Merritt era un jukebox
Otro prólogo fetén, que en esta ocasión hemos escrito para el libro The book of love. 100 canciones, un cancionero con traducción de algunas piezas maestras de Stephin Merritt & The Magnetic Fields.
El cancionero ha sido publicado por Contra Ediciones, y nuestro kilométrico prólogo al mismo se titula “Merritt era un jukebox”.
Stewart Home, Dan Fante y Gavin Watson en Primera Persona
Nos complace confirmar que Stewart Home, Dan Fante y Gavin Watson han accedido también a participar en el festival Primera Persona (4 y 5 de mayo del 2012 en el CCCB, ya recuerdan).
Del primero hemos hablado lo suyo en estas páginas.Y encima, acaba de publicar Memphis Underground (Alpha Decay, 2012) con un prólogo de Kiko Amat.
El segundo es, naturalmente, el hijo de John Fante y novelista por derecho propio. Chump change y Mooch (ambas publicadas por Sajalín Editores) fueron hits en esta casa, que es también la de ustedes.Fante es el rey actual de la narrativa vivencial y que se nutre de la propia experiencia, como su padre lo fue varias décadas atrás.
Y en cuanto a Gavin Watson, es el fotógrafo ex-skin que pasó media vida fotografiando a su hermano pelanas, su familia y sus amigachos con botas (y lo publicó en el fantástico Skins). Cuando el hermano y sus adláteres engulleron E’s y se pasaron en masa al raving y el acid house (vean foto adjunta), Watson estaba allí para registrarlo con su cámara (y publicarlo en el también superlativo Raving ’89).
Watson, Fante y Home son Primeras Personas ideales, y nos llena de gozo que hayan aceptado visitarnos.
Lista del mes (febrero 2012): 8 de Serie Oro, himnos, rumba y tradicional
Recuperamos la teoría expuesta ampliamente en Mil violines: mucho mejor los clasicazos de Radio 80, la música carrinclona, las big bands, lo ye-yé, la vieja disco music, el jazz vocal, el Dixieland, incluso el AOR más radioformuláico, incluso la música tradicional, que la intragable bazofia del algún rock y pop de nuevo cuño (pero mismo aburrimiento). Nos autocitamos: “Lo contrario que Queen, pero también lo contrario que el hype. La variedad, la variedad.”
1) “Auld Lang Syne”: Un solo segundo de esta emblemática canción de fin de año vale más que toda la discografía de Fleet Foxes, Arcade Fire y The Horrors, juntos, maniatados y lanzados al proceloso mar. En realidad es un poema escocés, pero todo el mundo conoce y canturrea la versión folk inglesa para despedir el viejo año y celebrar la entrada del nuevo. Vale la pena haber nacido en un mundo como el nuestro; indudablemente imperfecto, pero que fue capaz de resumir la perspectiva de una vida en esos versos. Si no lloran con lo de “we’ll take a cup of kindness yet, for auld lang syne” es que están hechos de mármol, hombre. Y si les recuerda a un par de escenas de Qué bello es vivir y El apartamento, todo eso que ganamos.
2) “La Marsellesa”: Francamente, me importa un rábano que sea una de las canciones más famosas de la historia: su efectividad y emoción épica se han mantenido intactas a través de los siglos, y dudo que podamos afirmar lo mismo en cuatro o cinco siglos del último de los Black Keys. “La Marsellesa” sirve para empezar y concluir revoluciones, siempre ha sido así y siempre será así, por mucho que la hayan berreado Chirac o los asnos de Action Française. Es el canto #1 de los desposeídos altamente enojados, aquí y en el Nepal. Compararla al humorístico himno de Riego patrio es una atrocidad; lo nuestro es de porrompompero, lo suyo angelical. Y si les recuerda a un par de escenas de Casablanca y La Grande Illusion, todo eso que ganamos.
3) “In the Mood”: De Glenn Miller, válgame la macarena. Desde las tres primeras notas, uno siente la inconfundible oleada del entusiasmo humano bañando cada fibra y cada músculo del cuerpecito. Es imposible no someterse a sus compases iniciales y, en un instante, estar quitándose la ropa y, ya al trote avenida abajo, aullar: “¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo! ¡Gracias a la vida, que me ha dado tanto!” y felicitando al embrollo molecular y la evolución que permitieron que llegáramos tan lejos como especie. Pocas canciones transmiten de ese modo la joie-de-vivre y la afirmación de la propia existencia a través de las décadas. Este tipo de inmortalidad es el que les está negado a tantos compositores de rock desechable; no todo el mundo puede hacerlo, pero no desesperen.
4) “El cant de la senyera”: Lo cierto es que el sentido final de su soflama me la trae más o menos al pairo. Yo solo quiero hablarles de esa diabólica combinación de armonías, enhebradas con esa retórica inflamatoria, que provocan que al escucharla uno empiece a triscar hacia las montañas del Canigó como un búfalo embriagado. Fue injusta su descalificación final como himno nacional frente a “Els Segadors”, que es muchísimo más mundana. “El cant de la senyera” es el arquetípico himno de combate patriótico, levantemos esa bandera por encima de nuestras cabezas y corazones, venga compañeros, levantémosla y toda la pesca, ya saben de qué va esto. Tras ella que suene “La cançó del rei de França” y casi que las secesiones (de considerarse oportunas; no es mi caso) se harían solas.
5) “Pennies from heaven”: Es el canto definitivo al optimismo vital. Cada vez que llueve es como peniques que caen del cielo. O, dicho de otro modo, sin nubarrones uno no apreciaría jamás el sol, hay que cruzar los valles para llegar a las cimas, llegarán días mejores, que nadie se altere, li, la. Existen cientos de versiones, todas fantásticas (excepto la de Skrewdriver; si es podemos llamar a eso una versión) pero la que acaricia mis sentidos como el abandonado rasgar de un laúd es la de Bing Crosby. Pueden aplicar lo dicho al resto de canciones de big bands de los 30’s (ver Mil Violines), empezando por el “Down sunnyside lane” de Jack Payne y continuando con el “You rascal you” de los Blue Lyres. También “Cheek to cheek”, pese al infame anuncio automotriz aquel. Qué bello es vivir, no se equivoquen nunca.
