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Kapitoil: crudos que trajeron lodos

Novela El neoyorquino Teddy Wayne firma una novela sobre el crash financiero y la burbuja petrolífera que no solo es divertida y emotiva, sino que encima se posiciona políticamente.

Seguir el catálogo de Blackie Books se parece más a ser fan de un grupo pop que a otra cosa. Es una fiebre vírica que contagia a sus lectores mediante libros coloridos, gadgets oportunos, envidiable boca-a-boca y riesgo editorial. Gracias a todo esto, cada nuevo lanzamiento suele ser una agradable sorpresa. Su tino y modus operandi –muy pop, muy fanático, muy estético y tolerablemente hip- les ha reportado incluso el ocasional hit (Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett, va por su décima edición). Estos hits, a su vez, sirven para que la editorial publique otro tipo de libros que jamás serán superventas (Jardiel Poncela, Santiago Lorenzo o Richard Brautigan, por ejemplo) pero que son, en mi opinión, de lo mejorcito del catálogo. Y aunque en su fundación Blackie Books parecía decidida a no sacar novelas convencionales, su lista de títulos está empezando a añadir novelas que podrían jugar en la liga mainstream.

Kapitoil lo tiene todo para ser premio de la crítica. Primero, a Jonathan Franzen le chifla. Segundo, la historia que cuenta está enchufada al zeitgeist con el agarre de un catéter intravenoso; uno se siente tentado a sospechar que Teddy Wayne provocó él solito el crash financiero para cosechar réditos editoriales. Este bildungsroman tradicional narra la historia de Karim Issar, un musulmán qatarí, cerebrito de la matemática, que llega a Nueva York para trabajar en Schrub Equities, una empresa de inversiones. Una vez en la planta 88 del World Trade Center, a Karim –que de ética no va sobrado- se le ocurre un programa informático capaz de predecir las evoluciones del mercado petrolífero a partir del sesgo informativo (es decir, a partir de cómo los medios occidentales relatan los conflictos en Oriente Medio). Gracias al programa Kapitoil, Karim asciende en el escalafón y se convierte en protegido del superjefazo, todo ello mientras su familia las pasa más bien p***s en su Qatar natal. Gracias también a Kapitoil, Karim va dejando de ser “karimesco” (como él mismo aduce) y está a punto de mutar, a base de “cambios minúsculos”, en un desalmado halcón de las finanzas. Su periplo moral con freno y marcha atrás es el de un hombre hipnotizado que, justo cuando está a punto de perder su humanidad, se atiza un golpe en la cocorota y recobra el sentido, la orientación y la sensación de pertenencia. Como el legionario renegado de Astérix en Córcega, vamos.

Vonnegut decía que una novela siempre va de gente que ha perdido algo y se lanza a buscarlo; en el caso de Kapitoil, lo que se ha extraviado es la empatía y el sentirse parte de la condición humana. El neoyorquino Teddy Wayne narra esta búsqueda armado de un truco infalible: el protagonista que habla raro. Del mismo modo que un filme sobre el Holocausto siempre ganará Oscars, (como Kate Winslet aducía en Extras) un personaje de novela con voz peculiar –la deshumanizada jerga técnica que utiliza Karim para expresar sus pensamientos- resulta irresistible para el lector. Piensen si no en Todo está iluminado de Jonathan Saffran Foer; un novelista, por cierto, que no solo ha escrito también una novela ambientada en el World Trade Center, sino que incluso se parece un pelín a Wayne. Dicho esto, y pese a la innegable pinta de empollón que comparten, las similitudes terminan aquí: Wayne es mucho menos tramposo que Foer, su estilo narrativo más sobrio y transparente (nada de realismo mágico, artificios tipográficos o surf posmoderno), y la intención final de Kapitoil viene firmemente abrazada a un objetivo moral. Kapitoil no es, conviene recalcarlo, un mero ejercicio de estilo, sino una parábola sobre el bien y el mal que busca explicar los motivos de la crisis. Wayne, que estuvo involucrado en el movimiento Occupy Wall Street, no alberga ninguna duda sobre quién es el culpable de la presente situación. Su explicación, desprovista por completo de panfletarismo y moralina, no es solo justa, sino además divertida, rítmica y pegajosa. Y por si fuera poco, la novela termina mejor que Canción de Navidad y Qué bello es vivir, juntas. En tiempos oscuros como los que corren, necesitamos cada vez más este tipo de iluminación. Kiko Amat

Teddy Wayne

Kapitoil

Blackie Books

324 págs

Trad. de Marta Alcaraz

(Este artículo es inédito)

Los huerfanitos: bendito atraso

“¡Antiguo!”, le gritan por los pasillos a Santiago Lorenzo en las convenciones de literatura posmoderna, mientras los jóvenes pegan chicles en su pelambre y maldicen su estampa. Porque Lorenzo es un antiguo, en el buen sentido de la palabra: la suya es una antigüedad de eficacia probada, macerada en el aislamiento (el lugar donde se cuecen las mejores cosas), nada rancia. Pero más que antiguo (que suena faltón), Santiago Lorenzo es clásico: en su narrativa no hay lugar para moderneces, remakes o pop-ismos. Su prosa perenne, tan castiza y codornicesca, su lenguaje rico y cómico, su respeto reverencial por la trama, parecen provenir de un mundo pasado. Este arcaicismo natural es, por añadidura, del tipo lúdico, no pelmazo ni cursi. Como Jardiel, Lorenzo da la impresión de estar pasándolo pipa con esto. Su capacidad para moldear la lengua castellana es algo que provoca una envidia jacarandosa, de tirar petardos y hacerte muy fan.

