Cartel PRIMERA PERSONA 2014

Sin más preámbulos:

Cartell-A3-PP2014-web

15 Novísimos del pop español + Eh, tú, no toques mis prejuicios

Dos nuevas columnas, para que ustedes las bailen, son-son, para que las canten al viento.

La primera es una lista fetén de 15 grupos chanelantes del pop español actual. O sea: que me gustan, y ¡ahora!. La escribí para Jot Down.

La segunda es una defensa de algunos prejuicios y el definitivo abandono de otros. La escribí para Playground.

 

Lista del mes (marzo 2014): El día que me convertí en Homo Whatsappus

Premiamos como lista del mes de marzo esta vieja lista sobre catástrofe tecnológica y odioso utillaje digital, publicada en Playground unas semanas atrás.

Disco del mes (marzo 2014): MARTIN NEWELL The Off White Album

OffwhitealbumMARTIN NEWELL

The Off White Album

Humbug, 1995

Llevo varias semanas escuchando de nuevo a Martin Newell. No sé si es porque sueño de vez en cuando con mi fallecido amigo Agustí, e inevitablemente le relaciono a Newell. Agustí era un fan tremendo de XTC. Se había leído entera la biografía del grupo, imaginen, y no tenía ni idea de inglés. No sé qué sacó en claro de aquello, más allá de una miopía aún más acusada de la que ya solía padecer, pero como mínimo prueba su tenacidad y pasión de entusiasta. Newell estaba en la órbita de XTC, sin duda, y en sus álbumes colaboraban miembros de la banda (y frecuentemente producía Andy Partridge), pero –como Agustí sabía bien- Newell es una figura capital del pop por mérito propio.

Para empezar, es uno de los grandes excéntricos ingleses post-70’s. De haber nacido medio siglo antes habría sido incluido en el gran English Eccentrics de la dame Eddith Sitwell. En algún capítulo de músicos algo estrambóticos, por supuesto. Giles Smith cuenta en su Lost in music (recientemente traducido por Contra Editorial) que le conoció cuando fregaba platos en un restaturante de Colchester, y que cada día al salir Newell se quitaba los guantes, se encasquetaba un sombrero de copa victoriano y un paletó e iba a su habitación a componer algunas de las mejores canciones pop de la historia. Si eso suena a Vic Godard no es por casualidad. Newell es una figura similar: anarquista pop con fascinante universo y canon privado, completamente mal equipado para lidiar con la industria, encallado aún en nociones tan candorosas como la siguiente: si una canción es buena no necesita ningún tipo de promoción y venderá por sí sola (rían aquí).

Hablando hace tres días con Giles Smith (le entrevisté para Rockdelux) el escritor me confesaba que uno de sus grandes pesares vitales era haber intentado convencer a Newell, ese espíritu puro y montaraz, para que se amoldara a los engranajes del pop corporativo (haciendo giras, posando para fotos, conociendo a señores obesos con traje, pensando en el próximo –y elusivo- hit single), y que eso le dañó de algún modo. Yo le contesté que ni hablar, que era perfectamente lícito y decente haber intentado que Cleaners From Venus (el grupo que compartían) fuese célebre, para que el mundo supiera de ellos y Newell pudiera dejar de darle al Fairy en la hamburguesería. Fue un buen intento, que por supuesto falló napálmicamente (como se cuenta en Lost in music), pero después de todo nadie resultó herido. Smith escribió uno de los libros esenciales del pop fan en primera persona, y Newell continuó con su carrera, esta vez en solitario y actuando como francotirador independiente (que era su postura innata).

newellThe Off White album es uno de los mejores ejemplos de ello. Newell tiene una discografía de cefalea (no intenten aprendérsela, o establecer algún tipo de coherencia entre todos los casetes, discos con Cleaners From Venus, álbumes de poesía, reediciones en sellos japoneses…), pero mis dos favoritos son The Greatest Living Englisman (1993, producido por Andy Partridge, de XTC) y el que nos ocupa hoy (de 1995 y producido por el idóneo Louis Philippe). Es un disco con título más o menos jocoso y que se da de menos (off white, el color, es una especie de blanco cachumbo, blanquecino desmejorado, y juega con el título del conocido álbum de los Beatles), pero que contiene composición pop de primerísimo orden. Hay mandolinas, mucha cuerda (Philippe es compulsivo con lo de poner violines hasta en el baño), asombrosas baladas de folk moderno como “The blue beret” (canción protesta), “Goodnight country girls” o “Arcadian boys” (de tono 1880’s) y una mayoritaria dosis de cancionero pop uptempo, brillante, astuto, melodiquísimo y archimemorable.