6) “Que mala suerte la mía”: De Los Amaya. Ya pueden irle preguntando al sabio Txarly Brown todos los detalles de la canción, que yo solo puedo afirmar lo que sigue. “Que mala suerte la mía” es un celestial canto al sobrellevar los temporales sin hacerse el mártir ni dejarse vencer por la autocompasión. Cuando los Amaya se lamentan de su perra suerte, su derrota en realidad huele a victoria: porque al final, todo se arregla. Y si no se arregla, pues me pego unos bailecitos, qué leches. Lo dicho puede aplicarse a una gran cantidad de lanzamientos de rumba catalana de los 70’s. Pónganme en un lado de la balanza todos los festivales musicales de hoy, y en el otro el “Qué mala suerte la mía” y vean sobre cuál me abalanzo como un ermitaño ornamental que llevara diez años sin probar bocado.
7) Grandes Éxitos de los Sesenta: Por mucho que algunas alimañas llevemos más de veinte años cavando en lo más ignoto del pop sixties (y 80’s) no puede negarse que los Grandes Éxitos siguen sonando sensacional. En todas las radios oldies van a escuchar, tarde o temprano, “Gloria” (Them), “Baby please don’t go” (Them), “For your love” (Yardbirds), “Do Wah Diddy” (Manfred Mann), “It’s my life” (The Animals) y, resumiendo, el resto de temas de preescolar mod y hitazos del British Beat y demás carnaza de recopilatorio mid-price. Lo que uno se compra a los catorce, de puro pie tierno, cuando no conoce nada más y no sabe ni cómo se deletrea The Koobas. Y al escucharlas por millonésima vez, no podemos sino aullar: ¡Maravillosas canciones! Que encima parezcan gustarle a todo el mundo es un añadido comunista que a sus admiradores solo puede llenarnos de orgullo. Viva el hit parade sixties, y no hay más que hablar.
8) Éxitos del pop español: De los sesenta. Lo mismo que antes, pero en ibérico. Ya saben de cuáles les hablo: “Mejor”, “Si yo tuviera una escoba”, “La motocicleta” y un largo y bailongo etcétera. Recopilados en un casete de gasolinera, cobrados a tres euros, y disfrutados a lo largo de una eternidad. La gloria eterna del superéxito ye-yé patrio, placeres a euro. Algunos bobos se los toman a broma, pero ya me gustaría verles componiendo algo tan pegadizo y sublime como “Soy tremendo” (que era de Rocky Roberts, pero ya me entienden).
Disco del mes (febrero 2012): MAKIN’ TIME No lumps of fat or gristle guaranteed
MAKIN’ TIME
No lumps of fat or gristle guaranteed
(Fab, 1986)
Algunas apreciaciones subjetivas que quisiera compartir con ustedes: de todos los grupos de abre comillas mod revival cierra comillas, Makin’ Time eran los más interesantes. Tal vez eran menos punks que Purple Hearts, The Chords y Teenbeats, pero compensaban su falta de punkitud con sofisticación, elegancia, frescura y hits. Su pop (pese a formar parte de la segunda ola de la escena abre comillas mod revival cierra comillas) era muy poco revivalista, visionario, muy del momento: Julie Driscoll mezclada con Bangles, pop limpio (¡esas producciones de Pat Collier y Will Birch!), Motownesca adaptada a los ochentas, toques jazz y blue-eyed soul, un sonido Vox Continental/Farfisa lleno de raíces que –no obstante- se integraba en una visión actual y excitante del nuevo pop. Nada de 1-2-3-4, aullidos, Ba-ba-ba-batman y Rickenbackers estridentes: su ritmo se enfocaba mejor hacia Georgie Fame, Cliff Bennett y Timebox, pero con la adecuación al entorno y el mirar hacia adelante de The Style Council, Vic Godard y Dexys.
Makin’ Time eran un cuarteto de Wolverthampton (West Midlands) formado en 1983 como combo de R&B pedestre. Cuando se incorporó la teclista Fay Hallam en 1984, la nueva ola de la escena mod –por aquel entonces obcecada en huir de los punkismos, las chapas y el pogo de 1979-1981- hizo de ellos su grupo emblema. Era el suyo un sonido de mod club que no negaba sus cimientos, pero que rechazaba amurallarse en ranciedades añejas. Pocas bandas consiguen un sonido auténticamente único, inconfundible (The Sea & Cake, The English Beat, Television, The Fall…) y Makin’ Time eran una de esas bandas: la voz rica y tonal de Mark McGounden, el órgano flirteante y voz sólida (piensen en Anita O’Day o Julie London) de Fay Hallam, el melódico bajo de Martin Blunt y la batería fiera, compacta, precisa y muy Motown de Neil Clitheroe (así como su look Freddie & The Dreamers)… Eran todo elementos que se unían en un grupo harto particular y talentoso (tres de sus miembros componían, y encima lo hacían bien), mucho más cercano por ámbito y ambición a Weekend que a Secret Affair. Y todas esas canciones maravillosas, tan memorables y llenas de guiños y ganchos y coros.
Su primer álbum, Rhythm’n’Soul (Countdown/Stiff, 1985), es una maravilla. Su título es autoexplicativo. Soul-pop rítmico, pulido y joven. Cada canción un single potencial. Ellos impecables en portada y contraportada: jerséis de cuello redondo, brogues, bufandas al hombro, tops a rayas,
un barbilampiño Martin Blunt con corte de pelo casi skinhead y pinta Ivy League. Muchos amaron el álbum (como el gran Dave McCullough, que dijo en Sounds: “Fay Hallam is God”; el disco obtuvo varios Singles of the Week y dos de sus canciones escalaron las listas) y otros lo odiaron (un tal Roger Holland les definió como “tinny Manfred Mann tupperware sound”). Muchos de nosotros lo pusimos en el plato y allí se quedó, toda una vida. Here is my number baby. Feel like it’s love. Stop this cryin’ inside. The girl that touch my soul, pa-pa-pa-pa-pa.
Makin’ Time podrían haber sido grandes. Pero su sello, Stiff, se vino abajo y, justo antes de eso sucediera, el capo Dave Robinson (en un último y desesperado intento de conseguir éxito mainstream) les obligó a grabar un maxi con el “Pump it up” de Elvis Costello en la cara A. Craso error, que solo les reportaría burlas de una prensa rockera y/o arty siempre dispuesta a denigrar lo mod (en una crítica alguien escribió, simplemente: SACRILEGE). Cuando Stiff mordió el polvo y desapareció del planeta, Makin’ Time, huérfanos y humillados, decidieron autoeditarse el segundo LP. Y de él quiero hablarles.
