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Los violentos y los salvados: una charla con Donald Ray Pollock

Donald Ray Pollock erige en sus libros una Gran Verdad mediante fragmentos naufragados de su vida, poniendo sus entrañas extirpadas a secar y recubriéndolas de imaginación. Su debut del 2010, Knockemstiff, era una colección enhebrada de emotivas historias lumpen sobre su antiguo pueblo. El diablo a todas horas (Libros del Silencio, 2012) mezcla novela negra con monstruosidad y crueldad sureñas, estigmas sangrantes (propios y ajenos), redención y un impresionante retablo con lo peor y mejor de cada casa.

John Fante lo definió como La Verdad. “No quiero decir realidad autobiográfica”, decía al intentar describirla. “Es otra cosa. No sé cómo llamarla, pero es distinta de la autobiografía, y a la vez muy similar a ella”. Es difícil hablar de La Verdad; o la entiendes y eres capaz de distinguirla, o no. Pues esa verdad emocional existe, y le salta a uno a los ojos, uñas en ristre, al leer a determinados autores. Es esa narrativa llena de salvaje honestidad, confesión, compasión, brutalidad y humor, escrita en un lenguaje limpio, duro y hermoso, sin fingimiento, pomposidad ni afectación. Que se niega a guardar silencio (como decía el prólogo a Cuadernos manchados de vino, de Bukowski) “acerca de quienes más sufrían: los castigados, los pobres, los locos, los parados, los vagabundos en los callejones de mala muerte, los alcohólicos, los inadaptados, los niños maltratados, la clase obrera (…) Los agonizantes flacos y orgullosos”. Donald Ray Pollock posee la fuerza de la verdad, la que uno se arranca de las propias vísceras y anuda en eslabones de ficción, y esta vez la ha puesto al servicio de una adictiva, violenta y auténticamente emotiva historia sobre obsesión, fanatismo y sangre fácil en el Sur americano.

Harry Crews decía: “Me sedujo el crear mundos que nunca habían existido, pero también el enhebrar una sarta de mentiras que (…) terminaba siendo mucho más verdadero que lo que me había sucedido en la vida real”. ¿Podría eso aplicarse a tus obras?

Cualquier escritor de por ahí puede explicar el proceso creativo mejor que yo. Creo que cuando escribo entro en un mundo de sueños, pero, al igual que en los sueños, todo está influenciado por lo que ha pasado en mi vida. Mientras escribía los cuentos que figuran en Knockemstiff permanecí fiel a ciertas cosas, especialmente la pobreza y la reputación de lugar duro que tenía mi pueblo, así que el lugar resultó mucho más “real” para mí de lo que habría sido si todo hubiese sido inventado. En otras palabras, el libro tenía unos cimientos basados en la realidad, y alrededor de ella construí, como dijo Crews, “una sarta de mentiras”.

Crews también dijo que “la mejor narrativa casi siempre va de lo mismo: gente haciéndolo lo mejor que pueden con lo que les ha tocado en suerte, a veces actuando con honor, a veces no. A veces con amor y compasión y misericordia, a veces no”.

Creo que la mayoría de mis personajes encajan en esa descripción, pero probablemente la gran mayoría de personas en el planeta también lo hagan.

Al igual que Nelson Algren, Crews, Malcolm Braly o Edward Bunker hablas de los del fondo del cubo, pero lo haces con completa empatía. Incluso les tienes estima a los más pérfidos.

Sólo hay un personaje en El diablo… que me cae algo mal y es Teagardin, el predicador pedófilo. Me sería extremadamente difícil, quizás imposible, escribir largo y tendido sobre personajes que me siempre me cayeran gordos. Cuanto menos, siento simpatía por los que terminan siendo malos, porque, después de todo, yo les hice de esa manera.

Owen Jones, en su Chavs: la demonización de la clase obrera, afirma que los orígenes opulentos quizás no te impidan sentir empatía hacia los desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de lo que piensan y las condiciones en que viven. Supongo que la razón por la que entiendes tan bien a tus personajes es que eres como ellos.

Bueno, sin duda me crié en un ambiente de clase trabajadora. Mi padre apenas terminó el octavo grado (2º de ESO) y luego trabajó cuarenta y dos años en una fábrica de papel. Tuvo la suerte de que la fábrica era un empleo sindicado. Sacó algo de dinero y gozaba de seguro de salud, y por eso, aunque mi familia tal vez se habría definido a sí misma como clase media-baja, eran ricos en comparación con algunos de los chicos con los que crecí.

Escapar del entorno es la médula espinal de Knockemstiff, y en El diablo… también hay sueños de fuga. ¿Era escapar de tu destino el pensamiento dominante de tus años obreros? ¿Hay alguien que quiera permanecer en Ohio?

En primer lugar, no creo que Ohio (aunque ciertamente no es un lugar atractivo ni glamuroso donde vivir) tenga gran cosa que ver con eso. Estoy seguro de que un montón de gente desearía escapar de la ciudad en España donde se crió, o de un mal matrimonio en Tokio, o un pésimo trabajo en San Francisco. Ohio sólo es el único lugar que conozco de verdad, por lo menos lo suficiente como para escribir sobre él. Es cierto que el pensamiento primordial de mis años en la fábrica de papel era la fuga, pero es que igualmente siempre he sido el tipo de persona que piensa que sería más feliz viviendo en otro lugar. Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no era el caso.

La redención es el epicentro de El diablo… Hay un montón de esperanza y necesidad de salvación. Les ofreces algo que no ofreciste a los personajes de Knockemstiff: la oportunidad de una vida mejor y un futuro más brillante.

Si he de serte sincero, lo que sucede es que cuando escribí El diablo… pensé más en el lector, y sé que a la gente le gusta encontrar al menos un atisbo de esperanza o de optimismo al final de un libro. Cuando escribí las historias de Knockemstiff no tuve en cuenta al público en absoluto, porque no creía que jamás fuese a publicar lo que escribía. ¿Hace eso que El diablo… sea un libro menos honesto? No lo creo. En todo caso, el lector se convierte en otra influencia de la narración.

Recientemente entrevisté a Steve Earle por No voy a salir vivo de este mundo y me dijo que los novelistas tienen que ser responsables, mostrar los aspectos positivos de las personas, no sólo la oscuridad. ¿Es algo que suscribes?

Bueno, estoy bastante de acuerdo con eso, pero tengo que admitir que no creo demasiado en cosas como la “responsabilidad del novelista”. Pienso que si el escritor se esfuerza para escribir la historia con honestidad, todo, bondad y oscuridad, acabarán mostrándose, al menos hasta cierto punto.

Algunos críticos cursis describen tu trabajo como “pornográfico”, sugiriendo que es cínico mostrar sólo los actos más horribles imaginables y las más bajas intenciones. Yo diría lo contrario: tu novela está llena de esperanza, porque la moraleja es que incluso en Meade, rodeada de lo peor, la gente logra actuar con bondad.

No escribo cuentos de hadas. Seamos realistas: aunque la mayoría de las personas suelen ser amables y cariñosas, unas cuantas son malas. Por añadidura, si alguien piensa que mi trabajo sólo muestra “los actos más horribles imaginables”, es que no se han puesto al día de la actualidad. Mis personajes ni siquiera se acercan a lo que los seres humanos son verdaderamente capaces en términos de las “más bajas intenciones”. Las cosas que escribo son ligeras en comparación con, por ejemplo, la masacre de veinte niños en una escuela de Connecticut hace poco.

