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Disco del mes (enero 2011): DOGS Different (Phonogram/Phillips, 1979)
Different
(Phonogram/Phillips, 1979, reeditado por Marilyn, 1986)
Es difícil usar palabras nuevas para hablar de rock’n’roll viejo. Y esa dificultad quizás sea la razón por la cual tanta crítica rockera de los últimos veinte años puede leerse como el delirio inconscientemente humorístico de un motora damnificado por la ingesta de LSD pocho (“Suena como si una motosierra bañada en Jack Daniels estuviese cercenando el pito de un estegosaurio conectado a una torreta de alta tensión en mitad de una lluvia de meteoritos…”). Lo cierto es que la disección de discos magníficos de cosas no-vanguardistas y no-abstractas –abstractas como lo son el techno o el free jazz, por ejemplo- debería estar cimentado, como tantas otras cosas, en palabras sencillas, agudas, cortantes y definitorias. E imaginativas y pictóricas, sin permitir que planee la pinza. En el caso de rock’n’roll, de ese rock’n’roll elevado y estupendo que tanto nos agita, los parametros etiquetadores deben ser siempre los mismos: tenso, tirante, nervioso, ruidoso, algo agresivo, algo chulesco, pegajoso, bailable (en cualquier modalidad no-sardanista) melodioso (o sea: tiene que tener melodía), un poco negroide y muy memorable. Oh: y espacioso.
En una excelente entrevista de Jon Savage con Crass que publicó recientemente la revista Mojo (aunque el texto como tal es de 1989, diez años después de la disolución de la banda), su co-fundador Penny Rimbaud esgrimía una teoría altamente edificante: si algo tienen en común el skiffle, el Mersey Sound, los Television y el punk rock es la cantidad de espacio libre que dejan: “Fuí a ver tocar a Television, y Tom Verlaine se interrumpió en mitad de un fraseo de guitarra, algo que nadie había hecho desde hacía diez años. Había tocado exactamente lo que quería, y el resto era espacio, y lo mismo pasaba socialmente”. Para luego razonar: “El sonido Mersey estaba lleno de espacios libres. Te permitía entrar en él. Era una extensión del skiffle (…) En realidad, el punk era skiffle, y lo mismo sucedía con el Mersey Sound; era algo abierto. Nadie hacía más de lo estrictamente necesario”. Uno puede extender esta definición al rock’n’roll primitivo, al sonido mod más nervioso y enfadado, a la Motown y el soul pre-Philadelphia en general: están llenos de campo que llenar, y nadie sobre-extiende su visita, nadie alarga las notas para realizar innecesarias demostraciones de ego ni virtuosismo: menos es más, siempre más. En todos ellos se trata de reducir, cortar, arrancar, eliminar lo superfluo. Tanto los músicos de estudio de Motown (los Funk Brothers) como la Wrecking Crew californiana de los 60’s –el equivalente de los anteriores en producción pop- tenían el talento para alcanzar a fabricar, si así lo hubiesen deseado, solos infinitos, redobles barrocos, para apretujar gimnásticamente catorce notas vocales en una (a lo Mariah Carey) o sacarse de la pelvis una línea demostrativo-funambulista de bajo de quince minutos. Pero conscientemente rechazaban hacerlo, porque cada uno de ellos tenía una faena encomendada, y la canción requería espacio abierto para respirar, y sólo se tocaba lo estrictamente necesario para que siguiese funcionando el ritmo, el encanto, la atracción, la succión. Y uno, tras pensar en todo ello, podría aventurar que es justamente ese vacío en la canción el secreto del hit sempiterno -sea en pop, hardcore, Chicago soul o ska- el factor que secuestra la voluntad y hace regresar al fan una y otra vez: la amplitud. Lo espartano. La decoración escasa y funcional. Lo básico. Lo primordial.
Para hacerles una prueba práctica –estilo Quimicefa- de que la fórmula que acabo de aventurar funciona, y no van a explotarnos en la cara las probetas humeantes, podría seleccionar cientos de cientos de discos de mis estanterías; pues, en verdad les digo, la mayoría de mis singles y álbumes basan su existencia en esa existencia de ESPACIO (de acuerdo: Steely Dan no). Pero voy a ejemplificarlo con un disco que reúne todas las condiciones antes mencionadas: Different (Phonogram/Phillips, 1979) de los franceses Dogs.