No lumps of fat or gristle guaranteed (Fab, 1986), a pesar de su título atroz, es un gran disco. Siempre ha sido el patito feo de Makin’ Time, porque fue concebido como back-to-basics (con un sonido cavernoso y vagamente garajero, que se acercaba puntualmente al Medway sound de The Prisoners), y también porque para entonces nadie estaba prestando demasiada atención. No importa; las canciones de Hallam-Blunt-McGounden eran aún superlativas. El disco despide un cierto aroma de ansiedad, de intranquilidad y decepción; todo es más oscuro y triste, pese a que Pat Collier y Will Birch seguían dando cera y puliendo cera en el estudio. La atmosfera es, ocasionalmente, parecida a la de El problema es la edad de Brighton 64: un grupo desilusionado y harto que, sin embargo, decide arrear un postrero zarpazo. Makin’ Time bailan aquí para detener la marea de la tristeza; no hay otra manera. Siguen sonando hits a porrillo: Power-pop-beat-mod en “Hard woman” y “Need somebody”, o vagamente psych en “I always get what I want”. En “I’m not really a welder” el grupo aúna las caras B de Georgie Fame con las caras B de Housemartins en un semi-instrumental emocionante y nervioso. “Night time” es mi hit: Petula Clark con 80’s mod, la voz elevada de la Hallam llevando el tema más allá. Un mod sound nada obvio, nada revivalista: una white soul vision verídica y con sangre en las venas, sin poses ni coartada intelectual. Going to a go-go, todo el mundo. No lumps… aparecería en Alemania con el título cambiado (Two down, Fab 1986), la misma portada tirando a inmunda, y un collage retrospectivo de recortes de prensa y fotos promocionales antiguas que ya olía a epitafio.
Makin’ Time se disolvieron poco después, tras una gira por Alemania, y este segundo intento del que les hablo sería olvidado por la raza humana. Fay Hallam y Martin Blunt formaron The Gift Horses con el fornido Graham Day (The Prisoners), pero solo alcanzarían a sacar un single (“Rosemary”, con la estupenda balada “Learning to bring yourself down” en la cara B). Un final feliz: Hallam y Day se casaron, y encima formaron The Prime Movers. Su excelente primer disco The sins of the fourfathers (parte The Prisoners, parte Deep Purple del “Hush” y Small Faces más fieros) era energético, riffeante y muy gorila, si bien en posteriores trabajos derivarían (¡ay!) hacia el prog y los botines de múltiple hebillaje. La Hallam terminaría fundando dos grupos post-Prime Movers: The Fay Hallam Trinity y Phaze: ambos practicando un sonido Brian Auger lisérgico, todavía con aquella voz amplia y honda como las rocosas. Y en cuanto a Martin Blunt, ustedes ya saben de qué se le acusa: fundó los siempre aborrecibles y plúmbeos The Charlatans junto al tipo aquel de los labios de abadejo, confundiendo a una generación entera de fans que, por asociación (un par de flequillos, un órgano machacante, una versioncilla, el pasado de Blunt, una fotito junto a scooters churriguerescas), etiquetarían aquel endiablado espanto como sonido mod. Nada más lejos de la realidad (suenan a Free en un día malo, si quieren una definición encapsulada). No duden: Makin’ Time son el grupo que sí han de escuchar, y no le hagan un feo a este segundo álbum, que es también estupendo. Kiko Amat
Libro del mes (febrero 2012): Baron’s Court, All Change, TERRY TAYLOR
Baron’s Court, all change
TERRY TAYLOR
Five Leaves Publications
Prólogo de Stewart Home
Ten cuidado si vas buscando el Santo Grial, porque un día lo hallarás. Y entonces, amigo, tal vez sufras una ruda decepción. Baron’s court, All Change de Terry Taylor ha sido definido durante años como el condenado Santo Grial de la literatura beatnik-mod de los últimos 50’s y primeros 60’s. Varias cosas avalan su supuesta santidad: en primer lugar ha estado fuera de circulación desde 1965, año en que se publicó su segunda y última edición. Eso implica que en la época solo alcanzaron a leerlo cuatro majaras, que desde entonces se permitieron ir difundiendo lo del Santo Grial para amargar la existencia de los desdichados que no lo teníamos. En segundo lugar, el propio Colin McInnes declaró que su autor, Terry Taylor, había sido la inspiración fundamental a la hora de crear al anónimo protagonista de Principiantes: el fotógrafo hip, fanísimo del jazz, perdido por las ropitas y los calcetines brillantes, enterado de qué se cuece en las catacumbas del Soho, que trisca y corretea por las páginas de la novela como un descocado fauno proto-mod. En tercer lugar, y como consecuencia directa de lo anterior (de la condición de insider de Terry Taylor, quiero decir), se considera (los cuatro majaras consideran) Baron’s Court, all change como una novela más auténtica que la mencionada Principiantes: McInnes era un “inside outsider”, como su propia biografía anunciaba, un caballero la mar de observador pero que estaba dentro-fuera del asunto, mientras que Taylor era un insider-insider: figura emblemática en el Soho 50’s, era asistente/amante de la fotógrafa Ida Kar -pese a la diferencia de edad que les separaba- apasionado del jazz, camello de droga blanda y face arquetípico de aquella naciente escena. Taylor era el über-beatnik-proto-modernista, uno entre un millón: antes de que ningún inglés pensara en veranear fuera de las islas, él había ido y vuelto varias veces de Tánger, a lo Joe Orton/Burroughs (de cada viaje, podemos suponer, regresaría ataviado con nuevos y coloridos kaftanes y foulards, que a su vez influenciarían a la naciente escena freak pre-hippie del Londres de 1966-67).
