Entradas con la etiqueta ‘punk rock’

Zurribanda adolescente con purpurina

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

2. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

3. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 13 de marzo de 2013)

Disco del mes (marzo 2013): BLITZ Voice of a Generation

BLITZ

Voice of a Generation

(No Future 1982 / Paoagájuv Hlasatel Records, 2012)

Suelen impactar los dos bigotes. También la supuesta adherencia al culto Oi! y el lugar de origen de la banda: New Mills, un poblacho de Derbyshire. Ahí tienen ustedes el beso de la muerte, un espléndido pastel de tres pisos de prejuicio para los punk-rockers de miras angostas: skins de pueblo con mostachazos. Lo cierto es que Blitz no eran 100% skins, aunque sí de pueblo; y lo de los dos bozos supralabiales es innegable. Ahí están, en todo su frondoso esplendor, para todo aquel que desee contemplarlos. Justo debajo de sus narices.

Pero: Blitz eran un grupo de street punk enfadoso y antistablishment inglés de principios de los 80. Dos punks y dos skins. Pelopinchos oxigenados, felpudos al dos, pantalones lejiados, cruzadas de cuero y bombers. Todos con botas, por lo que pudiese pasar. Citas literarias, las justas. Solían tocar junto a Discharge. Les descubrió Gary Bushell (bautista del Oi! y primer aglutinador del “movimiento”, hoy columnista-populista para el ominoso The Sun), que les recomendó a Chris Berry, de No Future Records. Los dos primeros singles (el EP All out attack y Never surrender) treparon hasta el #3 y #2 de las listas independientes inglesas, lo que no es moco de pavo; y sin promoción de ningún tipo, a lo burro y de boca en boca. Hacia esa época Blitz ya habían intuido que cierto pescao iba a venderse en las gradas del Oi! y el punk eructador-callejero, y (según testifica su ideólogo Nidge Miller –uno de los dos bigotudos- en una entrevista incluida en la hoja interior de esta reedición) los dos punks subrayaron su imagen más skinhead con gran celeridad. No solo eso: tras comprobar que The Addicts conseguían artículos y parabienes gracias a su (harto cómico) look Naranja Mecánica, Blitz no dudaron en disfrazar de drugo a su cantante para una sesión de fotos. Aquello, no falla, les llevó directos a la portada del Sounds de 9 de enero de 1982. La manifiesta cara de incomodidad del cantante, Carl, es inolvidable. Ojos con rímel y todo, pobre pájaro. Pensando: Qué dirán mis amigos, joder.

Sin embargo, pese a las soflamas de Bushell y las participaciones en recopilatorios como el esencial Carry on Oi! (Secret Records 1981), Blitz nunca encajaron del todo en la supuesta escena. Eran (más o menos) de izquierdas y algo más futuristas que sus compañeros de tendencia, eso para empezar. Su evolución podría compararse a la de sus amigos Peter & The Test Tube Babies. Así como otros grupos Oi! se aceporraron y atrincheraron (incluso metalizaron, como los Rejects) más y más según avanzaba la década, Blitz y los Testies se cubrieron con un capote negro y ayudaron a gestar un sonido after/post-punk que a menudo se parecía más a Killing Joke, Crisis o Zounds, incluso ATV, que a The Business, The Last Resort o The 4 Skins. El fuerte de Blitz era el himno punk callejero con coro de gradería, que sí, y desde luego no se trataba de Gang of Four, pero las aristas eran puntiagudas, las sisas tirantes y el aliento amargo. Al igual que harían The Ruts en la escuela del 77, Blitz acentuaron la penumbra y la paranoia de su punk, un punk-rock de guerra fría que no puede esconder la atmósfera de IIIª Guerra Mundial y lluvia de exocets flamígeros que imperaba a su alrededor. Lo que dijimos de The Ruts en una reciente reseña, lo decimos aquí: es imposible escuchar canciones de este álbum y no pensar de inmediato en los primeros grupos de Dischord, de Faith a Minor Threat, y todo el sonido incipiente de Washington DC. La tensión y claustrofobia evidente en la mayoría de cortes del LP les sitúa en una órbita más cercana a Fugazi que a Splodge, si entienden lo que quiero decir. Pero alguna gente no sabe pasar por encima de esas botas y tirantes, bigotes en el bar. Esa es la maldición de Blitz.

No importa: Voice of a generation es un elepé excelente. Tiene la parte bocazas y agresiva y metejumos del street punk convencional, estilo Infa-Riot, pero (como decíamos) mezclada con manía persecutoria, premoniciones de futuros nucleares, música de alambradas. Es un disco con la mosca tras la oreja, muy poco festivo, nada Cockney Rejects. Blitz reían poco, como Harry Crews. La producción está llena de ecos y ambientes casi dub de fondo, y las composiciones se dividen en dos campos visibles: los himnos Oi! y las post-punkis, con algún flirteo proto-hardcore entre ambas zonas. Los himnos son eso: himnos. Salves marineras. Oi-punk bélico, épico, berreable y lleno de emoción, la mayoría con letras sobre compañerismo y unidad juvenil, anti-poder y anti-adultos: “We are the boys”, “Voice of a generation” (ambos títulos podrían estar en un LP de mod revival, si me entienden), “Your revolution”, “Propaganda” (con su parón y batería castrense) la impetuosa “Escape” (que da inicio con un inconfundible aullido de Oi-oi, let’s go!), “Moscow” o la versión de Lou Reed, “Vicious” (de por sí inusual en un álbum de punk arrabalero).

La otra mitad es (¡aleluya!) la que separa a Blitz de sus colegas de generación. Las after-punks. Es Joy Division con puños americanos, eso sí, norteño y frío y violento como una pelea a botellazos en la puerta de un pub de Durham, cráneos rasurados y remaches en las cruzadas y patadas en los huevos. La celebrable dicotomía estriba en la combinación de bajo-guitarra angulosa y manchesteriana con la voz de estibador aficionado a los carajillos, las letras bien bélicas y proletarias, sin alusiones situacionistas ni guiños a pensadores alemanes. Modernismo + pugilato. “Nations on fire”, por ejemplo, empieza con un dub espacioso, lleno de ecos, que luego se transforma en punk speedico. También post-punkean “Warriors”, “Closedown” (prima hermana del “Jinx” de los Test Tube Babies), la perversa “T.O.?” (“What do you think you’re doing / Touching me there?”), “Bleed” o “4Q”, que empieza casi como The Purple Hearts y que al segundo muestra sus verdaderas cartas (4Q = Fuck You). Es una grandiosa combinación.

