rarísimas de David Bowie & The Buzz en el Ready, Steady, Go!; posters de The Game o The In-Crowd para el Rave; portadas holandesas, belgas o francesas de EPs de The Attack, The Untamed o The Truth. El material raro es tan raro que incluso abarca a grupos más conocidos como The Small Faces o The Who, de quien se exponen instantáneas nunca (o poco) vistas. Por todo ello, Club 45 es un documento visual imprescindible para cualquier fan del lado más raro y modesco de los 60’s, sea conocedor o aficionado. 

Espanto

Ísimos y Érrimos

Austrohúngaro

Pop sublime Si ustedes, como yo, eran de los que se preguntaban por qué nadie había vuelto a firmar un Soidemersol en este país, dejen de preguntárselo. Les presento a Espanto, su nuevo grupo predilecto: un fenomenal dúo de Logroño, Teresa y luís, que lleva en esto de erigir canciones sublimes desde el 2005. Sí, he dicho sublimes, y alardeando de afectos elevados, como comprobarán en esta reedición de sus dos primeros CDs para Birra y Perdiz. Sólo escuchando la primera canción, “A ver si nos vemos”, aparece la idea: The Style Council en fase gabacha, grillos de Marcos Valle, palmadas sintetizadas y el Entresemana de Le Mans. Y una gran letra, porque bordan el letrismo con impecable dicción y estilo, ocasionalmente costumbristas pero sin exaltación de la banalidad Te-he-hervido-un-huevo-Pepita. No, Espanto tienen cosas sumergidas: vean “El pantalón” (mitad Joyce, mitad Left Banke), una exposición en apariencia intrascendente que se destapa de golpe como una elevada reflexión sobre algo distinto; lo que sucedía en “Los otakus” de Astrud, para que me entiendan. Y no les nombro a Manolo y Genís a la ligera: “Qué casualidad”, sin ir más lejos, parece Elektra folk con early Astrud. Pero también encontrarán ecos de Ben Watt en su etapa Cherry Red (“Ya vendrán otros”, con su calmo silbidito inicial), música popular franco-española (“La cotilla” es 100% Vainica, con algo de Juliette Greco), bubblegum moderno (“Las voces” empieza como el “Sugar sugar” de los Archies, pero acaba en el 69 Love Songs de Magnetic Fields) o melancólico himno pop (“Los números de teléfono”, épica como los Lambchop del Damaged). El álbum incluye un CD de remezclas donde, entre otros, Hidrogenesse transforman “El pantalón” en Barrio Sésamo interpretado por They Go Boom y Joe Crepúsculo rehace “Lluvia y viento” a lo Pet Shop Boys con castañuelas. Un disco de pop clásico para celebrar y no parar. 


INDIENELLA

Anatomia Humana

Autoeditado

Garaje-pop K Los segundos elepés siempre son tan o más buenos que los álbumes de debut. Excepto en el punk, donde muchas veces el segundo álbum está escrito a trancas y barrancas: This is the modern world, Give’em enough rope, etc. Los asturianos Indienella, gracias al cielo, han sorteado el hándicap de la secuela y han firmado un segundo disco mejor que el primero (que ya era macanudo). Anatomia humana continúa en la línea estilística de su debut, ya celebrada en estas páginas: garaje pop maraquero, batería cromañón a lo Beat Happening, toques nueva ola Pegamoides-Paraíso (el sintetizador de “Fando y Lis”) y patente pasión por el 60’s punk más crudo de las Américas. Tienen un toque twee entrañable y nada imbécil, en la onda K Records, pero a la vez podrían ser herederos de la tradición Intronautas/Vegetales, o –mejor- de TCR en su época crucial. Y lo más importante: al igual que TCR, fabrican canciones estupendas (piensen en Halo Benders y acertarán) estribillos memorables (en especial ahora, que han reducido la presencia del inglés), e incluso algún himno. Porque no hay otra forma de llamar a esa genial y emotiva “Reducir”, con su consigna anti-posmo de “En lugar de viajar a muchos sitios / estar bien en uno / en lugar de rebuscar entre mil libros / leer solo uno”. Para colmo, produce el ínclito Mike Mariconda, el disco es en vinilo autoeditado y ellos son gente de mirada limpia. No se puede pedir más. 