Los Dogs eran un cuarteto derivado en power-trío que nació en 1973 en Ruén, normandía, la Francia, y que vivió siempre paralelo al punk-rock, pese a que su formación lo precedía (anticipaba, incluso). Ciertamente, los Dogs eran fans de todo aquello que ahora es el arquetipo del cool, pero en 1974 no molaba un pelo y les gustaba solo a cuatro majaras con acné fuera de control y pésimo estilismo capilar: R&B bestiota, proto-punk de Detroit, rock’n’roll básico y sin cortinaje, soul de griterío y barbacoa, Flamin’ Groovies, incipiente pub-rock de patilla y chalequillo, garaje raro y sixties pop californiano. En una combinación de factores ya clásica, la poca pericia inicial y entusiasmo hormonal de los chicos, unido a sus grandiosas aspiraciones emulatorias, creó algo muy parecido a lo que hoy se entiende como punk rock: rock’n’roll veloz, nervioso, mosqueado, emocionado y emocionante, siempre a punto de quebrarse, siempre limpio y puro y afilado y concreto, andando por la fina línea que separa contención espartana de morrocotuda exhuberancia.
Anteriormente a Different, la banda había grabado varios EPs en sótanos, letrinas y armarios ajenos (todos excitantes, todos sonando a rayos, todos breves como un chasqueo de dedos), pero solo su álbum de 1979 contiene la mejor cara A de la historia. Todas las cosas magníficas del mundo suenan en esta cara A -compuesta en su totalidad por el líder del grupo, Dominique Laboubee- algunas como obvia influencia (MC5, Byrds, Flamin’ Groovies, Chuck Berry, VU, Shadows of Knight y Standells, Who, Stooges) otras por puro parentesco con contemporáneos en activo (Jam –a quien telonearon en 1977- Lurkers, los primeros Dr. Feelgood y Hot Rods –medio influencia, medio hermanos de sangre- Clash y Pistols, Saints, Radio Birdman y Heartbreakers). Es un lado de álbum que establece en axioma lo afirmado al inicio de esta crítica por Penny Rimbaud: gran tensión y espacio, unidos a algo de fervor y prisas, buenas influencias y actitud firme.
Different está considerado de forma unánime como su disco más pop, y quizás por esa razón –como puede leerse en la enciclopédica entrevista al grupo publicada en el fanzine Noise for heroes- desde algunos sectores se les trató de etiquetar como grupo de mod revival. El propio Laboubee afirma en dicha entrevista que, aunque el álbum recordaba a todo lo que escuchaba entonces su principal compositor (“It really sounds like what I was into in 1979: little bits of everything, British ‘60s, US garage bands and ‘77 punk”), la portada trataba conscientemente de evocar una cierta imagen mod-sixties. Caramba. Con todos los respetos hacia alguien de tanto talento como Laboubee, hay que tomar con cierta ironía y grandes dosis de contexto esta afirmación. Quizás para un crítico de la vieja guardia del NME del momento (hippie, gordo, feo, fan de Doobie Brothers, etc), el suyo era un afirmativo mod look, pero los que ya habíamos buceado lo suyo en los pormenores de La Gran Pinta, lo que vimos en portada fue a un tío vestido de Miguel Bosé etapa “Linda” (aunque peinado como el zagal moreno de Parchís), acompañado de otros dos energúmenos cariacontecidos, uno posiblemente primo de Rick Buckler en su etapa de caracolillo fulicular, y otro que parece el dealer de speed marrón de Richard Hell. Y no es que tenga ninguna importancia; pero se antojaba necesario puntualizar.
Y ahora, a lo vital: la cara A contiene siete excelentes canciones. “A different me” y “Gotta tell her” son hipertenso punk australiano y Johnny Thunders y “Aloha Steve and Danno” y “Jumpin’ in the night” y Lurkers y MC5 cuando estos versionaban a Little Richard y bailaban como James Brown. “Words” es un cachopo semicrudo de 60’s punk con armónica, medio Feelgood en su etapa crucial (es decir: con Wilko), medio macarrismo y tumbao-al-andar de Stooges, todo sonido del garaje y riffs de molino a lo Townshend; alma Nuggets desde los lavabos embozados del Hope & Anchor, por decirlo de algún modo. “More from you” es mi hit personal: tiene un claro toque mod revival (heredado, sin duda, de su parentesco con los Jam: trío, fans de Who, Rickenbackers en ascensor, etc) que les hace parecerse a los mejores Chords/Purple Hearts, y ello se sublima y eleva con arpegios de Byrds estimulados farmacéuticamente y Flamin’ Groovies etapa Shake some action. Sí: ¡viva! Oh, y contiene un semi-parón hacia el final que le eriza a uno todo el vello corporal erizable. “I’m real” regresa puntualmente a Dictators, con la tensión amplificada del “Descent into the mäelstrom” de Radio Birdman, pero “Stranger than me” recobra la calidad himnal de “More from you”: puentes y estribillos amplios, épica pop-punk-folk-rock a lo Chris Wilson, potencia farruca y una batería metronómica que se lo echa todo a su espalda, como un protagonista de Sometimes a great notion. Y la cara finaliza con “(I’m gonna learn to) live with it”. Otro himno, caramba. ¿Cómo podría definírsela? Digamos que toda la carrera no-surf de The Barracudas podría cimentarse exclusivamente en ella (y unas cuantas canciones de Ed Cobb y Gary Usher, de acuerdo). Un eufórico final para un lado de LP perfecto.