Voice of a generation llevó a Blitz al #27 de los charts nacionales (no los indies), de nuevo sin promoción de ningún tipo, y les permitió aparecer en el programa de la BBC Nationwide. Oh, Nationwide. Siempre me ha encantado ese metraje. Tras un playback de “New age”, aparece de entre bambalinas un lechuguino con pajarita (como lo oyen) y peinado Simon Le Bon que les realiza la entrevista más faltona, clasista y resabiada que he visto en mi larga y azarosa vida. Y los pobres Blitz allí, aguantando el chaparrón, intentando articular por qué lo de la “voz de una generación”, pugnando por encontrar las palabras adecuadas frente aquella ejecución pública, sin duda pensando en lo que le acontecería al petimetre en su bazo y rótulas si no hubiese una cámara allí.

Los Blitz originales fueron siempre incapaces de separar del todo las dos facetas que les comentábamos, incluso cuando decidieron cambiar de sonido en su single de 1983, “New age” (no incluido aquí, y que saldría fulminado hasta el #2 de las listas independientes). “New age” es sensacional, y ejemplifica la esquizofrenia que aún padecía la banda: deseosos de avanzar, pero anclados al barrio. Como Carlito’s way. Empieza con un Korg, instrumento prohibido en el Oi!, continua con una batería electrónica, y la letra arranca con palabras hermosas: “When I hear…. the sound of concrete and steel / I sense a rhythm, that science can’t feel”. Y justo cuando ya estás a punto de cambiarles de cubeta viene el estribillo: “And the kids on the street / And the kids everywhere / And all I gotta say is the kids don’t care”. Es bonito. Es como un ex-gánster redimido que ha jurado no volver a dañar a nadie, pero de golpe un día los malos le ponen entre la espada y la pared y estalla y crea gran dolor. Es irónico, precisamente por eso, que los fans se sintieran traicionados por “New age”. En el fondo, se trata de los Blitz de siempre, un poco más lúcidos en lo lírico y tras comprar un sintetizador de segunda mano, quizás se aplicaron un poco de sombra de ojos, quizás el cantante llevaba una camisa a lo Visage, pero el mostachón de Nidge seguía allí detrás, como una ancla de permanencia y una declaración de principios. Jorobando cualquier posibilidad comercial futura. La modernización de su sonido es una repintada de pared donde se sigue viendo el grabado faltoso original. Un camuflaje fallido.

Tras “New age”, Blitz partieron peras, y la mitad que continuó con el nombre original (Carl fue su impulsor, tal vez aún furioso tras la tremenda humillación del sombrero hongo) transformaría su estilo –esta vez de veras- en el single “Solar” y el álbum Second Empire Justice (1984) pasándose a lo loco a un sonido medio New Order medio A Flock of Seagulls que, ese sí, sentó como un tiro a sus seguidores de siempre. Y con razón. Nidge Miller continuaría durante años con el grupo Rose of Victory, todo badanas y camisetas sin mangas (incluso así alcanzaron a grabar algún tema digno, como el inspirado instrumental “Overdrive”), re-reunió a Blitz en los 90 y moriría en el año 2007 en un accidente de tráfico. Esta oportuna reedición nos recuerda por qué Blitz fueron de lo mejor de su quinta y género, aunque jamás, nunca jamás, vayan a aparecer en los libros sobre post-punk (de Simon Reynolds). Kiko Amat

Alternative TV: rebeldes entre dos tierras

Mark Perry fue el punk rocker discrepante. El raro del movimiento, el que aguó la fiesta. Su primera crítica de los Sex Pistols para Sniffin’Glue ya era negativa. En su banda, Alternative TV, hizo lo opuesto a lo que todos esperaban de él, alienando a la prensa y confundiendo a las bases. Kevin Pearce dijo: “Más que ningún otro, Perry personificaba el punk rock. Era todo cambio y riesgo. Era fascinante y frustrante, enigmático y errático”. Perry fue uno de los pocos que entendió que el punk debía escapar de las “complicidades de la normalidad” (Alberto Moravia), pero que esa anhelada anormalidad no implicaba lapos o pelopinchos. Perry era misterioso y normal a la vez, antagónico, desconfiado. Su rareza, su espíritu contendiente y anti-rock, son de los valores más inspiradores del punk. Un tipo dispuesto a enfrentarse a sus contradicciones para emerger en versión mejorada.

Mark Perry trabajaba en un banco cuando escuchó a Ramones y vio en directo a Sex Pistols. En julio de 1976 dejó su empleo y se lanzó a producir el legendario Sniffin’ Glue. Desde sus páginas, Perry (nom de punk: Mark P) fue el primero en dar la lata con la autogestión, y uno de los que más lamentaron que The Clash firmaran para multi. En sus páginas también cargó contra la intrascendencia  y los eslóganes vacíos. Un chascón en medio de la fiesta de los maniquíes. Cuando Sniffin Glue alcanzó los 15.000 ejemplares, Perry finiquitó el fanzine, en un gesto de inspirador suicidio que le asemeja a Weller, Godard, Rowland y otros ilustres cabezotas.

A finales de 1976 aparece el escocés Alex Ferguson (después en Psychic TV, y productor para Postcard Records) y forman Alternative TV. Desde el principio, Ferguson era el anclaje beat, la visión pop, Perry la vanguardia y lo incierto. Juntos crearían el sonido angular de ATV, su arista de pop cambiante. Anunciaron que estaban más cerca de “Can o sonidos reggae”, que del ruido sixties de Generation X o Clash. La lista de discos que sacaron bajo el nombre de Alternative TV es un manual de “Cómo confundir a tu audiencia”. Primer bajón: el debut en flexi (“Love lies limp”) no habla de chicos airados o esnifar cola, sino de disfunción eréctil.

La dicotomía del primer año fue derivar hacia el avant-garde en directo, pero continuar sacando singles de punk rock típico. Atrapados entre dos vías. “How much longer” / “You bastard”, su segundo 7”, era punk temprano, pero salió a finales del 77, cuando el grupo ya había declarado su hartazgo del sonido (Perry había echado a Ferguson y fichado al experimental Dennis Burns). Si les juzgáramos por sus dos sencillos de 1978, “Life after life” y “Action Time Vision” (ambos en Deptford Fun City Records), ATV no parecen tan distintos del resto de grupos: un reggae-punk con cara B dub y un himno punk-mod de manual (de Ferguson). Pero a estas alturas, ATV ya estaban haciendo el rarito: un tema típico de su repertorio, “Alternatives”, consistía en dejar el micrófono abierto para la audiencia y, al final, un spoken word de Mark P declaraba que el punk era un fiasco. También tocaban oberturas semi-prog con Moog (“Red”, copiada de Black Sabbath) y una cosa abstracta llamada “Vibing”.

