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Losers corner: una entrevista exclusiva con The Claim, Pt.2

Continúa aquí la sensacional entrevista a David Arnold, de nuestros admirados The Claim, el mejor pop de 1985-89. Bendito Atraso, fiel desenterrador de gemas olvidadas, a su servicio. En esta apasionante segunda parte, el guitarra de la banda habla de The Jasmine Minks y The Dentists en profundidad, de modismo, de mod revival también, de posibles caminos evolutivos, de shows a lo Dexys/TSC y de su inédita versión de un clásico house de Kym Sims. Todo aquí, solo en Bendito Atraso.

Como decíamos, erais similares a The Jasmine Minks, The Dentists, Hurrah!, The June Brides o The Wolfhounds. Especialmente los dos primeros. Háblanos de tu relación con estas dos grandes bandas.

The Dentists eran la banda con la que probablemente teníamos más en común. Eran un fenómeno creciente en Medway hacia 1985 y, probablemente, la mejor banda a partir de 1986. Su primer single y álbum vendieron increíblemente bien, fletaban regularmente un montón de autobuses de fans a Londres y llenaban los clubs más importantes. Nos llevábamos bien y nos encantaba su música, así que tenía sentido acosarlos un poco para que nos llevaran de paseo en sus giras. Nuestro primer concierto en Londres fue teloneando a The Dentists en el Clarendon de Hammersmith, a finales de 1985. Nuestro debut largo Armstrong’s revenge estaba a punto de salir y Andy Kershaw de Radio One, que era fan de los Dentists, mostró interés en nosotros y pinchó nuestro “Mary Stavin” en su programa del jueves por la noche. A principios de 1986 empezó nuestra etapa de borrachera y rock and roll. Hicimos un montón de shows con los Dentists, nos poníamos muy pedo y nos reíamos un montón juntos. Hicimos algunos shows extraños de veras. Uno de ellos fue una fiesta de Navidad para adultos con dificultades de aprendizaje. En otra ocasión, en la Universidad de Guildford, lanzamos el rumor de que  Jimmy Page había muerto. Tras unos meses caímos en la cuenta de que nos estábamos convirtiendo en un grupo cómico, y que nuestra música se resentía por ello. Después nos volvimos mucho mejores, pero durante el resto de nuestra carrera continuamos tocando de vez en cuando con The Dentists. Unos chicos encantadores.

Con The Jasmine Minks sucedía una cosa similar: buscamos ser teloneros de una banda cercana. En aquel momento yo estaba totalmente inmerso en lo de Creation. Los Jasmines fueron siempre para mí los mejores de aquella escena; en parte, creo, porque aunque tenían su propio sonido se les notaban evidentes influencias The Jam. Cuando nos conocimos, Adam acababa de irse y Walter Duncan entraba a tocar la guitarra. Hicimos un concierto juntos en el Bay 63 de Ladbroke Grove organizado por Jeff Barret. Hurrah! fueron cabeza de cartel, Jasmines siguientes, entonces nosotros. Por desgracia nuestra camioneta se descuajaringó y llegamos tarde para tocar. Algo después conseguí (a base de labia) un concierto para ambos grupos en el 100 Club de Oxford Street que -a pesar de la poca asistencia- nos proporcionó una de nuestras primeras buenas críticas en Sounds. Terminé tocando la guitarra para The Jasmine Minks durante unos seis meses, después de que Walter se marchase de vuelta a Escocia. Fue muy divertido, pero no podía comprometerme con ellos porque mi corazón y mi alma estaban firmemente sujetas a The Claim. Abandoné los Jasmines en la víspera de su gira con Primal Scream, después de completar la grabación de su Another age. Otro gran problema fue que yo todavía trabajaba a jornada completa. Había utilizado todas mis vacaciones y tuve que simular que estaba enfermo para grabar Boomy Tella. No había manera de mantener mi trabajo y encima cogerme otras dos semanas para ir de gira. Tenía que seguir empleado para pagar las sesiones de grabación del disco.

Creo que (sin contaros a vosotros) el descenso hacia el olvido pop de The Jasmine Minks es la mayor injusticia de los años 80. Tenían fabulosas canciones, artesanía, intensidad, creencia, Bob Stanley los adoraba… ¿Tal vez no llevaban los cortes de pelo adecuados?

Es verdad. Comparto ese sentimiento de injusticia. Según parece hay que tener el aspecto adecuado, así como el sonido adecuado, y ser escuchado por las personas adecuadas en el momento adecuado. Para mí, los Jasmines llegaron a su punto más alto en su mini álbum de debut y con los primeros singles. Empezaban a sonar en la radio, y grabaron un par de Peel Sesions. Pero no era el momento adecuado. La máquina del negocio pop sólo puede alojar uno o dos grandes grupos revolucionarios y, en aquel momento prefirieron el lado sensacionalista de The Jesus and Mary Chain por encima del ordinario pop soul con guitarras de clase obrera escocesa que representaban The Jasmine Minks. Hay que admitir que, si nos fijamos en las fotografías de esas giras de Creation, cuando TJMC eran teloneros y la parte superior la ocupaban los Jasmines, los que sí poseen “el look” son los Mary Chain. Pura mercancía popstar en bruto, estilo 1980’s. Los Jasmines, por el contrario, solo parecen tíos inquietos de barrio. Era parte de su encanto.

¿Sentías que pertenecías del todo a la sensibilidad (y la estética) de la primera Creation, o la absorbiste desde una distancia cautelosa?

Yo quería firmar por Creation, antes de caer bajo el hechizo de Kevin Pearce. En aquel momento parecía probable, era a mediados del 87 y Creation se encontraba en una fase de transición. Hablamos con Alan McGee un par de veces, cuando yo tocaba la guitarra para The Jasmine Minks y The Claim eran los teloneros. Vino a vernos y parecía interesado. Terry Lane nos confesó años más tarde que Alan hablaba de ficharnos. Supongo que si en aquel momento hubiese habido dinero sobre la mesa para hacer un disco decente habríamos ido a por ello.

Había algo mod en vosotros y The Jasmine Minks, suficientemente explicado por Kevin Pearce y Bob Stanley en pasquines y artículos. En cierto modo vuestra perspectiva mod sonaba en los ochenta más mod que la aceptada por el canon. Lo vuestro era más moderno, aventurero y diverso en cuanto a sonido e imagen. ¿Pensaste mucho en esa sensibilidad mod?

Martin y yo éramos mods. Teníamos scooters. Vestíamos de mods e íbamos a noches de northern soul. Eso estuvo en la esencia de The Claim hasta el final. Creo que Martin todavía va en scooter. Sin embargo, como dices, nunca nos quedamos quietos. Siempre absorbíamos otras cosas. Lo que hacía interesantes a The Claim era la mezcla de cosas, y esa mezcla se producía en parte porque David Read no era mod. Siempre fue idiosincrásico y anti-moda, aunque muy elegante. En muchos sentidos era un líder de estilo, tomaba diferentes looks y cortes de pelo y experimentaba con ellos. Al principio llevaba una chaqueta del ejército alemán con el símbolo pacifista del CND pintado en la espalda. Otro día lucía un tupé a lo Morrisey. El siguiente venía de skinhead, con patillas enormes y un traje a medida. Musicalmente también era único. Basta con escuchar su guitarra y voz en “Waiting for Jesus”. Cuando Martin y Adrian Hatcher, nuestro primer bajista, estaban en una banda sin David hacia 1983, era todo mucho más mod / new wave. Cuando David se nos unió en el 84 trajo folk 60s/70s, Frank Sinatra, John Lennon, Stranglers y The Smiths. Además, David era un alma sensible, podía dibujar, pintar y escribir unas letras conmovedoras.

Dicho esto, me encantan Makin’ Time, The Prisoners, The Chords, Purple Hearts y, francamente, el resto de grupos del mod revival. ¿Qué opinabas de ellos?

Me encantaban. Martin, Adrian y yo fuimos a ver a The Chords en la primera época, a finales de 1979, aunque empecé a ser consciente de sus limitaciones y falta de originalidad alrededor de 1981. Y, como he dicho antes, íbamos a ver a The Prisoners continuamente. La primera vez que los vi fue en 1982, en la alldayer 60’s de un club llamado Bogart, en Strood. Probablemente fueran el grupo de esa época que más me gustaba, en el sentido de una gran noche de fiesta y un concierto lleno de energía contagiosa. Recuerdo que me echaron del Hammersmith Palais a raíz de una invasión de escenario de-un-solo-hombre (yo solo, vamos), durante su gira con los Ramones. También vi su último concierto en el 100 Club, en septiembre de 1986. Muy triste.

