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Libro del mes (Julio/Agosto 2012): ANTONIO BAÑOS Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal
Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal
ANTONIO BAÑOS BONCOMPAIN
Libros del Lince
En el libro de este mes volvemos a hablarles de economía y política. Pues sí: ¿es que no ven la que está cayendo allá fuera, desdichados? Ahora no es el momento de revisitar a Enid Blyton o Kenneth Grahame, por mucho que nos gusten. Entender lo que está sucediendo se ha convertido en el motor imperativo de esta santa casa, que también es la de ustedes. En entradas anteriores les hablamos de Matt Taibi y su Cleptopía, de Guillem Martínez y su Cultura de la Transición, o de los documentales de Adam Curtis (The century of the self o The power of nightmares). Hoy les traemos el sensacional Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal de Antonio Baños Boncompain. Baños, periodista antisistema y orgulloso heredero de la tradición libertaria, era hasta hace poco nuestro columnista favorito en el desaparecido (asesinado) periódico Público, y ya había dado muestras de su visión preclara en el celebrado La economía no existe (también para Libros del lince). En Posteconomía, Baños expone cómo nos estamos acercando a una Nueva Edad Media (NEM) y cómo la historia ha dado la vuelta entera sobre sí misma, regresando a un periodo pre-humanista, pre-derechos del hombre, donde los factores que regían/rigen las vidas de los hombres eran/son el miedo, el oscurantismo, la sumisión y el vasallaje. Baños utiliza para explicar este genial (y verídico) concepto una prosa belicosa y ágil, llena de humor negro, sabiduría y pop, que tanto te cita a San Pablo, San León Magno o Paul Valery como a Mortadelo y Filemón, Tino Casal, Devo o Moe (de Los Simpsons). Pero sin hacer el bobo, ya me entienden. Sus comparaciones siempre vienen a cuento, no son artimañas ilegítimas para hacerse el “pop” o el posmoderno.
Posteconomía está dividido en tres partes. La primera se centra en la economía como “ciencia desmadrada” que “no explica la realidad, sino que la dicta”. Nos habla de la superburbuja, de la especulación global (la causante de todos nuestros males presentes) y de la aparición de este nuevo tipo de “economía cuántica” o posteconomía. Apunta a los tres “problemas gordos” de la economía (complejidad, causalidad y velocidad) y cómo esta ha entrado en una “función superior: la función de acotar lo posible”. Esto, según Baños, explica que “las acciones humanas que no incorporan rentabilidad en sí mismas se convierten en invisibles: el regalo, lo gratuito, el sexo por placer, el trabajo generoso… En el caso de la generosidad, la compasión o la misericordia, ha sido necesario un cambio de nombre (solidaridad) y un modelo de negocio adscrito (ONG) para hacerlas identificables y valorables. Sólo entendemos las cosas a través de porcentajes y gráficos, de la misma manera que en el Medioevo entendían la realidad natural a través de milagros y maldiciones”. Baños, en otro momento brillante, habla del relativamente novedoso concepto de la “calidad de vida” como un “nuevo y titánico esfuerzo de dotar de valor y transaccionalidad a todo acto vital”.
Una vez comprendida la manera en que funciona el berenjenal de esta economía mística y totalitarista, el autor nos traza ahora los paralelismos entre la Edad Media y nuestra era. De eso trata la segunda parte del libro. Son tantas esas similitudes que a uno le cuesta comprender cómo no lo vimos antes (Baños cita a mucha otra gente que sí alcanzó a verlo, y escribió libros sobre ello). La cosa es a la vez de una complejidad tremebunda y una simplicidad chocante, pero Baños consigue exponerlo evitando tanto los palabros como los lugares comunes. Puesto que esta segunda parte es, en sí misma, una metáfora, es comprensible que Baños abuse de ellas, en el mejor sentido posible: todo se compara a cómo era durante la época feudal. Hablamos de un sistema neoseñorial, basado en vasallajes y servidumbres, en corveas y testosterona y una “niñatización de las élites”, un mundo de brutos nobles (no nobles brutos: queremos decir señores feudales que no sabían hacer la O con un canuto) aislados en castillos protegidos por mercenarios, con una cultura elitista e incomprensible –latinajos- que se mantenía separada del vulgo en abadías fortificadas, y un espacio Mad Max tierra-de-nadie y perro-come-perro entre dichos castillos que solo se pisaba para pedir diezmos o reclutar soldadesca que emplear en nuevas cruzadas hacia tierras desconocidas. Donde la diferencia económica entre castas es/era la más obscena de la historia: los de arriba poseen palacios, joyas y ducados, los de abajo disentería, heno y
una patata con gusano. Un territorio que era autogestionado, en el peor sentido de la palabra (que también existe): villorios con el culo al aire sin más remedio que organizarse, porque la sociedad feudal ni siquiera les consideraba parte del sistema. ¿Les suena? Baños habla del clustering, de la castillificación del hogar, de “la pérdida del monopolio del Estado-nación para ejercer la violencia y la representación política; la multiplicación de los interlocutores y los grados de decisión”, los “hoodies de los suburbios vestidos como Robin Hood en busca de un nuevo anonimato; los estudiantes Erasmus como nuevos goliardos que viajan por universidades pendientes solo del fornicio y el gaudeamus (…) el twitero como nuevo trovador (…)”. Por añadidura, “la comunicación entre personas queda en manos de señores feudales autónomos (Facebook, Google)”, y ya no depende de una red estatal de ferrocarriles o correos. Que cada perro se lama su jopo, en resumen.