Su novela es indudablemente biográfica: el protagonista es un oficinista anónimo (recuerden Principiantes) que decide abandonar su aburrido empleo para empezar una nueva vida como camello en algún lugar de Central London. Por el camino descubre la grifa, tiene una relación con una mujer mayor que él, se adentra en los misterios del espiritualismo, se sumerge en las profundidades de cada club de jazz que se cruza en su camino, se gasta todo su dinero en camisas de Cecil Gee, manda a tomar viento a un amigote suyo que se vuelve heroinómano, fuma algo más de grifa, rememora algunos pasajes vividos durante la IIª guerra Mundial (pese a que se nos cuenta que nació en 1944: Taylor debía ir tan fumado como su protagonista, a estas alturas), se enamora y desenamora de una paradigmática beatnik perdida de ojos gatunos y cabellera alquitranada, canta a Sarah, Billie, Dizzy y Ella, define a la gente por sus ropajes (que analiza con microscópica meticulosidad), escupe un aluvión de épicas y epicúreas declaraciones de rebeldía juvenil y carpe diem enloquecido (“Why don’t you wake up? You’re dead before you’ve ever lived!”, etc.) en la cara de varios vejetes que tienen la mala fortuna de toparse con él, su hermana se queda embarazada y tiene que abortar ilegalmente (recurrente tema en un 85% de la literatura kitchen sink del periodo), realiza más declaraciones de pertenencia y odio-el-maldito-mundo-adulto, fuma otro buen par de cañardos tamaño torpedo, habla de los Teddy-Boys y los trad-kids y los modernistas como él, se relaciona de forma más bien fría con hombres de raza negra recién emigrados a la Gran Bretaña, sigue hablando (infatigable) de trapitos ajenos (“a just about young, nearly old cat sitting in the corner, who was reading a ‘Superman’ comic. He had a clean shirt on and a tie as well, but his hair was long and cut in a Boston style, which by the way went out with Dixieland Jazz. His clothes were of the post-war American style, all flash and larey, ice-blue gabardine, twenty-inch bottom slacks as well…“) y al final no recuerdo muy bien qué sucede. Hacia este punto había perdido algo de interés, si he de serles franco. Creo recordar que acontecen un par de traiciones y enchironamientos, y el protagonista decide seguir “su camino” lejos de lo hip.
Baron’s Court, all change es importante básicamente –y la recomiendo aquí- por cómo describe ese floreciente mundo que deja atrás lo beatnik pero lo sublima en lo mod (los dos cultos no son rupturas, como algunos desinformados creen, sino evoluciones), también porque fue una de las primeras novelas que habló con franqueza y pachorra de drogas en Inglaterra (el libro incluso menciona el LSD, ¡en 1961!) y porque, como decíamos, toda esta información es fidedigna, de primera mano: lo que Terry Taylor había visto y experimentado en sus torturadas carnes de héroe beat. Stewart Home y yo (como ven acabo de citarnos juntos, como si fuésemos amigachos desde BUP) oímos hablar del libro por primera vez en la mencionada biografía de Colin McInnes, pero así como el bueno de Home consiguió una rara copia original al poco tiempo, yo tuve que esperar hasta hace unos meses, cuando los estupendos muchachos de Five Leaves Publications decidieron reeditarla. Una vez leída y subrayada
-de forma a todas luces excesiva- tuve que concurrir con muchos de los panegíricos de Home (léanlos aquí) excepto en uno: Home considera la “autenticidad” de Baron’s court… uno de sus principales atributos. En mi opinión, por contra, ese realismo verificable no la eleva por encima de su competidor directo, Principiantes, excepto desde una perspectiva puramente documental. O, dicho de otro modo, quizás Baron’s court… esté escrito desde más cerquita, pero Principiantes es mucho, mucho, mejor en cuanto a pedazo de narrativa. Y además, permítanme que subraye esto, no siempre lo más “auténtico” es superior: The Eyes eran muy poco auténticos, y asimismo sus discos son de los mejores y más ruidosos de los sixties. Generation X quizás fuesen de los menos “auténticos” del punk 77, pero nadie posee más hits. Del mismo modo, Colin McInnes tenía 44 años cuando escribió Principiantes: a todas luces, un forastero respecto a la nueva cultura juvenil, un apasionado peregrino que, si bien sincero y entusiasta en su amor por el jazz y la cultura caribeña y todo eso, estaba incapacitado por añada y bagaje para pertenecer de veras a ella. Y sin embargo, su empatía, pericia y capacidad de observación hicieron de Principiantes la novela definitiva (rítmica, efervescente, divertida) sobre el tema. Con “autenticidad” o sin ella. Y eso sin meternos a considerar cuál de las dos fue pionera: Principiantes se publicó en 1959. Baron’s Court, all change en 1961, dos años después. ¿Tenía Terry Taylor la idea, el mundo y la experiencia para hacerla primero, pero no acertó a ponerlo en palabras hasta 1961? Nunca lo sabremos. Lo cierto es que, una vez publicada Principiantes, Baron’s Court… se antoja –lo fuese o no- como una (digna) copia de su antecesora, como una cara B sublime que juega, sin embargo, en una división inferior. Algo parecido sucedió con todas las novelas kitchen sink que brotaron como hongos tras el éxito de Sillitoe, Osborne, Braine y Wain.
No tengo nada más que decirles, por el momento, sobre el asunto. Léanla y saquen ustedes mismos sus propias conclusiones. Baron’s Court, all change está, naturalmente, escrita en inglés (cosa que lamento, lectores unilingües) pero tal vez algún chiflado la traducirá en el futuro. No perdamos la esperanza. Five Leaves Publications ha continuado su magnífica labor con otros hits descatalogados del Londres subterráneo de los cincuentas y sesentas: Adrift in Soho, de Colin Wilson, The Furnished Room de Laura Del-Rivo y la maravillosa Scamp, de Roland Camberton (como dice Iain Sinclair, hay veces que un libro sí se puede juzgar por la portada). Y encima son catalanófilos, como demuestra su imprint Catalonia. Es tiempo de celebración, amigos de Inglaterra, es tiempo de celebración. Kiko Amat
Mil violines charlan para ti
Este jueves 16 de febrero a las 19:30h Kiko Amat estará en el club social Union Bar Barcelona (Pça. Vázquez Montalbán 4, al ladito de la Rambla del Raval) parloteando sobre su libro Mil Violines (Random House Mondadori 2011). De tertulia con el autor estará Miqui Otero, autor de Hilo musical (Alpha Decay 2010). Se hablará, sin duda, de discos, pero también de tragicomedia personal, del viejo Yo de la mutación, de narrativa sin escudos, de humor y esperpento, de batallitas personales, cotilleos onerosos (para el autor) y un sinfín de apasionantes temas.
Habrá bebida gratis, pesados.
Pensamientos de un dietarista casero
No me avergüenza reconocer que hasta hace poco ignoraba la existencia de Iñaki Uriarte, así como me alegra afirmar que tras la lectura de sus Diarios creo conocerle bien. Imagino que ese es el fin deseable de cualquier diario: tender unos lazos basados en el estado postcoital que se consigue tras una sincera confesión entre personas. Uriarte nos cuenta aquí cómo es y cómo ve el mundo, y el adentrarse por estas memorias hogareñas (Uriarte cita a Pascal: “todo lo malo viene de no saber estar a gusto en casa”) es como echar un vistazo negociado a los recovecos de su alma.