Asimismo, hablar de un cierto arcaicismo no es lo mismo que decir que lo suyo no sea relevante. Los huerfanitos, su segunda novela, es una obra que no existiría sin una conexión física con la calle actual y la crisis que en ella impera. Narra la historia de tres hermanos que, a la muerte del padre, heredan un teatro madrileño de ilustre pasado. El padre, que era un vivalavirgen y un nefasto progenitor, lega a sus abandonados vástagos una montaña de deudas. Los Susmozas deciden entonces estrenar obra y pedir una subvención, a ver si así cae algún dinerito. Para ello contarán con la ayuda técnica de un grupo de jubilados, los hilarantes Guajardos (“Tomaban PetaZetas, iban sin camisa, se sonaban sin pañuelo, jugaban a “dar””), y la de un grupo de actores ex-alcohólicos reclutados en un centro de terapia. Lo que le espera desde aquí al lector es una historia de superación y heroismo cotidiano, contada con la comicidad del enredo y el denuesto, plagada de momentos capitales, de reflexiones emotivas sobre la condición humana (“reían también con la carraca gozosa de quien tiene la certeza de estar haciendo lo que debe, sancionada por el hecho de lo difícil que es y de lo que está costando”) y frases de traca. Con Los huerfanitos, Lorenzo nos ha enseñado por segunda vez “cómo hay que hacer las cosas para que salgan bien y para que salgan bonitas”. Tomemos nota. Kiko Amat

Los huerfanitos

Santiago Lorenzo

Blackie Books

314 págs.

(Este artículo es inédito. Entre recomendaciones de verano e invierno, es la tercera vez que comentamos Los huerfanitos de Santiago Lorenzo en Bendito Atraso, pero no queríamos desperdiciar esta reseña ni dejar pasar la ocasión de celebrarle. Compren este libro).

Tirándole de la barba a la tristeza: 5 de humor para Navidad

Si una cosa positiva tiene la literatura seria es que resulta excelente para echar siestas. Yo mismo me pegué uno de mis más memorables sueñecitos en 1997, con La gaviota de Chejov. No recuerdo quién demonios hacía de Zarechnaya o Medvedenko ni por qué aquellos fulanos miraban tanto por la ventana, como si esperaran al tipo de MRW, pero cómo olvidar aquella hora y media roncando en la sexta fila. Nada amodorra más que un poco de vieja gravedad rusa.

Por la misma regla de tres, nada tonifica y despierta más los sentidos que una buena dosis de risa desdramatizadora, preferentemente del tipo anglosajón. El humorismo es, después de todo, el gran igualador. Cuando vemos a Bertie Wooster descendiendo en pijama por un canalón, no nos reímos de él, sino con él. Tal danza de ridículo y patetismo personal es un aguijonazo humanista que aúlla: no somos gran cosa, pero estamos juntos en esto y se hace lo que se puede, ¿verdad?

1) PG Wodehouse Ómnibus Jeeves I y II (Anagrama): El mejor humorista de la historia, recopilado en dos ómnibus. Las novelas giran en torno al señorito más alelado de la aristocracia inglesa, Bertie Wooster, y su preclaro fámulo Jeeves. Las tramas suelen versar sobre malentendidos, absurdos, confusiones de identidad y objetos/cartas/prendas que hay que robar para evitar casarse/incurrir en la rabia de la tía Agatha/ser desheredado, etc. Casi siempre sucede lo mismo, pero lo que sucede es para enloquecer de risa y pegarse fuego a los propios pantalones. Nadie usó la hipérbole ni la comparación tronchante (ni la descripción de las resacas) como Wodehouse.

2) Rafael Azcona Por qué nos gustan tanto las guapas? (Pepitas de Calabaza / Fulgencio Pimentel): Dos editoriales de Logroño se unen para recuperar a su más ilustre nativo. Azcona es un olvidado del humor español de los cuarenta, contemporáneo de Jardiel Poncela, Tono o Mihura. Estuvo en La Codorniz y firmó los guiones de celebradas comedias como El pisito o Los muertos no se tocan, nene. Su estilo de humorismo posee un deje carrincló que lo delata como hijo de su época, pero aún consigue “tirarle de la barba a la severidad, a la tristeza, a la melancolía y a la estupidez”. Mi debilidad es el personaje de Don Herminio, quien siempre irrumpe en las historias arreando bastonazos y llamando ¡memo! e ¡imbécil! a todo el mundo.