Por la misma razón, en tu última novela se aplica castigo. A pesar de que los inocentes se ven perjudicados, los malvados no se van de rositas.

La gente debe responsabilizarse de sus crímenes, y creo que en última instancia la gente mala paga por sus pecados. No quiero ni pensar lo que el mundo sería si eso no fuese cierto. El castigo quizás no sea siempre la cárcel o la silla eléctrica o algún tipo de infierno en el más allá, pero al menos que anden con las almas podridas y nunca encuentren la paz.

Los finales relativamente agradables son tan fieles a la realidad como los malos finales. La vida real es una mezcla de los dos, ¿no te parece?

Considera la cantidad de historias reales que tienen lugar en el mundo, todos los días. Hay miles de millones de ellas. Algunas personas son bendecidas y otras no; siempre ha sido así. La vida no sería tan dulce si a todo el mundo se le asegurara un final feliz.

Te voy a preguntar algo que también le pregunté a Earle: Si, como Studs Terkel dijo, “la diferencia entre intérprete y artista es la afirmación del yo, el Aquí Estoy”, ¿Cuánto de ti hay en El diablo a todas horas? ¿O quizás hay un poco de ti en cada personaje? (esperemos que no en Teagardin).

Por supuesto. Incluso en Teagardin, joder. En el momento en que piensa en sentar cabeza en una vieja granja, y fantasea sobre sus hijos jugando en el patio al atardecer mientras él lee buenos libros en el porche… Eso es un pequeño pedazo de mí.

Venganza, secretos y culpa en El diablo a todas horas. Hay abundancia de las tres.

Bueno, la narrativa debe ofrecer conflictos para ser interesante y, como he dicho antes, no escribo cuentos de hadas. Muy pocos de nosotros somos santos. En algún momento la mayoría de la gente ha fantaseado con vengarse de alguien, ¿no? Si retirásemos las complicaciones (secretos, culpa, lujuria, venganza, etc.) la mayoría de historias no merecerían ser leídas.

Se te compara con frecuencia a Cormac McCarthy, pero para mí El diablo… es una mezcla de Harry Crews, Badlands y cualquier canción de Drive-By Truckers. Y el humor negro de Flannery O’Connor.

Me influencian muchas cosas, incluyendo música y las películas, o incluso algo que escucho por casualidad en la gasolinera. Me avergüenza que la gente me compare con Flannery O’Connor (¡especialmente por ella!). Sin embargo, McCarthy dijo una vez (parafraseo): “Los libros se hacen de libros”. Me parezco a otros autores, sin duda.

Última pregunta: ¿Has visto alguna vez morir de forma violenta a un hombre?

No violentamente. He visto a dos de mis amigos morir, pero ambos sufrían de cáncer. Odio decirlo, pero una muerte violenta habría sido mejor.

Kiko Amat

(Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista Rockdelux #314 de febrero del 2013)

Libro del mes (diciembre 2012): DONALD RAY POLLOCK El diablo a todas horas

DONALD RAY POLLOCK

El diablo a todas horas

Libros del Silencio / Empúries

“Es el Nelson Algren de nuestro tiempo. Publíquenlo ahora”. Eso lo dije yo, cuando me preguntaron. Una editorial me había entregado el manuscrito de Knockemstiff, debut narrativo de Donald Ray Pollock, para que realizara una lectura, y mi imperativo entusiasta era el punto final a cuatro páginas de enloquecidos parabienes. En aquella casa no me hicieron el menor caso (resulta inconcebible: ¿Cómo alguien podría no hacerme caso todo el tiempo?), pero afortunadamente otras dos editoriales se abalanzaron sobre la novela, y una de ellas incluso me pidió un prólogo para su traducción al castellano. Eso fue con Knockemstiff. Decididamente mi novedad favorita del 2011.

Tan solo un año después llega El diablo a todas horas, segundo trabajo de Donald Ray Pollock, y me mantengo en mis trece: este gran hombre es de veras el Nelson Algren de nuestro tiempo. O el Harry Crews. O Edward Bunker, o Howard Braly, o el primer Richard Price, o (¡no intenten detenerme ahora!) Don Carpenter. El diablo a todas horas podría ser una mezcla de El cantante de góspel de Harry Crews (recién aparecido en Acuarela) y Badlands de Terrence Malick. El diablo a todas horas es, para qué andarnos con rodeos, una de las mejores novelas que he leído en la vida, y así se lo estoy contando. ¿Sube directa a nuestro podio de Mejor del Año? Podría, podría, pero existe un celebrable inconveniente: este 2012 ha visto aparecer también No saldré vivo de este mundo de Steve Earle (Libro del Mes de noviembre en Bendito Atraso) y el mencionado debut de Harry Crews, publicado originalmente en 1968. La cosa está reñida, y según parece solo va a poder dirimirse a puñetazos (de no estar muerto ganaría Crews, que ostenta veintisiete años de karate).

El diablo a todas horas posee, en cualquier caso, todas las cualidades que buscamos en una novela: dureza, compasión, redención, belleza, violencia, una trama adictiva y trenzada con tino, algo de humor (negro, calcinado humor), personajes inolvidables, aventuras dañinas, humanos extravagantes (pero creíbles), códigos de honor, locura y obsesión, fanatismo, sangre fácil y el Sur. Oh, y predicadores malvados. Y psychokillers en ruta (recuerden Badlands, olviden Natural Born Killers). Y un payaso gay. También un sheriff corrupto. Y bastantes disminuidos físicos o amputados (puro Harry Crews). También padres que han perdido la chaveta, incapaces de soportar el dolor de la pérdida o la ominosa carga de los recuerdos y la culpa. Eso: y culpa, mucha culpa (casi lo olvidamos); culpa a raudales. Y una elevada dosis de ignorancia sureña; esa ignorancia pura, casi admirable, demente y orgullosa. Y pueblos de mierda en medio de la nada (antes fue Knockemstiff, ahora es Meade) que, valga el lugar común, se convierten en personajes por derecho propio. Y sed de venganza, de retribución brutal. Y secretos de familia, onerosas cosas-nunca-dichas y

que mejor no saber jamás. Y bocadillos de chopped, alcohol flamígero, enfermedades venéreas, moscas y sacrificios humanos. Vómito y mierda y zurribandas tumultuosas y una abultada fila de cadáveres. ¿La trama? Al igual que sucedía en Knockemstiff, se trata de un mapa cruzado con encuentros y desencuentros, donde las vidas de unos interfieren fatalmente en las de lo demás. El porcentaje de malvados y benignos no anda tan ladeado como podría suponerse: cinco o seis de nuestros personajes podrían ser considerados buenos o potencialmente buenos (Arvin, la malograda Lawana, la malograda Charlotte, Emma, Hank Bell); cinco o seis más caerían en algún punto del diagrama de la maldad (redimible o más allá de la redención: el cura pervertido Preston Teagardin, los psychokillers Sandy y Carl, el sheriff sucio Boedecker, la jauria de matones clásicos, el abogado corrupto Henry Dunlap); y dos o tres más son simplemente subnormales, o malos-por-subnormalidad-o-inacción, o tipos chiflados de puro dolor insostenible (los extrañísimos predicadores Theodore y Roy; el demenciado padre de Arvin, Willard, y su fatal obcecación por los sacrificios expiatorios de fauna local).