MICKY Y LOS TONYS

S/T

Vinilíssimo / Munster Records

Garaje beat Miguel Ángel “Micky” Carreño, al igual que sucedía con Los Brincos, sacó el máximo partido a sus orígenes de clase media y padre diplomático: aprendió idiomas, viajó fuera de este cenagal inmundo y compró discos raros de grupos beat foráneos. Pero lo más importante es que supo aplicar estas ventajas a su carrera, y el resultado es uno de los contados grupos beat nacionales con posibilidad de exportación. Cuando Micky y Los Tonys hacen beat (“Sha-la”, “Pretty baby” o “Jabón de azufre”), lo hacen pulido, jubiloso y lleno de entusiasmo Mersey, de una calidad equiparable a la inglesa. Pero lo mejor del grupo es que –de nuevo gracias al olfato cosmopolita de su viajante líder- supieron agarrar nuevos palos, cada vez más duros y aventurados, dejándose llevar por los vientos de la Albión. Así, abarcaron la contundencia de los primeros Kinks (“Ya no estás”), la tensión mod (“Estoy cansado”, también bastante Easybeats), la balada resentida de Q’65 (en suave, como “Cuarto intento de éxito”) y, con resultados más que notables, el garaje y el garaje-folk-pop: “Up & Down” (pura potencia Count Five), “No comprendemos por qué no somos millonarios” (con unos arpegios de Rickenbacker totalmente Byrds), “¡Guau! Ladrido de perro cuando ladra” (llena de sorprendentes cambios y, por supuesto, ladridos pop-art), “Cuando pienso en ti” (podría ser de los Beau Brummels) o el himno Kinks-Powder-Who que es “El problema de mis pelos”, con guitarra al revés incluida. Y encima, como pueden ver, tenían gracia bautizando sus composiciones. Otro imprescindible de Munster para sus estanterías. 

Joni D.

Que pagui Pujol!; una crònica punk de la Barcelona dels 80

La Ciutat Invisible Edicions

188 págs

Qué formidable libro ha escrito Joni D. El anteriormente conocido –en ambientes punk 80’s- como Joni Destruye acaba de firmar una crónica personalísima, altamente rítmica y honesta, sobre lo que representó ser punk-rocker en Barcelona durante la década que va de 1981 a 1991. Este detalladísimo trabajo (en catalán) narra las cosas que sucedieron en aquella vertiginosa época (los 80’s españoles son como los 60’s ingleses: el inicio de todo), y lo hace desde un valiente y cándido Yo que no puede sino emocionar al lector. Sin duda, uno de los primeros shocks es ver cómo los integrantes de las subculturas y bandas musicales de entonces tenían de 14 a 20 años; algo que parece increíble hoy, cuando el pop es puro viaje de la Imserso. El otro shock es enfrentarse a un mundo urbano mucho más peligroso que el actual donde “ir de un palo” (utilizo jerga 80’s) implicaba violencia callejera co-ti-dia-na. Y otro shock aún mayor es ver cómo el punk rock 80’s era un millón de veces más politizado que el actual, y encima de origen obrero. Lo sé: en estos días en que la mitad de los punks vienen de colegios de élite parece un hecho imposible. Y es que cuando Joni D habla de los primeros pasos del mundo okupa y antimilitarista, de las algaradas, de la autogestión y las constantes revueltas en que se participaban sus protagonistas –esa brava foto de dos punks arrasando la caseta del PSC en 1983- les juro que suena a otro planeta. Pero no lo es: esto pasó aquí, hace veinte años, y no hay otra forma de aprenderlo que leyendo libros como Que Pagui Pujol!. Un trabajo imprescindible.