El mundo relatado aquí es puro Newell: dickensiana, ríos, Colchester (su pueblo), mid-England, confort casero, locos que hablan solos por la calle (“Call me Michael Moonlight”), comentarios ácidos sobre los tiempos que corren y la industria pop (“The world of Dandy Leigh”) y los músicos pop (la mencionada “Arcadian boys”), temas de comentario social (“Lions drunk on sunlight” o la anti-guerra “The blue beret”) y temas de lúdica idealización de una Inglaterra mítica (“When the damsons are down” o “Miss Van Houten’s Coffee Shoppe”), al estilo de la psicodelia británica. Me encanta, por cierto, el comentario de Newell sobre esta última: “Esta es un intento de hacer Brian-Wilson-en-el-Village-Green. Me encantan las canciones pop optimistas y odio todo lo que tiene que ver con el rock o la credibilidad. Siempre que veo a algún despojo gótico enfundado en cuero y posando en la puerta de un club, pienso, “Por el amor de Dios, date un garbeo en bicicleta, o algo”. Me estoy convirtiendo en Julie Andrews”. El fraseo es hilarante, y puro Newell. Y luego hay canciones con referencial pop (los Cleaners solían hacerlas a menudo, un rasgo que compartían con Television Personalities o The Times) como “She was never drowning”, que nunca he acabado de comprender –parece una invectiva contra alguien- pero menciona el “Dock of the Bay”, Johnny Guitar y Mr. Magoo.

The off White album es un disco muy querido aquí, en Bendito Atraso. Lo escucho cíclicamente, y cada vez que le quito las telarañas paso una larga temporada volviéndolo a escuchar, en casa y en el coche, reconociéndolo y maravillándome con él, con las cosas que tiene y dice y me hace sentir. Es un disco lleno de “nostalgia alegre”, como la llamaba su autor, melancolía por tiempos pasados y amor hacia el propio bagaje, discos y libros y amigos y ríos y pubs. Por supuesto, también me hace pensar siempre en quién me lo regaló. A Agustí le gustaba tanto Newell que cuando apareció el álbum se lo compró dos veces, en dos sitios distintos, medio chiflado de amor fan. Una de sus copias es ahora la mía. Somos viejos amigos, ella y yo. Tenemos demasiado en común. Cada vez que escucho “The girls in the flat upstairs”, cada vez que la emprende con el final de carry on, carry on, carry on, un viejo peso se desprende de mi alma y se evapora hacia el cielo. Y siempre será así, los dos lo sabemos. Kiko Amat

 

Libro del mes (marzo 2014): TIM O’BRIEN Gato enamorado

GATO ENAMORADOANAGRAMAGato enamorado

Tim O’Brien

Anagrama

Trad. de Daniel Najmías

401 págs.

Empecemos con lo manido: topar con algunas novelas es como hacer un nuevo amiguito: conocer a alguien que ya rondaba por este mundo fané y cuchillero, pero con quien aún no te habías cruzado. Que ignorabas todo aquello que os unía, las cosas que teníais en común, el lenguaje compartido y la mente pareja y las bromas que solo hacen reír a dos personas (él y yo); todo lo que es imprescindible para vivir. Pero los clichés a veces lo son por una razón. Gato enamorado, de Tim O’Brien, es un libro escrito para mí. Digo esto sin la menor petulancia, señoras y señores. Es una novela, sin duda, escrita para un sector vastísimo de la población, y ustedes la disfrutarán hasta el delirio, pero quiero dejar claro que por sus temas, estilo, voz y trama, parece escrita pensando exclusivamente en mi persona; como la mejor música pop. ¡Es la mía! ¡Esta canción habla de mí!, como aullaban las chicas guapas de mi instituto cuando se emborrachaban de manera letal, justo de antes de saltar a la pista tras escuchar los primeros acordes de “Roxanne” (que por cierto iba sobre una ramera, lo que siempre me hacía reír y nunca les descubrí a todas esas chavalas; para no estropear mi broma privada con mi propia persona, ni tampoco su gozo danzón).

