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Libro del mes (febrero 2012): Baron’s Court, All Change, TERRY TAYLOR
Baron’s Court, all change
TERRY TAYLOR
Five Leaves Publications
Prólogo de Stewart Home
Ten cuidado si vas buscando el Santo Grial, porque un día lo hallarás. Y entonces, amigo, tal vez sufras una ruda decepción. Baron’s court, All Change de Terry Taylor ha sido definido durante años como el condenado Santo Grial de la literatura beatnik-mod de los últimos 50’s y primeros 60’s. Varias cosas avalan su supuesta santidad: en primer lugar ha estado fuera de circulación desde 1965, año en que se publicó su segunda y última edición. Eso implica que en la época solo alcanzaron a leerlo cuatro majaras, que desde entonces se permitieron ir difundiendo lo del Santo Grial para amargar la existencia de los desdichados que no lo teníamos. En segundo lugar, el propio Colin McInnes declaró que su autor, Terry Taylor, había sido la inspiración fundamental a la hora de crear al anónimo protagonista de Principiantes: el fotógrafo hip, fanísimo del jazz, perdido por las ropitas y los calcetines brillantes, enterado de qué se cuece en las catacumbas del Soho, que trisca y corretea por las páginas de la novela como un descocado fauno proto-mod. En tercer lugar, y como consecuencia directa de lo anterior (de la condición de insider de Terry Taylor, quiero decir), se considera (los cuatro majaras consideran) Baron’s Court, all change como una novela más auténtica que la mencionada Principiantes: McInnes era un “inside outsider”, como su propia biografía anunciaba, un caballero la mar de observador pero que estaba dentro-fuera del asunto, mientras que Taylor era un insider-insider: figura emblemática en el Soho 50’s, era asistente/amante de la fotógrafa Ida Kar -pese a la diferencia de edad que les separaba- apasionado del jazz, camello de droga blanda y face arquetípico de aquella naciente escena. Taylor era el über-beatnik-proto-modernista, uno entre un millón: antes de que ningún inglés pensara en veranear fuera de las islas, él había ido y vuelto varias veces de Tánger, a lo Joe Orton/Burroughs (de cada viaje, podemos suponer, regresaría ataviado con nuevos y coloridos kaftanes y foulards, que a su vez influenciarían a la naciente escena freak pre-hippie del Londres de 1966-67).
Su novela es indudablemente biográfica: el protagonista es un oficinista anónimo (recuerden Principiantes) que decide abandonar su aburrido empleo para empezar una nueva vida como camello en algún lugar de Central London. Por el camino descubre la grifa, tiene una relación con una mujer mayor que él, se adentra en los misterios del espiritualismo, se sumerge en las profundidades de cada club de jazz que se cruza en su camino, se gasta todo su dinero en camisas de Cecil Gee, manda a tomar viento a un amigote suyo que se vuelve heroinómano, fuma algo más de grifa, rememora algunos pasajes vividos durante la IIª guerra Mundial (pese a que se nos cuenta que nació en 1944: Taylor debía ir tan fumado como su protagonista, a estas alturas), se enamora y desenamora de una paradigmática beatnik perdida de ojos gatunos y cabellera alquitranada, canta a Sarah, Billie, Dizzy y Ella, define a la gente por sus ropajes (que analiza con microscópica meticulosidad), escupe un aluvión de épicas y epicúreas declaraciones de rebeldía juvenil y carpe diem enloquecido (“Why don’t you wake up? You’re dead before you’ve ever lived!”, etc.) en la cara de varios vejetes que tienen la mala fortuna de toparse con él, su hermana se queda embarazada y tiene que abortar ilegalmente (recurrente tema en un 85% de la literatura kitchen sink del periodo), realiza más declaraciones de pertenencia y odio-el-maldito-mundo-adulto, fuma otro buen par de cañardos tamaño torpedo, habla de los Teddy-Boys y los trad-kids y los modernistas como él, se relaciona de forma más bien fría con hombres de raza negra recién emigrados a la Gran Bretaña, sigue hablando (infatigable) de trapitos ajenos (“a just about young, nearly old cat sitting in the corner, who was reading a ‘Superman’ comic. He had a clean shirt on and a tie as well, but his hair was long and cut in a Boston style, which by the way went out with Dixieland Jazz. His clothes were of the post-war American style, all flash and larey, ice-blue gabardine, twenty-inch bottom slacks as well…“) y al final no recuerdo muy bien qué sucede. Hacia este punto había perdido algo de interés, si he de serles franco. Creo recordar que acontecen un par de traiciones y enchironamientos, y el protagonista decide seguir “su camino” lejos de lo hip.
