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Islandia Nunca Quema es mi grupo favorito

Ahora mismo. Les vimos ayer en Heliogàbal, boquiabiertos, ojipláticos y con las rodillas haciendo castañuelas. Recuerdan a Felt, The Jasmine Minks, The Bats y The Chills, con algo de los primerísimos The Go-Betweens y lo mejor de VU. Las canciones son sencillamente increíbles, muy distintas entre sí pero verdaderamente intensas, con letras hermosas cantadas en inglés no-bantú (y en un tono casi conversacional que enamora), y todo el rato pasan cosas en sus instrumentos. Qué raro es escuchar a un grupo hoy y pensar todo el rato en Maurice Deebank (recordar de verdad a Felt no es moco de pavo, vamos). Qué raro es pensar también en Orange Juice, y sin que se trate de un guiño saltarín para defraudar a unos cuantos hipsters. No: a Islandia Nunca Quema les sale así. Simplemente pertenecen al mismo género de forma innata. Y encima son de pueblo, modestos y serios y honrados trabajadores. No hablan casi en el escenario. Son tan buenos y tan excitantes que su single (que es la monda, vean la Lista del Mes de marzo) no les hace justicia.

Créanme: de lo mejor que he visto en mucho tiempo.

Preciosa insularidad

Pop neozelandés Los sellos Captured Tracks y Flying Nun empiezan una colaboración para editar discos emblemáticos y rarezas del segundo. La monja voladora despega desde el otro extremo del globo.

The Bats

El símil se ha hecho antes: cuando los primeros pioneros se asentaron en Nueva Zelanda hace 700 años, en la zona no había mamíferos placentarios. Ni perros, ni caballos, ni vacas. En su ausencia habían fructificado los más exóticos animales: canguros, ornitorrincos, koalas y kiwis. Lo mismo podría decirse del “sonido Dunedin”, la discográfica Flying Nun y los grupos pop neozelandeses de los 80’s. Eran raros. Raros sin querer, sin sudarlo. Coincido con el discómano Kevin Pearce cuando desconfía de los músicos que se esfuerzan en ser extravagantes, como Butthole Surfers o Frank Zappa. The Clean, The Bats, The Chills, The Verlaines, Tall Dwarfs, Sneaky Feelings y el resto de grupos de Flying Nun, por el contrario, eran extraños de pura chiripa. Su singularidad no nacía de la visión comercial o las ganas de dar la nota, sino que era tan natural como una muletilla.

El aislamiento creativo es una herramienta vital –un búnker donde crear sin intromisiones, ajeno a modas veleidosas, erigiendo un universo personal- y pocos artistas han estado tan aislados como los grupos de NZ. Graeme Downes, de The Verlaines, achaca esa insularidad a que las tendencias inglesas tardaban dos años o más en llegar a las antípodas. “¿Para qué molestarse en seguir una moda”, afirmó en 2005, “si llegaba a nosotros ya moribunda?”. En esa lejana isla, los grupos de lo que sería bautizado como “Dunedin Sound” crecieron como anacrónicos saurios de El mundo perdido: sin contagios del resto del planeta. A su bola. Sin saber que eran deformes, como en una de esas paradojas de La dimensión desconocida donde vemos una sociedad de bizarros cuyas deformidades son la norma, y se enchirona al único fulano normal. Por monstruo.

Allá en su nube y privados de pop moderno, todos aquellos grupos tiraron de fondo de armario: viejos discos de Velvet Underground, Byrds, 60’s beat y garaje. Eso, sumado a una extraña combinación de poligamia intergrupal –sus miembros colaboraban continuamente en proyectos paralelos- y sana competitividad –todos ambicionaban crear la mejor canción- gestó un asombroso tipo de pop. Era austero, espacioso y tenía empuje. Era estrafalario y nervioso, pero cantable. La combinación de augusta ambición compositiva y limitada pericia instrumental levantaba canciones de nervio roto y épica torcida, emocionantes y espinosas. Era, y sigue siendo, algo maravilloso de escuchar. Hits imposibles de las antípodas. De gente que anda con la cabeza.

Roger Shepherd, dueño de una disquería, los agrupó en un sello con nombre extravagante (Flying Nun, por la serie La monja voladora) y empezó a sacar discos en 1981. Nueva rareza: aquellos éxitos implausibles se tornaron hits certificables. El segundo lanzamiento de la casa, “Tally ho!” de The Clean, llegó al #19 de las listas nacionales, y los siguientes treparían tan panchos por el Top 10 una y otra vez. Algo tenía aquel pop desviado, diferente sin ser consciente de ello, que cautivaba a los oyentes. En breve, aquellos anómalos náufragos pop trascenderían sus fronteras, y se sumarían a una red que tenía células en la Inglaterra indie, en el Paisley Underground americano o en el pop trotante, zurdo y velvetesco de The Feelies. Todos ellos venían del punk y el Hazlo-Tú-Mismo, de la comunidad sólida y la artesanía al margen del comercio, del rechazo a las rockstars y al darse aires. Todos tocaban acordes inusuales, escapaban del rock tradicional, convergían con otras tradiciones. Cosas que crecen entre las baldosas; flores raras, pero resistentes.

Y las más raras, ya se ha visto, serían las de Flying Nun. Había en aquellos grupos una extraña oscuridad, una precariedad amenazante, de la que carecían los grupos ingleses o americanos. No era psicodelia habitual: habían llegado al mismo sitio mediante otros caminos, saltando zanjas y evitando carreteras transitadas. Solo hay que escuchar “Night of the chill blue” o “Pink frost” de The Chills: pop épico que suena a emboscada en un bosque helado. Pop tenso que parece hablar de cosas malas a punto de pasarte; a ratos fatalista, a ratos esperanzado. Con ese arrugarse el estómago que solo producen el miedo o la anticipación: como “Calm before the storm” de The Bats. Un accidente que nadie puede impedir, unas palabras de aliento antes del desembarco fatal.