Gato enamorado se escribió en 1998, y Anagrama la publicó en el año 2003. Por tanto, es posible que algunos de ustedes ya la conozcan. Si es así, les felicito por su buen gusto y vista que recorre millas, y millas, y millas. Es esta la penúltima novela del autor, que se hizo conocido por aquellos primeros libros sobre su propia experiencia en Vietnam (Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de 1990, también en Anagrama), y a quien Haruki Murakami admira públicamente por su The Nuclear Age (1985), que aún no he leído. Yo llegué a Gato enamorado a través de uno de estos hilos inesperados: mis fascinantes hermano y hermana me mandaron (a la vez) un artículo de The New Yorker donde el mencionado autor japonés manifestaba su sorpresa porque autores como Richard Brautigan, Kurt Vonnegut o Tim O’Brien no fuesen más conocidos en Estados Unidos (en Japón son autores de estatus clásico y miembros honorables del canon, y venden una porrada de libros). Siendo fanísimo de los dos primeros, pensé que me quedaba el tercero para completar el triángulo de la frase, y que quizás me estaba perdiendo un autor favorito, uno que había escapado al radar por razones fortuitas. Y eso sí que no.

Así, lo leí (lo había pedido un día después de recibir la información, recibido a la mañana siguiente, devorado en un par de días más). Acerté, ya imaginan, y entendí por qué Murakami hablaba de O’Brien en aquel párrafo y en aquel tono. Gato enamorado es un libro divertido que habla de cosas tremendamente serias. Tim O’Brien dijo, hablando de la novela, esta magnífica frase: “Laughter does not deny pain. Laughter -like a wail- acknowledges and replies to pain.” Oh, sí. En intención y estilo la novela se parece muchísimo a algunos de mis libros tragicómicos favoritos, como el Jernigan de David Gates, Algo ha pasado de Joe Heller, los Reginald Perrin de David Nobbs, incluso El hombre de mazapán de JP Donleavy (por lo libertino y demente y bocazas y metepatas del protagonista). Lo han adivinado: Gato enamorado va de derrumbe masculino, una vez más; ese viejo tema predilectísimo de Bendito Atraso. Tragedias de género que hacen reír, con “visiones paulianas” (sintagma cortesía de O’Brien), ideas estrafalarias, visión obsesiva, dolor a raudales y cosas que van a hacerse pedazos quieras o no. Es una novela sobre ABANDONO-TRAICIÓN-VENGANZA (“Baste aquí con subrayar tres importantes consecuencias de dicha experiencia: lo sensible que soy a los abandonos, el terror que me produce la traición, mi eterna propensión a la venganza”). Y las cosas flamígeras que suceden a su paso. Es una obra maliciosa, con tremenda y cáustica mala leche, pero también llena de compasión, melancolía, nostalgia y afecto (y su ausencia, y lo que hacemos para ganarlo de nuevo). Su protagonista, Thomas Chippering, es un vivalavirgen egomaníaco, destrozado por los cuernos que acarrea pero también lúbrico y flirteante con el sexo opuesto (un cabrón narcisista, por decirlo rápido y mal), a quien encontramos planeando revancha por el abandono de su esposa Lorna Sue (una lagarta, por decirlo como es), que le ha dejado para irse con un millonario de Florida. La ruptura fue propiciada por el hermano de Lorna Sue, de quien Thomas sospecha motivos incestuosos. Ese es el punto de partida, y las cosas no van a hacer otra cosa que empeorar. Ya lo sospechan.

Gato enamorado defiende la “satisfacción por la vía del castigo” a la manera romana, honorable y espiritualmente encomiable. Su protagonista, un humano de morales cuestionables, se va volviendo cada vez más chalupa, cómo no, mientras las cosas se complican a lo largo y ancho de su demente intento de nagasákica vendetta familiar. Gato enamorado habla del dolor y del recuerdo, de la importancia de las palabras que nos destrozan, de la desesperación de los hombres en caída libre, incapaces de verbalizar en público su terrible padecimiento. Habla del pasado, y del peso de las cosas que nos suceden, y cómo pasas el resto de tu vida intentando zafarte de ellas. O comprenderlas. O cauterizar las cicatrices: las del desamor, la pérdida, la confusión, toda la lista de traumas irresolubles que llevas encima de un lado a otro como el más pesado de los baúles eduardianos.

Cada párrafo de la novela es –se lo aseguro- un maldito triunfo: “Y luego me pasé un buen rato en cuclillas, en la fría oscuridad del garaje, balanceándome sobre mis talones, lleno de rabia, lleno de dolor, literalmente fuera de mí. Había dos Thomas Chippering: un solitario niño de siete años y un hombre de mediana edad, un náufrago muerto de miedo.

Me castañeaban los dientes. Algo me estaba ocurriendo”.

¿Cada párrafo? Desearía haberlo escrito yo. Lleno de humor (tronchante, se lo digo de veras), de sentimiento, de honestidad, de hipérboles fantásticas y comparaciones perfectas, con un ritmo asombroso y un comienzo que es de pura ovación:

“Empezaré por lo ridículo, en junio de 1952…”.

