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Zurribanda adolescente con purpurina

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

2. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

3. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 13 de marzo de 2013)

Disco del mes (noviembre 2012): CLIFF BENNETT & THE REBEL ROUSERS Slow Down

CLIFF BENNETT & THE REBEL ROUSERS

Slow Down

(Edsel Records, 1985)

Got To Get You Into My Life

(See for miles, 1986)

Observen su raya al lado. No hace falta ser un genio para comprender por qué en 1969 ya nadie quería ver sus álbumes ni en pintura. Cliff Bennett no cambió. El pobre creyó hasta el fin que podía seguir manufacturando excelente soul y R&B británico sin doblegarse ante las exigencias juveniles. Que se podía aún ser un rhythmanblusero docto y aplicado, con escaso carisma hormonal y el culo más bien fofo, y la gente seguiría escuchando aquella gloriosa música de negros. El pobre vivió siempre en el mundo de 1962, cuando los bluesmen ingleses eran beatniks académicos con pasado skiffle, todo perillas y reuniones esotéricas en el Eel Pie Island, tufarada a resclosit, caspa y ceniza en los jerséis trenzados de marino, extraños singles de Stateside y Slim Harpo en el reproductor, malas dentaduras y el perímetro neumático de Graham Bond. Cuando existían la Blues Inc. y la Graham Bond Organization y Cyril Davies y Chris Farlowe (que tampoco era Robert Redford, precisamente), Zoot Money y todos aquellos fulanos no muy agraciados, es cierto, pero repletos de pasión y conocimiento. Bennett debió observar el advenimiento de los Rolling Stones con estupor, tal vez también con fanatismo incipiente y cariño de hermano mayor, sin sospechar que aquellos meneos de pelvis y morritos de meretriz le mandarían en un par de años directo a la cola del paro. Los Stones mataron al rhythmanblusista repeinado. Miren de nuevo las pintas de su grupo: parecen los agentes de seguros de Jagger, no sus compatriotas en R&B. El canto de cisne estaba sonando para los suyos, todos aquellos encorbatados y serios músicos de la escuela de Hamburgo.

Pero Cliff Bennet no cesó en su empeño. No señor. Ni todos los vaivenes culares de Jagger ni todas las felaciones de las que Keith Richard disfrutó en el backstage le impidieron dejar la faena curiosa y de buen ver. Él y sus Rousers pasaron diez años yendo a trabajar en el R&B y el soul, fichando cada mañana, ajenos a las campanas ensanchándose en la calle y las casacas de Lord Kitchener destellando a su alrededor, sordos al feedback y la distorsión, al nuevo sonido freakbeat y pop art, y no digamos ya al de la psicodelia. Cada día bien peinaítos, con sus trajes Ivy League y su artesanía curtida en mil Locarnos, Meccas y Star Clubs. Con una tarea encomendada, y solo una forma de hacerla: bien. Divertida y profesional y bailable. Sin golpes de efecto ni trampas lascivas: solo grandes discos. Rectos y honestos.

Cliff Bennett y sus Rebel Rousers tocaron juntos durante diez años, de 1958 a 1968. Al principio eran un grupo de rock’n’roll, si bien harto numeroso: seis tipos. Saxo, piano, bajo-batería-guitarra y Benett al vozarrón negroide. Hacían cosas de Elvis, Duane Eddy (elemental), Jerry Lee Lewis… Cuando les fichó el excéntrico productor Joe Meek, conocido –entre muchas otras cosas- por fabricar réplicas británicas de estrellas yanquis, los Rebel Rousers eran sus Jerry Lee Lewis. No duró mucho. El grupo ya se había pasado al R&B, y durante los primeros tres singles para Parlophone perfeccionarían ese beat-R&B con cadencias soul que también manejaban The Escorts o The Roulettes. La diferencia, insistimos, yacía en el número de músicos. Cliff Bennett & The Rebel Rousers iban directos hacia la formación soul-tumulto que tan popular sería en el Reino Unido de mediados de los sesenta. Más gente arriba que abajo, al estilo de todos esos héroes de club mod: Geno Washington & The Ram Jam Band, Jimmy James & The Vagabonds… No es casualidad que, al decidir reorientar su carrera del punk pedestre hacia el soul bélico, cierto grupo llamado Dexy’s Midnight Runners mirara sin vergüenza hacia todas esas bandas. Searching for the young soul rebels lo dice bien claro: el grupo buscó consuelo e inspiración en los discos de Cliff Bennett y Zoot Money. Siete miembros siempre. Siete es el número mágico. Melé soul.

