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Casetes de un punk catalán

En directo Jordi Valls, terrorista cultural y fundador del grupo Vagina Dentata Organ, recopila en The London Punk Tapes grabaciones originales de los grupos punks de 1976.

Quiero volver a una sensación de 1986: Tengo quince años, y estoy fotocopiando entero el libro de fotografías de Salvador Costa, Punk (Star Books, 1977), que me ha prestado un ex-punk de mi pueblo a quien ahora le gustan U2 (animalico). Las fotocopias -mayormente de Jam y Generation X, dos de mis grupos favoritos- servirán para decorar mi habitación de teenager, así como para provocarle un síncope a mi madre cuando vea lo que le he hecho al papel de pared. Pero sobre el libro Punk, de hecho, circula una anécdota-mito clave en nuestra historia, y es que una de las fotos -tomadas por Costa en 1976 durante un viaje a Londres – retrata a un punk catalán (¡En Londres! ¡En 1976!). Esto es un motivo de orgullo nacional parejo a otra columna fundacional de la mitografía punk catalana, la pelea de Silvia Resorte (de los barceloneses Último Resorte) con Sid Vicious (de los Sex Pistols) y su novia en un club londinense. Y ahora mismo, en 1986, mis cejas arden -en la copistería, rodeado del estimulante perfume del toner y el baile futurista de la Xerox- mientras pienso: ¿Quién de ellos será el punk catalán? ¿Existe ese punk catalán nómada, un espía nostrat que se infiltró en los clubes punk londinenses?

Veinticinco años después, me encuentro hablando con él en un bar para turistas de Las Ramblas. O sea que sí, aquel punk catalán existía: se llamaba Jordi Valls; uno de tantos pioneros y exploradores que nuestra cultureta ha decidido olvidar, que jamás ha reconocido como suyos. En aquella foto de 1977 (hace tiempo que le identifiqué sobre el papel) llevaba un imperdible pero-que-MUY gordo hincado en la mejilla y chaqueta de cuero con calavera solapada, y hoy -aquí, delante mío- se ha transmogrificado en un señor sonriente con camisa hawaiana y pantalones anchos, un tipo entusiasta y amable en quien jamás husmearías un pasado nihilista. La razón por la que estamos charlando es la exposición The London Punk Tapes del Arts Santa Mònica, una audición de cassettes originales registrados por él mismo en el Londres del 76-77, y que incluyen grabaciones en directo inéditas de The Slits, Sex Pistols, The Clash, Subway Sect, Generation X y Damned.

Pero antes, quiero presentarles a Valls. Ustedes quizás lo conozcan por su alter-ego y grupo-de-una-persona, Vagina Dentata Organ, aunque es poco probable que les suene si no pertenecen al movimiento de Industrial Music que se gestó en la Inglaterra post-punk del 78. La peripatética historia de Valls/VGO es de las de biografía de 600 páginas, y por supuesto este sería un mundo mejor si echáramos la estatua de Cambó al mar y en su lugar se erigiera un monumento en honor a Valls (no querría una efigie suya, así que tendría que ser algo relacionado con su obra: un condón sangriento, o una bomba Orsini, o un perro muerto).

Jordi Valls se mudó a Londres en el 69, buscando esquivar el rigor mortis cultural que entonces estrangulaba la cultura española. Vivió el fin del underground de la capital, aguantó como pudo los años oscuros del 71 al 76 (tirando, asumimos, del analgésico musical anti-progresivo de la época: la escena pub-rock) y se encontró celebrando como tantos otros jóvenes alienados el big bang del punk londinense. El resultado fue el contagio del virus Hazlo Tú Mismo, pero en el caso de Valls este germen eclosionaría en su organismo en forma de metástasis Industrial y gusto por lo chocante-oscuro-putrefacto. Valls formó Vagina Dentata Organ y se unió a Whitehouse y Throbbing Gristle (colaboró con Genesis P. Orridge, con quien todavía comparte lazos ideológico-prácticos) en la cruzada por el ruido surrealista-metafísico de tímpano sangrante, revelación satánico-thanatiana y beligerante concepción anti-musical. Por el nombre ya pueden imaginar que VDO no suenan como los Escolanets de Montserrat: sus discos son como objetos encontrados, pero hechos no-música, cargados de simbolismo, cantos a la muerte y el sexo de pesadilla: En Music for the hashishins se escuchan únicamente los gruñidos y ladridos de un perro entrenado para matar. The last supper; the reverend Jim Jones in person es una grabación de los últimos momentos del escagarrinante sacrificio ritual de 912 personas en Jonestown, Guayana, 1978, en el último rito suicida de la secta People’s Temple. El disco incluye fotos macabras del momento, para aquellos de ustedes con estómagos acerados. Y The pagan drums of Calanda registra la fiesta de los tambores de dicho pueblo español, en la que 2000 personas aporrean extáticamente instrumentos de percusión durante dos días enteros. Para aquellos de ustedes sin problemas de cefalea. El disco, además, se vendía a 100 dólares de la época e incluía sangre encapsulada del artista (una ganga, si me preguntan).