Vuestros espectáculos con actores y poetas (como aquel “A night of Action” en el Covent Garden) me hacen pensar en la clase de espectáculo de variedades que Dexys acostumbraban a organizar. Muy no-rock, en todos los sentidos.

Los espectáculos de Dexys fueron una influencia, sin duda. Pero un montón de otros grupos decentes de no-rock nos influenciaron en ese sentido. The Style Council hacían algo así, con una obra de teatro y un cómico, al igual que The Dentists, curiosamente, y The Stranglers. La clave para mí era que no lo hacíamos solo para parecer diferentes. Hicimos shows en diferentes salas de tradición ajena al circuito rock, con una obra de Vic Templar y Billy Childish recitando su poesía, porque queríamos liar un evento divertido y ameno. La idea de tocar en la trastienda de un pub, o hacerlo en uno de los muchos clubs de rock sin alma bebiendo en vasos de plástico, era deprimente. Queríamos crear algo que fuese único y especial.

Cuando trato de imaginar vuestra posible evolución -si hubierais permanecido juntos- os veo yendo en una dirección de pop nada clásico. Pienso en Vic Godard, que terminó experimentando con el dub y el hip hop, o The Style Council, cuando se volvieron house en los últimos dos álbumes. En aquel momento dijiste que un posible próximo disco de The Claim sería una mezcla del Face to Face de The Kinks con el Adventures of a Pop Group de TSC.

Éramos muy creativos, incluso hacia el final. Podríamos haber hecho cosas interesantes. La música de baile, o al menos la sensibilidad de garage house en aquel momento, podría haber formado parte de lo que hacíamos. Recuerdo haber ido a clubes y raves y el ambiente, la energía y la música eran un contraste total con lo que estaba sucediendo en la música de guitarras. Empezamos a experimentar con algunas versiones. Queríamos usar la música de baile de la misma forma en que los Who utilizaron Motown. Hicimos la canción de Kym Sims “Too Blind to See it”, y pintaba muy bien en nuestros últimos ensayos. Yo creo que hubiéramos desarrollado esa faceta. Nos encantaban Massive Attack. Por supuesto, en aquel momento las bandas de Manchester estaban empezando a aparecer, y no queríamos que pareciese que nos apuntábamos a la moda. Supongo que esa sensación nos desalentó.

¿Crees que si os hubierais mantenido juntos hasta 1993 vuestra suerte habría sido distinta? No parecíais muy interesados en el juego de la fama. Mencionas en las notas de Black Path que conocisteis a Manic Street Preachers y os asombró lo enterados que estaban de quiénes eran los periodistas influyentes, qué imagen y ángulo adoptar para satisfacerles…

Queríamos tener éxito desesperadamente, pero lo queríamos a nuestra manera, sin humillarnos. La idea de hacer algo con lo que no hubiésemos estado cómodos era aberrante. Creo que si hubiéramos tenido el manager adecuado las cosas podrían haber funcionado. David Read era una estrella natural. Cualquiera que viese a la banda podía darse cuenta de eso.

(Esto ha sido una entrevista exclusiva de Kiko Amat con David Arnold de The Claim para Bendito Atraso. El autor lleva una semana bailando Kym Sims por su culpa)

Disco del mes (febrero 2013): MODEST PROPOSAL Single-minded

MODEST PROPOSAL

Single-minded

Unicorn, 1987

Estaba reviendo ayer un episodio de The Sopranos por tercera vez y de repente lo dijeron. Era en “The Telltale Moozadell”, cuando Christopher Moltisanti se hace con un garito anticuado llamado Lollipop y decide regalárselo a Adriana La Cerva para que monte su club de rock, y entonces entran a echarle un vistazo, y alguien (quizás Silvio Dante) lo suelta: “¡Aquí es siempre 1987!”.

Esa frase, como suele suceder, me llevó a otros pensamientos: 1987. Cosas que sucedieron en 1987. Es un año de resonancias simbólicas para mí. Rompepistas, claro, tiene lugar en 1987. 1987 es uno de los años del frescor, antes de las torceduras, o quizás en medio de ellas pero en un momento en que nada dolía ni nada asustaba y el futuro quedaba muy lejos. Mis dieciséis. Durante un rato estuve pensando en discos que aparecieron aquel año, y de repente –bonita coincidencia- caí en que unos cuantos de ellos habían sido Disco del Mes aquí. Daddy’s highway de The Bats. Magic still exists de The Leopards. Cryptic and coffee time de The StingRays. Brave words de The Chills. From the heart down de The Sinners. Álbumes extraordinarios, cada uno a su manera. Y entonces decidí poner en práctica un pequeño experimento. Fui a la Expedit y empecé a sacar más discos publicados en 1987. Al cabo de unos minutos, tuve que detenerme. Abrumado. Nunca había pensado que tantos discos queridos pertenecieran al mismo año. La lista era emocionante. Allí, expuestos, estaban muchos de los preferidos de toda una vida, y sin embargo jamás había trazado una línea que los uniera: Fleshtones vs Reality. Gruesomania de The Gruesomes. At First Sight de The Stems. El Tallulah de The Go-Betweens. I Am a Wallet de McCarthy. Unseen Ripples From a Pebble de The Wolfhounds. El problema es la edad de Brighton 64. El primero de La Granja. The cost of Loving de The Style Council. Boomerang de The Shoes. The people who grinned themselves to death de The Housemartins. Psonic Sunspot de The Dukes of Stratosphear. Wig Out At Denkos de Dag Nasty. Hate your friends de Lemonheads. Discos extraños, intensos, hermosos, cada uno de ellos maravilloso en su campo, algunos interconectados, otros distantes en un mapa musical. Pero todos ellos parte de mí, y de mi educación. Algo tiene esa mitad de década, que produjo algunos de nuestros discos predilectos.

Y entonces reparé, más magia negra, que el disco que iba a escoger este mes también era de 1987. Single-minded, de Modest Proposal, es un elepé típico de 1987, y suena como tal. Modest Proposal eran un cuarteto de Washington DC que solo gozó de tres o cuatro años de vida. No tienen ni entrada en wikipedia, así que no se molesten en buscar. Su escena, sin duda, era la mod americana de los ochenta (Manual Scan, The Scene, Mod Fun…) con algunos lógicos lazos –que compartían los Manual Scan de Bart Mendoza- con el Paisley Underground de San Francisco, muy especialmente The Three O’ Clock, junto a los que Modest Proposal tocaron en varias ocasiones. Mod Fun eran otros habituales compañeros de gira. Modest Proposal también telonearon a nuestros adorados The Times en su única visita al Reino Unido. El círculo se estrecha, y aún lo hará más. Un miembro eventual de la banda acabó tocando en Minor Threat. Todo está conectado, y en Washington DC más aún.

El sonido de este único álbum (en realidad es una recopilación del single “I’ve Seen Your Face Before”/“Nobody Says No” y varias demos de 1984-87) es exactamente lo que están pensando en este momento, y que saben que aquí nos pirra: mod moderno 80’s que mira tanto a The Smiths y The Jam como al beat sesentero. Modest Proposal pertenecen a esa hornada global de grupos que, aún siendo mod revival o filomods o criptomods o pro-beat o pop-psicodélicos, sonaban 100% al año en curso. Los nombres son favoritos de Bendito Atraso: Yeh Yeh, The Claim, The Dentists, Hurrah!, Biff Bang Pow, The Kick, The Jasmine Minks, los grupos de Flying Nun (The Chills, especialmente), la primera Creation, The Three O’Clock, incluso Makin’ Time… Era un tiempo en que grupos ingleses como The Moment –radical e inconfundiblemente mods- se bautizaban en honor al “The Unguarded Moment” de The Church, Los Canguros versionaban a Pere Ubu, el Pop-ish Frenzy! de Purple Hearts anticipaba a The Stone Roses, Brighton 64 sonaban post-punk y The Claim miraban tanto hacia Morrissey como a Ray Davies. Otras épocas, sin duda; otras tradiciones.