Y es posible que en este mismo instante, todos ustedes estén a punto de espetarme, de forma perfectamente lícita: cara A, cara A, pero ¿Qué narices sucede con la cara B? Bien, se lo diré ahora mismo: es curioso, tras tanto compararles con los primeros Jam, que Dogs tropezaran en las mismas piedras que aquellos. Lo peor de los tres primeros álbumes de los Jam, como sabemos todos sus fans, son las versiones: innecesarias, algo bobas, mal seleccionadas y exhibiendo un único atributo: la sobre-aceleración. O eran canciones que, con franqueza, uno no deseaba ni escuchar en su versión original (“Batman”, por el amor de Cristo), o eran entes insuperables en su forma primigenia, canciones de negros que ni un übermensch del rock’n’roll hubiese atinado a mejorar (“Heat wave”, “In the midnight hour”) o eran copias exactas de obras maestras del sixties pop (“David Watts”), que causaban en el oyente múltiples “vale, ¿y qué?” mentales. Este Different cojea por culpa de exactamente los mismos tendones dañados, y discúlpenme si nos ponemos un poco en plan IIª Intifada Modernista: ¿Qué sentido tiene versionear insuperables canciones de R&B y soul como el “Nobody but me” de los Isley Brothers o el apabullante “Fortune teller” de Benny Spellman? Cuando, para colmo, ya habían sido versionadas anteriormente por todos los grupos de R&B británico de 1964, y también por cada uno de aquellos grupos de garaje-pop americano de los mid-sixties. Y la única respuesta a esta pregunta más o menos retórica es: como declaración de principios. O para hacer brincar a la audiencia en un concierto. Y ambas cosas son, sin duda, acciones respetables y fundadas en una intención pura y hermosa. Pero aún así; tras escuchar todas las composiciones originales de Dominique Laboubee que componen el Different, ¿no se quedan ustedes deseando más? Y, en ese injusto desear, ¿no maldicen el lugar a codazos que marcan a su alrededor estas dos versiones completamente olvidables? La salvación de la cara B, y lo que la redime de una condición similar a la de las caras de versiones grabadas en directo (que la gente jamás escucha en los discos recopilatorios) es la presencia de “The greatest gift”, un mid-tempo angustiado pero entusiasta que vuelve a recordar a la conexión Groovies-Byrds de la que hacian alarde Dogs al menor despiste.
Aunque este Different, como dijimos, apareció en Francia en 1979, no llegaría a manos españolas –si exceptuamos a cuatro illuminati- hasta que el sello Marilyn lo reeditó en 1986. Y entonces se abrieron todos los infiernos. Aunque no en nuestra casa: aquí, haciendo alarde de ese irritante y exclusivista clasismo moddy que tantos daños ha inflingido en el espíritu adolescente (y alguna que otra victoria, hay que admitir), no pudimos pasar por alto la mencionada pinta Boseística de su líder y cara pública. Por imbécil que suene esto. Y nos costó un par de años de leer entrevistas Dog-laudatorias a Jeremy Gluck (de The Barracudas) y de quebrar el código de varios artículos semi-incomprensibles publicados en las revistas rock del momento (“Dogs suenan como una bola de keroseno introducida vía rectal en el colon putrefacto de un dodo con antrax…”) para caer en lo estúpido de nuestra posición, y redimirnos a base de cilicios y purgativos. Desde entonces, la cara A de Different nunca ha dejado de sonar en nuestro tocadiscos, y por ello anhelamos que en breve empiece a hacerlo en los suyos.
Kiko Amat