Pero Valls, ese iconoclasta nihil-surrealista y peleón, sólo consiguió ser auténticamente célebre en nuestro país cuando Vagina Dentata Organ realizaron la performance televisiva de 1984 en La edad del oro que provocó el cierre forzoso del programa. Algunos de ustedes, encanecidos prematuramente por dicho visionado, quizás todavía hablen de ello en frías noches de invierno: allí estaba nuestro hombre, encapuchado y rodeado de nerviosísimos pastores alemanes, agrediendo con una katana japonesa los lienzos del pintor Casademont (valorados en seis millones de pesetas de entonces), que -gracias a bolsas de sangre camufladas- explotaban al contacto como cráneos ametrallados. La performance ponía punto final a una actuación de Psychic TV -Valls era miembro del grupo- que vino acompañada por el clásico video “Catalan” de Derek Jarman, Genesis P. Orridge y Jordi Valls, un clip que surreo-relata el accidente de tráfico casi mortal que había sufrido Valls recientemente, y presenta (entre muchas cosas ofensivas): unos nazarenos portando a la Moreneta, niños muertos, el coche (auténtico) donde Valls de poco la espicha, Dalíconografía catalano-macabra, profanidad y profanación en pantalones de cuero, y una música tan angustiante que a su lado la banda sonora de La semilla del diablo parece una polka. Pueden verlo en YouTube, si se atreven. Por supuesto, tras este show de mal rollo Luis XV y depresiones Bidermaier, con sus injurias a la religión y el status quo (por no mencionar la afrenta a Protectora de Animales), a la Chamorro le clausuraron el programita en un decir Satán. A Valls no le quitaron la nacionalidad porque no se podía, pero vamos; ganas no faltaron.

Y después de todos estos años, el trashumante y anglófilo Valls ha vuelto a Barcelona. No en calidad de hijo pródigo, cabe decir: no se planea incluirle en la próxima edición de Catalans universals ni van a renombrar la Plaça John Lennon como Plaça Vagina Dentata Organ (por desgracia). Pero, para aquellos que deseen saber, aquí está The London Punk Tapes. Una exposición audiovisual donde la música pre-LP de aquellos grupos se complementa con fotos inéditas del fotógrafo punk Ben Browton, recortes de fanzines pioneros como Sniffin’ Glue e imágenes del mencionado y mitiquísimo trabajo del fallecido Salvador Costa para el libro Punk. La exposición tiene, a la sazón, un mellizo físico y leíble, el libro homónimo que Valls ha confeccionado junto a su eterno colaborador y franctireur, su hermano Marc Valls. El libro, gráficamente impecable, repleto de información rara e imprescindible, añade entrevistas de la época con los Subway Sect de Vic Godard, The Clash y Damned, además de suculenta iconografía punk en forma de flyers, pósters y manifestos, y una porrada de imágenes de los Baader-Meinhof. Y las instantáneas de Sid Vicious tomadas por Silvia Resorte justo antes de que Nancy Spungen le arrease el mítico guantazo (no era una leyenda; la pelea existió).

Y ¿Cuál es la relevancia de todo esto, acaecido hace eones en planetas lejanos?, me preguntarán los más atolondrados de mis lectores. Dejando de lado su importancia gráfico-musical (la mitad de la estética y música pop de hoy es recuperación de ideas surgidas en el milieu punk y post-punk), lo básico de The London Punk Tapes en concreto y Jordi Valls en general es que nos hablan de una experiencia no-mediada, no comprometida con el establishment, realizada sin pedir el permiso de nadie y encauzada por canales auténticamente libres y subterráneos. Y es que el punk (y su progenie:  Hardcore, Industrial, Mod revival, Oi!, 2-Tone, etc.) fue la más pura manifestación de folk del siglo XX, en el sentido menos hippy-dippy de la palabra: música de la gente, creada sin intermediarios (al contrario que sus equivalentes digitales de hoy, myspaces y similares) y repartida sin afán de lucro, un proyecto de creación y rebelión auténticamente popular, comunitario y fraternal que sigue inspirando igual que el primer día. ¿Que sus ideas tienen treinta años, maldito fósil cuaternario, oigo que me chillan y faltan? Bueno, las luditas son de 1779 y son hoy tanto o más relevantes que el primer día. A su lado, no me digan, tanto el punk como Valls están hechos unos chavales.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en sl suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 22 de septiembre de 2010. La foto superior -tomada por Salvador Costa- muestra a Jordi Valls en Cadaqués en 1977. La inferior es el line-up de Psychic TV en 1984. Valls es el primero por la izquierda)