Como era tradición por aquel entonces, nuestros siete Rebel Rousers emigraron a Hamburgo en 1963 como el que se apunta a un internado: para aprender otro idioma, pasando las peores privaciones, desconectados de la familia. Para endurecerse, y así endurecer su sonido. Las sesiones de ocho horas en el Star Club, con sus imprescindibles peleas de marinos, anfetas a go-gó y demencia insomne, transformaban a todos aquellos grupos ingleses en máquinas escénicas. Cliff Bennett & The Rebel Rousers se hicieron allí. Uno regresaba de Hamburgo hecho todo un hombrecito, y habiendo dejado atrás el amateurismo timorato y la endeblez instrumental.

A la vuelta, les ficha Brian Epstein para su escudería NEMS. A Epstein le chifló la pulcritud Ivy League del grupo, su sonido sólido y, sobre todo, su profesionalidad a prueba de bombas. Los Rebel Rousers, sin embargo, ignoran la beatlemanía emergente y sacan otro par de sencillos de puro soul inglés, la mirada ya firmemente puesta en Tamla Motown, Drifters, Sam & Dave y Solomon Burke. Y, sin embargo, Cliff Bennett no se limitaba a imitar a sus héroes: en sus interpretaciones siempre aparecían variaciones de tempo, pequeños detalles añadidos, pianos extraños o riffs repetitivos que elevaban las canciones a otra esfera, haciendo que valiera la pena su uso. Solo hay que escuchar su “You’ve really got a hold on me” de los Miracles. La suavidad aerodinámica de Smokey se torna aquí balada de pub con acento de Middlessex, una cosa completamente inglesa que diez años antes podría haber aparecido en una película de los estudios Ealing. Motown vodevil, y una batería que parece estar anunciando la aparición de un trapecista. Desorden ordenado. A Berry Gordy seguro que le causó una trombosis.

Y luego estaba la VOZ de Bennett. Esa voz-grito modulable y poderosa que también poseían Steve Marriott, Rod Stewart o Steve Winwood. El bramido bronco de los soulmen blancos ingleses. Uno de sus mejores productos de importación.

Cliff Bennett & The Rebel Rousers solo se desviaron del soul estilo Stax/Motown durante un único sencillo: “Got my mojo working”, de 1964. El grupo se apuntó al furor rhythmandblusero que tomaba la Gran Bretaña, pero lo hizo a su manera. A la vieja usanza. Brian Hogg aduce en la contraportada del recopilatorio de Edsel que ni buscando encajar encajaron: el R&B del septeto era limpio, planchado, puntual, elegante y de club. Era el R&B de los primeros Bluesbreakers de John Mayall en el Klooks Kleek, no el de los melenudos fardapaquete con maracas y armónicas aulladoras en el Crawdaddy. Un R&B encorbatado y cortés que, ay, también empezaba a estar fuera de lugar. Anticuado, como ellos eran. I’m old fashioned but I don’t mind it.

Así que nuestros Rousers no volvieron a desviarse de la senda. Se quedaron en lo suyo, que era hacer apabullante soul nocturno cara sí, cara también. Su séptimo sencillo fue “One way love” / “Slow down”. La primera era de los Drifters, la segunda de Larry Williams (un claro homenaje a los días de Hamburgo). La primera la versionarían Dexys, la segunda The Jam. No hace falta ser una lumbrera para ver las conexiones.