Modest Proposal pertenecen exactamente a esa tradición, quizás con un deje más power pop (a lo The Plimsouls, Pezband o 20/20) que la mayoría de ellos. Salió en el epítome de sello mod 80’s, Unicorn (de acuerdo, junto a Countdown), donde compartían catálogo con otros relucientes grupos de Nuevo Mod como The Times de Ed Ball, The Risk o The Threads. Unicorn se especializaría más adelante en sacar grupos de gozoso ska-pop como The Busters o The Braces, y otros de ska algo más inmundo como Just Kidding. En cualquier caso, no procede ahora hablar de ellos.

El disco de Modest Proposal es tan bueno y está tan vivo que parece imposible que sean absolutos desconocidos (excepto, no hace falta decirlo, en círculos de amantes del mod revival). Rechazando el formato de álbum clásico (una instrumental, algún medio tiempo, una balada, unas cuantas de bien rápidas…) Modest Proposal hacen lo que solo puede definirse como reunir doce singles en un álbum de 12”. Es un elepé de caras A de sencillo y, como tal, puede ser demasiado. Demasiado para tu cuerpo. No hay reposo ni estacionamiento, no hay momentos reflexivos: solo píldoras. Lo que los amantes del power pop denominamos Pepinos o Castañazos. Hits. Uno detrás del otro. Algunos son más beat, otros son más post-punk, otros son glorioso mod revival de manual: pero todos son himnos juveniles de rechazo y desamor. “The Hardest Part”, “Live Today”, “I’ve Seen Your Face Before”, ”Laugh and Live” o “Nobody Says No”. Esta última muestra de forma bastante fiel cómo es su sonido: junten a The Chords y The Ruts con post-punk (Lack of Knowledge, Crisis, lo que quieran) y luego añadan beat y power pop y coros estilo The Records. Es esa mezcla, contundente y extraña y excitante, la que define a Modest Proposal. Un grupo que se inspira en el sixties pop, pero todos sus miembros tocan como Joy Division. Una combinación gloriosa.

Cada uno de los cortes utiliza todo el surtido catálogo de trucos del cancionero pop: palmas a porrillo, parones como para una boda (parones de los buenos, los que reanudan el ritmo con un bajo solitario), crecidas de tono por doquier y coros a tres voces. Ganchos que hacen que las canciones se graben en la memoria. Solo faltan los violines y las trompetas. Casi mejor así. Las fotos de contraportada acaban de situar a Modest Proposal, si es que aún hacía falta, en un momento exacto del siglo: cuellos subidos, americanas de gales más bien bolsudas, tejanas blancas, pendientes en las orejas, pelopinchos nueva ola y peinados de secador-tifón. Una instantánea de 1987, un tiempo y un lugar lejanos que no existen ya.

Modest Proposal duraron lo que el tren en la estación, como suele decirse, y poco después de lanzar este álbum ya no existían (aunque poco después se reencarnarían en The Mondays, también con mini-álbum en Unicorn). Single-minded llegó a mis manos en algún punto de 1988, en forma de cinta TDK, junto al Invitation to the blues de The Risk y el Hits from 3000 years ago de Anthony Meynell (de Squire). Al cabo de un par de años extravié la cinta, y lo único que me quedó de ellos fue un flyer inglés en A-4, color azul marino, que anunciaba el lanzamiento del LP. Alguien me lo había traído en 1987 de la tienda The Cavern, en Carnaby Street, junto con un surtido elenco de bibelots y artilugios de mod pietierno: la obligatoria camiseta con la diana de la RAF, la tejana Cavern hecha de papel cebolla, las chapas de “Jamaican Jazz” y “Tracie!” y “Parka Power” y “Nutty”, todas esas porquerías adorables. Aquel flyer permaneció enchinchetado a la pared de mi habitación hasta que el día que me fuí de casa de mis padres, a los veintidós. Aún debo tenerlo por algún lado. Y hace dos semanas me marché a Bilbao y un amigo tenía el álbum, y lo vendía, y me lo vendió. Aún no me creo mi suerte.

Modest Proposal, es inevitable, se reunieron el año 2009 (tocaron junto a Dot Dash, a su vez descendientes de Julie Ocean, que se parecen no poco a los Modest Proposal), pero por legítimo que nos parezca el asunto ni a ustedes ni a mí nos interesa escuchar su encarnación presente. Los que sí nos interesa, y eso no va a cambiar, es escuchar una y otra vez este estupendo disco, realizando el amplio abanico de bailes-caseros-de-gente-que-no-tiene-maldita-idea-de-tocar-un-instrumento y –permítanme el cliché juvenil- molestando a los vecinos. Siempre ha sido así, ¿para qué cambiarlo?

1987, está claro, fue un gran año. Kiko Amat

Una gran entrevista a Bart Mendoza (Manual Scan)

Bart Mendoza, héroe del mod revival americano (con Manual Scan) e insigne baluarte del revival garaje de los 80′s y primeros 90′s (con The Shambles), habla en una emotiva entrevista para la página de “dandis del Tercer Mundo” La Trampa del Bulevar.

Si a ustedes les interesa tanto como a nosotros el tema San Diego garaje (The Tell-Tale Hearts, sin ir más lejos) y mod ochentas hagan el santo favor de pinchar aquí.

Sabemos qué quiere decir el bueno de Mendoza cuando afirma: “Así como amaba los sonidos mods vintage, descubrí que los grupos contemporáneos de mod, garage y powerpop eran realmente excitantes. Durante esos años vivíamos para ver a 20/20, The Plimsouls, The Knack, Paul Collins Beat, The Crawdaddys y luego a grupos como The Bangs, Untouchables, Three O’Clock, Question…”. Oh, sí.

Disco del mes (febrero 2012): MAKIN’ TIME No lumps of fat or gristle guaranteed

MAKIN’ TIME
No lumps of fat or gristle guaranteed
(Fab, 1986)

Algunas apreciaciones subjetivas que quisiera compartir con ustedes: de todos los grupos de abre comillas mod revival cierra comillas, Makin’ Time eran los más interesantes. Tal vez eran menos punks que Purple Hearts, The Chords y Teenbeats, pero compensaban su falta de punkitud con sofisticación, elegancia, frescura y hits. Su pop (pese a formar parte de la segunda ola de la escena abre comillas mod revival cierra comillas) era muy poco revivalista, visionario, muy del momento: Julie Driscoll mezclada con Bangles, pop limpio (¡esas producciones de Pat Collier y Will Birch!), Motownesca adaptada a los ochentas, toques jazz y blue-eyed soul, un sonido Vox Continental/Farfisa lleno de raíces que –no obstante- se integraba en una visión actual y excitante del nuevo pop. Nada de 1-2-3-4, aullidos, Ba-ba-ba-batman y Rickenbackers estridentes: su ritmo se enfocaba mejor hacia Georgie Fame, Cliff Bennett y Timebox, pero con la adecuación al entorno y el mirar hacia adelante de The Style Council, Vic Godard y Dexys.

Makin’ Time eran un cuarteto de Wolverthampton (West Midlands) formado en 1983 como combo de R&B pedestre. Cuando se incorporó la teclista Fay Hallam en 1984, la nueva ola de la escena mod –por aquel entonces obcecada en huir de los punkismos, las chapas y el pogo de 1979-1981- hizo de ellos su grupo emblema. Era el suyo un sonido de mod club que no negaba sus cimientos, pero que rechazaba amurallarse en ranciedades añejas. Pocas bandas consiguen un sonido auténticamente único, inconfundible (The Sea & Cake, The English Beat, Television, The Fall…) y Makin’ Time eran una de esas bandas: la voz rica y tonal de Mark McGounden, el órgano flirteante y voz sólida (piensen en Anita O’Day o Julie London) de Fay Hallam, el melódico bajo de Martin Blunt y la batería fiera, compacta, precisa y muy Motown de Neil Clitheroe (así como su look Freddie & The Dreamers)… Eran todo elementos que se unían en un grupo harto particular y talentoso (tres de sus miembros componían, y encima lo hacían bien), mucho más cercano por ámbito y ambición a Weekend que a Secret Affair. Y todas esas canciones maravillosas, tan memorables y llenas de guiños y ganchos y coros.