3) Shalom Auslander Esperanza: una tragedia (Blackie Books): Va de un tipo (Kugel) que se encuentra a Anna Frank en el desván de su nueva casa. ¿Qué cenizo dijo que tras el Holocausto ya no se podía escribir poesía? Esta novela demuestra que al menos se puede escribir comedia. Aquellos de ustedes sin sentido del humor ya habrán abandonado la lectura de este artículo entre murmullos de desaprobación, así que me dirijo a mis fieles: me partí de risa con este libro. Y no solo me partí: me emocioné, aprendí, rompió mi corazón en un par de ocasiones y conocí al mejor personaje con el que me he topado en los últimos años (la madre de Kugel: una anciana pasivo-agresiva que cree haber sobrevivido a los campos nazis). Pasado, familia, remordimiento, pesimismo, ternura y locura; lo tiene todo.

4) Juan Pablo Villalobos Si viviéramos en un lugar normal (Anagrama): Empieza con unas mentadas de madre que escandalizarían a un rapper angelino. En solo 186 páginas, y a base de una voz hilarante (un niño de trece años que razona como un retorcido sofista), Villalobos logra bordar uno de los libros de humor-con-pathos del año. Es esta una historia de resignación patética en un lugar donde “la dignidad se consigue humillándose”. Habla del pecado natural que uno hereda por el mero hecho de nacer pobre, y por ello su tono es el único posible: la comicidad. También aparecen naves espaciales, sandías psicodélicas y vacas inseminadas. Es un festival.

5) Santiago Lorenzo Los huerfanitos (Blackie Books): Lorenzo es uno de los pocos autores españoles que acierta a conjugar comicidad con sentimiento. Campeón de los one-liners de contraportada, Lorenzo resume así la novela: “Los hermanos Susmozas odian el teatro. Se ponen a hacer teatro”. Es la historia de tres hermanos mal avenidos que heredan de su fallecido progenitor un ilustre teatro madrileño, pero muta en un tronchante canto a las cosas bien hechas y a avanzar a pesar de las catástrofes. Lorenzo posee una de las prosas más singulares de la actualidad: una mezcla del Valle-Inclán esperpéntico y el García Pavón más emocional, arcaica pero nueva, llena de casticismos añejos puestos a buen uso. Con Los huerfanitos, Lorenzo nos ha enseñado “cómo hay que hacer las cosas para que salgan bien y para que salgan bonitas”. Tomen nota. Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 12 de diciembre de 2012)

Teletipo de atrasos: 6 breves recomendaciones literarias para el verano

DON CARPENTER Dura la lluvia que cae (Duomo NYRB 2011)

El mejor libro que hemos leído este año, y no hay más que hablar. Hay un antes y un después de leer a Don Carpenter. Este es un clásico de 1964 mucho más duro y en-tu-cara que cualquier libro beat, y se lee como un American graffiti en hardcore. El protagonista es Jack Levitt, al que conocemos como delincuente juvenil menor de edad, y acompañamos a lo largo de una azarosa vida: billar, raconteurismo delincuente, periplos automovilísticos, flashes de Corea, alcoholismo, amistad teenager, San Quintín, homosexualidad tardía… Una novela honesta, violenta y llena de emoción que nos ha conmovido profundamente. Richard Price es fan, y con razón (The Wanderers es prima hermana de esta). A partir de ahora, una pieza fundamental de nuestro canon privado. Una enorme muesca de literatura antiacadémica, callejera y viva.

FRANCISCO GARCÍA PAVÓN Las hermanas coloradas (Destino, 1970)

Placer a un euro. Nos lo recomendó, naturalmente, el gran Santiago Lorenzo (ver entrevista en Bendito Atraso), y el tipo no había terminado la frase que ya estábamos rebuscando en libroviejeros (lo encontramos en la fantástica librería Cercles, de la calle Bailén, donde su dueño nos espetó: “En toda mi vida de librero, es la primera vez que alguien pregunta por García Pavón”). Forma parte de una serie de novelas sobre un policía municipal de Tomelloso, Manuel González, alias Plinio, una suerte de Holmes bonachón, hierático y manchego (con su Watson particular: Lotario, el veterinario del pueblo). En esta entrega, Plinio marcha a Madrid a indagar el caso de unas gemelas pelirrojas desaparecidas. No leía prosa castellana tan apasionada, perceptiva, elegante y divertida desde hacía mucho tiempo. Humorística pero nada boba, compasiva y melancólica en determinadas ocasiones, dramática cuando procede… Una maravilla. Y a un euro, va en serio. ¿Cuántas acciones cambia-vidas y sublimes pueden realizarse hoy con un euro, gente?

DAN FANTE Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia (Sajalín, 2011)

El perfecto compañero para el Full of life, la biografía de John Fante que escribió Stephen Cooper, y mucho mejor escrito. Una gran saga de testarudez, orgullo malherido, artesanía narrativa y pésima paternidad, así como corrupción Hollywoodiense, narrada con la prosa impecable y dura del Hijo del Hombre (que es un escritor tan bueno como el padre). También incide en la tragedia de Dan Fante y otros miembros de la familia, como el subtítulo indica. Es imperativo que la lean, sean asiduos de la casa Fante o no.