Los tres últimos años de vida del grupo son los mejores. En su primer LP graban todos sus amores, ignorando también la creciente tendencia a firmar canciones propias (inexistente en la tradición negra) que empezaban a instaurar Beatles/Stones/Dylan. El debut lleva magníficas interpretaciones de las Soul Sisters (“I can’t stand it”), Shirelles (“Sha la la”, que también hacían los Manfreds), Don Covay (“Mercy Mercy”) y no uno sino dos cortes de los Impressions de Curtis Mayfield (“It’s alright” y “Talking about my baby”). El álbum entero está lleno de Curtisismos, incluso en las que no son de Curtis.

Es el culmen de su etapa Sam & Dave/Stax, que verá dos nuevos álbumes y varios sencillos cada vez más apartados de la deriva estilística predominante. Su único hit es, por supuesto, su semicélebre versión de los Beatles, “Got to get you into my life”, que los Rousers transformaron en un huracán de soul a empellones (subrayando los vientos existentes en la original) y que les llevó al #6 de las listas. Por lo demás, siguieron a lo suyo: Garnett Mimms, Drifters, trajes a juego, cabellos bien cortados y caras de llegar a la hora a las sesiones tras desayunar copiosamente y habiendo echado un sueñecito reparador. En 1968, este acercamiento “sock-it-to-me” (como lo definiría Roger Dopson) de septeto clubesco para veladas desenfrenadas de soul puro era, ni más ni menos, un anacronismo. En 1968, nadie quería soul, ni que se lo regalaran (excepto en España, siempre dos o tres años tarde, que descubrió el soul precisamente en 1968). Cliff Bennet & The Rebel Rousers se habían convertido en un brontosaurio olvidado y semidescompuesto que alguien hubiese extraviado en el guardarropía del Twisted Wheel. Pero esa es una mala imagen: Cliff Bennett nunca se dejaron pudrir como saurios obsoletos. Siguieron haciendo lo suyo, sordos al ruido del mundo, hasta el día de su despedida. Su excelente legado, reunido en estos dos complementarios recopilatorios de Edsel y See For Miles, es una nueva demostración que del aislamiento y la cabezonería suelen salir cosas grandes.

Kiko Amat

Libro del mes (febrero 2012): Baron’s Court, All Change, TERRY TAYLOR

Baron’s Court, all change
TERRY TAYLOR
Five Leaves Publications
Prólogo de Stewart Home

Ten cuidado si vas buscando el Santo Grial, porque un día lo hallarás. Y entonces, amigo, tal vez sufras una ruda decepción. Baron’s court, All Change de Terry Taylor ha sido definido durante años como el condenado Santo Grial de la literatura beatnik-mod de los últimos 50’s y primeros 60’s. Varias cosas avalan su supuesta santidad: en primer lugar ha estado fuera de circulación desde 1965, año en que se publicó su segunda y última edición. Eso implica que en la época solo alcanzaron a leerlo cuatro majaras, que desde entonces se permitieron ir difundiendo lo del Santo Grial para amargar la existencia de los desdichados que no lo teníamos. En segundo lugar, el propio Colin McInnes declaró que su autor, Terry Taylor, había sido la inspiración fundamental a la hora de crear al anónimo protagonista de Principiantes: el fotógrafo hip, fanísimo del jazz, perdido por las ropitas y los calcetines brillantes, enterado de qué se cuece en las catacumbas del Soho, que trisca y corretea por las páginas de la novela como un descocado fauno proto-mod. En tercer lugar, y como consecuencia directa de lo anterior (de la condición de insider de Terry Taylor, quiero decir), se considera (los cuatro majaras consideran) Baron’s Court, all change como una novela más auténtica que la mencionada Principiantes: McInnes era un “inside outsider”, como su propia biografía anunciaba, un caballero la mar de observador pero que estaba dentro-fuera del asunto, mientras que Taylor era un insider-insider: figura emblemática en el Soho 50’s, era asistente/amante de la fotógrafa Ida Kar -pese a la diferencia de edad que les separaba- apasionado del jazz, camello de droga blanda y face arquetípico de aquella naciente escena. Taylor era el über-beatnik-proto-modernista, uno entre un millón: antes de que ningún inglés pensara en veranear fuera de las islas, él había ido y vuelto varias veces de Tánger, a lo Joe Orton/Burroughs (de cada viaje, podemos suponer, regresaría ataviado con nuevos y coloridos kaftanes y foulards, que a su vez influenciarían a la naciente escena freak pre-hippie del Londres de 1966-67).