Su primer álbum, Rhythm’n’Soul (Countdown/Stiff, 1985), es una maravilla. Su título es autoexplicativo. Soul-pop rítmico, pulido y joven. Cada canción un single potencial. Ellos impecables en portada y contraportada: jerséis de cuello redondo, brogues, bufandas al hombro, tops a rayas, un barbilampiño Martin Blunt con corte de pelo casi skinhead y pinta Ivy League. Muchos amaron el álbum (como el gran Dave McCullough, que dijo en Sounds: “Fay Hallam is God”; el disco obtuvo varios Singles of the Week y dos de sus canciones escalaron las listas) y otros lo odiaron (un tal Roger Holland les definió como “tinny Manfred Mann tupperware sound”). Muchos de nosotros lo pusimos en el plato y allí se quedó, toda una vida. Here is my number baby. Feel like it’s love. Stop this cryin’ inside. The girl that touch my soul, pa-pa-pa-pa-pa.
Makin’ Time podrían haber sido grandes. Pero su sello, Stiff, se vino abajo y, justo antes de eso sucediera, el capo Dave Robinson (en un último y desesperado intento de conseguir éxito mainstream) les obligó a grabar un maxi con el “Pump it up” de Elvis Costello en la cara A. Craso error, que solo les reportaría burlas de una prensa rockera y/o arty siempre dispuesta a denigrar lo mod (en una crítica alguien escribió, simplemente: SACRILEGE). Cuando Stiff mordió el polvo y desapareció del planeta, Makin’ Time, huérfanos y humillados, decidieron autoeditarse el segundo LP.  Y de él quiero hablarles.

No lumps of fat or gristle guaranteed (Fab, 1986), a pesar de su título atroz, es un gran disco. Siempre ha sido el patito feo de Makin’ Time, porque fue concebido como back-to-basics (con un sonido cavernoso y vagamente garajero, que se acercaba puntualmente al Medway sound de The Prisoners), y también porque para entonces nadie estaba prestando demasiada atención. No importa; las canciones de Hallam-Blunt-McGounden eran aún superlativas. El disco despide un cierto aroma de ansiedad, de intranquilidad y decepción; todo es más oscuro y triste, pese a que Pat Collier y Will Birch seguían dando cera y puliendo cera en el estudio. La atmosfera es, ocasionalmente, parecida a la de El problema es la edad de Brighton 64: un grupo desilusionado y harto que, sin embargo, decide arrear un postrero zarpazo. Makin’ Time bailan aquí para detener la marea de la tristeza; no hay otra manera. Siguen sonando hits a porrillo: Power-pop-beat-mod en “Hard woman” y “Need somebody”, o vagamente psych en “I always get what I want”. En “I’m not really a welder” el grupo aúna las caras B de Georgie Fame con las caras B de Housemartins en un semi-instrumental emocionante y nervioso. “Night time” es mi hit: Petula Clark con 80’s mod, la voz elevada de la Hallam llevando el tema más allá. Un mod sound nada obvio, nada revivalista: una white soul vision verídica y con sangre en las venas, sin poses ni coartada intelectual. Going to a go-go, todo el mundo. No lumps… aparecería en Alemania con el título cambiado (Two down, Fab 1986), la misma portada tirando a inmunda, y un collage retrospectivo de recortes de prensa y fotos promocionales antiguas que ya olía a epitafio.

Makin’ Time se disolvieron poco después, tras una gira por Alemania, y este segundo intento del que les hablo sería olvidado por la raza humana. Fay Hallam y Martin Blunt formaron The Gift Horses con el fornido Graham Day (The Prisoners), pero solo alcanzarían a sacar un single (“Rosemary”, con la estupenda balada “Learning to bring yourself down” en la cara B). Un final feliz: Hallam y Day se casaron, y encima formaron The Prime Movers. Su excelente primer disco The sins of the fourfathers (parte The Prisoners, parte Deep Purple del “Hush” y Small Faces más fieros) era energético, riffeante y muy gorila, si bien en posteriores trabajos derivarían (¡ay!) hacia el prog y los botines de múltiple hebillaje. La Hallam terminaría fundando dos grupos post-Prime Movers: The Fay Hallam Trinity y Phaze: ambos practicando un sonido Brian Auger lisérgico, todavía con aquella voz amplia y honda como las rocosas. Y en cuanto a Martin Blunt, ustedes ya saben de qué se le acusa: fundó los siempre plúmbeos The Charlatans junto al tipo aquel de los labios de abadejo, confundiendo a una generación entera de fans que, por asociación (un par de flequillos, un órgano machacante, una versioncilla, el pasado de Blunt, una fotito junto a scooters churriguerescas), etiquetarían aquel endiablado espanto como sonido mod. Pero si lo que buscan es soul-pop-mod blanco, arraigado y lozano a la vez, Makin’ Time son el grupo que han de escuchar. Y no le hagan un feo a este segundo álbum, que es estupendo. Kiko Amat

The Neat Change, Jesse Hector y otros eslabones perdidos

Una entrevista sensacional (detalladísima, ojo) con Jimmy Edwards, miembro de la ignota banda mod-skinhead de los 60′s THE NEAT CHANGE.
Pre-Slade, obviamente, pre-Jook y contemporaneos de Action y Creation. Por si fuese poco, el hombre sacó también un single psicodélico en la onda The Syn, trabajó con Sham 69, sacó singles glam y de nueva ola chapucera bajo el nombre Jimmy Vision, y formó parte de Time UK y Sharp junto a los dos desahuciados de The Jam, Bruce “king of mullet” Foxton y Rick Buckler.
Una increíble historia que conviene que lean. Además, ayuda a desmentir el mito compartimentalizado de la historia oficial según el cual los cultos juveniles de la posguerra inglesa (y sus equivalentes españoles) empezaban y terminaban en un día exacto, casi. Como puede deducirse de esta entrevista, nada es tan fácil, y muchas escenas coexistieron y se polinizaron cruzadamente durante años (incluyendo skinhead y psicodelia, una mutación que no se contempla en Mojo ni en los libros de historia).

La entrevista es del bueno de Stewart Home, de quien somos muy fans en esta santa casa.

Y ya que están lectores, vayan también a este otro excelente artículo de Home donde se defiende a The Gorillas, The Jolt y muchos otros segundones gloriosos del pub-rock, del mod revival y la nueva ola, y de paso niega la verdad “oficial”: la que afirma que el punk fue un año Cero y el punk rock un movimiento llegado del cielo que rompió con la tradición musical existente. La misma existencia de Jesse Hector y The Gorillas (héroes de Bendito Atraso) niega rotundamente dicho mito, y reafirma una tradición y una sensibilidad y un ruidazo mod que -contrariamente a lo que se cuenta en las enciclopedias del rock- no solo no terminó en 1966, sino que continuó subterraneanea (amparada en el pub-rock) hasta la llegada del punk.

Disco del mes (febrero 2011): PHIL WILSON God bless Jim Kennedy (Yesboyicecream, 2010)

PHIL WILSON

God bless Jim Kennedy

(Yes Boy Ice Cream, 2010)

En un artículo para The Guardian del año 2006, Dave Eggers (el novelista) confesaba haber sido tremendo fan de The June Brides en su época (1985-1987), y admitía cómo, todos estos años más tarde, aún buscaba en la cubeta de la J por si acaso alguien decidía sacar una recopilación de demos suyas, o incluso un nuevo álbum. Tanto ayer como hoy, aquel parecía el más implausible de los futuros; especialmente considerando que el propio compositor de la banda, Phil Wilson, le confesó a su ex-fan –hoy célebre novelista- que había gastado todas las canciones que llevaba dentro en 1987, y que no veía razón alguna para seguir exprimiendo temas a medio cocer, careciendo hoy del impulso, dedicación o obsesión necesaria para llevarlas a buen puerto.