El primer LP, The image has cracked, ejemplificaba la tensión. Incluía los pildorazos Fergusonianos y los mencionados freak-outs. Más mensajes cismáticos: en la portada, Perry aparecía con sus discos favoritos: Love, Zappa y Beefheart. A mitades del 78 Perry rompía otro tabú, afirmando que le parecía una bobada el odio al hippie. Del dicho al hecho, Perry rehúsa seguir tocando en clubs y se une a la gira de Here & Now, comuneros acólitos de Gong. ATV terminan tocando en Stonehenge y sacan un split LP con aquellos. El penúltimo sencillo de ATV aparecería bajo el epígrafe Nostalgia Series, y recopilaba la canción del flexi con una demo (“Life”) que el grupo había grabado para EMI en 1977. Humor de triple filo: presentar el punk de 1978 como nostalgia, hacerlo con una demo grabada en multi, y encima cantar: “La vida es tan maravillosa como hacerse viejo / La vida es tan maravillosa como un resfriado”.

El último single “The force is blind” (1978) era intenso y melancólico post-punk, pero a finales de año ganaba el lado raro: las amarras pop se soltaron definitivamente con el siguiente LP, Vibing up the senile man, un álbum de música concreta, cut-ups, espacios ambient, dub blanco y free jazz. “Vibing up… iba sobre mi vida: extraña, austera y a menudo embarazosa”, diría Perry años más tarde, “Creí que la gente apreciaría mi honestidad, pero la mayoría lo rechazaron”. El espaldarazo de su audiencia obligó a Perry a cambiar el nombre del grupo para seguir tocando sin interferencias. The Good Misionaries y The Reflections continuaron donde acababa Vibing up… e incluso llegaron a sacar discos excelentes, acompañando a The Pop Group en directo. Pero Perry estaba cansado de empujar la piedra cuesta arriba y disolvió la banda en 1979. ¿Su antepenúltima contradicción? Re-reunir al grupo en 1981 (con Ferguson) para un sensacional LP de pop dislocado en IRS. Una vez hecho el álbum, Perry abandonó la música y pasó a vender periódicos en un kiosko. Más Vic Godard que Vic Godard.

3 DISCOS

The image has cracked (Deptford Fun City, 1978)

Dos mundos en uno, para descorazonar a los menos ambiciosos. Los punks se dan a la fuga ya con la mentada “Alternatives”, una apertura de álbum de diez minutos en directo con micrófono abierto, una pelea en el público y extenso discurso de Perry contra los grupos punks que aparecen en televisión. Los pocos punks que queden en pie tras la escucha se verán recompensados con las piezas más obvias: “Action Time Vision” (The Creation se topan con los primeros Subway Sect), “Why don’t you do me right” (cockney’n’roll a lo Slade, con lírica pop sobre amoríos) y “Good times” (que casi podría ser de Cockney Rejects). Pero entonces entran “Still life” (que predice todo el sonido Factory y Joy Division), “Nasty Litle Lonely” (que explica toda la carrera de Fugazi) y “Splitting in two” (que admite la influencia de V.U. y Stooges). Entre las crestas cunde el pánico.

Vibing up the senile man (Deptford Fun City, 1979)

A su lado, el anterior LP parece merseybeat. Perry busca aquí conservar la ética punk, pero destruir las restantes barreras del género. Las influencias del disco son John Cage, Burroughs, el Michael Nyman de “Decay music”, dub. La temática es conceptual. Suena raro y poético, como algo salido de Fluxus. La experimentación parece forzada a ratos, pero no carece de emoción ni momentos. La pieza más “pop” (ni de coña) es “The radio story”, que Perry admitió buscaba ser New York como Suicide o Patti Smith. Dura siete minutos. Hay un mal viaje en “The good misionaries”, también siete minutos de aullidos y letra laberíntica. “Facing up to the facts” usa dos pianos y un bajo para conseguir un efecto de terrible melancolía. ¿La crítica? Sounds le clavó un cero patatero, pero Paul Morley del NME (que siempre ha sido algo pomposón) se hizo fan.

Strange Kicks (IRS, 1981)

Mark Perry regresó a la música dos años después de descabezar su proyecto. Él mismo admite que fue una manera de reclamar la atención de su manager, Miles Copeland (ya concentrado en el triunfo de The Police), y decirle: “también podemos hacer un disco pop”. En efecto, podían. Perry se une a Ferguson y vuelve a emerger lo mejor de su simbiosis: rareza + contención pop = grandes discos. Strange kicks está lleno de hits de todos los colores: hay tambores Adam Ant, palmas, bajo pulsante y coros o-o-o-oh en la himnal “The ancient rebels”; music-hall futurista, como The Kinks entrando a todo trapo en los 80’s, en “Strange kicks”; frágil pop clásico que anticipa a Pulp en “Mirror boy”; synth-pop primigenio a lo The Normal (que también debutaron en 1980 con “Warm leatherette”) en “Communicate”. Una despedida como debe ser, y un álbum a recuperar.

La canción

Action Time Vision” (7”, Deptford Fun City 1978)

Es de suponer que a Perry le agradaría ser recordado por “The good misionaries”, pero: mala suerte. Aunque no sea la más experimental, esta es su canción más inspirada. Y de año cero, nada. Los cimientos están claros desde el primer riff: mod feedback a lo Who/Creation, cantado con acento mascado del East End y lanzado desde una nueva catapulta punk rock. “Action Time Vision” ostenta una letra de chocante simplicidad, y en apariencia trata de definir el sonido de ATV. Es como un himno nacional monosilábico: “A is for Action / T is for Time / V is for Vision / And the four boys crack in ATV”. Mucha gente la ha versionado, tanto mal (Sham 69) como de rechupete (Thee Mighty Caesars/Headcoats). Una gloriosa baraúnda en dos minutos, treinta y dos segundos.