Disco del Mes (Julio-Agosto): JOE JACKSON I’m the man

JOE JACKSON

I’m the man

(A&M, 1979)

¡Oh, accesible placer! ¡Oh, la baratura y el éxtasis! Este mes, y para contrarrestar el crack bursátil que estrangula nuestros bolsillos, hemos considerado apropiado escoger como Disco de Julio-Agosto un disco omnipresente, comercial y muy conocido (y también algo despreciado por los connoisseurs). Pero, especialmente, muy barato. Sí, lectores y fans: I’m the man de Joe Jackson es el ejemplo perenne de Placer a Euro -como lo definiría otro amante del cajón Todo a 3, Miqui Puig- y una olvidada, desatendida joya a cuatro reales. Decidir hablar de un LP tan célebre, por otro lado, no es un acto casual (casi nada en Bendito Atraso lo es), y tras nuestra selección se agazapa una sólida razón político-emocional: contrarrestar la deriva intoxicante hacia la rareza por sí misma que parece infectar a tantos disqueros y blogueadores. Nos referimos, claro está, al fenómeno por el cual mola de repente escuchar a un músico esquimal que toca el laúd con los testículos, testificado por gente que parece ignorar las formas más elementales de pop occidental del siglo XX. Ya saben de qué hablo: el cuadro mediante el cual se va uno internando en la cruzada por lo raro, siguiendo líneas de grato esnobismo adolescente y afirmando rotundas majaderías para quedar como más explorador de lo desconocido. Todos hemos pasado por esa simpática patología, la cara más oscura y degenerativa de la cual es penetrar en el infielno de lo gratuitamente bizarro, y terminar tratando con desdén a los grandes discos de pop clásico 50’s-60’s-70’s-80’s. Y pasar hora tras hora encadenado al blog del notas aquel del laúd testicular, o escuchando a lo que parece una ensemble de monos titis aturdidos por fruta en avanzado estado de fermentación, o adquiriendo el más reciente CD de grito gutural importado desde Ulan Bator, una cosa que suena como si alguien estuviese yaciendo con un herbívoro dentro de un almacén pirotécnico en llamas. Y que conste que celebramos y celebraremos las incursiones en la música africana, india, o de cualquier sitio que sea no-white-rock; pero -atención- sin dejar de desconfiar del hype. Que alela y envilece, ya lo saben.

A lo que íbamos: I’m the man es aerodinámico, brillante, cromado, y todo en él huele a súper-producción late-70’s y técnicos de estudio californianos y cocainómanos, limpieza aural y una claridad de visión matutina casi cegadora. Y aún así -¡ay!- la gente suele tratarlo a patadas: porque salió en A&M (el sello uncool por definición: Nazareth, Styx, Supertramp, Rick Wakeman, Bryan Adams…), porque en los 80’s estaba en absolutamente todos los pafetos musicales del Baix Llobregat, Catalunya, España, El Mundo (¿Existe triunfo mayor que éste? ¿Que el tarareo global?) y porque lo grabó Joe Jackson: aquel señor con anticipada cara de mangosta senil, decreciente masa capilar (retirándose a grandes zancadas y dejando tras de sí la célebre figura del “tridente” craneal), afectado acento de Dallas (pese a ser de Staffordshire -Reino Unido- el muy fraudulento) y querencia por la composición pop de cariz tradicional frente al runga-rungueo atolondrado del punk. Pero la razón principal del maltrato al que es sometido es el éxito masivo del álbum, ¡y en los Estados Unidos, encima!: su estigma es la permanencia sempiterna de la canción homónima en las FMs más comerciales de Classic Rock, sonando al ladito de America, Boston y David Lee Roth mientras automóviles del tamaño de hidroaviones se deslizan por autopistas interestatales.