Estas dos afirmaciones merecen un examen concienzudo: la primera, la reacción nerviosa de buscar en la J, parece la menos profunda, pero no obstante es una que aquí compartimos con alborozo: el tic de regresar a aquellos grupos favoritos que nos dejaron con las ganas –por su corta vida, o producción limitada- y seguir rogando al cielo que, desafiando toda probabilidad histórica, aparezca de forma mágica un nuevo lanzamiento suyo. Nuestra amarga confesión es sencillamente ésta, la misma que la de Dave Eggers: sí, también seguimos buscando en la cubeta de la J, y en la O, y en la D, como becerros testarudos, rezando para que Jasmine Minks, June Brides, Orange Juice y Dexys tuviesen un cofre repletito de canciones inéditas (a la altura de las publicadas; demos a medio coser no nos servirían) que un iluminado ha tenido a bien de sacar justo hoy. El día de nuestro cumpleaños feliz.

La segunda afirmación, la que implica que es posible llegar a un punto –en cuanto a músico pop, pero uno puede trasladarlo a cualquier disciplina- donde todo lo expresable ha sido expresado y uno no ve razón para tratar de estrujar la ubre del talento una pizca más… Qué decirles: nos llena de congoja y desasosiego primordial. Justamente hace una semana estábamos conversando en una bodega con el compositor principal de uno de los grupos pop más importantes y no-estultos del país y él mismo nos confesó también (mientras nosotros le zarandeábamos de las solapas y escupíamos heterogéneos denuestos) que no le resultaba prioritario esforzarse en producir pop, y que tampoco veía la necesidad de trabajar sobre esas ideas que, de forma más o menos regular, acudían sin invitación a su cabeza.

Lo cierto es que, al respecto, uno no sabría decirles: por un lado, si nos ponemos soviets, el paso lógico sería amenazar con gulags a todos nuestros artistas dignos y talentosos (no hay tantos) pero también -¡ay!- vagos de siete suelas que deciden producir a la baja. Y por otro lado continúa siendo severa la pulsión de admirar con grandioso ímpetu a todos aquellos hombres de composición genial que, tal y como hicieron Vic Godard, Alison Statton, Bill Withers, Laura Nyro (temporalmente) y no-tantos-otros, deciden un día que otras cosas en la vida son más importantes que sufrir por hacer llegar su arte a un público apático o no. Y que las satisfacciones espirituales no compensan las concesiones ni las obligaciones. O, más prosaicamente, que se les han quitado ya las ganas, carajo. Que ya han dicho lo que su dedicación y talento les obligaban a decir, y se acabó. Que estoy muy ricamente aquí leyendo con mis hijos, leñe.

Todo este deambular por las ramas cual bosquimano teorizador viene hoy a cuento por este nuevo disco: God bless Jim Kennedy, de Phil Wilson. Inesperada novedad firmada por el impulsor de The June Brides, precisamente el tipo de adulto al que no esperábamos volver a ver en la vida (por muchos viajes infructuosos a la J que realizáramos en disquerías), y al que imaginábamos sólidamente feliz en su casa con jardín (tiene una casa con jardín harto lovely, de hecho). Para aquellos de ustedes que no estén familiarizados con The June Brides, uno de nuestros grupos predilectos, podríamos definirlos como: grupo de indie-pop 1985 primitivo y avanzado, con la batería de gustos de unos Orange Juice (punk, Al Green, Love, 60’s pop, Velvets; si bien menos funk), que grabó en el mismo sello que McCarthy y Wolfhounds; que sentía inclinación por los cardigans de punto con cuello en V, los creepers, los tupés y las gafotas de pasta (en 1985 nadie se imaginaba que algún día serían hip); tipos con un abrumador talento para el hit pop quebradizo pero impetuoso (imaginen a los Housemartins, el mod revival con vientos y los Undertones del Hypnotized, pero mucho más empollones, delicados, rarotes y aficionados a merodear en bibliotecas públicas); con tendencia a meter violas gaélicas y trompetas solitarias proto-Dexys (de bajo presupuesto) en sus canciones; un grupo que fue rechazado por la primera Creation de Alan McGee porque ficharles hubiera resultado “demasiado obvio”; y que fueron incluidos en el saco del C86, a pesar de su negativa rotunda a participar en la celebérrima cinta del NME para no ser encasillados junto a algunos cursis. Un grupo maravilloso y elevado, en suma.

Phil Wilson, como decíamos, ha decidido este año regresar de su retiro; y es lícito pensar que –puesto que su nuevo álbum no va a convertirle en el Tío Gilito- lo ha hecho porque las canciones reclamaban al fin ser publicadas. Pero esto podemos asegurárselo nosotros mismos: God Bless Jim Kennedy (dedicado al abuelo materno que Wilson nunca llegó a conocer, pues murió en 1936) podría ser un dignísimo álbum de los June Brides. No está, no puede estar, a la altura de su mini-LP There are eight million stories (Pink, 1985) porque pocas cosas lo están, y porque dicho disco es uno de los más vivos, puros e intensos de los mid-80’s. Pero incluso así, exhibe el mismo tipo de lírica humana, vivaz y memorable (“I am the sum of all the choices I have done”), el vigor de pop ladeado (extrañamente fuera-de-sitio, patizambo, conscientemente torpe e imperfecto), el impulso bailongo y los detalles de artilugios sonoros elevados de los que Wilson es fan. Dos canciones al menos (“Three days” y “The sum of…”) empiezan con compases que son puro Forever changes, y la segunda luce además un intermedio con guitarra al revés totalmente psych; el disco entero, cómo no, evoca a los propios Brides (la viola reaparece, así como la trompeta No Frills) y, no contento con ello, Wilson se permite incluso sonar como contemporáneos suyos: “Up to London” repite “Is there a life, better than this one?”, sin duda un guiño como un portaviones al “There must be a better life” de Biff Bang Pow! (de hecho, la canción entera es puro BBP), y la mencionada “The sum of…” podría haber sido incluida en el Another age de The Jasmine Minks; y por añadidura, el LP contiene dos o tres de esos hits de pop pizpireto con trompeta y ritmo de desfilante orquesta boy scout (“Found a friend”, “Pop song #32”, “I own it”) que tanto se repiten hoy en álbumes de suecos como Irene o Club 8 (o británicos como Camera Obscura y los primeros Belle & Sebastian), pero que Phil Wilson inventó. Así, como se lo digo. El LP, asimismo, no está exento de su parte oscura, porque (por mucho que insistan algunos necios) The June Brides eran bien poco twee; y así como en el Eight million stories habitaban temas más crepusculares y opresivos como “I fall”, aquí nos encontramos con “Give me consolation”, que hace gala de un mal fario bastante ejemplar (si bien la letra es completamente optimista, paradójicamente).

No puedo decirles más que lo que ya les he dicho: todos estos elementos están ensamblados con esa imperfección alojada en el vecindario del caos que hizo grandes a The June Brides, las canciones tienen un nivel altísimo, tres o cuatro van a hacer botar como muelles a todos sus amigachos el próximo día que les toque cabalgar las wheels of steel, y encima el diseño de la cubierta (obra de Alastair Fitchett, de Tangents) es elegantón y la mar de sobrio. God bless Jim Kennedy lo tiene todo, y la única pega (no para los que ya estamos avezados a pedir cosas por correo) es que no se encuentra en tienda alguna y tendrán que pedírselo a los amables amigos de YesBoyIcecream. No sean vagos, que la vagancia es pecado y este disco una cosa bárbara.

Kiko Amat

Disco del mes (enero 2011): DOGS Different (Phonogram/Phillips, 1979)

DOGS

Different

(Phonogram/Phillips, 1979, reeditado por Marilyn, 1986)

Es difícil usar palabras nuevas para hablar de rock’n’roll viejo. Y esa dificultad quizás sea la razón por la cual tanta crítica rockera de los últimos veinte años puede leerse como el delirio inconscientemente humorístico de un motora damnificado por la ingesta de LSD pocho (“Suena como si una motosierra bañada en Jack Daniels estuviese cercenando el pito de un estegosaurio conectado a una torreta de alta tensión en mitad de una lluvia de meteoritos…”). Lo cierto es que la disección de discos magníficos de cosas no-vanguardistas y no-abstractas –abstractas como lo son el techno o el free jazz, por ejemplo- debería estar cimentado, como tantas otras cosas, en palabras sencillas, agudas, cortantes y definitorias. E imaginativas y pictóricas, sin permitir que planee la pinza. En el caso de rock’n’roll, de ese rock’n’roll elevado y estupendo que tanto nos agita, los parametros etiquetadores deben ser siempre los mismos: tenso, tirante, nervioso, ruidoso, algo agresivo, algo chulesco, pegajoso, bailable (en cualquier modalidad no-sardanista) melodioso (o sea: tiene que tener melodía), un poco negroide y muy memorable. Oh: y espacioso.