Su novela es indudablemente biográfica: el protagonista es un oficinista anónimo (recuerden Principiantes) que decide abandonar su aburrido empleo para empezar una nueva vida como camello en algún lugar de Central London. Por el camino descubre la grifa, tiene una relación con una mujer mayor que él, se adentra en los misterios del espiritualismo, se sumerge en las profundidades de cada club de jazz que se cruza en su camino, se gasta todo su dinero en camisas de Cecil Gee, manda a tomar viento a un amigote suyo que se vuelve heroinómano, fuma algo más de grifa, rememora algunos pasajes vividos durante la IIª guerra Mundial (pese a que se nos cuenta que nació en 1944: Taylor debía ir tan fumado como su protagonista, a estas alturas), se enamora y desenamora de una paradigmática beatnik perdida de ojos gatunos y cabellera alquitranada, canta a Sarah, Billie, Dizzy y Ella, define a la gente por sus ropajes (que analiza con microscópica meticulosidad), escupe un aluvión de épicas y epicúreas declaraciones de rebeldía juvenil y carpe diem enloquecido (“Why don’t you wake up? You’re dead before you’ve ever lived!”, etc.) en la cara de varios vejetes que tienen la mala fortuna de toparse con él, su hermana se queda embarazada y tiene que abortar ilegalmente (recurrente tema en un 85% de la literatura kitchen sink del periodo), realiza más declaraciones de pertenencia y odio-el-maldito-mundo-adulto, fuma otro buen par de cañardos tamaño torpedo, habla de los Teddy-Boys y los trad-kids y los modernistas como él, se relaciona de forma más bien fría con hombres de raza negra recién emigrados a la Gran Bretaña, sigue hablando (infatigable) de trapitos ajenos (“a just about young, nearly old cat sitting in the corner, who was reading a ‘Superman’ comic. He had a clean shirt on and a tie as well, but his hair was long and cut in a Boston style, which by the way went out with Dixieland Jazz. His clothes were of the post-war American style, all flash and larey, ice-blue gabardine, twenty-inch bottom slacks as well…“) y al final no recuerdo muy bien qué sucede. Hacia este punto había perdido algo de interés, si he de serles franco. Creo recordar que acontecen un par de traiciones y enchironamientos, y el protagonista decide seguir “su camino” lejos de lo hip.