También se le tiene cierta inquina al bueno de Joe por haber personalizado la “new wave”, entendida desde algunos frentes como comercialización total del punk, aunque en realidad no era más que otra nueva vuelta al pop comercial de los 60’s: la misma frescura, las mismas corbatas coloreadas, la misma brevedad y chasqueo dedil, pareja intrascendencia-a-primera-vista pero denso peso emocional con el pasar de los días y años. Innegablemente, hay algo de cierto en todo esto: Joe Jackson -como Elvis Costello, The Police y tantos otros artistas MOR de nueva generación- se benefició del renovado interés en las formas menos pomposas y más inmediatas de pop que trajo el punk rock. De haber emergido en 1974 aún estaría tocando con Legs & Arms, su pub-band de espantoso nombre, en algún barucho de Portsmouth. Pero no menos cierto es que Jackson provenía de un ambiente completamente distinto al de, digamos, The Damned, Slits o Sex Pistols -Jackson era un pianista sofisticado, y había estudiado en la London’s Royal Academy of Music- e igualmente opuestas eran sus intenciones de crear una música pop letrada, pizpireta, una nueva ola con laca y charol que (sin embargo) no estaba tan lejos de la Ola Más Vieja de Todas: la de los compositores clásicos de los 40’s y 50’s: Rodgers & Hart, Porter, Berlin, etc.

Por todo lo mencionado, I’m the Man suena a eterno, como si siempre hubiese estado allí, emergiendo a lo largo de las décadas bajo otros nombres y cadencias y sonidos, como el vigilante de El Resplandor (“Usted siempre ha sido el vigilante”). A los fans de Jackson no nos resultaría para nada anacronístico ni sorprendente cuando, unos álbumes después, rendió tributo al jive/swing de Cab Calloway y Glenn Miller (en Jumpin’ Jive, su genial disco de 1981) y, mismamente, se puso a los pies de Cole Porter con su ambicioso (y también magnífico) Night & Day de 1982, todo cosmópolis misteriosa y fracs y áticos y pitilleras con iniciales grabadas y señoritas sofisticadas con vestidos de tul verde esmeralda.

Pero en 1979 -1er año del Señor de Infinita Gloria del Mod Revival- Jackson aún no había hecho tan obvias sus raíces, y I’m the man epitomiza la nueva ola, entendida como pop lustroso y potente en su vertiente de lírica más memorable (pero no por ello menos inmediata). I’m the man tiene tantos hits (hits que la gran mayoría de los grupos que residen en las listas hoy en día ni soñarían en fabricar, hits entendidos como pedazos inolvidables, atemporales, de pop glorioso) que uno no sabe ni por donde empezar. El álbum está dividido como la gran mayoría de álbumes clásicos: hay baladas, hay medios tiempos y hay castañas pilongas. Estas últimas son, es innegable, las que producen el efecto Loctite del disco, y son -cada una de ellas- verdaderos triunfos del pildorazo power pop nervudo. Pero antes de entrar en detalles, quitemos de en medio al verdadero elefante en la habitación de esta crítica, la canción homónima del disco y Bomba H del pop estridente: “I’m the man”. Con su bajo gigante y galopante, su letra llena de giros y recitado de novelties colocadas con efecto bumerán (para que vuelvan una y otra vez al recuerdo: “hula-hoop”, “skateboard”, “kung fu”), su armónica medio ahogada por el huracán de riffs y la voz urgente, intensa, de Jackson… It’s a hit, hit, hit, que dirían The Free Design. Y ustedes lo pueden comprobar pinchándola donde se les antoje: en reuniones de la Conferencia Episcopal o bodas armenias, clubs para indies tontuelos o patibularias mazmorras rock. Nada importa -diferencias de clase, empleo, tamaño genital- a la que empieza a sonar ese éxito más grande que el propio artista, “I’m the man”. Como la Motown, es uno de los grandes ecualizadores humanos. Y la letra, cantada in character en primera persona por Jackson, parodia la figura del inventor de modas (“I’m the man that gave you the yo-yo”, como reza el adhesivo estribillo) y es la remonda.