En una excelente entrevista de Jon Savage con Crass que publicó recientemente la revista Mojo (aunque el texto como tal es de 1989, diez años después de la disolución de la banda), su co-fundador Penny Rimbaud esgrimía una teoría altamente edificante: si algo tienen en común el skiffle, el Mersey Sound, los Television y el punk rock es la cantidad de espacio libre que dejan: “Fuí a ver tocar a Television, y Tom Verlaine se interrumpió en mitad de un fraseo de guitarra, algo que nadie había hecho desde hacía diez años. Había tocado exactamente lo que quería, y el resto era espacio, y lo mismo pasaba socialmente”. Para luego razonar: “El sonido Mersey estaba lleno de espacios libres. Te permitía entrar en él. Era una extensión del skiffle (…) En realidad, el punk era skiffle, y lo mismo sucedía con el Mersey Sound; era algo abierto. Nadie hacía más de lo estrictamente necesario”. Uno puede extender esta definición al rock’n’roll primitivo, al sonido mod más nervioso y enfadado, a la Motown y el soul pre-Philadelphia en general: están llenos de campo que llenar, y nadie sobre-extiende su visita, nadie alarga las notas para realizar innecesarias demostraciones de ego ni virtuosismo: menos es más, siempre más. En todos ellos se trata de reducir, cortar, arrancar, eliminar lo superfluo. Tanto los músicos de estudio de Motown (los Funk Brothers) como la Wrecking Crew californiana de los 60’s –el equivalente de los anteriores en producción pop- tenían el talento para alcanzar a fabricar, si así lo hubiesen deseado, solos infinitos, redobles barrocos, para apretujar gimnásticamente catorce notas vocales en una (a lo Mariah Carey) o sacarse de la pelvis una línea demostrativo-funambulista de bajo de quince minutos. Pero conscientemente rechazaban hacerlo, porque cada uno de ellos tenía una faena encomendada, y la canción requería espacio abierto para respirar, y sólo se tocaba lo estrictamente necesario para que siguiese funcionando el ritmo, el encanto, la atracción, la succión. Y uno, tras pensar en todo ello, podría aventurar que es justamente ese vacío en la canción el secreto del  hit sempiterno -sea en pop, hardcore, Chicago soul o ska- el factor que secuestra la voluntad y hace regresar al fan una y otra vez: la amplitud. Lo espartano. La decoración escasa y funcional. Lo básico. Lo primordial.

Para hacerles una prueba práctica –estilo Quimicefa- de que la fórmula que acabo de aventurar funciona, y no van a explotarnos en la cara las probetas humeantes, podría seleccionar cientos de cientos de discos de mis estanterías; pues, en verdad les digo, la mayoría de mis singles y álbumes basan su existencia en esa existencia de ESPACIO (de acuerdo: Steely Dan no). Pero voy a ejemplificarlo con un disco que reúne todas las condiciones antes mencionadas: Different (Phonogram/Phillips, 1979) de los franceses Dogs.

Los Dogs eran un cuarteto derivado en power-trío que nació en 1973 en Ruén, normandía, la Francia, y que vivió siempre paralelo al punk-rock, pese a que su formación lo precedía (anticipaba, incluso). Ciertamente, los Dogs eran fans de todo aquello que ahora es el arquetipo del cool, pero en 1974 no molaba un pelo y les gustaba solo a cuatro majaras con acné fuera de control y pésimo estilismo capilar: R&B bestiota, proto-punk de Detroit, rock’n’roll básico y sin cortinaje, soul de griterío y barbacoa, Flamin’ Groovies, incipiente pub-rock de patilla y chalequillo, garaje raro y sixties pop californiano. En una combinación de factores ya clásica, la poca pericia inicial y entusiasmo hormonal de los chicos, unido a sus grandiosas aspiraciones emulatorias, creó algo muy parecido a lo que hoy se entiende como punk rock: rock’n’roll veloz, nervioso, mosqueado, emocionado y emocionante, siempre a punto de quebrarse, siempre limpio y puro y afilado y concreto, andando por la fina línea que separa contención espartana de morrocotuda exhuberancia.

Anteriormente a Different, la banda había grabado varios EPs en sótanos, letrinas y armarios ajenos (todos excitantes, todos sonando a rayos, todos breves como un chasqueo de dedos), pero solo su álbum de 1979 contiene la mejor cara A de la historia. Todas las cosas magníficas del mundo suenan en esta cara A -compuesta en su totalidad por el líder del grupo, Dominique Laboubee- algunas como obvia influencia (MC5, Byrds, Flamin’ Groovies, Chuck Berry, VU, Shadows of Knight y Standells, Who, Stooges) otras por puro parentesco con contemporáneos en activo (Jam –a quien telonearon en 1977- Lurkers, los primeros Dr. Feelgood y Hot Rods –medio influencia, medio hermanos de sangre- Clash y Pistols, Saints, Radio Birdman y Heartbreakers). Es un lado de álbum que establece en axioma lo afirmado al inicio de esta crítica por Penny Rimbaud: gran tensión y espacio, unidos a algo de fervor y prisas, buenas influencias y actitud firme.

Different está considerado de forma unánime como su disco más pop, y quizás por esa razón –como puede leerse en la enciclopédica entrevista al grupo publicada en el fanzine Noise for heroes- desde algunos sectores se les trató de etiquetar como grupo de mod revival. El propio Laboubee afirma en dicha entrevista que, aunque el álbum recordaba a todo lo que escuchaba entonces su principal compositor (“It really sounds like what I was into in 1979: little bits of everything, British ‘60s, US garage bands and ‘77 punk”), la portada trataba conscientemente de evocar una cierta imagen mod-sixties. Caramba. Con todos los respetos hacia alguien de tanto talento como Laboubee, hay que tomar con cierta ironía y grandes dosis de contexto esta afirmación. Quizás para un crítico de la vieja guardia del NME del momento (hippie, gordo, feo, fan de Doobie Brothers, etc), el suyo era un afirmativo mod look, pero los que ya habíamos buceado lo suyo en los pormenores de La Gran Pinta, lo que vimos en portada fue a un tío vestido de Miguel Bosé etapa “Linda” (aunque peinado como el zagal moreno de Parchís), acompañado de otros dos energúmenos cariacontecidos, uno posiblemente primo de Rick Buckler en su etapa de caracolillo fulicular, y otro que parece el dealer de speed marrón de Richard Hell. Y no es que tenga ninguna importancia; pero se antojaba necesario puntualizar.

Y ahora, a lo vital: la cara A contiene siete excelentes canciones. “A different me” y “Gotta tell her” son hipertenso punk australiano y Johnny Thunders y “Aloha Steve and Danno” y “Jumpin’ in the night” y Lurkers y MC5 cuando estos versionaban a Little Richard y bailaban como James Brown. “Words” es un cachopo semicrudo de 60’s punk con armónica, medio Feelgood en su etapa crucial (es decir: con Wilko), medio macarrismo y tumbao-al-andar de Stooges, todo sonido del garaje y riffs de molino a lo Townshend; alma Nuggets desde los lavabos embozados del Hope & Anchor, por decirlo de algún modo. “More from you” es mi hit personal: tiene un claro toque mod revival (heredado, sin duda, de su parentesco con los Jam: trío, fans de Who, Rickenbackers en ascensor, etc) que les hace parecerse a los mejores Chords/Purple Hearts, y ello se sublima y eleva con arpegios de Byrds estimulados farmacéuticamente y Flamin’ Groovies etapa Shake some action. Sí: ¡viva! Oh, y contiene un semi-parón hacia el final que le eriza a uno todo el vello corporal erizable. “I’m real” regresa puntualmente a Dictators, con la tensión amplificada del “Descent into the mäelstrom” de Radio Birdman, pero “Stranger than me” recobra la calidad himnal de “More from you”: puentes y estribillos amplios, épica pop-punk-folk-rock a lo Chris Wilson, potencia farruca y una batería metronómica que se lo echa todo a su espalda, como un protagonista de Sometimes a great notion. Y la cara finaliza con “(I’m gonna learn to) live with it”. Otro himno, caramba. ¿Cómo podría definírsela? Digamos que toda la carrera no-surf de The Barracudas podría cimentarse exclusivamente en ella (y unas cuantas canciones de Ed Cobb y Gary Usher, de acuerdo). Un eufórico final para un lado de LP perfecto.