Baron’s Court, all change es importante básicamente –y la recomiendo aquí- por cómo describe ese floreciente mundo que deja atrás lo beatnik pero lo sublima en lo mod (los dos cultos no son rupturas, como algunos desinformados creen, sino evoluciones), también porque fue una de las primeras novelas que habló con franqueza y pachorra de drogas en Inglaterra (el libro incluso menciona el LSD, ¡en 1961!) y porque, como decíamos, toda esta información es fidedigna, de primera mano: lo que Terry Taylor había visto y experimentado en sus torturadas carnes de héroe beat. Stewart Home y yo (como ven acabo de citarnos juntos, como si fuésemos amigachos desde BUP) oímos hablar del libro por primera vez en la mencionada biografía de Colin McInnes, pero así como el bueno de Home consiguió una rara copia original al poco tiempo, yo tuve que esperar hasta hace unos meses, cuando los estupendos muchachos de Five Leaves Publications decidieron reeditarla. Una vez leída y subrayada -de forma a todas luces excesiva- tuve que concurrir con muchos de los panegíricos de Home (léanlos aquí) excepto en uno: Home considera la “autenticidad” de Baron’s court… uno de sus principales atributos. En mi opinión, no obstante, ese realismo verificable no eleva a la obra por encima de su competidor directo, Principiantes, excepto desde una perspectiva puramente documental. O, dicho de otro modo, quizás Baron’s court… esté escrito desde más cerquita, pero Principiantes es mucho, mucho, mejor en cuanto a pedazo de narrativa. Y además, permítanme que subraye esto, no siempre lo más “auténtico” es superior: The Eyes eran muy poco auténticos, y asimismo sus discos son de los mejores y más ruidosos de los sixties. Generation X quizás fuesen de los menos “auténticos” del punk 77, pero nadie posee más hits. Del mismo modo, Colin McInnes tenía 44 años cuando escribió Principiantes: a todas luces, un forastero respecto a la nueva cultura juvenil, un apasionado peregrino que, si bien sincero y entusiasta en su amor por el jazz y la cultura caribeña y todo eso, estaba incapacitado por añada y bagaje para pertenecer de veras a ella. Y sin embargo, su empatía, pericia y capacidad de observación hicieron de Principiantes la novela definitiva (rítmica, efervescente, divertida) sobre el tema. Con “autenticidad” o sin ella. Y eso sin meternos a considerar cuál de las dos fue pionera: Principiantes se publicó en 1959. Baron’s Court, all change en 1961, dos años después. ¿Tenía Terry Taylor la idea, el mundo y la experiencia para hacerla primero, pero no acertó a ponerlo en palabras hasta 1961? Nunca lo sabremos. Lo cierto es que, una vez publicada Principiantes, Baron’s Court… se antoja –lo fuese o no- como una (digna) copia de su antecesora, como una cara B sublime que juega, sin embargo, en una división inferior. Algo parecido sucedió con todas las novelas kitchen sink que brotaron como hongos tras el éxito de Sillitoe, Osborne, Braine y Wain.

No tengo nada más que decirles, por el momento, sobre el asunto. Léanla y saquen ustedes mismos sus propias conclusiones. Baron’s Court, all change está, naturalmente, escrita en inglés, pero tal vez algún chiflado la traducirá en el futuro. No perdamos la esperanza. Five Leaves Publications ha continuado su magnífica labor con otros hits descatalogados del Londres subterráneo de los cincuentas y sesentas: Adrift in Soho, de Colin Wilson, The Furnished Room de Laura Del-Rivo y la maravillosa Scamp, de Roland Camberton (como dice Iain Sinclair, hay veces en que un libro sí se puede juzgar por la portada). Y encima son catalanófilos, como demuestra su imprint Catalonia. Es tiempo de celebración, amigos de Inglaterra, es tiempo de celebración. Kiko Amat

The Neat Change, Jesse Hector y otros eslabones perdidos

Una entrevista sensacional (detalladísima, ojo) con Jimmy Edwards, miembro de la ignota banda mod-skinhead de los 60′s THE NEAT CHANGE.
Pre-Slade, obviamente, pre-Jook y contemporaneos de Action y Creation. Por si fuese poco, el hombre sacó también un single psicodélico en la onda The Syn, trabajó con Sham 69, sacó singles glam y de nueva ola chapucera bajo el nombre Jimmy Vision, y formó parte de Time UK y Sharp junto a los dos desahuciados de The Jam, Bruce “king of mullet” Foxton y Rick Buckler.
Una increíble historia que conviene que lean. Además, ayuda a desmentir el mito compartimentalizado de la historia oficial según el cual los cultos juveniles de la posguerra inglesa (y sus equivalentes españoles) empezaban y terminaban en un día exacto, casi. Como puede deducirse de esta entrevista, nada es tan fácil, y muchas escenas coexistieron y se polinizaron cruzadamente durante años (incluyendo skinhead y psicodelia, una mutación que no se contempla en Mojo ni en los libros de historia).