SANTIAGO LORENZO Los huerfanitos (Blackie Books, 2012)

Ya no se lo podemos decir más, ni en más idiomas. El libro en castellano del 2012 es este. En breve aparecerán reseñas nuestras del libro en el Cultura/S, y hemos entrevistado ya a su autor aquí, pero no queríamos irnos de vacaciones sin volver a recomendarles su adquisición. ¿De qué va? De tres hermanos que heredan un teatro madrileño, el Pigalle, y se ven obligados a preparar una obra para pagar las deudas que les legó el padre. Una novela que viene del mismo lugar que las de García Pavón: lenguaje sensacional, humor procedente, compasión y condición humana, aventura y desperfectos del alma, miseria y cómo sobrellevarla, anhelos y dignidad… El tipo de libro que nos gusta, por definición. Y Santiago Lorenzo es un gran hombre; uno de nuestros atrasados favoritos.

ROLAND CAMBERTON Scamp (New London editions, 2010)

En esta casa no nos cansamos nunca de kitchen sink ni de novelas sobre bohemia del Soho, dos géneros que abultan cosa mala en nuestros estantes. Todas se parecen lo suyo entre ellas, y siempre acontecen cosas similares, como en un western. Pero el género (porque lo es: un género en sí mismo) nos chifla. Así como London Books (de John King) se ocupa de la tradición antiacadémica y obrera inglesa desde los 30’s (Gerald Kersh, Sillitoe, James Curtis, Robert Westerby…), New London Editions –subsello de Five Leaves Editions- se ocupa de la bohemia londinense de los 30’s a los 60’s: clubs de jazz, pubs, malas dentaduras, bedsits reumáticos, beatniks y excéntricos, pequeña delincuencia, aspirantes a escritor… Scamp, de 1950, es una de las mejores. Parece imposible, considerando que narra los esfuerzos de Ivan Ginsberg por fundar una revista literaria (Scamp), pero así es. Piensen en una mezcla entre Knut Hamsun, Ask the dust, Hurry on down de John Wain y el Principiantes de McInnes. Y qué portada. Como dice Iain Sinclair, a veces sí puedes juzgar a un libro por su cubierta. Por cierto: está en inglés.

MALCOLM BRALY En el patio (Sajalín, 2012)

La otra gran novela norteamericana que se traduce este año también viaja desde los 60’s (ahora en serio: con todos estos libros alucinantes de hace medio siglo, ¿Quién tiene tiempo para pijadas neoyorquino-universitarias de hoy?). Este novelón data de 1967, para ser exactos, y tiene muchas cosas en común con la de Don Carpenter. En este caso, no obstante, la experiencia carcelaria ocupa toda la obra, no solo un fragmento de ella. Hablaremos extensamente de En el patio en una pieza sobre literatura carcelaria de próxima aparición en el Cultura/S de La Vanguardia; esto solo es para que hagan boca. Braly es como un Edward Bunker sentimental, su estilo es menos escuálido y forense que el del renombrado criminal/escritor y, por tanto, más proclive a la manifestación de emociones. Vonnegut y Capote eran fans (el segundo, no nos cabe duda, debió morirse de envidia al leerlo), y el libro rezuma autenticidad, camaradería, pathos y mala vida. Desde hoy, un clásico de Bendito Atraso, forever. Kiko Amat

Género: no aburrido. Una conversación exclusiva con Santiago Lorenzo

Una de las múltiples lecturas que puede hacerse de Los Huerfanitos (Blackie Books, 2012) es que es un canto a la búsqueda de la perfección mediante la artesanía. “Para que le enseñe cómo hay que hacer las cosas para que salgan bien y para que salgan bonitas”, como sugiere el propio libro.

Ese comentario me salió como de padre, ¿no? Mi madre hacía las cosas bastante mal, así que debe venirme de mi padre. Le tengo un odio visceral a las cosas mal hechas, como la Estación de Atocha. Es un gran ejemplo de cosa mal, mal, mal hecha, pensada para poner tiendas y tirarse el pisto en vez de para que la gente común se desplace. Opuesto a ello está la solidez del puente de Portugalete, que es una cosa bien hecha. O ver cómo trabaja Mar García, o Eduardo de Armiñan, o Luis Arrizabalaga. Los ves en acción y te dices: “Eso es hacer las cosas bien”. Es una gozada.

En cualquier caso lo de “hacer las cosas bien” es un concepto que suena pretérito, como de otra época.

Sí, es un concepto de antes. El otro día mi novia trató de arreglar un aparato que se nos había estropeado (el router), y cuando lo abrió no había tornillos. No se podía desmontar. Así que la idea de hacer las cosas bien es una cosa antigua, como los tornillos. De la época de los tornillos (ríe).