ROGER BUNN

Piece of Mind

Wah Wah records

popsike-cosmic jazz El disco más maravilloso que van a escuchar este mes es éste; no busquen más. Lo tiene todo. Tiene, de hecho, tantas cosas, que no sé hasta qué punto voy a ser capaz de apretujarlas aquí. Imaginen un universo mental extraído de The Occult de Colin Wilson, traducido en letras poético-fumadas de un rimador freak escocés llamado John Mackie, y musicadas por Roger Bunn, a la sazón veterano de las guerras del skiffle, del R&B británico (tocó junto a Mike Patto –futuro Timebox- en The Bluebottles, teloneros de la Graham Bond Org.), el mundo de las jazz caves del Soho y la psicodelia británica. Bunn no quería dejar nada fuera, así que lo pasó todo por el túrmix y nos lo dió en Piece of Mind, un plato hondo de deliciosa papilla lisérgica. ¿Pueden imaginar un disco que empieza con “Road to the sun”, puro Lonnie Liston Smith y John Coltrane del Ole, mezclado con psicodelia británica de Deram a lo Tintern Abbey o The Accent? ¿O sea, fantástico jazz cósmico con dejes Pharoah Sanders cosido con tino a psych-pop de calidad excepcional? A partir de allí, encontrarán “Guido the Magician”, cruce entre orquestación rococó-pop a lo Jean-Claude Vannier y recitado mod-club estilo Georgie Fame. O la similar “Fantasy in fiction”, también Serge Gainsbourg del Melody Nelson con chasquea-dedos del Flamingo Club y una intro cockney sobre sacrificios aztecas. ¿Pueden visualizar este “viaje” (calada, calada)? “Crystal Tunnel” da inicio con guitarra Wes Montgomery y continúa hacia el Blue Note jazz y el popsike británico de Fairytale o Consortium. En otras se mezcla skiffle con International String Band (“Catatonia”), y por todas partes hay flautas, tonos Impulse!, mantras de paisley pop y R&B latente, además de lírica cósmico-pagana. Como suele suceder, nadie le hizo perro caso al disco en su edición europea, y menos aún a la birria inglesa (en Major Minor), pero para solventar el desaire Wah Wah lo reedita en vinilo y formato original de carpeta. Saben que lo necesitan. 

LOS CHEYENES

S/t

Vinilíssimo/Munster Records

60’s punk-beat español Hay fans del pop español 60’s que gustan de autoengañarse, pretendiendo que aquí hubo pop de tanta calidad como el inglés, y que incluso Los De La Torre tienen alguna cara semidecente (de acuerdo, la tienen); pero siendo honesto hay que admitir que los ejemplos son excepción, y uno tiene que bucear en muchos Diablos y Fórmula V para llegar a Los Cheyenes. Gritemos aquí su nombre: ¡Los Cheyenes! Pues son de los únicos grupos ibéricos que llegaron a firmar obras de calidad pareja a sus influencias. O sea, beat brutote y R&B acemila a lo Pretty Things: las canciones de Cheyenes en este estilo son tan excitantes como cualquiera que firmaran Phil May y sus feotes. Escuchando “He perdido este juego” (y observando sus melenas, revolucionarias para el momento) es sencillo creer lo que contaba el grupo en un Ruta 66 antiguo: ergo, que cada concierto acababa a puñetazos, en plan Star Club. Y es que “He perdido este juego” es el exabrupto de desesperación testicular teenager por excelencia, y no tiene nada que envidiarle ni a Downliners Sect, ni a Pretty Things, ni a Outsiders ni a ningún otro manito. Es violenta y pendenciera y dramática como el mejor 60’s punk, y no es necesario decir que sus 3:12 minutos de súplicas y patetismo confesional (“¡Creí haber sido gato y resulté ratón!”) ponen en cuestión carreras enteras. Junto a ésta, comparten pedestal la expectorante y bulliciosa “Bla bla bla”, (un misil proto-freakbeat de vibraciones The Who a la altura de piezas capitales como el “Everything that’s mine” de The Motions) o una maravillosa versión de Guess Who vía The Hollies (“You know he did”, aquí “Y olvídame”) que es mucho más desvergonzada y chulesca que la original. Pero incluso haciendo beat temprano de aires cañí (“Valgame la macarena”, casi una copia del “Flamenco” de Los Brincos) o novelty songs algo bobas (“Borrachera”, que a mí me chifla), los chicos del Poble Sec eran mucho mejores que el resto de sus contemporáneos. Háganse fans de inmediato. 