La entrevista es del bueno de Stewart Home, de quien somos muy fans en esta santa casa.

Y ya que están lectores, vayan también a este otro excelente artículo de Home donde se defiende a The Gorillas, The Jolt y muchos otros segundones gloriosos del pub-rock, del mod revival y la nueva ola, y de paso niega la verdad “oficial”: la que afirma que el punk fue un año Cero y el punk rock un movimiento llegado del cielo que rompió con la tradición musical existente. La misma existencia de Jesse Hector y The Gorillas (héroes de Bendito Atraso) niega rotundamente dicho mito, y reafirma una tradición y una sensibilidad y un ruidazo mod que -contrariamente a lo que se cuenta en las enciclopedias del rock- no solo no terminó en 1966, sino que continuó subterraneanea (amparada en el pub-rock) hasta la llegada del punk.

Yo fui #9: Ricky Brighton

Una nueva entrada de la celebrada serie de historia y tradición subcultural de La Escuela Moderna, en este caso dedicada a un mod pionero: Ricky Gil, de Brighton 64.

Pueden leer sobre este fascinante asunto aquí mismito.

Libro del mes (junio 2010): IAN SVENONIUS The Psychic Soviet

The Psychic Soviet

IAN  F. SVENONIUS

Drag City Books

270 págs

$16

Este es un libro extraño, pequeño, de inquietante color rosa sedán, y encima está en inglés. Sería comprensible que algunos de ustedes se alejarán de aquí meneando la mano espantamoscas con un sonoro Bah!, y a mí no me quedaría otro remedio que gritarles: ¡Ian Sveno-o-nius! (Ian F. Svenonius, de hecho; pues, por alguna razón, ha añadido una F a su nombre). Ian Svenonius, en efecto, ha firmado este cuquísimo aunque cegador librito, y si ustedes no saben quién es este señor, ya va siendo hora de que entren en su colorido mundo. Ian Svenonius es el músico de Washington DC que formó y lideró a Nation of Ulysses (y delineó su mezcla de rebelión 50’s, punk riotero y dialéctica anarquista, anti-padres, anti-rock y anti-América), a Make-Up (teología marxista-LSD con sonido garaje-soul-rock) y sus consiguientes brotes (Weird War y Scene Creamers, igualmente bolches pero con más funk). O sea, que Svenonius es uno de los faros sempiternos de nuestra comunidad, alguien que ha conformado e iluminado nuestro pensamiento y visión del mundo.

Pero déjenme, antes de que les comente sobre la importancia de The Psychic Soviet, que les avise de una cosa. No, de dos; dos cosas. La primera es que deberían olvidar a todos los hijos tontos que le han salido a este señor, que son muchos y muy necios. Verán a muchos falsos profetas en botines tratando de emular la iglesia gospel yeh-yeh de Svenonius, levantando templos vacíos, hechos de arcilla e impostura, que carecen por completo de la original inteligencia, talento y postura política del Supremo Creador. Porque no se trata de gritar un chapurreado “Power to the soul people in the wachismei!” cada vez que nos encabritemos en un escenario, sino de mantener -en general- una actitud político-emocional digna, consecuente e incorruptible. Uno sólo puede mirar con desesperación lo que han hecho con la Casa del Padre estos replicantes sujetos, y cómo una especie de rebeldía sub-yippie de preescolar (que además se utiliza para musicar anuncios de consumibles) sustituye al valiente, aguerrido y altamente ilustrado catecismo Svenonius.