Pero no se me confundan: esto no es gótico sureño, como escupen algunos despreocupadamente cada vez que aparece una novela firmada en algún punto del sudeste norteamericano. No hay impostura en El diablo a todas horas ni soluciones mágicas al asunto. La novela de Donald Ray Pollock se erige exclusivamente a base de compasión, redención y justicia (si bien ocasionalmente tardía, o post-mortem). Como Algren o Crews, Pollock ama a sus carneros, incluso a los más descarriados del rebaño; comprende su pesar, también cuando se transforma en perversidad. Esa comprensión, sin embargo, no les exime del castigo: los que tenían que pagar, pagan. El bueno logra salir de allí andando hacia el horizonte, pero sus hombros están llenos de vísceras y su alma a reventar de pesadumbre. Arvin, nuestro sufrido protagonista, termina como un tiznado Lucky Luke. La salvación existe, parece decirnos el autor, pero no va a resultar barata: hay que descender unos cuantos círculos del infierno para siquiera otearla en la distancia. Oakley Hall diría que “es bueno vivir con algo así en la conciencia”. Pollock parece no saber si es bueno, pero sí inevitable. No hay otra forma de limpiarse.

Por supuesto, la cantidad de violencia y sangre ha provocado que los críticos cursis de siempre lamenten la obsesión “pornográfica” del autor por los mamporros y los disparos a bocajarro, por los animales destripados y la putrefacción de la carne, por las cicatrices y los muñones y las patadas en los huevos y las botas polvorientas. ¿Cómo describirles a dichos críticos el lugar físico y espiritual en que alguna gente habita? Owen Jones lo afirma en su Chavs; la demonización de la clase obrera: los orígenes opulentos quizás no te impidan sentir empatía hacia los más desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de en qué mundo viven los del montón del cubo; las cosas que aman, el lenguaje que utilizan, su extraña dignidad, su forma de resolver los problemas. Para esos académicos, el mundo que pinta Pollock resulta tan extraño y lejano como el de una novela de marcianos. Lo lógico es que no lo entiendan. Y aún siendo así: me enoja. Es mi vieja patata en el hombro, ¿entienden?

Donald Ray Pollock habla de todo esto sin afectación, sin filigranas, desde dentro del intestino y poniéndose perdido de mugre, pero sin perderde vista el éxtasis, el humor, el amor y la belleza. Trabajador manual en una fábrica de papel durante 32 años y autor publicado a los cincuenta, Pollock es el epítome de héroe working class literario. Asimismo, si bien el contexto es crucial, si bien la autenticidad emocional es un requisito obligado, sus orígenes importarían poco si su novela fuese mediocre. Y, desde luego, no es el caso. Por añadidura, Pollock no juega la carta “fuck you, I drive a truck” (que diría Jim Dodge), no cae en la tentadora autoparodia del proletario para que aplaudan unos cuantos académicos pijos, el equivalente literario del gag Yorkshire de Monty Python (“vivíamos diez en un zapato dentro de un charco…”). Es este un señor digno con la nuca impecablemente rasurada que resulta que pasó 32 años en una factoría inmunda. Es lo que hay. Inevitablemente, muchos resaltan este hecho al hablar de su obra, lo cual es legítimo: la cosa, después de todo, tiene pelotas. Pero esto no es un chimpancé que ha pulsado por azar un par de teclas y le ha salido Madame Bovary. Esto es un rotundo, inmenso escritor que ha desarrollado lo que tantos ansían: un universo propio, reconocible y rico, y una voz dura, maleable y bella para explicar aquel mundo.

El diablo a todas horas es una tremenda novela. De lo mejor que he leído nunca. Me descubro ante Donald Ray Pollock. Kiko Amat

Libro del mes (noviembre 2012): STEVE EARLE No saldré vivo de este mundo

No saldré vivo de este mundo

Steve Earle

El Aleph

Traducción de Javier Calvo

271 págs.

Les presento a Doc. Doc es un médico de buena familia al que encontramos en vertiginoso tirabuzón vital: adicto perdido, hecho unos proverbiales zorros, malviviendo como médico-para-todo (todo mayormente ilegal) y abortista de cabecera en el barrio de South Presa, San Antonio, Texas, durante el año del Señor de 1963. Doc es un hombre en mal estado; bienes frágiles, manipulen con sumo cuidado. Se aloja en la casa de huéspedes Yellow Rose Guest Home, que llevan Marge, una lesbiana pelirroja de armas empuñar, y su amante rubia-platinesca Dallas. Su camello es un hombre montaña mexicano llamado Manny. Los dos son buenos amigos, unidos aún más por un poco común inviolable contrato adicto-dealer y por la birria de existencia que llevan. Manny pasa las horas vendiendo heroína en su coche y jugando al dómino con Doc en el bar. El roce hace el cariño. El bar en cuestión lo dirige una mexicana afable y sentimental llamada Teresa. Y ronda por la zona un pies planos llamado Hugo, cuyo papel es el de clásico tocapelotas corrupto (si se le paga a tiempo, asimismo, no ocasiona inconvenientes). Lo olvidaba: Doc comparte estancia y cerebro con el espectro de Hank Williams. El Hank Williams, alcohólico y malhadado icono del country triste y desesperanzado de los años cincuenta, hecho aquí ectoplasma cenizón. La trama insinúa que Doc es el mismo curandero que –en la vida real- acompañaba a la superestrella country por estos mundos de Dios, siempre armado con un abultado libro de recetas narcótico-estupefacientes. Realidad hecha leyenda. El mito como mejoría (o simple aumentación) de la realidad, vaya.

En fin. Ya ven el retablo románico que nos ha pintado Steve Earle –veterano roots rocker, ex-toxicómano, izquierdista empedernido y discípulo de Townes Van Zandt, además de actor en The Wire y Treme- en su debut narrativo largo: dos lesbianas, una mexicana, un camello, un pasma sucio y un fantasma country en pleno Dallas, 1963: ese es el entorno del viejo Doc. Su agitada vida social. Por si el tutti frutti de desgraciaditos sabía a poco, el escritor deja caer en medio de la comunidad a una espalda mojada llamada Graciela, cuyo pachuco chulapón ha tenido a bien de abandonarla con bombo. Doc, las venas de quien ya empiezan a parecer el metro en hora punta, practica el deseado aborto y desde allí Graciela empieza a fusionarse con el cálido microclima de la Yellow Rose Guest Home (cayéndole cada vez peor a Hank Williams, por cierto, desplazado del corazón de Doc por la recién llegada).

Pero no se me despisten, que ahora viene lo mejor: resulta, por añadidura, que Graciela tiene una herida en la muñeca que no se cierra jamás. Porque no es una herida. Es un estigma, de los de toda la vida y de los de toda la Biblia, de modo que Graciela desarrolla poderes curativos y todos los pacientes de Doc empiezan a curarse a una velocidad de espanto. Incluso Doc, el viejo Doc-dame-veneno-que-quiero-morir, gradualmente siente cómo va disminuyendo su tremebunda adicción (para nuevo desespero de Hank Williams, que ve cómo su poder sobre el matasanos disminuye a parejo ritmo).

Solo nos falta la tradicional figura maligna. Siempre hay una (si no me creen, miren a sus compañeros de oficina o, más cerquita, a los nombres de su árbol genealógico), y No saldré vivo de este mundo no es una excepción: entra el padre Killen, párroco irlandés de la iglesia más cercana. Cuando Killen se entera de lo que está sucediendo en la pensión (¡abortos! ¡milagros!), su primera reacción es la incredulidad, que rápidamente se torna cólera torquemadil y luego fe enloquecida. Fe enloquecida + cólera justiciera, como ustedes saben, es la infalible y probada receta para casi todos los genocidios y matanzas desesperadas que ha presenciado la historia. Así que ya pueden imaginar hacia donde van a encaminarse las acciones futuras del cura maníaco. A vender boletos del Domund ya les digo que no.