Vida después de la vida (en ATV)

La deserción de Mark Perry/ATV en 1981 no iba a quedar así. Algunos no permitieron que el punk más inspirador (junto a Vic Godard) se fuera de rositas. Y además, el final había sido demasiado amargo: el NME (siempre presto a provocar suicidios, como buen artefacto sensacionalista) publicó un artículo sobre los perdedores del punk, informando al mundo de la reciente situación kioskera de Perry. La humillación no le sentó nada bien al ex-músico, pero por fortuna ATV estaban a punto de ser redescubiertos por una nueva generación algunos años más joven.

En 1984, como dictan la lógica y la justicia pop, Alan McGee -entonces visionario de un nuevo mundo mod-punk psicodélico en su incipiente sello Creation- invitó a ATV para tocar algunas noches en el club The Living Room. Los 80’s creation kids (fans de Felt, The Jasmine Minks, The Claim…) descubrirían así a la banda, y ATV (junto con Vic Godard) se convertirían en una nueva inspiración espiritual y estética para el pop venidero.

Entrados los años noventa, baluartes de la independencia americana como Fugazi y Sonic Youth admitirían también la influencia del grupo, y ATV acabarían compartiendo escenario con ambos grupos a lo largo de la década. Hacia aquella época, Perry todavía se negaba a practicar tipo alguno de revival, y solo tocaba canciones nuevas. Incluso formó un nuevo grupo (The Long Decline) junto a Vic Godard. Bien por él.

Aquello cambió cuando los nacientes festivales de nostalgia –punk, en este caso- empezaron a invitar a Alternative TV, y Perry descubrió lo divertido que podría ser volver a tocar el repertorio de 1978 (“You bastard” incluida). Nuestro hombre se ablandó, en efecto, pues ya tenía edad para mostrar blanduras. Cuando yo les vi, en un punk alldayer de 1996 que se celebró en el The Forum de Kentish Town (junto a Peter & The Test Tube Babies, 999, Sham 69 y The Damned, entre otros) la mitad de la audiencia (las crestas) miraba al grupo con completa incomprensión y ocasional asco: todos aquellos ángulos eran aún demasiado agudos. ATV eran el único grupo del cartel que no sonaba a vodevil, sino a grupo nuevo de Dischord (de hecho, ya sonaban así mucho antes de que Dischord fuese fundada). El odio de aquella audiencia natural siempre será para mí la mejor prueba de lo avanzado de su sonido.

CRONOLOGÍA

1976

Mark Perry (editor de Sniffin’ Glue) y Mark Ferguson forman Alternative TV. Empiezan a ensayar en los estudios de Genesis P. Orridge.

1977

Debutan en el Notthingham Punk Festival. Aparece su primer flexi, de regalo con Sniffin’ Glue #10: “Love lies limp”. Aparece su single “How much longer” / “You bastard” en Deptford Fun City. Perry funda Step Forward Records junto a Miles Copeland. Graban una demo de 4 canciones para EMI, que les rechaza por “demasiado políticos”.

1978

Alex Ferguson es despedido. Entra Dennis Burns. Se publican los singles “Life after life” y “Action Time Vision”, y el LP The image has cracked. Publican un split LP con Here & Now (What you see is what you are) y tocan en Stonehenge. Aparece su segundo álbum, Vibing the senile man.

1979

Se disuelve el grupo. Perry continua tocando en The Good Misionaries y en el dúo experimental The Door & The Window.

1980

The Good misionaries sacan dos álbumes. Aparece la recopilación de singles Action Time Vision, que incluye una cara B con “Vibing” y otros temas experimentales.

1981

The Reflections, otro de sus grupos paralelos, editan Slugs and Toads. Se resucita a ATV para el elepé Strange Kicks, compuesto junto a Alex Ferguson.

1982

Mark Perry abandona la música y entra a trabajar en un kiosko de Waterloo Station.

1984

Alan McGee reúne al grupo para su club, y ATV son redescubiertos por una nueva audiencia. Se seguirán reuniendo esporádicamente hasta nuestros días.

CITAS

“No vamos a empezar a tocar en el circuito de clubs con todos los demás. (…) Todos esos lugares son el beso de la muerte, y te transforman en una mierda estéril”

Zigzag, 1977

“Queremos que ATV no sea un grupo, queremos huir de ese nombre y solo hacer música. No queremos tocar más en directo.”

Dennis Burns, Jamming, 1978

“Nunca he tenido miedo de a) Hacer el ridículo o b) Contradecirme a mí mismo. En Sniffin’ Glue cambiaba de idea a menudo, y a finales de 1978 ya sentí como se abría una zanja entre el punk y yo”

Jamming web, 2001

“A partir de ahora, ya podéis borrarme de todos vuestros manifiestos y listas. ¡Yo soy yo!

Cuando hacíamos freak-outs todo el mundo pedía “You bastard”, y cuando tocábamos punk todo el mundo quería “Vibing”. ¡Bueno, ahora ya no estoy tocando nada, así que callaros!”

3/2/82, citado en Something beginning with O, de Kevin Pearce

“Si te fijas en ATV, nuestra carrera resume la evolución de un grupo que haya estado quince años en activo. Nosotros lo comprimimos en un año”.

Jamming, 2001

“Aún considero Vibing up… un álbum punk, porque fue hecho por un grupo punk. Da igual si lleva violines. La actitud era lo importante, y estaba allí. Nunca he considerado que el punk fuese un estilo, como la psicodelia inglesa. Era más una decisión que tenías que tomar”.

Jamming, 2001

(Todas las citas de Mark Perry excepto la especificada)

Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en la sección Revisión de la revista Rockdelux #314 de febrero del 2013)

Harto de todo: Hardcore Barcelona

Jordi Llansamà, fundador del pionero sello BCore, recoge en Harto de Todo: una historia oral del punk en la ciudad de Barcelona 1979-1987 todo lo que merece la pena saber sobre el inicio del punk y el hardcore en la Ciudad Condal. Su libro (contrastado, veraz, exhaustivo) marca un antes y un después en la investigación subcultural de los cultos juveniles post-franquistas en España.

La escena punk barcelonesa nunca ha sabido vender bien sus gestas subculturales, sus héroes y batallas. Siempre ha existido un miedo a parecer presuntuoso, una moral no escrita basada en la humildad y el quitarle hierro a todo, como si aquello (el inicio del punk y el DIY, la construcción de una subcultura no-dependiente del comercio y las corporaciones) fuese solo una feina que sus protagonistas realizaron sin intenciones fraudulentas ni ambiciones carreristas. No hay más que comparar la cantidad de celebridades y star system que generaron el punk madrileño y el barcelonés para ver que no se trata de dos versiones distintas de una misma subcultura, sino dos concepciones radicalmente opuestas desde su gestación.