Y humorístico; su catecismo también es altamente humorístico. Lo que nos lleva a la segunda de las dos cosas de la que quería alertarles. Svenonius, como toda persona sabia, siempre ha usado el humor fino y la ironía de cristal en sus manifiestos, canciones y escritos. Al igual que con las canciones de McCarthy que componía Malcolm Eden, uno no debe tomar todas las afirmaciones de Svenonius al pie de la letra, pues la mayoría son sátiras, afirmaciones aparentemente graves que deben ser registradas en el imaginario personal con sonrisa socarrona. Eso no implica, ojo, que su postura política se base en el cinismo; más bien lo contrario. Uno debe tomar algunas afirmaciones como verdades sagradas, y otras como bromazos. Saber distinguir cuál es cuál es lo que se define como “inteligencia” en algunas sociedades, un atributo del que -ya decíamos- carecen de manera inquietante todos los indignos brotes bordes que le han salido a Svenonius en salva sea la parte.

Y eso nos lleva a The Psychic Soviet, un manual de ensayos de guerrilla concebido como arma arrojadiza a blandir en debates bodegueros (con esta intención lo creó su autor, y de ahí el formato liliput: para que la gente lo saque del bolsillo en disputas políticas). Como ya decíamos, Svenonius es un cachondo, algo que no parece haber percibido un vasto porcentaje de sus fans, y The Psychic Soviet debe ser considerado como una colección de divertidos sermones irónicos realizados, asimismo, por un marxista convencido. El humor fino, fino, fino del autor (de tan sutil a veces puede escabullírsenos de entre las manos) no pone en duda la necesidad de que una revolución comunista sea el fin deseable en una sociedad, pero sí se permite utilizar toda la artillería de la dialéctica marxista-hegeliana para esgrimir, en algunos casos, las más tronchantes teorías.

Les pondré unos cuantos ejemplos: “The Psychic soviet”, el capítulo que titula la colección, es una revisión de la guerra fría desde una perspectiva “psico-geopolítica”: esto es, cuando la abstracción política que representa el concepto “nación” asume una calidad arquetípica, o una personalidad humanoide. Así, los USA serían el arquetipo “Padre” y la URSS el de “Madre”. Partiendo de ese presupuesto de relación Paterno-Materna, el terror de Stalin (por poner un sólo ejemplo) sería un claro “escenario de depresión post-parto” después de un nacimiento traumático (la revolución bolchevique). Así las gasta Svenonius, y encima soltando por el camino afirmaciones tan certeras como “el nuevo fatalismo del hombre revela que él, al igual que sus líderes, se ha vuelto demente. Antaño era un cruzado por esto o por aquello. Ahora, en las garras de la DPS (Depresión Post-Soviet), es un idiota, o un chiflado, o un viejo verde trascendental. Considera el futuro con patente desprecio. Su cerebro es solo un almacén para el cinismo putrefacto. Su único apetito se destina a los goces sensoriales y sensuales: vulgaridades ordinarias diseñadas para seguir sedado y perpetuar la idiotez”.

En otros capítulos enlaza vampirismo con anglofilia, o destripa la vieja rivalidad Beatles vs. Stones y la examina desde una perspectiva marxista: de lo que iba en realidad el combate era de la sovietología industrial de Lennon-McCartney contra el maoísmo agrario de Mick y Keith, ¿no sabían?. O revisita el imaginario Tolkien con ojos homoeróticos (¿Cómo no lo vimos antes?), o el punk como recodificación total de la cultura y la iconografía gay. O el ilustrativo “Rock’n’rolligion”, en el que se analiza la condición de los negros como “los judíos del rock” y la apropiación por parte del establishment rock americano de la perspectiva “rebelde” de su ancestro, el blues; por supuesto transformándolo en una doctrina que es, a la vez y surrealmente, victimista y supremacista, en una las dicotomías demagógicas más chocantes de la historia.