MARC SPITZ y BRENDAN MULLEN

“Tenemos la bomba de neutrones; la historia nunca contada del punk de Los Angeles”

Munster Books

Lo resume Greg Shaw (de Bomp! Records) en una frase del libro: “El punk de Nueva York era arty, el punk de Londres político, y el punk de L.A. pop”. No es del todo cierto, pero se le acerca (aunque ni artiness ni ceporrez sean patrimonio de una sola ciudad; el hardcore de Nueva York resultó ser de los más brutotes, después de todo). Tenemos la bomba de neutrones es, para quien quiera profundizar, la historia completa del punk en Los Angeles, con sus ángeles, sus mangantes, sus fraudes y sus santos, y encima contada en estilo oral (a lo Eddie). Los rasgos diferenciales del punk angelino respecto a su rival directo al otro lado del país, NY, son numerosos: varían los iconos pre-punk (Jim Morrison, el glam, las Runaways, incluso -en el caso de los Germs- ¡Queen!; aunque todos coincidían en el Raw Power), las drogas (quaaludes) y, muy especialmente, las pretensiones artísticas (de haber nacido en LA, Television hubiesen sido corridos a boinazos). Por añadidura, el punk angelino era mucho más anglófilo que el neoyorquino, y una de las diadas cohesivas del culto sería el concierto de The Damned en el Whisky a Go-Go de 1977 (otra teoría de Neutrones: la burricie de algunos miembros de los Damned, así como su propensión al aporreo atolondrado, propiciaría la primera ola de hardcore). Dicho esto, los picos richter son los mismos que en el resto de levantamientos punk rock: papel vital de radios, fanzines y clubs (en L.A. fueron KROQ, Slash y The Masque), proceres filo-punk de mayor edad moviendo el cotarro en sus inicios (Rodney Bingenheimer y Kim Fowley, ambos depuestos por posteriores oleadas de jóvenes D.I.Y) y, claro, ese pedazo de tsunami grupal que acontecería igual en Inglaterra o NY -en LA fueron Weirdos, Germs, Zeros, Screamers, Controllers, Dils, X, Alleycats, Avengers, Bags, etc.- así como el deshinche de esa ola y la aparición de múltiples subcultos. Uno de los momentos más interesantes de Neutrones es, de hecho, la explicación de los cismas seminales: el art-punk de Wall of Voodoo, el power-pop de The Plimsouls (término que odiaban, por cierto), la nueva ola 60’s-bubblegum de las maravillosas Go-gos y el violento cabreo (algo jock, como sugiere Jeff Macdonald de Redd Kross) de primeros hardcoretas como Middle Class y Black Flag. Un libro imprescindible, tan abrumador en nomenclatura y detalle como reclamaba el tema. 