Rabia y dolor y recuerdos aciagos, y un tipo perdiendo la razón a pasos agigantados mientras intenta solucionar –por métodos expeditivos- la obsesión que le atenaza: “Parece razonable formular esta hipótesis: el dolor de la traición puede reducirse o erradicarse con la venganza. Podemos limpiar. Podemos arrancar de nuestros recuerdos esos corrosivos venenos amorosos como quitamos los bichos aplastados contra el parabrisas”. Y en el proceso de “limpieza”, Thomas comienza a entenderse a sí mismo y las cosas que le han sucedido.

Mi copia ya está destrozada a subrayados y signos de admiración en los márgenes. Una novela asombrosa, de lo mejor que he leído jamás. Les conmino a que la lean lo antes posible, por cualquier medio a su alcance. Kiko Amat

 

 

 

Amat y Otero en TV (haciendo ojillos)

Fuimos entrevistados junto al Otero para el programa Caràcter del Canal 33. Una sensacional ocasión para realizar miraditas de soslayo y declaraciones de amistad criptogay. No lo hemos visto, pero todo el mundo nos asegura que estamos fabulosos. O sea: absolutamente fabulosos y tremendamente divinos.

Otros amables amigos nos confesaron que se nos veía cara de pan de payés, pero que no temiésemos, que se ve que la tele engorda. Flaco consuelo, y nunca mejor dicho.

Compruébenlo aquí. Y hagan el favor de dejar de chiflarnos por la calle.

Los hombres también tiemblan / 10 mentiras que les cuento a mis hijos

No es una columna, que son dos. Y las dos me hacen una gracia tremenda (espero que no solo a mí, o estamos listos).

Los hombres también tiemblan es una selección de 15 miedos masculinos (es decir: míos) para Jot Down.

10 mentiras que les cuento a mis hijos es exactamente lo que anuncia el título, para Playground. Por favor hagan el ídem de anotar mentalmente la nota final y no venirme luego a preguntar barbaridades.

¡Baila el avestruz! El Lou Reed pre-Velvet Underground (1958-1965)

OstrichLou Reed es la razón por la que hoy cantamos a los Velvets. Si la cosa llega a estar en manos de Morrison & Cale, sus discos yacerían en las polvorientas estanterías de avantgarde junto a John Cage y no les haríamos ni puñetero caso. Pero Reed venía del 50’s rock’n’roll (grabó en 1958 el single “So blue” / “Leave Her for Me”, compuestas por él mismo, con The Jades) y había sido compositor-en-cadena para Pickwick Records, un sellín de NY que sacaba refritos baratos de cualquier nuevo estilo en boga de los sixties (surf, doo-wop, hot rod, twist…), lo que por supuesto sentaría la base para la orientación pop de Velvet Underground. “Estábamos cuatro de nosotros literalmente encerrados en una habitación escribiendo canciones”, afirmó Reed en el Up-Tight de Victor Bockris. “Nos decían “escribe diez canciones al estilo California y diez al estilo Detroit”.

Lou Reed, así, compuso canciones como butifarras para innumerables artistas (Jimmy Vance, The Foxes, Donnie Burkes…) además de participar en cuatro grupos pre-VU. Las canciones suelen estar acreditadas a Reed/Phillips/Vance/Simms, o sea que las escribía Reed solo y los jefes de Pickwick pillaban tajada. Reed eructaba hits. Vean: THE PRIMITIVES “Do the Ostrich”/”Sneaky Pete” (1964), gran cara A de frat/garage loco con bailecico avestrucesco incorporado (“¡Pones la cabeza en el suelo y que alguien te la pise!”, Lou Reed dixit). THE ALL NIGHT WORKERS “Don’t put your eggs in one basket” / “Why don’t you smile now?” (1965), la segunda una de las pocas tonadas pre-VU que insinúa el futuro sonido amenazante del grupo (The Downliners Sect la versionaron en 1967 con extra-fuzz, aupándola a insuperable himno de desprecio teenager).  THE BEACHNUTS, con dos cortes en el recopilatorio Soundsville!: “I got a tiger in my tank” / “Cycle Annie”, la primera un temazo de hot rod-surf playero que llegaría a publicitar gasolina Esso. Y THE ROUGHNECKS “You’re driving me insane”, también de Soundsville!, otro favorito de garage-punk 1965 (no confundir con la de The Missing Links) que Skydog reeditaría en 1977 para solaz de todos los cavernícolas sixties. Kiko Amat