La tercera parte es la más corta, porque se centra en iniciativas a nuestro alcance para combatir contra esa NEM. Pese a su brevedad, empero, es una sección primordial del libro. Las vías que Baños propone son insólitas, y sus sugerencias provienen de una voz llena de sensatez, sí, pero que aún siendo sensata es posible que escandalice a muchos izquierdosos de la vieja escuela. Baños propone volverse reaccionario, no revolucionario, pues el capitalismo es un movimiento cinético que se alimenta precisamente de los centrifugados revolucionarios que se van sucediendo en su estómago. “A un movimiento no es razonable oponerle otro movimiento, puesto que hay muchas posibilidades de que, en lugar de anularse, sus dos inercias se sumen (…) Si un revolucionario puede compararse a un toro embistiendo, el reaccionario debe ser como una mula inmóvil, terca y desobediente”. Baños indica que “la retirada del cuerpo, el agotamiento, la pereza y la inacción como protesta son términos fuertemente atractivos. Las cuatro D: Desertar, Desobedecer, Disolver y Descansar”. Reclama la vigencia de ser “anti”, un término estigmatizado por la “plaga progresista”. Baños recurre al antifascismo y al antiesclavismo como pruebas de “ejercicios de descreimiento frente a la evidencia” y el consenso generalizado. El autor sugiere, además, optar por un decrecimiento “autogestionario y antipatriarcal”. Reclama la dignidad de la escuela antisistema y anticapitalista, entendidos como viejas tradiciones de desobediencia que se remontan a los plebeyos romanos del 494 a.C., los Levellers de la Guerra Civil inglesa, los sabotajes luditas en plena Revolución Industrial o tantos otros. “No son tiempos de construir ni de aportar”, sentencia. “Una resistencia, en su definición más eléctrica, se caracteriza por ralentizar e impedir los flujos. Y esa es la función antirrevolucionaria que se nos demanda”. Lo que pide Baños es que volvamos a funcionar de forma procomunista y comunitaria: “Contra la propiedad, usufructo. Contra la competencia, cooperativa. Contra la usura, regalo, y contra el dinero fiduciario, moneda libre”.
Todo esto es, gracias al cielo, lo que hemos reclamado humildemente desde aquí, de La Escuela Moderna a Bendito Atraso, solo que mejor expuesto, y habiendo leído aún más librajos: estrechamiento de lazos comunitarios, gratuidad, rechazo no negociable a la publicidad o la intervención del comercio y “las redes” y, muy importante, desaparición y no-colaboración. No estar en sus foros ni ir a sus sitios, no venderse espiritualmente por una búsqueda de notoriedad o réditos, huir como la peste de las performances políticas y los intentos epatadores de protesta-shock-chic-pop, lleve guitarras o no. En pocas palabras: estar con los nuestros, y atrasarnos en nuestras bodegas. No participar del progreso. Permanecer en nuestras cuevas de ilustración y buenas maneras, como “gente equilibrada” que no quiere participar en su enloquecida y agotadora exigencia de novedad, producción, fidelidad al producto, ambición. Ser un cabestro antisistema en un mundo de fanáticos con el cerebro lavado, de este modo, “se convierte en una postura ponderada, adulta y decente con lo que es el planeta y la felicidad de quien lo puebla”. Se trata, ya lo habrán pillado, de “exaltar el no”. De atrasarse y desobedecer. Cada vez que ellos no pueden enterarse, comprender, comprar o ponerle nombre a lo que hacemos es una nueva victoria. El mensaje no podía ser más atractivo. Háganse ya con este libro. Kiko Amat
(A Antonio Baños le entrevistaremos en septiembre aquí, en Bendito Atraso)