Y es posible que en este mismo instante, todos ustedes estén a punto de espetarme, de forma perfectamente lícita: cara A, cara A, pero ¿Qué narices sucede con la cara B? Bien, se lo diré ahora mismo: es curioso, tras tanto compararles con los primeros Jam, que Dogs tropezaran en las mismas piedras que aquellos. Lo peor de los tres primeros álbumes de los Jam, como sabemos todos sus fans, son las versiones: innecesarias, algo bobas, mal seleccionadas y exhibiendo un único atributo: la sobre-aceleración. O eran canciones que, con franqueza, uno no deseaba ni escuchar en su versión original (“Batman”, por el amor de Cristo), o eran entes insuperables en su forma primigenia, canciones de negros que ni un übermensch del rock’n’roll hubiese atinado a mejorar (“Heat wave”, “In the midnight hour”) o eran copias exactas de obras maestras del sixties pop (“David Watts”), que causaban en el oyente múltiples “vale, ¿y qué?” mentales. Este Different cojea por culpa de exactamente los mismos tendones dañados, y discúlpenme si nos ponemos un poco en plan IIª Intifada Modernista: ¿Qué sentido tiene versionear insuperables canciones de R&B y soul como el “Nobody but me” de los Isley Brothers o el apabullante “Fortune teller” de Benny Spellman? Cuando, para colmo, ya habían sido versionadas anteriormente por todos los grupos de R&B británico de 1964, y también por cada uno de aquellos grupos de garaje-pop americano de los mid-sixties. Y la única respuesta a esta pregunta más o menos retórica es: como declaración de principios. O para hacer brincar a la audiencia en un concierto. Y ambas cosas son, sin duda, acciones respetables y fundadas en una intención pura y hermosa. Pero aún así; tras escuchar todas las composiciones originales de Dominique Laboubee que componen el Different, ¿no se quedan ustedes deseando más? Y, en ese injusto desear, ¿no maldicen el lugar a codazos que marcan a su alrededor estas dos versiones completamente olvidables? La salvación de la cara B, y lo que la redime de una condición similar a la de las caras de versiones grabadas en directo (que la gente jamás escucha en los discos recopilatorios) es la presencia de “The greatest gift”, un mid-tempo angustiado pero entusiasta que vuelve a recordar a la conexión Groovies-Byrds de la que hacian alarde Dogs al menor despiste.

Aunque este Different, como dijimos, apareció en Francia en 1979, no llegaría a manos españolas –si exceptuamos a cuatro illuminati- hasta que el sello Marilyn lo reeditó en 1986. Y entonces se abrieron todos los infiernos. Aunque no en nuestra casa: aquí, haciendo alarde de ese irritante y exclusivista clasismo moddy que tantos daños ha inflingido en el espíritu adolescente (y alguna que otra victoria, hay que admitir), no pudimos pasar por alto la mencionada pinta Boseística de su líder y cara pública. Por imbécil que suene esto. Y nos costó un par de años de leer entrevistas Dog-laudatorias a Jeremy Gluck (de The Barracudas) y de quebrar el código de varios artículos semi-incomprensibles publicados en las revistas rock del momento (“Dogs suenan como una bola de keroseno introducida vía rectal en el colon putrefacto de un dodo con antrax…”) para caer en lo estúpido de nuestra posición, y redimirnos a base de cilicios y purgativos. Desde entonces, la cara A de Different nunca ha dejado de sonar en nuestro tocadiscos, y por ello anhelamos que en breve empiece a hacerlo en los suyos.

Kiko Amat

Lista del Mes (Diciembre): 8 de amigos para siempre


1) Friends again (Purple hearts): De tono menos Who-Creation-punk y más moerna que cualquiera de sus hits anteriores, “Friends again” inaugura con brío el irregular álbum Pop-ish Frenzy. Un LP que, según el inclito Kevin pearce, inaugura (sin saberlo) el sonido de algunos grupos de Manchester. ¿O quizás fue algo consciente? Después de todo algunos de los Happy mondays o Stone Roses eran scooteristas y ex-moddyboys. Ahí les dejo eso, para que reflexionen.

2) Me and my friends (The Crooks): Más mod revival, éste de tono épico (como suele suceder). “Me and my friends stick together” y todo eso. No, no, no nos moverán, de encima de las escuters. Un tema hermoso de gran espíritu amical-bélico y melancolía escolar-juvenil.

3) Hate your friends (Lemonheads): Ya tuvo que venir el aguafiestas, y encima acarreando ese sonido que suena a los Black Flag tocando dentro de un bidón de gasolina que rueda ladera abajo. Estrépito inmortal, velocidad endiablada, producción de estudio ausente, y una lírica que se resume en “No sirve de nada tratar de esconder que odias a tus amigos”. Gracias, Evan. Pero no busques luego a esa mano amiga, pues no habrá de llegar.

4) My pal (God): Misma intención difamatoria que la anterior, pero en este caso relatada angustiosamente por unos chavales australianos de 16 años con ortodoncia, melenas por las rodillas a lo Barbapel, y las guitarras a un volumen injustificable y punible por la ley. Una de las canciones más hermosas y patéticas de la historia, y que insiste en “Eres mi único amigo / Y ni siquiera te caigo bien”. Al lado de esto, Daniel Clowes parece Mortadelo y Filemón.

5) You are my friend (Rain Parade): Paradójicamente, otra de las canciones más hermosas de la historia, sólo que en este caso sin el patetismo. Segundo single del mejor grupo del llamado paisley underground, un temote que suena a Byrds al ralentí, con algo de Elektra folk hecho anthem (y modernizada con batería de gong gigante) y una letra carente de cinismo que no puede sino emocionarles.

6) ¿Where are the friends? (The Koobas): Uno de los grupos más majestuosos del freakbeat (y del beat, como The Kubas), en este particular corte del disco final de 1967 dejan las Rickenbakers cortantes y los movimientos sexy y ruidazo delincuente-mod para lanzarse a una oda cuestionante de tono Kinks-Left Banke dedicada al clásico amiguete que toma las de villadiego. Eh, ¿donde está todo el mundo que dijo que me echaría una mano en la mudanza? Se han ido, compadre, y se han llevado a tu novia. Y discos. Y fular absurdo.

7) All of my friends were there (The Kinks): Aunque podriamos haber incluido “See my friends”. Los Davies le tenían aprecio a sus amigos, está claro (quizás para compensar los guantazos inter-fraternales). Este clásico del vodevil-pop de perfil himnal parece una celebración de todos los amigos, los mejores amigos, que vinieron a aquella fiesta, pero un exámen más minucioso nos revela una historia de ridículo escénico y gran vergüenza ajena, propia y general.

8) Best friend (The Beat): Otra que engaña. Parece un paean al mejor amigo, pero en realidad es un desguazado del amigote como ególatra que no sabe hablar de otra cosa que de él, él, él. Pero no hace falta que la canten con este significado. Para eso el pop es pop; para que hagan con él lo que gusten, caramba. ¿Que procede hacer de esto una marsellesa pro-amigos? Pues se la transforma, y aire. “Hablemos de nosotros una vez más en la pista / Nada más, te lo prometo / Sólo hablemos de nosotros”. Y aquí lo suscribimos, con ese nuevo espíritu.

Disco del Mes (mayo del 2010): The Lambrettas “Beat boys in the jet age”

THE LAMBRETTAS

Beat boys in the jet age

(Rocket Records, 1981)

Defendamos un disco mancillado por los bobos y cabecicubos. Como sabemos todos aquellos con una cantidad colosal de discos en los estantes, grupos que eran malos integrantes de una subcultura (por medallas, o senioridad, o aceptación de los cánones, o influencias) eran por otro lado excelentes fabricantes de música pop. Oh, sí: Cómo nos gustan los malos punks, los pésimos mods, los terribles grupos de mal sixties R&B (malo en cuanto a purista; era fabuloso pop o macanudo garaje), los fatales skinheads (Slade, por ejemplo: skins de postal, grandiosos rockandrollers) y los infumables chicos blancos del ska (nefasta música jamaicana; grandioso pop). Esos discos, sea por el riesgo, la frescura, por el pasarse por la rabadilla la normativa, o incluso por mera ineptitud -o aún peor: intentando sonar “comerciales”- suelen ser algo sensacional y único.