Tu libro también desprende un aire a anti-individualismo. Defiende hacer las cosas en equipo, y se alinea firmemente a favor de la colaboración entre humanos y el estrechamiento de lazos. Al “heroísmo doméstico, familiar, artesanal”.

Incluso los hermanos Susmozas se juntan, aunque sea en república federal. Resuelven un problema a base de federalismo: cada uno haciendo lo que sabe hacer: el alemán, la ciencia jurídica, la inventiva ingenieril…

En cambio, la faena del escritor es de una espantosa soledad. Carece por completo de esa resolución de problemas prácticos en equipo que es tan reconfortante. “¿Cómo pasamos este sofá por esa puerta?”, y tal.

El cine es el trabajo de equipo por antonomasia. Es como una de esas películas de guerra en que los mandos medios son los que hacen el trabajo sucio, y a la cabeza de todo está un generalito que  no se entera de nada. Están por un lado los tíos brillantes y efectivos (que suelen ser los sargentos y tenientes), y luego por otro lado está el Pentágono. Pues el cine es así.

En De aquí a la eternidad Burt Lancaster se niega a ser ascendido porque si deja de ser sargento no podrá llevar la compañía eficazmente.

Pues eso. Pero yo soy director de teatro. Titulado, ¿sabes? (ríe). Tengo el carné. Así que en teoría mandaba yo.

De eso se deduce que Los Huerfanitos es un libro de extracción completamente vivencial y de primera persona, pues está basado en la puesta en escena de una obra de teatro.

Sí, pero lo que he hecho de verdad es cine. El teatro casi ni lo caté. Hice unas mierdas… La verdad es que tenía gracia por lo mal que salía todo. La gente iba a vernos para ver cuándo la íbamos a cagar. Era como en Los productores de Mel Brooks, pero sin querer. Así que Los huerfanitos sí es vivencial, en cierto modo. Lo que pasa es que cambias cosas. Hitchcock hacía películas de tíos que eran lo opuesto a él: guapos, ocurrentes, divertidos… Yo no. En 1997 se me acumularon 39 millones de pesetas en deudas (de una película) y me dieron cuatro meses para arreglar la papeleta. Eso está en el libro, más o menos.

Pero tú no te pusiste a estrenar una obra de teatro en el Pigalle.

No. En la vida real, lo que sucedió fue un final terrible. Quiero decir que de pasar eso en un libro, todo el mundo hubiese dicho: “Pues vaya mierda de final le ha puesto”. Lo que sucedió es que llegó alguien (el padre de mi novia) y puso el dinero. Así de fácil. Pero lo pasé fatal durante una época.

En Los millones (Mondo Brutto Libros, 2010), tu primera novela, exponías lo que casi parecían recetas para sobrevivir a la pobreza. A ratos es como un manual práctico para sobrevivir sin un duro.

Eso está bien, porque así funcionará también como libro de autoayuda, que siempre se venden más que las novelas. La clave está en reaprovechar cosas, como también hacen los Guajardos en Los Huerfanitos. Yo he sido muy pobre. La amenaza de la pobreza siempre suele estar hanging over me. Ahora se me ha ocurrido una huerfanada para salir de la última crisis. Otra vez.

Has declarado alguna vez que la pobreza ennoblece.

Sí. Lo que no ennoblece son las cremas faciales. O la enología. Ahora todo el mundo es columnista de El País, todo el mundo es muy fino. (Afecta voz cursi) “El hotel estaba muy bien, pero los pomos de las puertas eran muy ásperos”. “¿Podría ver la carta de almohadas del hotel?”. Vete a tomar por culo, hombre.

Has mencionado a los Guajardos, mis personajes favoritos de la novela. Me encanta la idea de que sean especialistas en algo, no aficionados. “Hombres y mujeres que, a fuerza de años de aprender, eran maestros a la hora de enseñar”. Gente que sabe hacer algo muy bien, y te obliga a pedirles consejo. Eso también suena a concepto anticuado. Hoy en día todo el mundo cree saber hacerlo todo.

A veces tengo yo el miedo de ser uno de esos gilipollas que se creen que saben de todo, pero luego lo pienso y concluyo que no, que yo no soy así. La culpa es del cine. En ese mundo, al director le convencen de que ha de saber de todo. Los productores creen saber de todo. En ese sentido me gusta la dimensión puramente manual de Los Huerfanitos: “Esos tíos saben poner luces”. Es lo que saben hacer.

Desgraciadamente, por dedicarte a un par o tres de disciplinas, imagino que a menudo deben adjudicarte el término “multidisciplinar”. A los periodistas culturales les encanta que un artista se dedique a un montón de cosas distintas, aunque todas sean una puta mierda. No es tu caso, claro.

Peor que multidisciplinar es “hombre del renacimiento” (ríe).

Tanto Los millones como Los Huerfanitos son libros altamente compasivos. Como en las novelas de Nelson Algren, las tuyas se alinean con los desgraciados, los pobres, los feos, los dejados de lado a la hora de pavimentar el éxito y el progreso.