Y asimismo, Uriarte es un hombre prudente que no busca pormenorizar sus oscuridades. En ese sentido, resulta engañosa la contraportada: “He estado en la cárcel, he hecho una huelga de hambre, he sufrido un divorcio, he asistido a un moribundo. Una vez fabriqué una bomba. Negocié con drogas. Un día se incendió mi casa, me han robado (…) Fui amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín”. Tras leer hasta aquí, uno puede suponer que Uriarte ha llevado la existencia de Bruce Willis en La jungla de cristal. La realidad es que estos sucesos, si bien verídicos, son alteraciones sísmicas en una vida otramente “tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos”.
¿Y de qué vida estamos hablando? La de un rentista adicto a la lectura en busca de paz espiritual. Uriarte es una persona “más buena que mala”, fumador empedernido, detallista, reflexivo, ilustrado, más vago que un lirón (ambos diarios son un franco elogio a la pereza), nada quejica, poco ambicioso y tirando a moderado en lo político-social. Esto último no es óbice para que sea capaz de entrar a degüello: sus conocidos más mezquinos o sus escritores menos apreciados reciben justos correctivos en algunas páginas.
Y sin embargo, Uriarte parece un tipo decente. Es abstemio, pero no sermonea. No tiene hijos, pero le gustan los niños (y los gatos). Es lector compulsivo y fan de Montaigne pero, al contrario que tantos otros literatos, no da la lata ni se pone pomposo. De hecho, se ríe lo suyo de su obsesión lectora y de cómo “haber leído tanto es, en parte, un desastre”. Su humildad, perspicacia y humor elevan los diarios a un plano universal y demuestran que, finalmente, la condición humana tiene poco que ver con las rentas y lecturas de cada uno.
Iñaki Uriarte
Diarios (1999-2003)
184 págs.
Diarios (Segundo volumen: 2004-2007)
185 págs,
Pepitas de Calabaza
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 8 de febrero del 2012)
Guindillas y singles lindos en BCore
Una selección de los discazos que Kiko Amat pinchó en la última sesión vermut para la flamante BCore Shop, este pasado sábado. Hay rarezas sacarosas de 60′s Elektra, mod club sounds, algo de popsike trasnochado y pop de PYE, beat subterráneo, soft-pop West Coast californiano, un par de surfs para entrar en calor, nueva ola rarota y filo-mod sensacional, algo de ska-pop 80′s, incluso un temazo de Crass… Todo remojado con botellines y con unas cuantas guindillas deslizándose gaznate abajo.
ZOOT MONEY’S BIG ROLL BAND Big time operator
HERBIE GOINS AND THE NIGHT-TIMERS Coming home to you
THE SHADOWS OF KNIGHT Oh Yeah
MOSE ALLISON The seventh son
THE ARTWOODS I’m looking for a saxophonist
THE ESCORTS C’mon home baby
MARK ERIC Where do the girls of the summer go?
THE FANTASTIC BAGGYS Surfin’s back again + Surf impersonations
THE ZOMBIES Tell her no
DAVID BOWIE Do anything you say
THE SORROWS She’s got the action
STONE PONEYS Different drum
NANA MOUSKOURI C’est bon la vie (59th street bridge song)
ARS NOVA Fields of people
NICK GARRIE Wheel of fortune
BILL FAY We have laid here
THE BEAU BRUMMELS Still in love with you baby
THE GRASSROOTS Things I should have said
THE UGLY’S A good idea
P.P. ARNOLD Angel of the morning
CONSORTIUM All the love in the world
THE SETTLERS Major to minor
THE PRETTY THINGS The sun
GEORGIE FAME Peaceful
ELECTION Nevertheless
THE 5TH DIMENSION Orange air
THE KOOBAS Where are the friends?
THE CLIQUE Superman
LOS PEKENIKES Tabasco
LOS ARCHIDUQUES Lamento de gaitas
THE CLAIM Losers corner
THE THREE O’CLOCK With a cantaloupe girlfriend
THE BARBARIANS Are you a boy or are you a girl?
THE FLEUR DE LYS Circles
THE DOWNLINERS SECT The cost of living
THE ROULETTES The tracks of my tears
THE BACKDOOR MEN Going her own way
THE POSIES Blind eyes open
FURNITURE Love your shoes
JAZZATEERS First blood
THE ART MUSEUMS Paris cafes
THE STINGRAYS Behind the beyond
GLUTAMATO YE-YÉ Corazón loco
BOURGIE BOURGIE Aprés ski
THE ORDINARY BOYS Talk talk talk
JILTED JOHN Jilted John
SKIN-DEEP Baddies boogie
BEAT DIRECTION Ska au Go Go
FISCHER-Z Going deaf for a living
ANOTHER PRETTY FACE All the boys love Carrie
NEW MATH Die trying
CRASS Blody revolutions
DÉCIMA VÍCTIMA Almas perdidas
BB SIN SED Fenomenal
Un tipo bastante corriente
Alguna gente busca en el lugar incorrecto, y luego se lamenta porque no encuentra lo anhelado. Son los que van a PortAventura y vuelven deprimidos porque encontraron alienación y barbarie en lugar de quality time familiar. Son las críticas literarias inglesas que le dieron leña al debut de un chaval de diecinueve años (Crezco / Fes-te gran de Ben Brooks), aduciendo que el libro estaba lleno de vulgaridad, crueldad, drogas y torpor; como si los adolescentes fuesen capaces de otra cosa. A todas esas señoras condescendientes podría yo haberles dicho (si hubiesen tenido la decencia de preguntarme): ¿Pero dónde vais en busca de experiencia, profundidad, artesanía y sabiduría, hatajo de insensatas? ¿Acaso no sabéis que existe Jonathan Coe?