Hasta hoy, la historia de esta nueva cultura se conservaba sólo de forma oral. Al margen de los fanzines y discos del momento, no existían documentos escritos que registraran su trayectoria; y cuando estos aparecían, se trataba de obras en extremo amateurs y poco elevadas, indudablemente punks pero caóticas y sin ambición historiadora. Harto de todo, de Jordi Llansamà, viene a cambiar todo esto, y encima lo hace de manera gigante. Su trabajo es una monumental faena de investigación completamente inaudita en nuestro país, y el resultado un libro excepcional que no canjea pasión por erudición, sino que exhibe ambas, y encima usando las voces de los implicados.

Esta ciudad se merecía su Hardcore California, su Por favor mátame, su England’s dreaming o su Banned in DC en versión local, y finalmente ha llegado. Harto de todo: no sólo el mejor libro sobre el punk escrito en España, sino el mejor documento sobre una subcultura jamás publicado en nuestro país.

Escena y actitud

La moralidad dentro del punk era intocable. Los punks tenían una falsa moral, no podías enseñar una teta o provocar porque te tachaban de cualquier cosa. Silvia Resorte

Algo que influyó al punk fue que estábamos en España. La tradición del alcohol y la cultura de fumar. La gamberrada tiene un toque humorístico, lisérgico, surrealista, tamizado por un uso importante del hachís. Aquí se producía una combinación bastante curiosa que surgía de la chispa del surrealismo andaluz (…) metida en la mente de unos jóvenes con un espíritu y unos ideales de hacer cosas de otro mundo. Cirera (Frenopaticss)

La relación entre los punks de esa época era muy dura. Éramos colegas, pero no te podías fiar de nadie porque había mucha mezcla de lo que era punk y lo que era delincuencia juvenil. Y todo asociado al consumo de drogas. No había nada establecido sobre lo que era punk. El que más punk era igual era el que más bestia era, el que pegaba más palos o el que era capaz de hacer más el gilipollas. Panko (Último Resorte, Attak)

Los principios del punk fueron muy garrulos, porque para uno que había con ideas había diez que eran destroyers. No es como ahora, que el movimiento se ha hecho más inteligente. Se venía del franquismo y de la represión, el punk auténtico era cholo. Cuando pensabas en punk no pensabas en una cresta y tachuelas. Eso sólo lo podían tener los privilegiados que se podían permitir el lujo de viajar a Londres. Dimony (Attak)

Madrid-Barcelona

En aquellos momentos teníamos buena relación con Alaska, Ana Curra, etc. Pero todo se fue al garete por unas declaraciones que hice en una revista que decían: “Mis muñequeras son para pegar y las de Alaska son de adorno”. Silvia Resorte

Con la gente de Madrid (Alaska, Parálisis Permanente…) existía una relación amor-odio. A veces se dejaban caer por Barcelona o nosotros visitábamos Madrid, pero no les gustaba demasiado nuestro rollo callejero y de movernos por El Chino. Cirera (Frenopaticss).

Punk de escaparate. Así llamábamos sobre todo a las cosas que nos llegaban de Madrid. Aunque en Barcelona la relación entre la peña fuese más dura, el movimiento era más social, más radical, más antisistema. Panko (Último Resorte, Attak)

Violencia

La gente habla de palizas y yo recuerdo solamente empujones. A los mods no los podías apalizar porque cuando levantabas la mano ya estaban a diez metros. Quique (Skatalà)

Recuerdo un concierto de Frenopaticss donde me dieron una paliza en que casi me matan. Fue una pelea con los garrulos del bario. Todos los punks se rajaron y salieron por patas, y a mí me dieron una tunda casi mortal. Xavi Shock me tuvo que meter cuatro picos de morfina en una pensión de Portal Nou. Si hubiera nacido en Madrid sería más famoso que el coño de la Bernarda. Dimony (Attak)

Tocamos en el Rock-Ola de Madrid. Sólo pudimos tocar cuatro temas, porque al dar el primer acorde la gente nos empezó a escupir, en especial a Silvia, que parecía un árbol de navidad. Además la tiraron al suelo y le arrancaron la camiseta. Me puse de los nervios y le tiré el pie de micro a un tío a la cabeza, y a algún otro le aticé con el bajo. Al final acabamos todos en comisaría, sin cobrar y con una demanda por destrozos de parte de la sala. Juanito (Último Resorte, GRB)

Yo estaba peleado con el punk desde sus orígenes, porque viví muchas situaciones de violencia: Xavi Shock cogiendo a chavalas por la calle y cortándoles el pelo, gente que cuando necesitaba dinero iba a las Ramblas y pegaba pequeños palos y volvía con chupas robadas (…) Muchas peleas, botellas partidas en la cabeza, etc. Strong (Último Resorte, GRB)

Sonidos punk y mutaciones hardcore

La gente sonaba a punk rock, utilizaba riffs de rock’n’roll, y nosotros empezamos a hacer un punk mucho más acelerado y agresivo. No era hardcore, pero era más rápido y distorsionado: un sonido más como los Dead Kennedys o incluso Discharge. Dimony (Attak)

El hardcore tuvo un día decisivo en Barcelona y fue la actuación de los MDC. En la prueba de sonido ya estaban regalando singles (…) llevaban skateboards -no sabíamos ni qué eran- y sus seguidores se sabían las letras de pe a pa. Además, eran vegetarianos e iban todo el día comiendo verduras crudas. El primer choque cultural fueron las hamburguesas que les habían preparado en el Fantástico. Evidentemente, no cenaron. Silvia Resorte

La mayoría de bandas como Resorte o Kangrena sonaban más a Ramones, The Exploited o Plasmatics. Nosotros ya hacíamos una especie de hardcore bastante radical para la época. Hacíamos un punk disonante y muy rápido, más como Discharge o GBH. Ya pasábamos del sonido de Pistols o Ramones. Manel (Attak, Shit S.A., Anti/Dogmatikss, Skatalà)

La evolución del punk al hardcore la vivimos en nuestra propia carne: me acordaré siempre del día en que llegó el primer LP de los Dead Kennedys al Texas, el bar donde quedábamos normalmente. Nos quedamos a cuadros. Oír aquellas canciones, con aquella duración, fue una locura. Medio minuto y empieza otro tema (…) Para mí hay un antes y un después. Ángel (Frenopaticss, GRB)

Cuando vinieron los MDC las cosas cambiaron radicalmente, primero porque vimos una actitud más politizada, más radical; una estética menos llamativa que la que llevábamos hasta el momento heredada del punk pero agresiva y muy de calle, y sobre todo por el sonido. Yo, que tocaba la batería y creía que tocaba rápido, cuando vi a los MDC dije: “¡Coño, esto es impresionante!”. Boliche (Subterranean Kids, Frenopaticss, Shit S.A., Tropel Nat).