Lo que sucede a partir de allí mejor dejarlo sin contar. Además, si ustedes son como yo, ya habrán dejado caer apresuradamente el inestable explosivo líquido que llevaban una hora manipulando para presentarse –tras atropellar a varios ancianos del barrio que manaban del Casal Sant Jordi- en su librería de confianza, exigiendo a berridos y manotazos en el mostrador esta primera novela de Steve Earle. No va a defraudarles. No saldré vivo de este mundo, ya lo habrán intuido, es una heredera directa de esa tradición que tanto nos gusta: las novelas de caídos buenos. Los libros sobre gente maja con mala vida y peor pasado. Las historias de tipos que están en el fondo del cubo y, pese a su precaria posición en la cadena alimenticia y el escalafón social, tratan de sacar lo mejor de sí mismos. Gente que lo hace lo mejor que puede con las herramientas que les han tocado en suerte, que diría aquel poeta.

No saldré vivo de este mundo es, así, una novela de infortunio, culpa y redención: periodismo emocional americano de la escuela que nos chifla: Nelson Algren, Harry Crews, John Fante, el primer Richard Price, Hubert Selby Jr., Donald Ray Pollock, Don Carpenter… El paisaje donde se enmarca esa emoción vivida es el andamiaje Rue del Percebe que tantos autores han usado antes, con resultados excelentes: la comunidad de vecinos de clase baja (o directamente delincuente). De Principiantes a Need (de Nik Cohn), pasando por The L-Shaped Room y El hombre del brazo de oro, muchos libros se han escrito sobre el piso de viviendas y su entramado de plantas: el infracosmos desesperado pero solidario del lumpen urbano y marginal.

Ya ven, en cualquier caso, hacia donde me encamino con pasos firmes. Esta es ficción compasiva, humanista, que pretende mostrar el lado bueno de vidas pésimas, en lugar de regodearse en su sordidez. La novela de Earle no es timorata ni anhela edulcorar la realidad, pero tampoco va por ahí recubriéndola a brochazos de melodrama barato o sentimiento falso (o peor: sangría epatadora) para lectores desalmados o para esos críticos literarios que, tal vez faltos de acción en sus vidas intramuros, necesitan que fallezca la huerfanita tísica o violen al octogenario para alcanzar la paz.

No, este es un libro lleno de bondad. Se trata, ni más de menos, de realidad sublimada con cierta épica y encerada con humanidad. Como el propio Earle afirmaba en una entrevista que le hicimos para Rockdelux, el suyo es un libro responsable. A la usanza de Nelson Algren, el escritor rebusca en el fondo del alcantarillado y encuentra allí santos, milagros y catedrales. Podría pintar a los bípedos que caminan por el mal lado de la ciudad como incurables hijos de rata, pero se niega a hacerlo. Porque Earle sabe, como usted y yo sabemos, y además por propia experiencia, que hay gente digna y benigna en todas partes, incluso en las esquinas donde no pega el sol. Earle conoce la existencia de la redención; sabe que la posibilidad de mejoría es un hecho, no una falacia de folletín. Por consiguiente, nutre a su obra de una palpable posibilidad de arrepentimiento e indulto: las cosas pueden mejorar. La mugre mancha, pero puede lavarse; puede enseñarnos. A veces hay que caer del todo para levantar cabeza; una revelación total solo se consigue en pleno descenso. A veces es bueno vivir con algo así en la conciencia, que dijo Oakley Hall. Y todas esas cosas.

No saldré vivo de este mundo, por añadidura, tiene final feliz. No es exactamente el que imaginan, pero lo tiene. Y déjenme decirles algo más: no es solo un acto de supremo valor el colocarle uno, sino una declaración de principios. Una afirmación rotunda: sé que esto existe, porque lo he visto. Si ustedes son de los que intuyen que la redención existe, por elusiva que parezca, esta novela se convertirá en un libro de cabecera. Si son de los que desconfían de esa posibilidad, bueno… Tal vez Earle sepa convencerlos. Y si no lo hace, ¿qué puedo decirles, además de que lo siento en el alma?

Kiko Amat

Libro del mes (marzo 2012): NELSON ALGREN Un paseo por el lado salvaje

Un paseo por el lado salvaje

NELSON ALGREN

Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores

Cuando se empieza a escribir, es lógico emular al maestro. Dicho esto, conviene también no ser berzas y escoger con tino a dichos maestros. Y no me refiero solo a no escoger basura (lo que, sin duda, es aconsejable), sino a saber tomar algo asequible, comenzar desde un punto de partida lógico y no lanzarse a intentar superar a un guepardo en los cien metros lisos. Como alumno-en-proceso con una relativa experiencia a mis espaldas, me alegra mirar atrás y ver que utilicé el sentido común, en lugar de lanzarme a tontas y a locas a pergeñar manuscritos influenciados por novelas insuperables, definitivas en su ambición, ámbito y resultado final. Dicho de otro modo: hace diez años –cuando se publicó mi primera novela- me gustaban igual Catch 22 que Un detective en Babilonia, pero de haber intentado escribir algo inspirado en la primera me habría arreado un contundente costalazo que aún estaría doliéndome ahora. En uno de los pocos momentos de precoz (aunque verdadero) autoanálisis de mi vida, vi que la línea que separaba el más abyecto fracaso de algo parecido al triunfo (en cuanto al artefacto literario resultante, no en cuanto a ventas o respuesta crítica) yacía en parte en saber qué emular, a qué aspirar, te pareces a Papá o a Mamá. Por consiguiente, mis dos primeros libros buscaron intencionadamente la inspiración en Richard Brautigan, Nik Cohn, Bukowski, McInnes, el Vonnegut de Barbazul o Madre noche, la trilogía teenager de Susan Hinton, el Billy Liar de Waterhouse, noveletas kitchen sink, etc. Incluso Fante, si puedo permitirme el atrevimiento de colocarme a su sombra. Objetos artísticos espléndidos y defendibles y bellos y mondantes y sinceros y llenos de vida pero que, asimismo, me parecían alcanzables. Cosas favoritas, pero cercanas. Uno debe aprender a andar antes de intentar volar, ¿No les parece?

Por otro lado, mi biblioteca está llena de autores que ni borracho intentaría emular. Sencillamente, son demasiado buenos para mis escasas habilidades. Sus logros me parecen tan elevados, su prosa tan elástica y perfecta, la solidez y ritmo de sus tramas algo tan arquitectónico, su oído para el diálogo algo tan magnífico, su capacidad de empatía y comprensión de la condición humana un atributo tan grandioso, que mi insignificante yo narrativo se ve incapaz de llegar a esas alturas. Es demasiada altitud para mí, se lo digo tal y como es. Nunca escribiré un Sometimes a great notion; esa posibilidad no está en mis manos. Tampoco expulsarán mi espíritu, inclinación y cerebro un Watusi en tres volúmenes, un Something happened, un The big sleep, un Oliver Twist… La lista es interminable, si bien nada dolorosa, por paradójico que suene. Uno conoce bien sus limitaciones, y para qué hacer un drama de ello. Es mucho más razonable trabajar para mejorar el regalo que la providencia te ha otorgado, y buscar la excelencia dentro de sus (amplias) posibilidades. Y al tiempo, seguir disfrutando con una envidia sobria y lozana de todos esos libros insuperables. Inmensos. Excelentes.