Los otros dos castañazos despeinantes del álbum, “Don’t wanna be like that” y “Friday”, mantienen el bajo tenso, proficiente de “I’m the man”, y (de hecho), de todo el álbum; pues este 2º LP de Joe Jackson quizás tenga uno de los bajos más rotundos, elásticos y melódicos de la historia del pop, que tocaba un tal Graham Maby (luego en They Might Be Giants). “Don’t wanna be like that” es como el prototípico mod anthem, sólo que relata la -desde entonces- clicheada reacción del músico pop al reciente éxito mundial: “no quiero terminar como aquel”, todos los productores angelinos son unos sacamantecas, la gente cree que me conoce pero no han visto mi verdadero Yo, bla-bla-bla. Y contiene, sí, un sobrenatural bajo muelle que suena como debían sonar las catapultas medievales al soltar pedrusco (¡dzzzzziiiIIING-G-G-G-G-BA-DONNNNG!). “Friday”, por su parte, también suena a grito de guerra mod, pero en este caso narra la creciente adicción a las cápsulas de una ex-flower child, o algo así. No es que importe demasiado, pues mi Yo de 1986 decidió -con su inglés aún en periodo de ensamblaje- ignorar todo el significado lírico original y rebautizarlo como himno teen al viernes, y aún la canto y bailo feliz con ese espíritu. (Podríamos trazar, de hecho, una teoría infalible sobre la relación entre el escaso conocimiento del inglés que poseían los pop fans españoles y su relación privada con canciones que serían re-inventadas con nuevos significados. La mencionada “Don’t wanna be like that”, sin ir más lejos, simbolizaba para mi modelo de Yo 1986-1987 una refutación himnal a la entrada en el mundo adulto-serio).

De las baladas como “Amateur hour” no hace falta hacer una montaña: la voz inconfundible y confortable de Jackson las acarrea hacia donde deben ir (convirtiéndonos en un amasijo de babeante sentimentalismo por el camino), pero no son lo mejor del disco. El auténtico culmen de esta obra, en mi opinión, son los dos mid-tempos emotivos del LP. “Different for girls” es una conmovedora conversación chico-chica sin atisbo alguno de lugar común (más bien todo lo contrario: la letra los invierte) que llevaría a JJ al #5 de las listas inglesas, el puesto más alto que escalaría nunca. Y luego está la majestuosa “The band wore blue shirts”: una formidable glosa del músico de orquesta con un trabajo que hacer, una refutación del romanticismo de la vida como músico nocturno narrada con lenguaje kitchen sink y paciente atención al detalle (“Me and the bass guitarrist / have even shined our shoes”), y que paradójicamente se convierte en una sentida, romántica, narración del mencionado modus vivendi. “The band wore blue shirts” tiene uno de los mejores estribillos de la historia de la música pop, o al menos uno de los más conmovedores: un soliloquio resignado que suena a suspiro anti-nostalgia expelido con encogimiento de hombros, con un “bah, esto era así y punto”, y que sin embargo consigue infaliblemente hacerle a uno temblar de melancolía cada vez:

I guess someday my kids will ask me ’bout the old days
I guess that I’ll tell them that there ain’t much to tell
The waiters wore black dinner jackets and all that kind of thing
And the band wore blue shirts
And the music played on

No hace falta que les recuerde lo que ya proclamamos en el Disco del Mes de junio: todas las canciones que nombran piezas de ropa molan y molarán siempre.

Después de este pequeño ejemplo de su letra, ¿que más podría decirles? Ignoren el precio de I’m the man y ese pedazo de pegatina con un signo de admiración y la leyenda BEST PRICE en cuerpo 36 (no traten de esconderla. Todo el mundo en la disquería la ha visto y sabe de qué pie cojean), traten de no juzgar el hecho de que esté en el cajón más asqueroso de la tienda, entre el Face Value de Phil Collins y otro feísimo de Phil Manzanera. Porque I’m the man está a la altura de esos cénits del pop siglo XX que tenemos en la parte impenetrable de la cámara acorazada de Bendito Atraso, discos con los que el álbum de Joe Jackson puede codearse sin temor al ridículo: The Left Banke, Jimmy Webb, Magnetic Fields, Harry Nilsson, Alison Statton, los hermanos Sherman, Go-Betwens, Johnny Mercer, Gary Usher y todos los demás. Es así de bueno.

Y en cuanto a mí, debo decirles que lo del baratismo no puede aplicarse del todo. Pues tras desmenuzar a fuerza de escuchas la primera cinta BASF que lo contenía (al otro lado estaba el Wha’ppen de The Beat, escuché esa cinte millares de veces a lo largo de 1986-87-88), y readquirirlo en una feria del disco de Victoria Station unos años después (las 2 libras mejor invertidas de mi vida), terminé -por vergonzoso fanatismo y completismo collector- comprando también la versión del disco en caja con cinco singles de 7 pulgadas. Oh, sí: Para poder pinchar por ahí “The band wore blue shirts” con mayor confort, y también porque me dió la gana; para lo grande que es ese disco, su precio material era completamente despreciable. Pero, incluso así, es un dispendio que ahorrarán si se hacen con el LP en formato normal. No les dé vergüenza, amigos; jamás se arrepentirán. Kiko Amat

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