(Artículo escrito para el Rockdelux especial Lou Reed que salió a la venta este pasado enero de 2014. Sugerimos escribir algo sobre el Lou Reed garajero de Tin Pan Alley y pre-Velvets, que nos interesa cosa mala, y este fue el resultado)

We love Aries

Isabel Fernández Reviriego no es una chica de postal. Podrías colocarla en postales, sin duda, pero la pondrías en un aprieto. Abundan en nuestros días las cantautoras falsas, guitarras en manos manicurizadas y Alanis en el Ipod, pestañas de pega y canciones para anuncios. Verán: Isabel no es así, nunca así. Isabel hace discos de pop soleado con patente influencia psicodélica y sixties, pero es admiradora espiritual de Eskorbuto, pro-riot grrrl, lee a William Morris y Bella Abzug. No se dejará encasillar tan fácil, esa Isabel. Sus discos favoritos son de American Spring, The Left Banke, The Zombies, Jefferson Airplane y Laura Nyro, claro, pero también escucha a J Dilla y Dead Moon. Isabel canta a menudo en una segunda persona inquietante, como si siempre se dirigiese a algún amorío esquivo, y el tono queda un poco “Be my baby” o quizás “Get out of my life, woman”: exhortaciones imperativas a que alguien se quede o se largue o se decida de una maldita vez. Quién es ese es algo que jamás sabremos, porque Isabel siempre se está yendo antes de contestar: a Vigo desde Madrid, a Madrid desde Bilbao, de aquí para allá, y la estación término siempre es alguna casa campestre con selvático jardín. Entonces un día se planta por sorpresa en la gran ciudad, realiza un concierto (ella sola: Rickenbackers y cajas de ritmos y cacharritos) de media hora y luego murmura entre dientes que no tiene más canciones y vuelve a largarse, vaya usted a saber dónde. Uno tiene la impresión de estar siempre persiguiéndola por el país, como un stalker enloquecido.

Isabel coge todas esas influencias que apuntábamos y se las apropia, del mismo modo que The Posies se agenciaron toda esa new wave y 60’s pop para el Failure. Era así cuando estaba en Charades, y es lo mismo en Aries. Las letras cobran en Mermelada Dorada una dimensión hipnótica, como si estuviese diciendo lo mismo en cada canción. Como una de esas discusiones que transcurren en círculos y te llevan (irritantemente) a donde empezaste, sin conclusiones, una y otra vez. Isabel ha entregado por cuarta vez un disco singular, complicado de comparar, que no de cantar, rebozado con ecos y armonías vocales cuadriplicadas (se nota que es fan de Todd Rundgren), lleno de crescendos, guitarras al revés y cosas bonitas y su voz, que también lo es. Su álbum vuelve a sonar igual y a la vez distinto que sus anteriores discos. Algunos fans le recriminan que cambia demasiado, mientras otros le espetan que no cambia nada. Son pelmazos, todos esos fans. La buena verdad es que cambian sus producciones, pero permanecen las composiciones. Y aunque no cambiara, ¿qué más daría? Gilles Smith decía en Lost in Music: “La innovación no era algo que yo desease tanto como deseaba consistencia. Me gustaba el “Get it on”, así que cuanto más sonase Bolan como ese disco, más contento estaba yo”. Aries juguetea con su hechicería, pero se las arregla para que Aries siempre suene a Aries. Su estilo es un puerto donde atracar, un amarre sólido en este mundo cambiante.

En Mermelada dorada me sigue emocionando Aries, como no me emociona casi ningún otro artista de este país. Me gusta no poder definir del todo lo que hace, no poder atraparla en jerga de crítico -como un entomólogo atraviesa con alfiler a un insecto raro- tener que joderme y sudar por encontrar otros adjetivos y comparaciones, sean fluviales o zoológicas. Sus palabras se me pegan aún. Se fijaron en mi memoria cuando cantaba a las batallas y los combates de antaño, se fijan hoy cuando le dice a aquel : “Si te desanimé / Ahora estoy aquí delante / Queda en cada instante, soy la cima de las cosas por las que luché”. Uno podría vivir para siempre en canciones como esa, en melodías así de feroces y audaces. Uno podría vivir siempre en un disco de Aries.

Kiko Amat

(Esta es la nota de prensa que se está enviando con el nuevo disco de Aries, Mermelada dorada, que editan los amigos de La Castaña)

El teaser oficial de Primera Persona 2014

Incluye visiones del pasado, presente y futuro, como en Canción de navidad. Y aparece Robert Forster diciendo cosas hermosas. Lo ha pergeñado Ariadna Cebrián con el mejor gusto posible. Atiendan:

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