Luego llegó el hardcore, que era un poco más creativo y constructivo. Nosotros no éramos demasiado panfletarios o políticos. Aunque en la maqueta hay una declaración de intenciones, hablábamos de lo que veíamos en la calle. El rollo panfletario y alternativo a veces pude ser demasiado fofo. Nunca he soportado el rollete hippie-punk. Mimo (Subterranean Kids)

Drogas punk

Nuestra droga era la anfetamina. Cada día antes de empezar un ensayo íbamos a la farmacia y pillábamos Bustaid y Maxibamatos. Evidentemente, necesitabas receta, pero entonces era fácil falsificarla. Íbamos colocadísimos, lo mínimo que nos metíamos eran diez pastillas de Bustaid al día. Silvia Resorte

Cuando entró el caballo eso sí fue un palo gordo, porque ver a la gente que formaba el movimiento punk tope espitosa, y después quedarse así, con la cabeza para abajo y medio zombies… Fue la decadencia. Dimony (Attak)

Nosotros nos metimos en el caballo a través de los RIP. Carlos, el cantante, fue el primer tío que me metió un pico de caballo por la vena (…) Yo no sabía que ellos iban de heroína (…) les veía muy tranquilos y tampoco tenía mucha idea de los efectos que producía (…) Estuvimos enganchados a la heroína entre 1983 y 1990, el año en que murió Manolo de sobredosis. Murió aquí, sobre mis piernas. Kike (Kangrena)

La concepción del caballo para alguien como yo, que venía de un barrio obrero y de una familia obrera, es que era pijo. La gente de la escena que lo consumía venía de otras clases sociales más acomodadas. Para ellos era la marca para convertirse en una leyenda: “Me meto caballo”. Mike (Último Resorte, GRB)

Punk rock changed his life: Al habla con Jordi Llansamà

Cuéntanos por qué la historia empieza en Último Resorte y no en La Banda Trapera del Río. ¿Es una decisión moral o estilística?

Porque para mi Último Resorte son la primera banda punk de Barcelona. La Trapera podría ser Proto-Punk o Rock Macarra, pero no punk. Me pasa lo mismo con Stooges o Dictators, etc. Para mi punk son los Pistols. El punk lleva chupa de cuero, tachas y los pelos de punta, aunque casi paralelamente aparecieran bandas con menos peso estético pero de similar actitud a las que también considero punk.

¿Con qué dificultades te encontraste a la hora de hablar con los implicados?

En general con pocas, ya que a muchos de ellos les conocía personalmente o teníamos algún amigo en común. El trabajo más duro de investigación fue encontrar a Kike de Kangrena, quien llevaba desaparecido décadas. Encontré una pista en internet por una baja de trabajo del Ayuntamiento de Masnou. De ahí conseguí su dirección y le envié una carta ordinaria. Con esa pista y a través de un conocido de Boliche acabé por dar con él en Masnou.

¿Hay alguien que lamentes no haber podido incluir en el texto final? ¿Desechables?

Estuve investigando para encontrar a “Chema Campeón”, que era el portero y regidor del Zeleste durante esa época y seguro que nos podía explicar cosas interesantes y desde otra óptica. Sobre todo porque los grupos trataban con él a la hora de montar los conciertos, etc. Luego se han quedado en el tintero entrevistas como la de Ernest Casals de Flor y Nata Records, el Conan de Mensakas, etc., pero tuve que decidir poner fin en algún momento o no lo hubiera acabado nunca. Lo de Desechables fue un error informático. Quedé con Tere y estuvimos conversando, pero tuve un problema con el archivo de audio y, aunque lo intenté de nuevo en diferentes ocasiones, nos fue imposible volver a quedar.

¿Por qué el fin en 1987? ¿En cuanto a implicado, qué echas de menos de aquellos años? ¿Qué crees que ha empeorado y qué ha mejorado, comparando con el punk/HC actual?

Porque a partir del 87 el punk-hardcore deja de ser un movimiento marginal o estrictamente escenero y empieza a ser absorbido por los universitarios o chavales de clase media-alta. Aparecen las primeras bandas de hardcore melódico y el sonido empieza a comercializarse. Los punks ya no son gente de la calle o de barrio, son chavales con más medios, menos compromiso y las temáticas de las letras son más banales. Personalmente creo que no tiene tanto interés. Lo que más se echa de menos es la espontaneidad, la falta de pretensión y el cabreo. Creo que ahora la gente está demasiado domesticada. Evidentemente el panorama musical actual es mucho más rico y el acceso a la música y la cultura en general es mucho más fácil. Lo difícil en esta jungla de sobreinformación es separar el grano de la paja.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en la revista Rockdelux #294, abril del 2011. Las imágenes son, por orden descendiente: Shit SA, Zeleste 1985, Manel y Wells. Foto: Arturo Xalabarder; Kangrena: Manolo, Jhonny Sex, Quoque y Kike. Foto: Archivo Yuju; Joni Destruye, de Epidemia. Foto: Archivo Meme; Jordi Llansamà. Foto: Ivone Lesán)

Harto de todo: amanecer punk

Subcultura Jordi Llansamà documenta con mimo investigador el periodo inicial del punk en Barcelona (1979-1987) en Harto de todo, un trabajo minucioso y emotivo que plasma mediante historia oral el verdadero underground urbano de los 80’s.

A la gente se le olvida lo grises que fueron los setenta españoles. Comparados con el mundo tecnicolor (y privatizado) de la Barcelona de hoy, con esas aulas que parecen anuncios de Benetton y la rua incesante de gente cool por nuestras calles, la Ciudad Condal de entonces se antoja un lugar en perpetua penumbra, borroso con interferencias de televisor portátil; un páramo de convención, miedo, abulia e inexistente cultura juvenil. Y, sin embargo, como en los continentes inexplorados del XIX, aquello no era óbice para la existencia de múltiples focos virales de entusiasmo adolescente y furia creadora. En aquella ciudad podrida pero sin domar nació el punk barcelonés de 1979; otro mundo virgen y secreto, aún por hacer.