La espantosa intimidad de Maxwell Sim es la novena novela del escritor inglés. Como ya esperábamos sus fans, es caleidoscópica, arquitectónica e inolvidable. Cuenta la historia de Maxwell Sim, “un hombre ordinario con un empleo ordinario en un pueblo ordinario”; un tipo aburridísimo, sin pasión ni afectos, recién divorciado y padre de una hija, que imagina su epitafio como: “Aquí yace Maxwell Sim. En realidad era un tipo bastante corriente”. Coe, que no es un narrador kitchen sink ni un naturalista radical, sortea el potencial sopor literario de este abúlico representante de ventas mandándole a una odisea comercial sobre ruedas rumbo a las islas Shetland. Sim está atrapado en las fauces de la depresión y la crisis de los cuarenta, y quiere creer que su misión –promocionar un nuevo cepillo de dientes sostenible- le sacará del atasco vital. Coe, así, nos ofrece una “british road movie” que busca ser prosaica, gris, melancólica y ridícula en lugar de épica. Su protagonista, un poquito más tarumba a cada kilómetro que avanza, empieza a convencerse que está poseído por Donald Crowhurst, un regatista aficionado que en 1968 decidió fingir su circunnavegación alrededor del globo y acabó suicidándose en alta mar. Sim opta del mismo modo por simular el plan de viaje cepillero y se estanca en su Watford natal; es decir: su pasado. Y por el camino, para que no sea dicho, se enamora de su GPS (Emma).
Los grandes temas de La espantosa intimidad… son la soledad y el aislamiento, el fracaso, la frustración sexual y la falta de comunicación familiar -padres herméticos criando adultos dañados- y se disuelven entre los clásicos temas del maestro: el pasado, la nostalgia, la desilusión, la vieja Inglaterra que se desintegra y pierde su espíritu… Y todo ello ensamblado con su habitual capacidad de observación, humor esperpéntico (en un fragmento del libro un interlocutor de Sim muere de aburrimiento, estilo Aterriza como puedas), intermedios epistolares y un sinfín de obsesiones periféricas (la subcultura bohemio-pagana del Soho de los 50’s, por ejemplo, o el mencionado caso Crowhurst). Dichas derivas e intermedios son las culpables de que los críticos ingleses más cenizos llamen a Coe “El Rey de la digresión”, al parecer ignorando que, en su obra, todas las digresiones cumplen un fin. En realidad, el único fallo de La espantosa intimidad de Maxwell Sim es una especie de “pirueta” metaliteraria final que, de no ser él quien es, no dudaríamos en calificar como desastrosa pifia realista-mágica. Puesto que él sí es quien es, mejor callamos la boca y continuamos adorándole. Kiko Amat
La espantosa intimidad de Maxwell Sim
Jonathan Coe
Anagrama
427 págs
Trad. de Javier Lacruz
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 25 de enero del 2012. Esta es una versión ligeramente más larga que la que se publicó finalmente)
The Wild Swans: espíritu épico
Mente de bibliotecario, traje señorial, alma Byronesca, afecto a la épica, liverpuliano insigne. Paul Simpson recupera a The Wild Swans, el arquétipico grupo maldito de los ochenta, para escribir uno de los mejores discos de los últimos diez años, The coldest winter for a hundred years (Occultation, 2011). Si se acercan hablaremos de 1860, peinados Gran Guerra, Julian Cope, invierno permanente, Television y la encina inglesa.
Paul Simpson fundó en 1980 The Wild Swans, un grupo tan lírico y poético que a su lado The Smiths parecen Aerosmith. El estatus mítico de la banda abruma: autores del mejor 12” de la historia, creadores del sonido más épico del post-punk, originadores del peinado miliciano en el indie 80’s, leídos y existencialistas, pulcros y orgullosos, The Wild Swans cavaron su propia tumba al rehusar colaborar con la prensa y la industria del momento, quedando relegados al olvido; o al menos, a una versión de recuerdo mucho menos exitosa que la de otros grupos de Liverpool como The Teardrop Explodes –que Simpson cofundó- o Echo & The Bunnymen. Pero éxito o lucro son cosas que nunca han interesado demasiado a Paul Simpson, uno de los artistas pop más inspiradores que van a conocer ustedes.
Hay ocasiones en que el mito puede oscurecer la realidad, y The Wild Swans es un grupo bañado en lo apócrifo. Entre los mitos se incluye que fuiste el primer punk con look años 30’s; que sacasteis el 12” perfecto (Revolutionary spirit, en Zoo Records) y luego perdisteis interés en la industria; que rechazabais conceder entrevistas o firmar con multinacionales.
En el verano de 1976 estaba yo de visita en Londres por vez primera, comprando sandalias transparentes de plástico (ni preguntes; estaba en mi fase The man who fell on earth), cuando vi a un cartero de mediana edad peinado a lo militar, a la vieja usanza. Lo extremo del corte combinado con su uniforme gris me causó una gran impresión; el hombre debía haber ido así desde su infancia, en los 40. Cuando llegué a Liverpool, lo primero que hice fue cortarme el cabello igual, y de inmediato me convertí en diana andante para cualquier vándalo. En 1978 regresé a aquel corte, y lo combiné con gabardina larga y traje demob. Cuando formé A Shallow Madness junto a Ian McCulloch y Julian Cope, el look empezó a ser copiado de forma masiva (convirtiéndose en el genérico look indie inglés) y no me quedó otra opción que dejarme melena. En cuanto a Revolutionary Spirit, no es que perdiese interés en la industria musical, sino que nunca me había interesado. Tampoco rechacé ser famoso; simplemente no perdía el culo como tantas otras bandas locales. The Wild Swans eran arte marginal; si a la gente le gustaba, perfecto, pero no estábamos dispuestos a pasar por las cláusulas embarazosas del negocio. En eso no hemos cambiado: no tenemos fotos promocionales, ni salimos en las portadas. La mayoría de grupos de Liverpool como The Pale Fountains o The Teardrop Explodes ficharon con multinacionales y se fueron a Londres. En mi opinión aquello era el beso de la muerte, una transacción similar a la de la prostitución: cuarentones en pantalones de campana te extendían un cheque a cambio de escoger la infecta versión soul que iba en tu single, o qué ropa llevaríais en la foto del LP. La única excepción a todo esto fueron los Bunnymen: se quedaron en Liverpool y, aunque tomaron el dinero, se negaron a visitar las oficinas de Londres durante diez años. A The Wild Swans se nos ofreció fichar por Phonogram, con la condición de que yo tomara clases de canto y el A&R produjese el álbum. Declinamos su oferta, por descontado.
Últimamente he estado reflexionando sobre artistas que se sabotean, sea por integridad, testarudez o miedo al éxito. De Ray Davies a Kevin Rowland o Bill Withers, existe una tradición de artistas que han descarrilado voluntariamente del camino a la fama. Creo que The Wild Swans encajan en tal categoría.