Un paseo por el lado salvaje, de Nelson Algren, es uno de esos libros excelsos que jamás me verán emular, haciendo en el proceso el más espantoso de los ridículos. Pues emularlo no es posible, aunque dedicara años a intentarlo y pasara por divorcios, abandonos y un surtido elenco de drogadicciones. Pues este es el libro definitivo (sin contar a Dickens) sobre los perdidos. Protagonizan la obra los “amantes, sátiros, pirados en fuga, los burlados, los mutilados, los atormentados, los caídos sin remedio y los pícaros. Todos aquellos a los que nadie echaba un cable y por los que nadie rezaba”. Los que “procedían del lado equivocado de una ciudad que solo tenía dos lados: el malo y el peor”. Cuando se publicó en 1956, la obra causó cierto revuelo. No era la primera vez que alguien dedicaba un libro entero a hablar con simpatía de los que yacen en el arroyo (Dickens de nuevo, sin ir más lejos) pero muy pocas veces se había hecho así. Así de bonito y duro y cierto y completo. Y, sobretodo, con esta empatía. La vasta e inacabable empatía de Algren quizás sea, junto a su dominio de un lenguaje duro y maleable, su mayor talento.

En este paseo toparán ustedes con vagabundos de tren, hombres asilvestrados con los zapatos en ruinas, prostitutas y chulos a tutiplén, “peleles y cleptos, pirados y dipsos”, tullidos en cantidad tal como para hundir un barco, timadores y buscavidas, borrachos y drogadictos, “chicos mortecinos cuyo único goce expiraba en un gruñido porcino”, idiot savants y analfabetos, “mastuerzos cuyos vicios se desbordaban tan fácilmente como el café en los platillos de las tazas”… Lo peor de cada casa, lo más chungo del vagón. Y, ¿saben qué? Que allí abajo, lo crean o no, uno encuentra a menudo mejor gente que allá arriba. “¿Cómo podía culparse de nada a un hombre que ya no había empezado bien?”, nos dice el autor. Algren sabe (al contrario que algunos de sus personajes) que “siempre hay sitio para uno más en el fondo”, y su novela es casi una enumeración de todos los caminos que uno puede tomar para caer de bruces en el fondo verdadero.

Algren no prioriza aquí la trama; la novela carece de misterios, de historias autoconclusivas, de finales épicos, de situaciones inesperadas. Hay acción, pero es tan arbitraria como los designios de un mundo que dejó a la mayoría de sus habitantes con el culo al aire. “Malos tiempos y peores circunstancias, ésos en los que las chicas tiernas se endurecían y las chicas curtidas se ablandaban”. Esos tiempos y los hombres y mujeres perdidos que los pueblan son el material que verdaderamente interesa al autor. Contar bien su historia y circunstancias, y emocionarnos en el proceso, es el definitivo objetivo de Algren. Si quieren suspense y tiros, parece decirnos, vayan a un folletín de cuatro cuartos. Esto es vida real, y aquí la redención va cara.

Su aspiración queda clara en aquella frase de Conversations with Nelson Algren, cuando afirma (hablando de The man with the golden arm, su otra obra maestra): “I like these people in my book”. Incluso cuando han perpetrado actos terribles (y Algren no mira hacia otro lado cuando toca afrontarlos), los ojos del autor están llenos de compasión. En el mencionado Conversations… Algren define su estilo como “reportaje emocional” y añade que “la compasión no sirve de nada sin un escenario”. Lo que hace el escritor en Un paseo por el lado salvaje es, por consiguiente, darle un rico y complejo escenario a esa compasión e interés por la condición humana en sus estratos más ruinosos. Se trata de dignificar la pobreza, que diría el gran Santiago Lorenzo. O, a la vez, de cómo la pobreza dignifica. Se trata de contar las cuitas de esos hombres pobres y abandonados, tocados por la mala suerte, emperrados en acabar mal, incapaces de alterar su apestoso destino. Y ponernos en su lugar. Ver que podría habernos pasado a nosotros y que todos somos lo mismo.

Se antoja difícil resumir la historia que cuenta esta novela. Hay cien, y todas parecen igualmente importantes. A primera vista parece que la cosa va de las andanzas y desventuras del analfabeto convertido en chulo, el “semental arrabalero” Dove Linkhorn, pero una mirada más pausada nos desvela que el resto de paseantes en este bulevar de miseria son igualmente cruciales para el autor. Las prostitutas Kitty Twist o Hallie Breedlove, el perverso tullido Schmidt (“un hombre que ha sido destruido una vez y que había luchado con todas sus fuerzas para volver al reino de los vivos no sería elegido para sufrir una segunda destrucción. Dios no lo permitiría”), el timador compulsivo y ex-jockey Finnerty, los compañeros de celda, los dipsomaníacos de saloon… Cuando aparecen, roban la cámara y todo lo demás desaparece: su narración se torna lo más importante, y las digresiones en torno a su bagaje devienen imprescindibles partes de la totalidad. Nadie emerge aquí sin contexto: el contexto lo es todo.

Y, por último, qué me dicen de esa forma de escribir: “Pero por encima de la traición, bajo el jolgorio, se cernía, aquel verano sofocante, la sensación de que todo eso era tan triste como un brindis al sol en un país invadido. En las caras estragadas de las jovencitas y en las maquilladas de los chicos en los bares clandestinos flotaba la sensación de una derrota inminente”. Es imposible fingir en prosa esta verdad y empatía: si no se tienen (ni se han vivido), ni cien mil talleres de narrativa conseguirán que expulsen una frase con algo que se acerque ni de lejos a la horrible y maravillosa verdad de Algren. “Y como el polvo en un mundo que recobra la esperanza, el alma enferma del macarra se limpió. Una sensación de bienestar lo llenó como se llena una copa. Se sintió agradecido por las pequeñas y las grandes alegrías y deseó que fuera hora de comer para sentarse a la mesa”. O una cita breve que condensa una gran parte del libro: “No tenían razones para no emborracharse”. La lista de frases-epifanía es tan extensa, de hecho, que podría pasar el día entero transcribiendo citas memorables y no habría hecho más que empezar. Les cito solo la frase –sobre tatuajes- del libro que tiene a su vez más números para convertirse en otro tatuaje en la piel de alguien, algún día: “Quería hacer algo que ellos nunca pudieran deshacer. Que nadie pudiera deshacer”.

Resumiendo: Un paseo por el lado salvaje es una de las mejores novelas de la historia. No puede vivirse entre humanos sin haberla leído. No puede escribirse esto sin haber estado entre humanos. Amándoles, a ser posible. Léanla, y sobre todo no olviden jamás las tres reglas eternas: “Nunca juegues a cartas con un tipo que se llame Doc. Nunca comas en un restaurante que se llame Mamá. Nunca te acuestes con una mujer cuyos problemas sean más graves que los tuyos”. Kiko Amat

Libro del mes (octubre/noviembre 2011): DOROTHY BAKER Young Man With a Horn

Young Man With a Horn

Dorothy Baker

Readers Union Limited

284 págs.