The Lambrettas eran un desastre de mods, pese a su llamativo nombre. Se subieron al carro del tema algo tarde, cuando el núcleo duro de chicos de barrio amantes de los Who y la Motown ya eran conocidos -de Purple Hearts a Chords y Back to Zero- y lucían sus credenciales con orgullo en las revistas. Por no mencionar la de tiempo que los Jam llevaban ejemplificando la visión 60’s pop hecha excitación punk, y encima con excelente resultado comercial. The Lambrettas, a la sazón, siempre quedaron como lo que -no nos engañemos- eran: una banda new wave de Brighton que se pasó al mod revival para adquirir una cierta identidad y conseguir una audiencia fiel. Pero, si bien los Lambrettas llenaban los conciertos, en las filas del mod revival se les tenía por advenedizos y pastelosos (o “plásticos”, como se decía entonces); a lo que no ayudó aquella ubicua e irritante versión del “Poison Ivy” de Leiber-Stoller en clave churro-ska, que encima cometió el sacrilegio de subirse a las listas (#7 en Inglaterra). Junto al repelente “You need wheels” de Merton Parkas forma el binomio de hits horripilantes y masivos del mod revival; los que, lamentablemente, conocía todo el mundo. El estigma final en un mundo de parroquial y defensivo DIY lo dio el hecho que grabaran para el sello menos cool del cosmos: Rocket Records, la compañía de (ecs) Elton John.

Nada de esto influye en mi consideración de que Beat boys in the jeat age es uno de los mejores discos de la nueva ola inglesa y el pop ’79-’84, a la altura de Costello, Joe Jackson, Madness o The Beat. Es un disco de intención himnal: casi todas las canciones buscan ser, ni más ni menos, furiosos salves para adolescentes de clase obrera. La dialéctica y ética de la banda se exhibe, desde ese magnífico título, en cada letra: sobre niños caraduras empapados de una nostalgia imposible y un orgullo imparable, además de un encantador tono mesiánico (“You’d best believe we speak the truth / A finger on the pulse of youth”, cantaban en el tema que da título al disco). Muchas de las canciones tienen madera de hit: exorbitantemente pegadizas, con letras adherentes y emotivas, grandes estribillos y aquel melódico, rotundo y esencial bajo, el más distintivo a este lado del Thames (Doug Sanders; que además -chínchense mods puristas- llevaba el cabello rubio oxigenao). Esto, junto a la batería metronómica e infalible de Paul Wincer (el beat igualito que Rick Buckler) y los ganchos futuristas que Jez Bird metía en cada riff y canción, convierten su LP en una pequeña maravilla.

Pues sí: completamente no-sixties y moderno a matar, Beat boys… queda como uno de los grandes álbumes del pop nuevaolero que, a pesar de su condición, nunca sale en las listas del año. Y eso a pesar de esos cortes: melancolía anticipada (un rasgo 100% teen-mod) y declaraciones de intención en “Beat boys in the jet age”, afirmaciones de pertenencia a un culto modernista más Presente Indicativo que nunca (“Living for today”, himno, con sus referencias a los chicos elegantes que nunca se equivocan y el vivir al día), un cuento corto de vida proletaria y coches (“Cortina MkII”), dos hitazos pop (“Page Three” y la hermosa “Da-a-a-ance”), más cantos locales (“London calling”, nada que ver con los Clash), canciones de amor torcidas, escandalosas y bailables, quejas adolescentes (“Don’t push me”) y la chulería insultante de “Leap before you look”. El único horror es la mencionada “Poison Ivy” (de acuerdo: “Watch out I’m back” tampoco es una maravilla, precisamente),  pero se las saltan y listos.

Camisas de cuello redondo, gafas de aviador, americanas de cuero con el cuello (ugh) subido, trajes rojo chillón y corbatas oh-tan-anchas, los Lambrettas no dieron una a derechas como mods, pero dejaron grabado uno de los discos más frescales y divertidos de los primeros 80. Mucho más de lo que pueden decir los cientos de medianías de hipster perfecto y patilla cimbreante que aparecieron en los 90’s, no hace falta que se lo recuerde.

Kiko Amat

(Re-colgamos la segunda entrega de Disco del Mes -mayo de 2010- por orden de nuestro webmaster, con el fin de que queden almacenadas por meses en el archivo de Bendito Atraso)

Disco del Mes (abril 2010): The Crack “in search of…”

THE CRACK

In search of the…

(Link Records 1989 / Daily Records Vintage Series)

The Crack son un eslabón casi perdido, cuatro delincuentes comunes extraviados en el camino que va de lo mod al Oi!. Mod revival, por supuesto, en su acepción más recia, pandillera, tornavís-en-nalga-ajena, mod endurecido por los vientos norteños, embutido en botas y parkas parcheadas, con chapas amontonándose en tejanas blancas (sucias), todo muy poco sixties, nada preciosista, nada dandy. Esto es lo mod con hard delante, una parte del culto que inevitablemente termina dándose la mano con sus primos del pueblo Skinhead y Oi!. The Crack son un ejemplo inmejorable de ello: suenan mucho más pop y melódicos que sus referentes inmediatos en el Oi!, y suenan mucho más beligerantes, brutos y carcelarios que su familia política del mod revival. In Search of…, que es un disco de castaña, pogo y puños fuera, se sostiene en el vórtice donde se encuentran el macarrismo casi pop del “Bad man” de los Cockney Rejects con el “Maybe tomorrow” de los Chords o el “Millions like us” de Purple Hearts. De acuerdo, con una pizca de guili-guili medio metalizado y AOR de tapadillo, una sutil influencia (comparable a la que mostraban los Business del Welcome to the real world) que sin duda venía de algun vecino del barrio fan de Tygers of Pan Tang. Tam Pang. Como se escriba.

Aunque The Crack empezaron hacia 1982 con una pinta más o menos hard mod revival (ver su single “All or nothing”, todo Lonsdales blancas y bombers), cuando llegó In search of… ya estaban de lleno en el estadio chungui-hooligan. En las fotos de contraportada lucen todos los referentes filo-casuals que en Inglaterra hacen cambiar de acera, sumados a -ya dijimos- una cruzada de cuero que no se la salta un gitano. Y qué decir de ese ejemplar del Viz (equivalente inglés de El Jueves, más duro, más cochino y más anti-clase media) que asoma por un bolsillo trasero, esas latas de lager y esa referencia en las dedicatorias al batería zutano, que suplió al batería oficial mientras éste estaba en la cárcel. Oh, sí: en chirona. Ese tipo de personas eran The Crack, y la música que hacen un resultado no-afectado, no-impostado de sus vidas: himnos de arrogancia, unidad y orgullo local como “My world” se confunden esquizofrénicamente con cantos al largarse por piernas del lugar donde nacieron (“Take me away”) y advertencias sobre coger el camino de la delincuencia (“You keep running”, mi hit del álbum). No es música particularmente bonita -en la acepción Mujercitas del término-, ni va a granjearles nuevas amistades o ligues; de hecho, pincharles en bares es como admitir públicamente que uno es un garrulo irredimible. Pero cada una de las canciones es una nueva Marsellesa working class erigida con emocionante melodía, mala leche a destajo y coros de los que se gritan abrazados a otra gente. Daily Records reedita por fin esta codiciada rareza en vinilo para disfrute de los (ocasionalmente) menos delicados amantes del pop brutote.

Kiko Amat

Nota: Esta sección mensual no obedecerá a criterios de actualidad. En el caso de The Crack da la casualidad que el disco ha sido reeditado recientemente, pero futuras entregas podrán prescindir por completo de tal consideración. El único requisito será la excelencia del álbum y su presencia omnipresente en mi vida, actual o pasada, al igual que el irrefrenable deseo de compartirlo .

(Re-colgamos las primera entrega de Disco del Mes -abril de 2010- por orden de nuestro webmaster, con el fin de que queden almacenadas por meses en el archivo de Bendito Atraso)

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