Aunque muchos de mis colegas disentirían, no me considero autodestructivo, pero sí perfeccionista; si algunos de mis proyectos se estrelló en el pasado, prefiero alejarme del lugar del accidente que recoger los pedazos y volver a intentarlo. No me interesa el consenso que existe sobre la definición de “éxito”. Coincido con Patti Smith en que medallas y premios son solo distintivos de la mediocridad. Los premios musicales son el medio que utilizan los viejos dioses de la industria para controlar a cada nueva generación de grupos y apoderarse de su escena alternativa. Aunque existen excepciones, la última generación de músicos es de lo más débil que he visto nunca, y seguramente fornicarían con el demonio para aparecer en la TV.
Pareces obsesionado con el pasado. Una vez declaraste que TWS estaban influenciados por 1860, no 1960, y que la banda era “trajes de tweed, botas de recluso, cigarrillos liados, sopa y anfetaminas”, “invierno permanente” y clásicos Penguin en los bolsillos. ¿Eres el Último Pre-Rafaelita?
(Riendo) No soy el último nada. Soy post-punk, y me obsesiona la noción romántica de la lucha porque… ¿Qué otra cosa voy a hacer? Si eres un artista arruinado en mitad de una recesión económica, o te doblegas bajo la presión o romantizas tu estado.
En el mundo del pop es una anomalía no estar influenciado de algún modo por los sixties. Incluso los punks de 1976 eran fans del garaje y las bandas mod.
No es que no me interesen los 60’s; fue una década mágica, posiblemente la mejor para los teenagers. Pero me aburre escuchar siempre las mismas referencias a grupos y solistas de la época. La música psicodélica me deja paralizado de aburrimiento. Puedo apreciar su encanto, pero en música admiro la disciplina, así que siempre me impresionará más un single increíble de soul o pop de tres minutos que un freak out drogata. Tal vez sea culpa de mi odio a las drogas, pero salgo corriendo cada vez que alguien me habla de grupos “psicodélicos” modernos. De joven tomé un montón de alucinógenos, y la música que escuchaba en mi cabeza era música sacra coral, no guitarras fuzz. Conectar un pedal de efectos y desmelenarse durante diez minutos es demasiado fácil. ¿De qué sirvió el punk si esa bobada hippie y vaga aún se considera cool?
The coldest winter… es un gran himno a la memoria, la historia, la nostalgia productiva (en contraposición a la nostalgia barata y efectista) y las cosas que desaparecen por culpa del “`progreso”. Dicho esto, y a pesar de que coincido contigo, el pasado también tenía escorbuto, letrinas exteriores, gas mostaza y jornadas laborales de 14 horas.
Nuestro debut single Revolutionary spirit ya anunciaba el mensaje con el que he estado machacando desde entonces. No quiero abandonar esta vida dejando tras de mí demasiados rastros negativos. Hacer música líricamente optimista sin acabar como Bono o Cliff Richard es algo remarcablemente difícil. Quizás sea pesimista a corto plazo, pero optimista a lo largo. Vamos a pasar por una cierta oscuridad, pero la oscuridad no me asusta.
Uno de los mensajes de tu nuevo álbum parece ser “si no está estropeado, no lo arregles”. ¿Qué tenían de malo los trenes, las cartas manuscritas o los viejos cafés?
No soy anti-progreso, sino contrario al cambio caprichoso. Muchas de las transformaciones que estamos viviendo parecen originadas por afán de lucro, no por un intento de mejorar el mundo. Siempre existirán héroes y románticos: algunas personas parecen pre-programadas con un incomprensible anhelo de superar las barreras e ir más allá. El espectro de conocimiento y sensibilidad humana es muy amplio, pese a que se presupone que todos experimentamos el mismo nivel de conciencia. Siempre existirá un underground. Los tallos verdes y jóvenes pueden quebrar el alquitrán.
¿Hay esperanza, entonces? En “My Town” cantas que “todo se ha terminado”, pero “The bluebell wood” es una llamada a destruir malls y reforestar la Gran Bretaña.
Sí, soy muy optimista. Se avecina una enorme alteración de conciencia, una iluminación. Solo hay que ver las manifestaciones callejeras en todo el mundo; el cambio ya ha empezado. No necesito destruir malls (están haciendo un excelente trabajo destruyéndose solos) pero sí creo que la reforestación resolvería muchos de los problemas del país. Es un trabajo a largo plazo, pero la encina inglesa es uno de los materiales más sostenibles del mundo, y reforestar re-oxigenaría el planeta, se salvarían hábitats animales y el efecto psicológico sobre la población sería inmensamente positivo.
Ray Davies proclamaba en Imaginary man (Julien Temple, 2010) que acarrea los valores de sus padres. ¿Es ese tu caso?
Sí, aunque me asuste reconocerlo. Mi madre venía de una familia pobre de Anfield, votantes laboristas, cuatro en una cama y lavabo exterior, y mi padre creció en un orfelinato donde pasaba hambre y era golpeado a menudo. Ambos se elevaron a sí mismos mediante trabajo duro y pensamiento positivo. De mayor, mi madre se convirtió en sanadora espiritual y artista, y mi padre terminó de capitán en la marina mercante. Si consideramos sus orígenes humildes, su progreso representa un paso casi de ciencia ficción, y por ello conservo una fe descabellada en el futuro dorado que me espera, y en realizar mi propio Gran Paso Adelante; no escalando socialmente, sino alcanzando una posición donde mi arte pueda manifestarse con mayor rapidez. Me lleva demasiado tiempo conseguir dinero para financiar mis discos.
The Wild Swans son un grupo arquetípicamente inglés. Te desafío a que definas la inglesidad.
Lo irónico es que, como la mayoría de liverpulianos, soy más celta que inglés. Mi bisabuelo Andrew “Jock” Simpson y sus antepasados eran protestantes escoceses, y la familia de mi madre eran irlandeses nativos de Cork que emigraron a Liverpool para escapar de la hambruna de patatas. Así que debo declinar amablemente tu oferta.
Nick Haliwell siempre os ha contrapuesto a Joy Division, al menos en cuanto a sonido. ¿Eras entonces consciente de esa polarización estilística entre ambos grupos?
Me encantaban Joy Division y los vi tocar infinidad de veces, pero ellos eran artistas del submundo, punks góticos, y se concentraban en la restricción y los límites, mientras que nosotros buscábamos el estadio superior y la expansion angelical. Compartíamos el tomarnos en serio a nosotros mismos y el no temer a lo épico.
¿A quién más de tus contemporáneos juzgas favorablemente: Orange Juice, Josef K, The Smiths…?