Volvemos a lo vivencial. Hablo de mí mismo, por eso mis personajes son unos desgraciaos. Es más cómodo hacerlo así. Todo el material lo tienes en tu propia casa. Solo has de mirarte un poco, y te ahorras mucho trabajo de documentación. Y si lo tuyo no basta, bajas a la calle y ahí tienes todo lo que te falta.

¿Te sientes anacrónico? ¿O es el mundo que cambia cuando no debería?

Mis historias empiezan y acaban, y eso es tan crónico como anacrónico. Hace poco me pidieron que hiciese una lista de cosas cañí, pasadas de moda, que me molaban, y empecé a pensar que había mucho cañí que molaba y muchos otros que me daban muy mal rollo. Creo que tú lo dijiste una vez, mencionando a Naranjito y la nostalgia mal entendida, el recuperar lo peor. Hay cosas cutres del pasado que no merece la pena rescatar. Así que hay un cañí bueno y un cañí malo. El malo será algo como Esperanza Aguirre, pero el cañí bueno será afirmar verdades como que el ventilador es mucho mejor que el aire acondicionado. O el botijo mejor que el frigorífico.

Hay conceptos que son eternos, y no pueden prescribir. En tus libros hablas de los bares, los amigos, el esfuerzo, la compasión, la pena, el vino…

Sí, hay cosas inmutables. Luego tienes por otro lado la dirección de arte de la novela, que es intentar que no aparezcan anacronismos físicos. Que si estamos en 1986 no aparezca un tamagotchi.

Tus lecturas se intuyen harto viejas. Y castellanas.

Siempre me comparan a Jardiel Poncela. Ya me gustaría. Quizás me parezco a él en el ansia por decir paridas. No sé si es en La tournee de Dios o en cual, porque todas las novelas de Jardiel son iguales y me confundo, que el personaje de Zambombo está metido en un problema de pelas (Amor se escribe sin hache, ed.). Así que Jardiel decide colocar un Deus Ex Machina y hace que un tipo le entregue los millones que necesita. Lo que decíamos antes: pues vaya mierda de final. Pero a Jardiel le funciona. Además, como el favor que le ha hecho el otro es tan grande, Zambombo decide inventarse una palabra de agradecimiento, pues “gracias” le resulta insuficiente. Lo que se le ocurre es “Carchofas” (ríe). Si me das fuego, te doy las gracias. Si me das cien millones, te digo Carchofas. También soy fan de Valle-Inclán (solo las obras de teatro), de Galdós, de Ramón Pérez de Ayala y de un novelista de los sesenta que se llamaba García Pavón. Tiene una serie de libros sobre un guardia civil de Tomelloso (él era de allí) llamado Plinio  que, acompañado de una especie de Watson –el veterinario del pueblo-, tiene que resolver los crímenes de la aldea, sean robos de jamones o asesinatos. Mihura no me gusta mucho, pero me siento obligado a decir que sí porque Miqui Otero lo dijo en la frase de la faja del libro. Luego lo cambió por Jardiel.

También se intuye un amor por las novelas de aventuras clásicas, de Salgari a Verne.

Ese es el mayor piropo que se le puede soltar a un escritor.

Vete a saber. De Cosas que hacen BUM un fulano dijo que eran como novelas de vaqueros e indios ambientadas en la ciudad. Yo me lo tomé como un cumplido, pero tal vez pretendía ser un insulto.

¡Es un cumplido! Es el mayor cumplido que pueden hacerte. El nombre incluso suena a Far West: Cosas que hacen BUM. Es como cuando el malo dice: “Que hablen las armas”. Malcolm Scarpa, que también sacó un libro que eran todo paridas, me dijo que sería fenomenal leer un libro de Marcial Lafuente Estefanía que se llamara Guarida de subnormales (ríe). Pero se trata de eso, al fin y al cabo: Aventurillas urbanas, en ciudades grandes.

Antes mencioné el vino. El vino tiene cierta importancia en tu novela, con la aparición de los ex-alcohólicos Vocaciones. Pero su abstinencia no es óbice para que digas cosas lindas, como que el vino proporciona “el calor de la intimidad con uno mismo, la más legítima de las intimidades”.

El veintiocho de febrero del año 2005 tomé la decisión de arrinconar para siempre el consumo de alcohol, que ya había dado varias vueltas al marcador. Así que en eso también iba documentado de sobras.

Pero no se te intuye arrepentido.

A los que dicen “mi hijo bebe demasiado” hay que decirles: Bebe poco. Hay que hacerle beber más, porque solo lo dejará cuando reviente. No es algo que yo sienta que hay que rechazar. Han pasado siete años y medio, pero me acuerdo todos los días de los buenos tiempos que pasé.

Hay gente que tiene mejor y peor bebida.

Bueno, yo nunca me saqué la chorra o hice el gilipollas por la calle.

Yo sí.

(Se carcajea) Lo que quiero decir es que nunca hice nada verdaderamente malo, como violar a una tía, o algo así.

Un amigo mío dice que nunca será alcohólico, porque beber le gusta demasiado y quiere seguir haciéndolo toda la vida. Así que se modera. Su adicción le modera.