Baron’s Court, all change es importante básicamente –y la recomiendo aquí- por cómo describe ese floreciente mundo que deja atrás lo beatnik pero lo sublima en lo mod (los dos cultos no son rupturas, como algunos desinformados creen, sino evoluciones), también porque fue una de las primeras novelas que habló con franqueza y pachorra de drogas en Inglaterra (el libro incluso menciona el LSD, ¡en 1961!) y porque, como decíamos, toda esta información es fidedigna, de primera mano: lo que Terry Taylor había visto y experimentado en sus torturadas carnes de héroe beat. Stewart Home y yo (como ven acabo de citarnos juntos, como si fuésemos amigachos desde BUP) oímos hablar del libro por primera vez en la mencionada biografía de Colin McInnes, pero así como el bueno de Home consiguió una rara copia original al poco tiempo, yo tuve que esperar hasta hace unos meses, cuando los estupendos muchachos de Five Leaves Publications decidieron reeditarla. Una vez leída y subrayada
-de forma a todas luces excesiva- tuve que concurrir con muchos de los panegíricos de Home (léanlos aquí) excepto en uno: Home considera la “autenticidad” de Baron’s court… uno de sus principales atributos. En mi opinión, no obstante, ese realismo verificable no eleva a la obra por encima de su competidor directo, Principiantes, excepto desde una perspectiva puramente documental. O, dicho de otro modo, quizás Baron’s court… esté escrito desde más cerquita, pero Principiantes es mucho, mucho, mejor en cuanto a pedazo de narrativa. Y además, permítanme que subraye esto, no siempre lo más “auténtico” es superior: The Eyes eran muy poco auténticos, y asimismo sus discos son de los mejores y más ruidosos de los sixties. Generation X quizás fuesen de los menos “auténticos” del punk 77, pero nadie posee más hits. Del mismo modo, Colin McInnes tenía 44 años cuando escribió Principiantes: a todas luces, un forastero respecto a la nueva cultura juvenil, un apasionado peregrino que, si bien sincero y entusiasta en su amor por el jazz y la cultura caribeña y todo eso, estaba incapacitado por añada y bagaje para pertenecer de veras a ella. Y sin embargo, su empatía, pericia y capacidad de observación hicieron de Principiantes la novela definitiva (rítmica, efervescente, divertida) sobre el tema. Con “autenticidad” o sin ella. Y eso sin meternos a considerar cuál de las dos fue pionera: Principiantes se publicó en 1959. Baron’s Court, all change en 1961, dos años después. ¿Tenía Terry Taylor la idea, el mundo y la experiencia para hacerla primero, pero no acertó a ponerlo en palabras hasta 1961? Nunca lo sabremos. Lo cierto es que, una vez publicada Principiantes, Baron’s Court… se antoja –lo fuese o no- como una (digna) copia de su antecesora, como una cara B sublime que juega, sin embargo, en una división inferior. Algo parecido sucedió con todas las novelas kitchen sink que brotaron como hongos tras el éxito de Sillitoe, Osborne, Braine y Wain.