JOSÉ LUIS CABRERA y LUTZ PETRY

“Málaga y la nueva ola; música y vida nocturna 1979-1985”

Editorial Alfama

A juzgar por muchas de las fotos que aparecen aquí, todo el mundo en la ciudad cambió de peluquero después del primer álbum de Japan. Pero, aunque una buena parte de la escena local vendría definida por las influencias New Romantic y Goth (lo que en mi instituto, haciendo un batido inclusivista, denominaban Niu Ueif), no es necesario escarbar mucho para ver que en Málaga -como en el resto de ciudades españolas de 1979 a 1981- al principio media ciudad era mod. Si algo es auténticamente cautivador de este libro es ir avanzando en sus páginas para descubrir a todos esos muchachos con chapas, corbatas estrechas, gabanes y gafas negras (incluso Javier Ojeda, de Danza Invisible, tuvo su periodo Quadrophenia) pasándose en masa al cardado, botín multi-hebillar y maquilla-je-je-je. Esto es solo un ejemplo de la historia subcultural de Màlaga que Cabrera y Petry exponen con sumo detalle en este meticuloso trabajo. Danza Invisible son, cómo no, protagonistas de gran parte del libro, pero los co-starrings son decenas: Cámara, Krazy Boys y Agentes Secretos, Factoría Ribbentrop, Hombres Públicos, Serie B, Generación Mishima, Réquiem y tantos otros, de todos los estilos y peinados. Juzgando por lo leído, quizás sea cierto lo que Silvia Grijalba afirma en su prólogo: en la Costa del Sol la nueva ola entró vía guiri veraneador, y por eso los grupos estaban más influenciados por Talking Heads que por Pegamoides o Nacha Pop. Dicho esto, hay que reconocer que Málaga nunca tuvo -con la excepción de los Danza- grupos icónicos que puedan considerarse influencia vital en otros grupos de España. Pero en cualquier caso, este Málaga es una piedra vital en el proceso de reconstrucción histórica de la nueva ola española. 

The Sea and Cake

Bikini, 5 de abril del 2011

Alguien dijo una vez que cierto tipo de novelas acabarían llamándose Brautigans, en alusión al escritor Richard Brautigan, y algo parecido podría decirse de The Sea and Cake. Lo que componen y tocan son sea-and-cakes, no canciones: no es rock’n’roll, no es pop, no es jazz y desde luego no es indie, sino una cosa cálida, extraña y elevadísima que, como el ornitorrinco, carece de comparación; pero que asimismo puede descifrarse en múltiplos más comprensibles.

Cuando The Sea and Cake aparecen, jamás dirías que son ellos: Sam Prekop luce look de indie kid 90’s -como si tocara en Peanut Pie- el bajista Eric Claridge parece de Screaming Trees y John McEntire a la batería recuerda a uno de Mighty Mighty Bosstones. El único que viste en congruencia a la música es Archer Prewit, que –traje semi-bolsudo de dos piezas, gafas 1920’s- parece un cruce entre Arto Lindsay y Clark Kent. El grupo toca la dulce fusión que les caracteriza: pop-jazz con mucho mellow (y tarareable, como Weekend o el “Launderette” de Vivien Goldman), bajos Weather Report (o Chic, si me fuerzan a decirlo), batería bop y ese toque indefinible a Marcos Valle, a música moderna brasileña, que uno no sabría decir por dónde aparece (es posible se conjure mediante la voz dulce y reconfortante de Prekop). Su concierto es menos extenso que los que solían caracterizar a la gira del Car Alarm: empiezan con las nuevas, atizando el cosquilleo en los dedos de los pies con temas de su futuro The Moonlight Butterfly EP, y al cabo de un instante anuncian que van a perpetrar algunos oldies. No mienten: se alejan tanto que llegan a tocar su primer hit, “Jacking the ball”, del debut de 1994 (despertando un par de maullidos de viejos indies). Pero junto a ella van “Fuller moon”, “Car alarm”, “Weekend” y “New schools”, la última con sus sucesivos solos a lo Miles Davis Trio; todas del anterior Car Alarm (2008). El otro gran representado es Everybody (2007), con “Middlenight”, “Exact to me” y “Crossing line”. La última provoca un ligero ataque de risa en quien les habla, al percibir (leyendo los labios de Prekop) que lo que el grupo dice en el estribillo no es “so long Titania” como yo creía escuchar, sino “fell on to town, yeah” (eso, ríanse). La sensación cuando se despiden es balsámica, terapéutica y hermosa, y confirma que, aunque veteranos, The Sea & Cake siguen siendo el más incomparable y fascinante grupo de cuantos existen hoy. 