Es como uno que ama a Dios, pero se guarda de amarle demasiado, porque entonces pensará en él todo el día, y empezará a cuestionarse su existencia y al final tendrá que hacerse ateo. O acabará de monje en el monasterio de Poblet. Un buen cristiano ama a Dios con cautela. Un mal cristiano se va a Filipinas a predicar y le acaban colgando como un julay. Los Vocaciones están en la fase de la abstinencia. No sé les ve beber ni cuando beben: hay una elipsis y vamos directos al mega-pedo. Malcolm Scarpa escribió un libro llamado Qué te debo, José, donde se ve a muy poca gente bebiendo, pero que es puro alcoholismo.

Las mejores cosas se forjan en el aislamiento. ¿Te sientes aislado del resto de novelistas y tendencias literarias?

Con mis amigos novelistas siempre hablamos de intentar que nadie se aburra. Me gustaría pertenecer al club de gente que pretende no aburrir al escribir.

Género: no aburrido.

Exacto.

Quizás no lo hayas pretendido, pero sí eres una rareza. Tus libros, por lo clásicos, son hoy altamente originales y extraños. Parecen provenir de otro mundo.

a) Estoy de acuerdo en eso.

b) Me gusta lo que acabas de decir

c) Pero eso lo tienen que decir los lectores, no yo. Son los otros los que tienen que decir si escribes guays, si eres un puto mainstream… Es como el cineasta aquel que dice: “Yo hago mierdas”. Y el periodista le contesta: “Eso lo tenemos que decir nosotros, no tú”. Lo de ser escritor también te lo tienen que decir los otros. La única respuesta posible a la frase “yo soy actor” es: Eso ya lo veremos.

En tus dos libros hay humor. Mucha gente no le pilla el punto adecuado al humor: o pergeñan una astracanada pedorrera sin pathos ni emoción, o un ladrillazo petrificado de seriedad. En un libro no se puede hacer Aterriza como puedas. Creo que tiene que existir también una cierta búsqueda de elevación, como tú haces.

Aterriza como puedas es una película mucho más pura de lo que la gente cree. Es imposible de reproducir en otro medio que no sea el cine. No es adaptable al teatro, por ejemplo. Eso la hace un artefacto mucho más puro que algunas películas de Griffith, y encima tiene gracia. La segunda de Aterriza como puedas, siendo floja como es, vale mucho más que cualquier cosa de Yolanda García Serrano. Julio Medem hace comedias de puta madre. Es solo que, cuando terminan, no sale nadie diciendo “¡Que esto no iba en serio!”. De hecho, la gente incluso lloriquea. Pero me estoy despistando. Los millones va de un tío que las pasa canutas, de un tío que está muy solo. A mí me daba una pena tremenda, pero a todo el mundo le hacía gracia. En Los Huerfanitos, en cambio, sí busqué ser cómico. Me dije: (afecta voz presuntuosa) “Voy a hacer comedia”. Qué le voy a hacer, las cosas feas me las acabo tomando a coña. Es como una disposición fisiológica. Mi padre me dijo el otro día: “Que poco dados a deprimirnos somos en esta casa”.

Los millones ilustra una soledad terrible.

Hombre, en eso también nos hemos documentado, qué te voy a decir.

(Ayer 26 de junio del 2012 entrevistamos al novelista, cineasta y juguetero Santiago Lorenzo, uno de nuestros autores favoritos de ahora mismo y del mundo entero. En esta casa somos muy fans de sus novelas -Los millones y Los huerfanitos- sus películas -como Mamá es boba- y sus maquetas imposibles y diseños pre-tecnológicos. Esta charla se desarrolló en dos lindas bodegas obreras del alto Raval)

Libro del mes (julio-agosto 2011): SANTIAGO LORENZO Los millones

Los millones

Santiago Lorenzo

Libros Mondo Brutto

205 págs.

¿Los millones? Su reino no es de este mundo. ¿De qué reino hablamos? De uno que sobrevive perdido, aislado, olvidado, una meseta 80’s que –contra todo pronóstico- vuelve a nosotros en pleno 2011, acarreando algo de paz para combatir el desasosiego y la presente banalidad de base. Pero no me entiendan mal: Los millones no es un libro ochentas; simplemente está ambientado allí. En 1986, para ser exactos. Esta sensacional novela, por añadidura, ostenta la más escueta y a la vez descriptiva nota de contraportada que hemos visto jamás: “Marzo de 1986. A uno del GRAPO le tocan doscientos millones de pesetas en la Lotería Primitiva. No puede cobrar el premio porque no tiene DNI”. Pero esta (por otra parte) fabulosa reducción de trama podría llevarles a engaño, porque Los millones dista mucho de ser una noveleta-con-guiño, una broma pulp con aroma cañí, por mucho que transcurra en el Madrid de mediados de los ochenta y por mucho que su protagonista sea “terrorista”. He aquí una novela que podría ser descrita como “analógica”, de la forma en que Thomas Pynchon se refirió al Stone Junction de Jim Dodge. Un libro que, tanto por su celebración de las cosas que ya no existen, por su inherente panegírico a ese mundo (a ese Madrid) en vías de desaparecer, como por su lenguaje deliberadamente anacrónico, como por su rechazo a truquitos metaliterarios o fragmentación posmo, podría ser de cualquier época, perenne, inmutable. Noventayochista, si me permiten exagerar. Esta es, entonces, una novela pre-tecnológica, pre-globalización, escrita por alguien que aún está enamorado de Salgari, Verne, Chesterton, el Valle-Inclán de Luces de bohemia y Conan Doyle, ajeno a los dimes y diretes del mundo editorial, sus modas y bagatelas, sus pisaverdes y sus pelmazos. Una novela casi de aventuras, solo que en lugar de suceder la acción en un altiplano perdido de la Amazonia o en un bajel pirata que sortea el Cabo de Hornos (o en un café de 1924), su adictiva trama se nos presenta en un maravilloso Madrid 1986 preservado para nosotros con el amor y el cuidado de un veterano entomólogo.