Hay buenas y malas noticias. La buena noticia es que este es mi libro favorito (o, cuanto menos, uno de los cinco predilectos). Las malas noticias son que no está traducido, y que, por consiguiente, todo indica que me estoy saltando el infructuoso intento de norma autoimpuesta en Bendito Atraso para no comentar libros no disponibles en nuestro país. El motivo de tal decisión es sencillo: puesto que me estaba quedando afónico de tanto recomendarlo a editoriales y editores y amigos sin que –por el momento- nadie me hiciese el menor caso, un día me dije: quizás una crítica pormenorizada y un Libro del Mes ayudarían a la causa. A la vez que mejorarían mi voz. Si recuerdan, ya citamos esta novela en la Lista del Mes de junio, como una de esas cosas que deberían ser traducidas de inmediato.

Young man with a horn, digámoslo claro desde el principio, es el mejor libro jamás escrito sobre música y obsesión, juntos, y la catástrofe implícita de vivir con tal obsesión gobernando los pasos de uno. Lo escribió Dorothy Baker (no confundir con Dorothy Parker) en 1938, una novelista que  nunca volvería a escribir algo tan inmenso, emotivo y profundo y vívido como su debut. En ese sentido, Young man with a horn es un libro-maldición. ¿Cómo se supone que debe un autor superar algo así?

Otros libros han hablado bellamente de la obsesión y la pasión destructiva, de Moby Dick a The Demon (de Hubert Selby Jr.) a El hombre del brazo de oro de Nelson Algren, pero lo que hace a Young man with a horn tan maravilloso y cercano para los de nuestra particular persuasión es que solidifica dicha pasión ardiente y la trasporta al mundo del jazz. El tema principal es fácilmente resumible: la autodestrucción de un hombre condenado a morir por la carga de su obsesión, por la imparable locura de su fijación. Su dicotomía es quizás la más terrible de todas: lo que te ha salvado la vida también te la quitará. Pues el peso de tu obsesión inflamable, la belleza de tu devota pasión, no pueden acarrearse sin que te termine consumiendo. La vieja historia, en efecto; una de las narraciones más viejas de la raza humana. Aquel hombre, el trompetista del título, sabe que debe amar su arte hasta las últimas consecuencias, aunque todo a su alrededor termine completamente calcinado. Ya desde las primeras páginas, la autora nos advierte de que: “Nuestro hombre es, odio decirlo, un artista cargado con ese terrible bagaje, el alma de un artista. Pero carece de aquello que debería acompañarla siempre –y casi nunca lo hace: la habilidad de mantener el cuerpo a raya mientras el espíritu prosigue en busca de su destino. Así que se hace pedazos, y no a pequeña escala. Lo hace de tal modo que termina muriendo en el proceso”.

Resumirles la trama es también pan comido: Rick es un trompetista blanco de los 30’s. Un niño prodigio destinado al conservatorio. Pero por el camino Rick intima con unos cuantos negros, que le enseñan la sublime belleza del jazz y el modo adecuado de practicarlo con el corazón. Rick es consumido por el jazz, y por el intento de llevarlo a un estado de perfección total. Pero hay un precio a pagar: esa lucha por rozar la belleza divina del jazz le despierta al trompetista una gran sed, y esa sempiterna sed, a su vez, le hará trizas y destruirá todo cuanto ama. Este libro cuenta cómo aquel hombre dañado intenta llenar su negrura, intenta acabar con ese demonio, produciendo la música más bella que nadie ha escuchado nunca. Pero la carga de esa belleza, el darse cuenta de la inmensidad de lo que uno está haciendo, termina siendo demasiado para Rick, que se encamina hacia el vacío en busca de algún tipo de paz, de un descanso a su febril cruzada. Ese vacío se lo proporciona el bebercio, inevitablemente. Lo demás viene en el pack, y el tipo se lo ve venir. “Rick tenía el tipo de cara nerviosa y tirante del hombre que sabe algo, el tipo de cara que suele acompañar a cualquier tipo de pasión. Suele verse en revolucionarios, maníacos, artistas… En cualquiera que sepa que amará algo, para bien o para mal, hasta el día en que muera”. Como es sabido, Baker admitió haberse inspirado en la vida del jazzman Bix Beiderbercke (que murió alcohólico a los veintiocho) para escribirla.

Young man with a horn es doblemente hermoso por la foma en que expresa el amor no-en-venta hacia algo. La incorruptibilidad de aquellas cosas que nos mantienen vivos, y por cómo debe vivirse una vida devota (sí: devota, aunque suene a monje albigense) y pura para cuidar de ellas, y nunca desperdiciar su promesa, ni descuidarlas en manos de fariseos o mercachifles, ni permitir que sean manchadas por el comercio, la publicidad, la banalidad, la estupidez. Young man with a horn defiende de manera casi política el no hacer concesiones, no doblegarse nunca ante el mercado, el cheque, el negocio: la pasión no se pacta, y esto que hacemos no está en venta. Las sentencias emocionantes sobre aquel “uncompromising beat” se suceden en el libro a puñetazos, casi en cada página. “Qué sabemos excepto que tenía una forma particular de hacer lo que hacía, y un amor hacia ello tan grande que nunca en la vida hizo la menor concesión, o lo decepcionó, o olvidó”. No he realizado el recuento total de palabras, pero en Young man with a horn aparecen más “passion” y “obsession” en todas sus variantes sinónimas que en los dos primeros álbumes de Dexys: “Music for him, wasn’t a business; it was a passion, and he was ready to give up to it”. Amén.

Otros libros han hablado de jazz de manera magnífica, de Scott Fitzgerald a George Melly, pasando por el But beautiful de Geoff Dyer (su único libro sin taras, a decir verdad), pero nadie consiguió describir la abrumadora belleza del jazz en cuanto a fuerza imparable de la vida como lo hizo la Baker, la trágica narración implícita en su sonido, su mensaje de amor, pérdida, infidelidad, traición, envejecimiento, todos los temas eternos. “It was the music of men who look backward with wisdom rather than forward with faith”. Dorothy Baker también alcanzó a pintar con maestría la camaradería y actitud de sociedad secreta, con todos sus ritos y tics y drogas y significantes, de las big bands de los treinta. Todos aquellos hombres maduros con sus cicatrices correspondientes, expulsando a través de sus instrumentos el dolor que todos acarreamos, toda la culpa y el remordimiento y el odio. Todos aquellos hombres fanáticos, dedicados a una sola cosa con empeño unidireccional: “He stayed in his joints with his own kind, the incurables, the boys who felt the itch to discover something. He stayed within the closed circle of the fanatics, the old bunch of alchemists, and there he did his work”.

No es casualidad que tantos vehículos subculturales hayan utilizado esta última frase, y por extensión toda la novela, para describir la obsesión juvenil y los ritos tribales de las subculturas de posguerra. Kevin Pearce la utilizó en su Something beginning with O, y Comet Gain empezaban recientemente su “The weekend dreams” (en su versión siete pulgadas para Doble Vida) con un recitado de dicha cita. Young man with a horn es, por todo lo enumerado, uno de los libros más bellos e intensos que se han escrito nunca. El mod book por antonomasia, pese a que casi nunca se le nombra en las listas al uso. Y, al contrario de lo que ha sucedido con otros libros favoritos en esta casa (de Nelson Algren, Ken Kesey y un largo etcétera) su versión fílmica –con Kirk Douglas, Lauren Bacall y (puagh) Doris Day, y dirigida por Michael Curtiz- no produce demasiados retortijones intestinales.