Aunque compré su primer single, no me interesaban particularmente Orange Juice. Si ni ellos podían tomarse en serio, ¿por qué iba a hacerlo yo? Yo era un joven muy serio, y ellos le daban un toque irónico a todo lo que hacían. Cuando versionaron a Al Green en su primer single para Polydor (la horrible “L.O.V.E.”) me pareció que se habían vendido a lo grande. Debutamos en directo como teloneros de Orange Juice, y Edwyn se comportó como una estrellona del pop, negándose a dejarnos mover su amplificador en un escenario minúsculo. Habían pasado pocos años desde la ética punk DIY, y fue doloroso ver a alguien comportándose así. Pero les tenía un gran respeto a Aztec Camera. ¿Sabías que Roddy Frame bautizó a su grupo en honor al “Camera camera” de los Teardrop Explodes, que fue uno de mis primeros títulos de canción? Me lo contó el propio Roddy. También me gustaban The Fire Engines y la mayoría de bandas escocesas. Mis favoritos eran los Bourgie Bourgie de Paul Quinn, llegué a conocerlos bien y siempre dormían en mi casa cuando pasaban por Liverpool camino de Londres.
Cuéntanos tus influencias primigenias. ¿William Blake, Spitfires, Rimbaud, caldo OXO y el “Little Johnny Jewel” de Television?
De pequeño era mitología nórdica y paganismo, grabados eróticos japoneses y la biografía de Dalí, que disparó mi mente en diez direcciones simultáneas y me enseñó que uno puede escapar del consenso y crear su propia realidad. Musicalmente, empecé con The Jackson Five y fui progresando hasta Alice Cooper, Nursery Crime y el Foxtrot de Genesis, y de allí a Be Bop Deluxe, David Bowie y Roxy Music. Los primeros singles punks me excitaron durante dos minutos, y entonces llegaron Subway Sect, The Fall, Pere Ubu y Television (en el Liverpool de 1976, los únicos fans de Television éramos Will Sergeant, Julian Cope y yo). Descubrí a los poetas franceses gracias a Patti Smith, y la literatura relevó a la música. Durante los ochenta dejé de comprar álbumes y me dediqué solo a los libros.
Jah Wobble confesó en estas páginas que había sido soul boy, como tantos otros punks. ¿Tú también?
Sí y no. El pueblo donde nací era un enclave northern soul, pero yo era demasiado joven para formar parte de la escena. Asimismo, la escena Bowie/Roxy era una ramificación de la soul. Existía una cierta polinización cruzada.
¿Cuál era tu relación con la escena de Liverpool? Julian Cope afirmaba en Head-On que a ambos os unía el odio a los falsos punks.
Era un fundamentalista Año Cero del punk, y llevaba siempre encima una foto de Ultravox en su etapa glam-hippie (cuando se llamaban Tiger Lily) para demostrarle a todo el mundo que no formaban parte de la nueva ola. Cuando Mick Finkler y yo estábamos aún en los Teardrop Explodes, el potencial inicial del grupo era inmenso; podríamos haber sido los Captain Beefheart del pop. Por desgracia, Julian decidió llevar al grupo en una dirección muy obvia y de poco peso, y creo que eso explica por qué no se les tiene en la misma consideración que a los Bunnymen o los Wild Swans. Pero quiero a Julian y me encanta todo lo que hace actualmente, ha escrito música brillante y se ha cavado un maravilloso nicho de mago fumado.
Explícanos el porqué de vuestra popularidad en las Filipinas. Considerando que en Inglaterra sois el epítome del underground, el fenómeno fans de The Wild Swans allí es desconcertante.
No somos populares, sino inmensos. Acabamos de dar dos conciertos en Cebú y Manila y estuve continuamente protegido por cuatro agentes de seguridad. Nos movíamos en caravanas de vehículos con escolta, y firmamos discos durante dos horas y media después de cada concierto. Tocamos en directo en TV para veinte millones de espectadores, y di una entrevista en la radio para diez. No estoy seguro, pero deben encontrar algo espiritual y familiar en mi voz. En los conciertos las madres me acercan a sus niños para que los bendiga, es surrealista.
¿Tienes algún problema con el adjetivo “épico” utilizado como definición de tu música?
No. Solo me parece chocante que no haya más gente intentando crear canciones lentas con dinámicas que caen y vuelven a construirse. Algunos grupos contemporáneos lo intentan, pero suele ser la versión “muy tranquilo-muy RUIDOSO” con pedales de distorsión. Eso es hacer trampa, y la pasión suena falsa. Pero es solo mi opinión. Qué voy a hacerle, soy un tipo complicado.
SE ACERCAN AÑOS OSCUROS (PERO NO TEMAN)
Llámenme chiflado, pero considero que The coldest winter for a hundred years (Occultation, 2011) mereció ser #1 en las listas del pasado año. Su dialéctica, su mundo, las soluciones que propone, las problemáticas que ilustra… Pocos álbumes tienen un campo de acción tan amplio. Pocos discos exhiben impúdicamente ese anhelo de trascendencia, de hacer algo que cambie vidas. Un disco que es importante por su ámbito, su mensaje y su perfil combativo (“This town is falling to bits / And I don’t like it / We need a bonfire lit / And I’ll ignite it”, cantan en “Falling to bits”). Un LP que se niega a olvidar la guerra del catorce y entrar a empellones en la era digital. Un monumento al pasado y el presente escrito en pop inmortal; un himno épico a la memoria, grabado por un grupo que se obstina, indignado, en hablar de calles antiguas, la armada de Drake, dramas elisabetianos, la reina Victoria, el blitz, Ford Sierras, skinheads, sonetos de Shakespeare, Margaret Thatcher y el Belgrano, pelucas Beatle y el music hall. The coldest winter… es un poema épico a un país en ruinas, y a la vez un lamento por su ciudadanía y su cultura. Contiene nombres de persona, lágrimas por los días perdidos, reclamos de permanencia, elogios de la belleza, afirmaciones de clase (obrera), citas de reyes y cajeras del Tesco. Es un grito por una nueva definición de la existencia, político y radical. Es moderno pero viene sujeto a la tradición, es realista y visionario a la vez. Pop con elevación y un vasto universo temporal que abarca la edad media, la era dorada del pop, los victorianos, los años 30 y los fifties. Un antídoto contra la amnesia y un ejemplo de integridad. Una necesidad imperiosa en los tiempos que corren. Kiko Amat
(Entrevista publicada previamente en la revista Rockdelux #302 de enero. Esta es la versión íntegra, con seis preguntas inéditas extra, en exclusiva para Bendito Atraso)