La trama detectivesco-conspirativa de Los millones, como habrán imaginado, es solo un pequeño encanto de los muchos que pasea por ahí esta remarcable obra. Uno pasa las páginas con furia, enfrentado a un misteriete que tiene tanto de El hombre que fue jueves como de The Ipcress file. Pero lo que deja más poso, lo que le rompe a uno el corazón, es su maravillosa oda a un mundo que parecía eterno, y resultó no serlo. En ese sentido, Los millones es una obra nostálgica, de la forma menos imbécil, menos barata y menos estéril posible: una novela que celebra la sociedad, comunidad y forma de vida de 1986, un universo que aún era remarcablemente parecido al de 1886, un medio ambiente que creíamos destinado a la eternidad, y que hacia mitades de los 90 nos arrancaron de debajo de los pies sin avisar ni pedir permiso. Piensen en el reciente “My town” de The Wild Swans, o el “Losing Haringay” de The Clientele, o la penúltima novela de Jonathan Coe, y entenderán el sentimiento subyacente aquí; incurable pesadumbre por lo que ya no existe.

Los millones, por tanto (sin caer jamás en la sensiblería Reader’s Digest, o el afectado kitsch gilipollas del que luce una camiseta de Naranjito), le canta a Radio Ochenta Serie Oro, a la cazalla y los botellines, a las chupas de “termoforro”, a la prensa deportiva, los Bonys y el mundo social pre-Facebook, pre-móviles, pre-subnormalidad. En ese sentido, como obra que aplaude a un planeta 80’s tan seguro de su permanencia como inquieto por el futuro, la novela es insuperable. Es irónico, asimismo, que el responsable de describir esa sociedad sea, precisamente, un protagonista forzado a la marginación y a la asocialidad, pero tal vez sea su estática soledad la que realza la vida de una ciudad que vivía en la calle; o, más concretamente, en los bares de ésta. Y es que Los millones es también un canto al bar, a sus costumbres, hábitos, clichés y particularidades, a sus leyes y su aspecto, tanto interior como exterior. Desde luego, solo alguien que haya pasado media vida en bares y bodegas (ver lista de julio-agosto) puede ser capaz de plasmar con semejante meticulosidad molecular el maremoto de detalles y referencias que pueblan la prosa del libro. Como el propio autor reconoce al final, “todas las localizaciones de la novela son reales, y funcionaban como tales en 1986”. Ni que lo jures, Lorenzo.

No obstante, debemos insistir, esta no es una novela vivencial. Su propósito final es ese entretenimiento de vieja escuela, Jardielesco y Mihurista, que los cráneos previlegiados de la literatura actual rehúsan tocar, y que tan en falta se echa en las librerías de hoy. Y a la vez, esas aventuras son la excusa para hablar con grandioso pathos de la soledad y la supervivencia, de lo dañina que es la carestía amical, del hueco en el alma que horada la falta de seres a quien amar, y a la vez a las posibilidades redentoras del amor romántico, del compadreo eterno, del encuentro de la media naranja. Por si esto fuese poco, casi inadvertidamente, Santiago Lorenzo erige simultáneamente un manual para el ahorro, un decálogo para arreglárselas con pocas perras, que apreciaran todos los manirrotos patológicos y dados al dislate pecuniario.

Como todo debe encajar, quizás sepan ya que Santiago Lorenzo es además artista pre-tecnológico (no se pierdan sus esculturas-híbrido de modelismo amueblante), cineasta (suyas son Mamá es boba y Un buen día lo tiene cualquiera, además de varios cortometrajes premiados aquí y allá), señor con cola de caballo y amante fatal de una buena barra de bar. Es decir: un humano al que desearíamos conocer, abrazar, sepultar en lisonjas, abrumar mediante brindis de repetición y, ya juntos y ebrios, maldecir la dictatorial intangibilidad y estulticia de estos tiempos nuevos, nada salvajes. Compren su libro, por favor.

Kiko Amat

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