Thee Spivs

Taped up

Damaged Goods

Punk rock Thee Spivs no van a salvar al mundo. Qué leches: para no salvar, ni salvarán el mundo del punk. Thee Spivs están en la división comarcal de impetuosos punk-rockers ingleses criados bajo el influjo del Medway Delta (aledaños Thee Headcoats) que lideraban años atrás los pendencieros Armitage Shanks. Thee Spivs no son mejores que aquellos, y sus aspiraciones se limitan a percutir trumpa-trumpas y rasgar guitarras que suenan como eructos. En las mensuales inglesas les llaman garajeros (desde que el garaje se ha puesto de moda todo lo etiquetan así), aunque Thee Spivs deben mucho más a The Lurkers, 999 o los ATV más zafios (los de “You bastard”) que a The Standells o CWB. Taped up es un disco irregular: tiene hits que hubieran brillado con luz propia en single, como “Taped up” (con un estribillo 1977 de los de cantar sin camiseta y abrazado a delincuentes) o “I don’t want it” (situada donde Long Tall Shorty se topan con los Angelic Upstarts) pero el álbum contiene también unos cuantos rellenos. En todo caso, en directo tienen que ser para sudar la gota gorda, y ese es el entorno natural de grupos como Thee Spivs. Véanles en su pub más lejano. 

Los Ginkas

Retumbarama

Spicnic

Surf-pop-billy Los Ginkas son mi grupo español favorito. Sus canciones, actitud y entusiasmo no es que me gusten: me emocionan. Se trata de un sexteto pamplonica con dos pulcras cantantes (look Jean Seberg) y un ex-Bananas entre sus miembros, y cuyas coordenadas estilísticas se podrían resumir así: Glam rock + psychobilly + Stiff Records + surf-pop + tambores Ubangi + girl groups. Todas estas influencias con aromas de gloria no significarían nada hoy en día si no fuera por su talento compositivo: son una máquina de hits. “Retumbarama” está en el punto donde se encuentran los Barracudas del “Surfers are back!” y los Slade del “When the lights are out”, con algo de Kamenbert y TCR, y encima luciendo riffs rockabilly. “De golpe y porrazo” es Slade/Sweet en modo heroico, “Linda Manz” escupe letra pro-quinqui y homenajea tanto a la dignísima actriz de The Wanderers como  al “Summer fun” (pa-pa-pa-pa…), y “Qué clase de monstruo eres tú” es una perla de inclinación Greenwich/Barry apuntalada con ecos Dick Dale. Los Ginkas, por si fuera poco, no alegan haber emergido de debajo de una seta, y presumen de influencias versionando a Los Vegetales (“Soy una bomba”), Pantano Boas (“Derrama tu amor” junto a TCR, para dejarlo todo aún más claro), “No te quiero ver” (el “Breakaway” de Jackie Deshannon) y más. Y se unen a la fiesta Parade, Terry Cuatro y las Astrogirls, si es que alguien aún requería credenciales. Y encima sacan el disco en vinilo (también descargable aquí: http://losginkas.bandcamp.com/) Para que no se diga que no sé encontrarles fallo alguno, hay que decir que el LP suena a sarcófago. Una minusvalía invisible con la que seré capaz de vivir siempre, mientras me sigan cantando así. 

THE MATADORS

Get down from the tree!