Harto de Todo de Jordi Llansamá narra con entusiasmo y, asimismo, gran maestría un periodo que, por urgencia, inocencia y pasión, puede compararse a los 60’s británicos: el lugar donde empezamos, que diría William Golding. De la plastilina verde-ocre del marasmo post-franquista empezaron a surgir héroes, batallas, narrativas y, especialmente, una auténtica avalancha de bravos y ruidosos grupos: Último Resorte, Attak, Shit S.A., Kangrena, Sentido Común, Frenopaticss, L’Odi Social, GRB, Subterranean Kids, HHH, Skatalà y más. Y han leído bien: antes he dicho héroes. Porque la bravura que implicaba ir por la calle vestido de punk en el periodo documentado sólo puede ser tildada de heroica. “Yo creo que hemos sido más punks aquí que en Londres”, declara en el libro Dimony, entonces batería de la banda Attak, “En Londres era una moda, estaba apoyada por una tienda y por alguna tendencia. Aquí llevando esas pintas te jugabas el físico diariamente, aparte de que ya tenías claro que acabarías un par de veces al día, como mínimo, en la comisaría”.

El propio Dimony, uno de nuestros soldados desconocidos sin monumento, expone también la gran diferencia identitaria entre la nueva ola condal y la madrileña: “En el centro de Barcelona se empezó a formar realmente un movimiento que en mi opinión fue mucho más auténtico que el de Madrid, porque allí tuvieron el apoyo político de Tierno Galván. Fíjate en la cantidad de grupos que salieron de Madrid. Pues aquí había los mismos grupos o más, pero nunca tuvimos ningún tipo de apoyo”. En la capital española, la avalancha de imperdibles tuvo un componente pop del que careció por completo el punk rock condal. O, como declara Llansamà en su emotivo prólogo: “Este libro no es un homenaje, es una afirmación. El punk existió en Barcelona, y existió totalmente al margen del negocio musical, de la prensa y la farándula. Aquí no posamos para salir en la foto. Aquí se vivió con todas sus consecuencias”. Comparar el punk condal con el madrileño es como comparar la insurrección sindical de SEAT en los setenta con la caputxinada. En Madrid, la clase artística y cultural se alineó con las aspiraciones artísticas, la movilidad social y las –sin duda espléndidas- canciones de la nueva ola filo-punk (Pegamoides, Paraíso, Radio Futura…). Barna, por el contrario, era Amanecer Zulú: los punks estaban dejados de la mano de Dios, y no hace falta decir que la mayoría de escritores, comixeros y fotógrafos de la élite contracultural presenciaron el brote punk con un rictus de asco-terror en sus caras, como si se tratara del “enemigo interior” (que diría la Thatcher). Ese patente abandono inoculó en nuestro punk un espíritu de guerrilla que lo radicalizó al máximo, subrayando aún más las diferencias con su primo madrileño: según se popizaba allí, aquí se avanzaba hacia el hardcore; según se tornaba apolítico allá, aquí gestó el inicio del movimiento squatter, las movilizaciones anti-OTAN y la militancia antifascista.

Llansamà relata esta epopeya teen de la única forma en que puede hacerse: prescindiendo de sociólogos y musicólogos, y hablando en exclusiva con los protagonistas. Son ellos y sus coloridos nombres (Boski, Panko, Boliche, Dimony, Gos, Poly, Damned, Strong…) los que edifican esta historia oral, con todas sus drogas, fanzines, caídos, bares y locales de ensayo. Y su historia se lee como un poema épico de autosuficiencia, rebeldía y testarudez ante la derrota. Harto de todo, hay que decirlo, no es sólo el mejor libro sobre el punk escrito en España, sino el mejor documento sobre una subcultura jamás publicado en nuestro país. No olvidarán su lectura.

La otra novedad punk: Que pagui pujol

Uno de los entrevistados por Jordi Llansamà durante la recopilación de testimonios de su libro fue el editor del fanzine NDF, Joni Destruye. Fue aquella conversación la que inoculó en el entrevistado el ansia de contar su versión, y el inmediato resultado fue Que pagui Pujol!; una crònica punk de la Barcelona dels 80. Su libro es distinto de Harto de todo por varias razones: Que pagui pujol no pretende ser otra cosa que una visión privada, relatada con emoción y candidez, de la primigenia experiencia punk barcelonesa y su evolución. Su estilo es fragmentario, casi como un monólogo inconsciente, y el autor salpica en el texto recuerdos de infancia, familiares y de escenario en la cronología. Está lleno de ideas y reflexiones acertadas, pero no puede verse como (ni trata de ser) un intento de visión unitaria y archivista de la historia punk condal. En ese sentido, Que pagui Pujol puede tomarse como el complemento de Harto de todo, pues al margen de lo ya comentado, incide en áreas donde el libro de Llansamà no pretendía adentrarse (las manifestaciones, la okupación); a su vez, el trabajo de Joni D. ofrece mucho menos punk rock, drogas o uniformes que Harto de todo, con la meticulosa exposición de evolución sonora y metamorfosis tribal de este último. Cada uno en su casa, pues, y punk en la de todos.

Kiko Amat

Harto de Todo: una historia oral del punk en la ciudad de Barcelona 1979-1987

Jordi Llansamà

BCore Books

634 págs

Que pagui Pujol!; una crònica punk de la Barcelona dels 80

Joni D.