No tengo nada más que decirles, por el momento, sobre el asunto. Léanla y saquen ustedes mismos sus propias conclusiones. Baron’s Court, all change está, naturalmente, escrita en inglés, pero tal vez algún chiflado la traducirá en el futuro. No perdamos la esperanza. Five Leaves Publications ha continuado su magnífica labor con otros hits descatalogados del Londres subterráneo de los cincuentas y sesentas: Adrift in Soho, de Colin Wilson, The Furnished Room de Laura Del-Rivo y la maravillosa Scamp, de Roland Camberton (como dice Iain Sinclair, hay veces en que un libro sí se puede juzgar por la portada). Y encima son catalanófilos, como demuestra su imprint Catalonia. Es tiempo de celebración, amigos de Inglaterra, es tiempo de celebración. Kiko Amat
El Rey Julián: Varón y dandi
Julian Maclaren-Ross Dos nuevas traducciones devuelven al presente la figura del escritor dandi maldito de los años 40 londinenses
El dandismo resulta, a la larga, poco sostenible. Quizás sea porque la dulce crueldad y la monovisión que lo fertilizan se tornan imposibles pasada cierta edad, y el mantenimiento del jardín de la elegancia es incompatible con próstatas llameantes y galletas espachurradas en camisas. O quizás sea porque parte de la gente que también pasta en los prados del Vestir Bien son puchinelis bulímicos con menos profundidad que una piscina Toi y, en general, gente que nunca despertaría nuestra admiración, sino más bien el deseo de incrustar en su réctum la maraca raniforme con 12 cascabeles de nuestro hijo menor.
Por otra parte, el dandismo interesante es el heróico, no el pueril. La belleza pretérita de tíos impolutos en medio del hundimiento general y personal, hombres despeñados y cojeantes pero aún aferrados precariamente al alféizar del abismo, zapatos lustrosos y dieta forzosa, negándose a admitir la pena o el fracaso. Gente sutilmente odiosa, cierto, pero de una forma única, valiente, con una concepción de la estética personal que no emanaba de Vogue o la pasarela, sino de una fiera visión de la individualidad.
Julian MacLaren-Ross (el guioncito del apellido es inventado, como tantas otras cosas de su vida) quizás sea el mejor ejemplo de la malograda, morosa y tuberculosa dandibohemia londinense de la década de los 40. La escena pre-beatniks del Soho de la IIª Guerra Mundial, alcohólico hogar de Francis Bacon, Dylan Thomas y tantos otros. Un submundo que fermentaba en los pubs insalubres del barrio bohemio por definición, mientras allá arriba cundía el racionamiento, los apagones y los impactos de los V2 nazis. Nacido en 1912 en el seno de una familia de clase media venida a menos, Julian pasó no obstante parte de su infancia en la riviera francesa. Los internados galos y el ejército -donde sirvió de joven- forjarían su idea de sí mismo como marginado en un entorno hostil, así como su increíble capacidad de auto-preservación. Una capacidad que se pondría a prueba en Fitzrovia (norte del Soho, bautizado así por el pub Fitzroy Tavern), el mini-país en el que se instaló de civil y que ya nunca abandonaría hasta su muerte.
El Julian de 1943, King Julian, se había reinventado a sí mismo con éxito: mucho antes de publicar ya andaba por los pubs tildándose de escritor y luciendo su imperecedero kit estético: cigarrillo emboquillado, traje de pana carmesí (y clavel en la solapa), chaqueta con cuello de astracán, faja marrón, corbata de seda, gafas de aviador (que llevaba, no haría falta decirlo, también de noche) y un bastón indonesio dando ritmo a sus pasos. En el Soho crepuscular y austero de los 40’s, los transeuntes debieron admirarle como aztecas enfrentados a su primer ovni aterrizante. Tan inolvidables resultaban su estampa y actitud, que MacLaren-Ross terminaría apareciendo como personaje en las novelas de sus contemporáneos. El más célebre de ellos sería el exhibicionista, autoabsorto y contradictorio esteta X. Trapnel en Los libros sí amueblan una habitación, décimo volúmen de Una danza para la música del tiempo de Anthony Powell.