Munster Records

Freakbeat-R&B Los habitantes del garaje recordarán a The Matadors por la inclusión de su hit “Get down from the tree” en la caja Nuggets II de Rhino, pero el resto de sus composiciones resultaba difícil de rastrear (su único LP fue reeditado en 1995). The Matadors eran checos, y su nombre no implicaba una inaudita querencia por el toreo sino una referencia al órgano eléctrico Matador. Eran un quinteto similar a los holandeses The Motions (fans del R&B y los Who, versiones de Motown, fiereza freakbeat) sólo que con menor presencia internacional y cantando en inglés macarrónico. Sí, los Matadors se hacían un lío con el idioma anglosajón, como prueba la humorística “Hate everything except for hatter” (“Ódialo todo excepto al sombrerero”, aunque en realidad querían decir “odio” -hatred). Sus mejores temas son puro puñetazo de timbal: la mencionada “Get down from the tree” (garaje punk con psicoastenia, voz Stevie Winwood y desplante mod-chulesco), “Old mother hubbard” (freakbeat del duro, Electric Prunes y harmónica a lo “Hey Gyp”) o la idiomáticamente confusa “Sing a song of sixpence” (tensión Them-Koobas a destajo). The Matadors terminaron, como otros grupos de su persuasión, tocando en la versión escénica de Hair y luego derivando al hard-rock, pero aquí solo encontrarán sus mejores singles y su único álbum. No lo olviden: Ódienlo todo excepto al sombrerero. 

INCARNATIONS

With all due respect

Lovemonk

Este es un gran disco. Lo es porque, a pesar de lo inusual –y mancillado- de sus raíces (70’s soft-rock, funk-pop blanco, Philadelphia y 70’s soul), carece por completo de acercamiento irónico. Sus autores, Incarnations (el gran cantautor californiano de folk-bossa-pop Bart Davenport junto a Daniel Collás y Bing Ji Ling) han realizado este álbum por pura pasión, y desde sus corazones. Y es por eso que “Make you mine” suena a los Steely Dan del “Peg” mezclados con los America del “Horse with no name”; y ambas cosas son hermosas y el resultado de combinarlas también. O esa “Meet me at midnight”, con su ritmo a lo “Dreams” de Fleetwood Mac pero dejes baroque 60’s pop y folk de Elektra aquí y allá. O la ternura soul de “The selfish guy” (puro Bill Withers), o el dulcificado soul-funk que lleva “There must be love” (empieza como el “Tighten up” de Archie Bell & The Drells, pero muta en emoción Curtis Mayfield del Curtis). Un LP pulido y espacioso, no apto para punk-rockers ni oyentes de oído estrecho. 

WILD HONEY

Epic handshakes and a bear hug

Lovemonk

Un ukelele paseante, un ritmo Balú y un silbido-feliz-hacia-la-puesta-de-sol anuncian desde la primera canción “Whistling rivalry” la afición del madrileño Guillermo Farré por las melodías del Walt Disney 60’s (las bandas sonoras de los Sherman Brothers, vamos). A esto podríamos sumarle el pop baroque y preescolar de The Free Design, la música popular brasileña, Sufjan Stevens y la sanfaina cajún de Van Dyke Parks: todo mezclado pero no agitado, y perfectamente incorporado a las canciones. De estas (canciones), Wild Honey tiene un buen puñado, y bien lozanas que son. “To steal a piece of art” remite a los Teenage Fanclub en pleno ataque bossanova de aquel “Some people try to fuck with you”, mientras que “The big parade” o “Brand new hairdo” son fantásticas nanas de aire Beach Boys (etapa Wild Honey, por supuesto) y perfume afrancesado a lo Claudine Longet. Un disco estupendo, en suma, que (para bien o para mal) no conserva traza alguna de españolidad. 

(Un montón de críticas realizadas de diciembre del 2010 a mayo del 2011 para la revista Rockdelux, incluyendo un directo y varios libros, y dos últimos discos para el suplemento Cultura/S de La Vanguardia. Todas son de Kiko Amat)

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