Tras haber sacado decenas de discos excepcionales, Flying Nun fue adquirida por Warner en el año 2006 y languideció durante años, llena de moho, como el arca perdida al final de aquella película. Por fortuna, su ex-dueño la rescató el año 2009 y recientemente ha empezado una colaboración con el sello Captured Tracks que se augura sabrosa. Su primer lanzamiento es un doble álbum de Toy Love, suerte de grupo nodriza del Dunedin Sound (sus miembros fundarían bandas emblemáticas de Flying Nun: Tall Dwarfs y The Bats) que de 1979 a 1980 mezcló punk 77 con sixties pop feliz, y produciría al menos un cripto-hit inmortal (la jubilosa “Swimming pool”). Qué extraordinario descubrimiento. Kiko Amat

Un Top 10 personal de hits antipódicos

THE BATS Calm before the storm (7” Block of Wood, 1987)

THE CHILLS Pink frost (7”, 1984)

THE VERLAINES Lying in state (del LP Hallelujah All the Way Home, 1985)

THE CLEAN Anything could happen (Boodle Boodle Boodle EP, 1981)

THE CHILLS Night of the chill blue (del LP Brave Words, 1987)

SNEAKY FEELINGS In the shape of a heart (del LP Hard Love Stories, 1988)

TALL DWARFS Dare to tread (del LP Fork songs, 1991)

THE BATS Miss this things (del LP Daddy’s Highway, 1987)

TOY LOVE Squeeze (del doble LP Toy Love, editado por Captured Tracks)

THE GREAT UNWASHED Neck of the woods (7”, 1984)

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 6 de marzo del 2013)

Disco del mes (Julio/Agosto 2012): THE BATS Daddy’s highway

THE BATS

Daddy’s highway

Flying Nun, 1987

Como anticipo a este verano nos complace recomendarles uno de los mejores álbumes salidos de Flying Nun: el debut de The Bats. Se titula Daddy’s highway, se publicó en el magnífico año de 1987 (muchos Álbumes del Mes en esta casa se editaron por esos aledaños), y acaba de ser reeditado en su forma original por el sello que lo vio nacer. The Bats eran -y siguen siendo, pues continúan en activo- Robert Scott, Kate Woodward, Paul Kean y Malcolm Grant, y unieron sus destinos en Christchurch (NZ), hacia 1982. Si ustedes están mínimamente versados en el año de marras, y en los artefactos que emergieron de Nueva Zelanda sobre aquella época  (el llamado “sonido Dunedin” de Flying Nun: The Chills, The Clean, The Verlaines, Tall Dwarfs, etc.) ya pueden imaginar cuales fueron los parámetros fundacionales del cuarteto: pop melancólico, sutil y elegante, enraizado en el beat, los Nuggets y la V.U., pero que reusó todo aquel legado para refundar un pop nuevo con actitud punk y espíritu generacional. Sí, aunque emergieran de la otra punta del globo y fuesen santamente a su bola, The Bats –y, por extensión, el Dunedin Sound- suenan a puro 1987 independiente inglés: The June Brides, The Jasmine Minks, Razorcuts, Hurrah!, McCarthy, The Dentists (sin el garaje), pop escocés, etc. Por afinidades, vamos, no por mimetismo. Pop jangleoso con Rickenbackers cristalinas, ocasionalmente modesco y Byrdsiano, a ratos oscuro y amenazante, a ratos trotón y feliciano, pero siempre artesano y meticuloso. Como The Go-Betweens, The Bats prestaban una gran atención a la forma de las canciones, su perdurabilidad, su estructura y composición; buscando un método de componer que no estuviese trillado ni recordara demasiado al rockete de viejo cuño, pero que tampoco escampara por senderos de desvarío experimental.

En el álbum, consecución de varios años lanzando EPs crudos, abundan canciones con el violín solitario de Alistair Galbraith (puro The June Brides), y otras que usan una caja de ritmos razonablemente cálida, y todo se funde en un sonido coherente mediante la voz rica y cercana de Robert Scott, las guitarras quebradizas, el bajo de Kean y el órgano no-garajero de la Woodward. En el terreno de las baladas pop, The Bats son tan efectivos y emocionales como The Jasmine Minks (escuchen “Sir Queen”), pero también dominan la penumbra y lo sombrío (“North by north”, que es como el “Pink frost” de The Chills) y el hit celestial (“Treason”, “Round and down”, “Block of wood”, “Daddy’s highway” y bastantes más). ¿Cimas? Las favoritas de Bendito Atraso, si quieren saberlo, son “I miss these things”, que parece continuamente a punto de romperse y deshilacharse, deshacerse en las manos del oyente, pero se eleva cada vez en un monumental tobogán de crescendo; y una canción extra que no aparecía en el LP original (fue cara B de “Block of wood” y viene incluida en los downloads de la reedición): “Calm before the storm”. Un imponente himnazo POP con coros sacramentales, varias capas de tristeza dulce, sonido cuadrafónico a lo They Might Be Giants y emoción dérmica a porrillo (por no hablar de su letra); una canción que podría haber sido éxito para The Smiths o The Housemartins, o cualquier otro grupo de pop hermoso con acceso al mainstream. 2:50 minutos de absoluta perfección coral que los sencillos chicos de Dunedin decidieron ocultar en una modesta cara B, como si se tratase de un tesoro infantil. Tal vez pensando, con razón, que el álbum ya contenía suficientes canciones rotundas e inolvidables, y que no era plan de ponerse jactanciosos. Kiko Amat

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