Pero más allá de sus calcetines y cameos, Maclaren-Ross es importante por dos cosas: su estilo literario y posterior defecación en él. Porque si bien las motivaciones originales de Julian a la hora de planear vivir de la escritura no eran particularmente admirables, su talento le llevaría a firmar obras de gran calidad; ágiles, duras, irónicas y elásticas, como las recientemente traducidas De amor y hambre (1947) y Veneno de tarántula (1946). Entre sus fans se contaban figurones como Evelyn Waugh, Anthony Powell, Cyril Connolly o el propio Greene, y todo apuntaba a las estrellas.
Sin embargo, lo que sigue es derrumbe y vergüenza, y Maclaren casi inventó la figura del has-been, o talento primordial malogrado por una mala gestión de los bienes inspiracionales. Julian quemó, violó y arrastró por aguas fecales su arte hasta que de él no quedó más que una risible autoparodia. ¿Cómo? Viviendo muy por encima de sus posibilidades, empeñándose con medio Londres, aceptando cualquier tipo de empleo (guiones de serie B, noveluchas pulp) para pagar a sus acreedores, alienando a sus editores, volviéndose alcohólico, etc.
Pero el peor mal que aquejó a Maclaren-Ross fue la llamada “Soho-itis”, o el síndrome bohemio por el cual uno se pasa la vida en el pub de turno relatando sus planes literario-artísticos en lugar de estar poniendo en práctica dichos planes. Hasta su fallecimiento en 1964, Maclaren-Ross pasó una remarcable parte de su vida en el bar, medio tísico y ocasionalmente homeless, pero -eso sí- manteniendo aquella dignidad precaria que era su marca de fábrica, “un atractivo aire de triunfo en la cara de la derrota que le hizo santo patrón del culto al fracaso que imperaba en el Soho” (Paul Willets). Quizás fuese un mentiroso de poco fiar, un lechuguino corrupto, manirroto patológico, monologuista insoportable, borracho y toxicómano. Pero en un mundo sin color, su única obsesión fue ser Él. Y lo consiguió, vive Dios.
Kiko Amat
Obras esenciales
De amor y hambre (1947; Lumen 2007)
Veneno de tarántula (1946; La Bestia Equilátera 2009)
Tostadas de jabón (selección de cuentos; La Bestia Equilátera 2009)
Memorias de los cuarenta (La Bestia Equilátera, previsto para el 2011)
Biografia
Fear and loathing in Fitzrovia; the bizarre life of writer, actor, soho raconteur Julian Maclaren-Ross, Paul Willets (Dewi Lewis Publishing, 2005)
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 6 de octubre del 2007. Esta versión es ligeramente más extended que le que finalmente se publicó)
¡Dignidad para Wolf!
Wolf Mankowitz Limpiamos la memoria del gran escritor inglés de los 50’s, acusado maliciosamente de pertenecer al KGB y haber participado en la franquicia James Bond.
1. Este verano leí con indignación en un periódico español la siguiente noticia: como demostraba la desclasificación de varios documentos del MI5 británico, la agencia de contraespionaje había investigado durante más de una década “al guionista de Dr. No Wolf Mankowitz” por sospechar que era agente del KGB. Mi virtuosa ira no manaba de la supuesta pertenencia al Kominet soviético del maestro Mankowitz -cada uno tiene los hobbies que tiene- sino de que mi ídolo fuese tildado de “guionista del Dr.No”, una afirmación similar a decir “Ha fallecido Marlon Brando, el padre de Superman” o “Entra en coma Richard Attenborough, el malo de Jurassic Park”. El acto de etiquetar así a Mankowitz era un doble acto de escupir sobre su tumba pues, además de ignorar el resto de su obra, la noticia no mencionaba que el escritor inglés se avergonzaba de haber formado parte de lo Bond y exigió que retiraran su nombre de los créditos del filme.