Un libro que les cambiará la vida, oigan bien lo que acabo de decirles.

Kiko Amat

Lista del mes (junio 2011): 9 que no traducen ni a tiros

1) Dorothy Baker Young man with a horn (1938): Uno de mis cinco libros favoritos continúa inédito en nuestro país. ¿Van a quedarse ustedes de brazos cruzados ante esta monstruosa injusticia? La novela, déjenme contarles, es una cosa excepcional, y habla de forma insuperable sobre la pasión destructiva de un hombre por la creación de belleza (en este caso, el jazz) y los monstruos que acompañan a dicha creación (una sed oceánica). La novela está basada vagamente en la vida de Bix Beiderbecke, que murió cirrótico perdido a los treinta años, y es tan citable que uno tiene que contenerse para no incrustar párrafos enteros en todos los artículos musicales que escribe (en el último single de Comet Gain para Doble Vida –tomen nota, geeks de la trivia pop- el fragmento hablado al inicio de “The weekend dreams” es del libro que nos ocupa). Existe también una versión fílmica, por cierto, que no da casi nada de vergüenza ajena (aunque no le llega a ni a las rodillas a la novela) con Kirk Douglas en el papel protagonista, aunque también mariposeando por ahí (por desgracia) está Doris Day (Kim “Rictus marmóreo” Novak hubiese sido mucho, pero mucho peor; recuerden como contribuyó a despedazar The Man with a golden arm de Preminger, ya de por sí una pobre adaptación de la maravillosa novela de Nelson Algren).

2) Nelson Algren Walk on the wild side (1956). Una de las mejores novelas de la historia. Se antoja innecesario aseverar que las dos novelas principales de Algren (la otra es El hombre del brazo de oro) mingitan copiosamente sobre cualquier producto posmoderno americano de los últimos veinte años. Así como la segunda sí llegó a publicarse repetidamente en nuestro país -sin duda serán capaces de encontrar ediciones más bien feas en ropavejeros- A walk on the wild side permanece inédita. Pero no se alarmen, amigos lectores: un pajarillo me ha contado que posiblemente se publique en breve en nuestro país. ¡Albricias!

3) Patrick Hamilton Hangover square (1941): Y también The slaves of solitude (1947). Una reciente edición americana de la segunda, publicada por NYRB, incluía un entusiasta blurb de Nick Hornby; pero ni así. Les conmino fervientemente a que las traduzcan, corcho; que ambas son de lo mejorcito de los 40’s británicos.

4) Joseph Heller Something happened (1974). Si recuerdan, fue el primer Libro del Mes de Bendito Atraso, aunque parece que sirvió de maldita la cosa. Por ello he creído urgente volver a insistir. Aunque nadie la recuerde (todo el mundo se decanta por el debut de Heller, la fenomenal Catch 22, de 1961), para mí es su mejor trabajo. Y Kurt Vonnegut concurría conmigo, para que se enteren. La editó en 1976 la editorial Ultramar, pero convendrán conmigo que ha llovido lo suyo desde entonces.

5) Ken Kesey Sometimes a great notion (1964): Igualito que en el caso anterior. Todos los mimos son para la sin duda sensacional Alguien voló sobre el nido del cuco, de 1962, pero nadie parece recordar su (en mi opinión) superior segunda novela. Existe también una versión cinematográfica homónima, tan execrable y ponzoñosa como imaginan (aunque menos que aquella vomitiva Walk on the wild side).

6) Harry Crews, todo: Pero calma, amigos. Justo cuando estaba escribiendo esto he topado con la noticia del año: Acuarela va a publicar Cuerpo este mismo junio. ¡Aleluya! Aún quedan por editar todas las demás (A childhood, Car y The Gipsy’s curse son mis predilectas, si desean saberlo), pero al menos se ha puesto fin a una injusticia tremenda para con el mejor escritor sureño vivo, y uno de mis más queridos narradores desde siempre.

7) Nik Cohn, Need (1997): Y también King death (1975) -que sacó en 1975 Star Books, si bien traducido de forma harto liberal- y The heart of the world (1992) y I am the greatest says Johnny Angelo (1967) y la recopilación de ensayos Ball the wall (1989). El público suele recordarle tan solo por su excepcional revisión de la década dorada del pop, Awopbopaloobop Alopbamboom (1970) o porque su artículo “The tribal rites of saturday night” se transformaría en la maravillosa Saturday night fever, pero Cohn es también un elástico e impresionante novelista. Poca gente maneja el lenguaje como él, créanme.

8) Richard Price The wanderers (1974): Se está desarrollando una labor conzienzuda de rescate de toda su obra que, con todo, olvida su debut y (según mi juicio) cima absoluta de su carrera. De rodillas se lo suplico: que alguien le eche el guante a esto. Pues no existe mejor visión novelada del pandillerismo juvenil 50’s –una visión mitográfica, épica pero brutal- y, si quieren que pronuncie una profanidad, es un libro casi superior al Rebeldes de Susan Hinton. Casi.

9) Edward Limonov It’s me, Eddie (1983): Limonov está como un cencerro, y se pasa el día entrando y saliendo de la cárcel (ha fundado un partido filo-nazi ruso, el Partido Nacional-Bolchevique) mientras prorrumpe en enloquecidos panegíricos a Stalin, Bakunin y Alain de Benoist (lo dicho: como una cabra). Pero por mucho que haya perdido ostentóreamente la razón, su It’s me Eddie (especie de “memoria ficticia” de su vida como enmigrado dandy-punk en el Nueva York de los ochenta) es aún una pequeña obra maestra, y uno de mis libros más amados. Que lo publiquen, les digo.

Libro del mes (marzo 2011): PATRICK DEWITT Abluciones

Abluciones

Patrick DeWitt

Libros del Silencio

Traducción de Javier Calvo

211 págs.

Los últimos meses han descargado encima de Bendito Atraso un diluvio de libros sobre borrachos solitarios y lamentables. Leímos Chump change de Dan Fante (nuestro artículo correspondiente aparecerá en breve en el Cultura/S de La Vanguardia), leímos este Abluciones de Patrick DeWitt, y tuvimos que releer Knockemstiff del gran Donald Ray Pollock (donde no sólo aparecen borrachos, sino muchas otras especies de desvarío lumpen, pero aún así). Oh, oh, el infortunio y la inquietud. En consecuencia, nadie podría culparnos si estamos un poco bajos de moral. Tratamos de mantenernos alejados de discos de Jimmy Webb o Sun Kil Moon, cambiamos de acera si vemos algún cartel de Pa negre, no vamos a revisionar ni en pintura documentales como Dark Days o aquella cosa terrible sobre Da Nang, y no estamos cogiéndole el teléfono a ningún amigo pesimista: no podemos permitírnoslo. Ahora solo queremos ponis de color crema y strudels de manzana crujiente, y timbres de puerta, cascabeles de trineo y filete con fideos; sólo buscamos cosas hermosas y favoritas, porque estamos hechos de cristal barato y por menos que esto vamos a irnos de cabeza por la ventana al tragaluz del supermercado.