La Ciutat Invisible Edicions / Hace Color

188 / 191 págs

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 27 de abril del 2011. Las dos fotos que incluímos aquí son un insignificante aunque sublime ejemplo del maremoto de material gráfico -en su gran mayoría inédito- que inunda las páginas de Harto de todo. La primera muestra a Rosa y Strong, ambos de Último Resorte (foto: Nuria Delgado, archivo Strong), y la segunda está protagonizada por Panko, de Attak, en directo en El Garatge de L’Hospitalet (foto: Arturo Xalabarder). Próximanente publicaremos aquí el otro artículo escrito por Kiko Amat sobre Harto de Todo, en este caso para la revista Rockdelux, con un sinfín de fragmentos escogidos del libro, así como una mini-entrevista con su autor, Jordi Llansamà)

Disco del mes (marzo 2011): THE NEIGHBORHOODS The high hard one (Restless, 1986)

THE NEIGHBORHOODS

The High hard one

(Restless/Victoria, 1986)

La épica está muy mal vista. La épica ha conocido tiempos mejores, y la palabra misma suena a insulto dependiendo de donde la encajes. Esto se debe al imprudente uso que varias generaciones de memos con melena han hecho de ella, malversando su potencial en unas cuantas polaroids al lado del Gran Cañón y un puñado de videos espeluznantes donde el propio grupo aparecía ataviado con armaduras, o combatiendo en trincheras, o haciendo el gaznápiro en un sinfín de escenarios altamente improbables (para un conjunto pop). Por supuesto, cada uno es libre de evocar sus propias imágenes de épica utilizando los arquetipos, mitos y símbolos con los que ha crecido –discúlpenme si me pongo jungiano- pero concentrándonos exclusivamente en la música pop y en el rock’n’roll, es innegable que existe una inclinación épica que no necesariamente tiene que desembocar en U2, el stadium rock o los grandes horizontes y montañas altísimas de Big Country (aunque, déjenme confesar aquí, Big Country tienen un par de temas bien dignos). Mi épica particular es Sometimes a great notion, Body and soul, “Love reign o’er me” y Jeremiah Johnson, George Winstansley, La soledad del corredor de fondo y Juana de Arco. Es ensanchadora de tórax y eclosionadora de puños, repleta de crescendos insostenibles, elevaciones de una octava, imágenes de redención, salvación y combate, a menudo infectada con sintetizadores amplios y aullidos que recorren la comarca de un valle a otro. Es innegable que algunos de los ejemplos que acuden a mi mente podrían ser tildados del “stadium rock it’s OK to like”: sin ir más lejos los Hurrah! del Tell god I’m here (Arista/Kitchenware, 1987) y más allá, cuando abandonaron el jangle-pop, se enfundaron en pantalones de cuero y empezaron a expandir su sonido hasta límites que rozaban el AOP épico más pulido y emocionante.

The Neighborhoods se asemejan a Hurrah! en que ambos grupos evolucionaron desde posturas cercanas al pop crudo y desnudo (Jangle/Byrds/C86 en el caso de los segundos, voluminoso power-pop/mod en el caso de los primeros) hacia una especie de pop con gigantismo, superproducido y vocero, que buscaba abandonar los pequeños clubs para conquistar países enteros, liderar armadas y manufacturar himnos nacionales. Los Neigbourhoods eran de Boston, y empezaron hacia finales de los 70 como power-poppers americanos fans de los Who, amantes del polka-dot, los peinados puntiagudos y los botines blancos, hábiles tejedores de riffs mod Creation-Kinks y estribillos memorables. No hay más que verles en el video de “Prettiest girl”, su primer single de 1980 para Ace of Hearts (la primera casa de Mission of Burma y Lyres, entre otros): guitarrazos “I can’t explain”, armonías “La-la-la-lies” (y “Lies” también, y “Liar Liar” más aún), querencia por el botín colorado, la corbata-edredón, los cortes de pelo mod-punk y la afiliación a la ola power-pop (no-relamida) de Material Issue, The Romantics, Pezband o The Plimsouls.

La evolución que siguieron The Neighborhoods desde allí para conseguir llegar a The high hard one no es ningún misterio: a su bagaje previo tienen que añadirle la tradición bebedora y working-class de The Replacements (especialmente en su semi-paso al mainstream del Please to meet me de 1987), la fascinación por los Who más tardíos (y épicos, los de Quadrophenia y los coros tamaño acantilados de Dover) y la influencia que ejerció el modo en que los Clash del Sandinista! maduraron hacia el rock’n’roll de campo-de-fútbol y la conquista de Norteamérica. Desaparecen los peinados Brian Jones, los Beatle Boots y la chispa Shel Talmy; entran las bandanas, las camperas multicolor, las camisetas sin mangas y el Gran Sonido. Los Neighborhoods de este álbum, así, parecen de lejos unos Clash-Jam sonando sin querer como Tom Petty (¡No huyan!), y el resultado de ello –lejos de ser espantoso- es un disco auténticamente sensacional, repleto de himnos arquetípicos y estribillos conmovedores de grada de miniestadio y abrazos con pandilleros. Piensen en aquellos Barracudas del “Stolen Heart”, o en los Plimsouls abrillantados y encerados del Everywhere at once, o en los Fortunate Sons del Karezza (o el “Sometimes you win”, que es puro Neighborhoods), incluso en los mencionados Hurrah! del “Sweet Sanity”, y también en los Kinks 80’s del “Do it again”. El disco suena tan amplio y tan contemporáneo que tampoco es extraño escuchar en él ecos avant la lettre de Superchunk, Sugar, Jets To Brazil, MC4 o Senseless Things (los dos últimos también trataron de alcanzar ese pop talludo, fortísimo y vigoroso de intención piel-gallinácea).

The high hard one es un disco sin defectos, y sólo contiene una canción floja, “Unfaithful”, que quizás ni lo sea de veras. Tal vez lo único que le sucede es que le tocó detrás de la triada insigne que da inicio al álbum: “WUSA”, “Uniforms and insignia” y “Arrogance”, tres hit-singles por derecho propio. La cara B, que se niega a quedarse atrás, ostenta también otros tres hits: “Real stories”, “Think it over” (verdadero Plimsouls con acelerón footinguero final) y “She’s so good”. Como todos los discos de mediados-finales de los 80, contiene también un olvidable guiño al hardcore (“Mess”) que les hace asemejarse a los Social Distortion, y por tanto representa un flaco favor al potencial cualitativo del grupo. Pero obviando las dos mencionadas, el resto son auténticos anthems, celebratorios y enormes, de rock’n’roll épico en estado puro y con tumbao pop. GRAN POP. Escuchando una y otra vez “Arrogance”, de repente le inundan a uno las ganas de tomar fortines, resistir en ciudadelas hasta el último hombre, levantar imperios e instaurar repúblicas. Es la promesa final del pop épico, que le hace sentir a uno por unos instantes como si midiese tres metros de alto, un auténtico gigante emocional, capaz de todo, y representa el tónico más útil y menos llorica para los dolores de alma, la culpa que no puede lavarse y los resquemores de la baja autoestima (que puede provocarles algún fragmento del libro de este mes, sin ir más lejos). Háganlo suyo inmediatamente.

Kiko Amat

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