2. Mankowitz, desinfectemos aquí su memoria, fue en realidad uno de los mejores escritores ingleses de los 50’s. Nacido ruso-judío en el East End londinense e hijo de un comerciante de antigüedades, Wolf pertenece también al equipo de Autores que Escriben de lo Vivido F.C. Sus dos novelas más exitosas, Make me an offer (1952) y A kid for two farthings (1953) hablaban respectivamente de sus experiencias personales como mercader de cachivaches antiguos y de los sastres judíos en su empobrecido East End natal. Mankowitz fue también un experto guionista, y suyas son las adaptaciones fílmicas de la mencionada A kid for two farthings (Carol Reed, 1955) o de la obra de teatro The bespoke overcoat, que Jack Clayton (el director de Room at the top) filmaría en 1956. Para los fans del Soho 40’s y 50’s y el ambientillo de Gaggias, anfetas y modern jazz, Mankowitz es un Santo Patrón, pues firmó la historia corta Expresso Bongo, que en 1958 se transformaría en la obra de teatro y película homónima. Expresso Bongo es una parodia-puñalada de la escena de ídolos musicales adolescentes del Soho y los mánagers despiadados que los adoptaban, maleaban y luego soltaban como clavos ardientes. En cuanto a ácida sátira de la escena Tin Pan Alley y su churrería de popstars no tiene parangón. En el cine fue Cliff Richard quien interpretó al alelado Bongo Herbert (manipulable pubescente toca-bongos), mientras Lawrence Harvey (de Room at the top) daba maléfica vida al manager Johnny Jackson.
Expresso Bongo es asimismo crucial por dos cosas que no existirían sin ella. Una es, sin duda, la película de 1957 Sweet Smell of success (aquí Chantaje en Broadway), con Tony Curtis interpretando a la trajeada sanguijuela Sidney Falco, un venenoso manager del Broadway 50’s visiblemente inspirado en su antecedente Sohoístico. La otra es, sin pretender mancillar vacas sagradas, la novela de 1959 de Colin MacInnes, Principiantes. Pese a tratarse de mi libro favorito, los años y las lecturas me han obligado a admitirme a mí mismo que Expresso Bongo estuvo allí antes. Aunque más centrado en la parte managerial, triscaba por el mismo claroscuro Soho 50’s de gángsteres, meretrices y teenagers proto-mod. Y encima, y esto si me dolió admitirlo, el lenguaje de Mankowitz era más espontáneo que el de MacInnes, su prosa dotada de un rara elasticidad y emotividad no-cursi que le hacían superior. Al castellano casi no se le tradujo, así que siéntanse libres de tomar este artículo como un S.O.S. editorial.
3. Y en cuanto a lo del espionaje y lo de Bond, resolvamos este tema en un par de líneas: Mankowitz no fue espía de nadie, sino un simpatizante marxista cuyos contactos con la embajada soviética tenían que ver únicamente con su deseo de traducir a Chéjov. Además, fue muy crítico con la invasión soviética de Hungría. Su mujer sí había pertenecido al Partido Comunista inglés, pero bueno; la mía de joven era fan de Bruce Springsteen, y eso no me hace a mí fan del Boss (Dios nos libre).
Mankowitz sí fue, en cambio, responsable de presentar a Cubby Broccoli y Harry Saltzman, los dos productores de Dr.No, y por tanto su mano selló la alianza que produciría el primer Bond. También colaboró en el script -aunque, ya dijimos, lo lamentaría luego- y en 1966 (quizás buscando un desquite) escribiría el guión de la parodia Bond Casino Royale. Un inmejorable acto de redención.
Kiko Amat
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 27 de octubre del 2010. )
Nota a la publicación en web: Como coincidencia fascinante, dos semanas después de la publicación del artículo anterior, leo lo siguiente en una nota al pie del artículo “Sharp Schmutter” que Colin MacInnes escribió para The Twentieth Century en 1959 (y que yo jamás había leído, hasta hoy) y que incluía una mención a Wolf Mankowitz: “A quien estoy muy agradecido -a pesar de que no busco culparle de las consecuencias- por haberme animado a escribir sobre teenagers“. Todo encaja una vez más, amigos lectores.