Mis favoritos, sin embargo, son dos. El primero es “Eat the rocument”. En él se considera el mito de la “rebelión” de Bob Dylan (refutador de la tradición folk que le dio alas, aguerrido abrazador del sonido eléctrico del rock pese al llanto de los reaccionarios folkies) como una trágica defección. En efecto, según Svenonius, Dylan no fue un héroe sino un cínico oportunista que se pasó al otro bando, abrazando el capitalismo y rechazando de forma vergonzosa toda aquella ideología “crypto-commie enmascarada como movimiento musical”. Svenonius afirma que si durante muchos años hemos simpatizado con Dylan en su cambio de rumbo era porque la historia oficial nos había divorciado del contexto: si lo tuviéramos en cuenta, veríamos que la escena folk era un movimiento apasionante (él lo relaciona, oportunamente, a la futura escena hardcore-punk de los estados Unidos de los 80) dedicado únicamente a valores puros: la música, la comunidad, la verdad y la libertad. Svenonius aduce que contra lo que protestaban las indignadas audiencias folk que le abuchearon cuando se hizo “eléctrico” no era la música moderna que adoptó, sino la muerte (anunciada por su defección) de una forma de vida: los cafés, el blues en vivo, los fanzines políticos, las hootenannies y la música como mensaje. “Era un problema político, no meros aesthetics”, escribe, y añade que el movimiento folk quedó tan destrozado por los ataques verbales de Dylan (“El folk es un montón de tíos gordos”, llegó a afirmar) y la reescritura de la historia por parte del establishment musical, que hoy en día “la ideología folk nos parece casi incomprensible, tan inescrutable como las cicatrices duelistas prusianas o los sacrificios aztecas”. En este capítulo, por cierto, no se intuye ironía alguna: esto es La Verdad, parece decirnos Svenonius, y “Like a rolling stone” no compensa la desaparición de una de las comunidades más honestas, sólidas e igualitarias del siglo XX (aunque Peter, Paul & Mary fuesen una chapa). Quizás lo que Svenonius quiere también decirnos es que él hubiese subido personalmente al escenario de Newport con un hacha, pero no para cortar la corriente (como cuenta la leyenda que hizo Pete Seeger) sino para atizarle en el cartílago nasal al enano codicioso de Dylan. Y si eso es lo que insinúa Svenonius, aquí le aplaudimos, leñe.

Mi segundo capítulo favorito de The Psychic Soviet es “The Styliagi”, una defensa de The Style Council y lo mod frente a la reapropiación redneck del estilo y universo referencial modernista por las hordas de Oasis y el lad-rock; una reapropiación que él compara al saqueo en clave Ceporro Supremacista Sureño que gente como Lynyrd Skynyrd o los Allman Brothers efectuaron con los significantes de cabello largo y rock ácido de la contracultura. Este capítulo, que tan celebrado fue en Bendito Atraso cuando lo leímos, y que tantos puntos de vista comparte con ideas ya expresadas en un artículo pasado de La Escuela Moderna sobre el mismo tema (“Las ideas puras: juzgando a TSC”) tiene su colofón en la siguiente bifurcación humorística del concepto, el capítulo “The seduction of Paolo Hewitt”: una descacharrante obra de teatro en la que Alan McGee y Paolo Hewitt, como genio malvado y colaboracionista ilustrado respectivamente, colocan los cerebros de unos hooligans del Man City en los cuerpos fiambres de Steve Gaines y Ronnie Van Zandt de Lynyrd Skynyrd, con el fin de crear a Oasis. ¿Les dije que el hombre tenía sentido del humor, o no?

No hay más que hablar: Compren ya The Psychic Soviet, y conviértanse en seres mucho más inteligentes (y marxistas) mientras por el camino se ríen un rato. No tienen nada que perder, viendo cómo están las cosas.

Kiko Amat

Entrevista con Kiko Amat para Luchalibro

Una entrevista con cuestionario incluido con Kiko Amat para la página Luchalibro.com, desde Chile. Se habla de Joseph Heller, de David Nicholls, se cuenta toda la verdad sobre el espinoso tema de “los rusos”, se auto-critican desfavorablemente las dos primeras novelas del autor, se hace mofa de la posmodernidad (y sus autores), y más cosas. Léanla aquí.

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