La causa #1 de esta desazón y angustia primordial sobre la condición humana y el bienestar (o falta extrema de él) que disfrutan todos y cada uno de los habitantes del planeta nos ha llegado por vía del brutal Abluciones, de Patrick DeWitt. Ya les digo que este artefacto lleno de letras es uno de los mejores libros que leerán en el 2011, y una novela imposible de olvidar. Por mucho que verse sobre alcohólicos, sería un mal comienzo ponerlo en la órbita Bukowskiana; para empezar, porque aquí, en esta santa casa, nunca nos han deprimido los libros del viejo Chinaski. En esto coincidimos una vez más con el maestro Casavella, quien siempre dijo que la obra del borrachín angelino sólo le despertaba envidia: estamos hablando de un señor que se pasa el día folgando con muchachas de busto generoso, bebiendo tintorro, pagando alquileres ridículos y escribiendo cuentos, amigos míos. ¿Qué hay de atormentado en todo esto? En Bendito Atraso firmaríamos ahora mismo para vivir eternamente en la “perdición” del gran y admirado Bukowski, un pájaro que –en el fondo- se pegó la vida padre. Y encima en Los Ángeles (me gustaría haberle visto en el Cornellá en 1978, a ver qué opinaba).

Otro error igualmente grave sería afiliar al autor a la corriente de literatura oscura que alardea de gran yonkitud, tifus, gangrena, homelessidad y pederastía, y que encabezan Dennis Cooper (fan de DeWitt, asimismo) o Tony O’Neill (también fan de DeWitt, maldita sea). Las frases laudatorias que vertieron sobre Abluciones ambos novelistas casi nos encañonan para que le comparemos a ellos, pero permitan que nos resistamos. Sería demasiado fácil y, por añadidura, ¿Somos los únicos que nos olemos el inconfundible aroma del shock fraudulento en la literatura de dichos autores?

Coloquémosle donde merece: Abluciones es un libro estupendo, sincero y corazón-en-la-mano que sigue la estela de la literatura compasiva, dura, honesta y vivencial de algunos de nuestros ídolos. Harry Crews, Nelson Algren, Hubert Selby Jr. y John/Dan Fante, sin ir más lejos, y sin que la obra de DeWitt esté en absoluto en un nivel inferior a los nombrados. No, el autor canadiense juega en la liga principal. Ha vivido, ha andado entre hombres, ha sufrido problemas dentales y diarreas, abandonos de mujeres y le han empleado en unos cuantos lugares insalubres y deprimentes: Abluciones es el resultado de su periplo o, más concretamente, del periodo que el autor pasó ejerciendo de camarero en un bar de Hollywood. Cuenta la historia de dicho camarero anónimo en los meses que van desde que empieza su historia hasta que ser lanza a perseguir su redención. Sin aspavientos ni terribles plagas: sólo día-a-día, en toda su sedienta rutina e  inescapable pesadumbre cuando se acerca el ocaso. Esa tristeza atroz de las borracheras con angustia y extravío que tan bien conocen todos los que hayan pasado las suficientes horas muertas en un bar, en un periodo paralítico, estancado y desesperante de su existencia.

¿Qué tiene Abluciones que otros alki-losers abatidos en pleno arrebato de confesionalidad no tengan? oigo que me preguntan. Bien, para empezar, está magníficamente escrito, usando un estilo inusual pero cercano y elástico (segunda persona: la voz narrativa se dirige al protagonista cuando habla de él “Ahora tiras de la cadena y…”), y por añadidura empleando unos poderes de observación y una perspicacia a la hora de analizar humanos que son simplemente apabullantes. DeWitt puede ser divertido en un párrafo –como cuando habla del coche “mágico” con el que nunca consigue estamparse ni que le pare la policía, por muy torta que vaya (esto trae a nuestra mente definiciones de la revista Viz como “beer bus”, el autobús imaginario que te lleva a casa por arte de birlibirloque sin que a la mañana siguiente consigas recordar un sólo paso de tu borrachuzo retorno). Pero también puede ser devastador en el siguiente –“te dedicas a escuchar tus propios gemidos y gruñidos, y se trata del ruido más triste y solitario que has oído en tu vida, y una tristeza que parece un telón lastrado con pesas de plomo desciende y te cubre y ahora, sin alcohol ni narcóticos que camuflen la emoción largo tiempo escondida, se adueña de tu cuerpo”. Y asimismo, DeWitt no necesita ser tan extremo para estropearnos el día; son, de hecho, sus apuntes casuales, en apariencia despreocupados, de pequeños detalles de la vida del bebedor-sin-gozo los que se hincan de forma más ardiente en nuestro tejido muscular. Post-its poco aparatosos que el autor incrusta aquí y allá, y que sin embargo acarrean el peso terrible de la verdad más conmovedora: “ahora sabe a ciencia cierta algo que lleva años sospechando, que es que tienes una veta de odio en el corazón y que es una veta profunda y ancha” o “los clientes habituales se tratan con calidez, pero por lo general van y vienen solos, y que tú sepas nunca se visitan en sus casas. Esto hace que te sientas solo y te da la impresión que el mundo en el fondo está lleno de frialdad y de mezquindad”. O qué me dicen del espantoso: “la idea de que seas una inspiración en la existencia de esa chica es una tragedia con todas las de la ley”.

La razón final por la que Abluciones se ha hecho con una plaza de párking de por vida en nuestro corazón es por su intención redentora, que tan pocos novelistas parecen considerar importante. En Abluciones, según va avanzando la trama, crece en el protagonista un deseo imparable de ser feliz, de estar mejor, que se convierte en el motor de su vida: “sientes asco de ti mismo por permitir que tu infelicidad se haya prolongado tanto tiempo y te prometes (…) que vas a intentar ser feliz (…) por muy tonto o infantil que haya sonado”. Y es ese anhelo de escapar de la desdicha y la culpa por haberlo hecho todo al revés, es esa cruzada Plan B que busca brincar del pozo de tormento en que te habías autosepultado, lo que eleva a Abluciones a un nuevo plano de magnificencia. Su inmensa belleza poética, su terrorífica aflicción, su desarmante honestidad, su humor ennegrecido por el sarcasmo, su lenguaje de escalpelo, certero y minucioso, su cándida voluntad de mejorar (mediante la narrativa) la suerte que a algunos les ha tocado, son todo factores que confirman a Patrick DeWitt como uno de los descubrimientos literarios más importantes –en cuanto a literatura vivida y palpitante- de los últimos dos años. Desde El hombre del brazo de oro no leíamos algo tan bello, terrible, trágico, verdadero e importante. Un auténtico triunfo de la honestidad y la pureza en el lenguaje narrativo. Inolvidable, de veras.

Kiko Amat

Prólogo de Kiko Amat para Knockemstiff

Ya está en la calle la novela de debut de Donald Ray Pollock, Knockemstiff, que ha traducido al castellano Javier Calvo -el mejor traductor del inglés al español que tenemos en el país- y publica Libros del Silencio. La novela lleva un extenso y apasionado prólogo de Kiko Amat donde habla de trailer parks, anfetaminas, inbreeding, pollos muertos, esteroides y zopencos, pero también de compasión, empatía, perdición y tragedia de la nada heroica. Y también de La Verdad, la que escribieron Harry Crews, Nelson Algren, Fante, Hubert Selby Jr. y muchos otros; y, ahora, también Donald Ray Pollock.

Pueden descargarse exclusivamente el prólogo en este lugar que les indicamos, pero sería terrible que no compraran la novela y se estremecieran con cada palabra de este gran libro de salmos y lamentaciones working class que es Knockemstiff. Una de las cosas más honestas, impactantes y magníficamente bien escritas que hemos leído en años.

Encontrarán también un fragmento del asunto aquí, en la página de libros (realizada sin afán de lucro) Sigue Leyendo.

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